sábado, 25 de marzo de 2017

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XXII: La invasión del Olimpo (Parte final).







–Esa parte… fue… terrible… La escena más horrorosa que vi en mi existencia. –comentó Hermes estremeciéndose un poco por rememorar la escena.
–¿Qué… sucedió? –volvió a preguntar el muchacho mientras que una voz interna le decía que era mejor que no lo supiera.
–Mientras… Hefesto ponía a salvo a Deméter, yo seguí a los demonios. La arrastraron por las escalinatas hacia el segundo nivel y se alejaron de las mismas. Los seguí a una distancia prudente; para ese entonces había reducido mi tamaño a la mitad de la altura que usted posee y, escondido detrás de una de las columnas observé con horror como los seis gigantescos demonios comenzaban a violarla con salvajismo al tiempo que la golpeaban con mucha fuerza, tanta que incluso los golpes me dolían a mí. Como cinco seres estaban penetrándola cada uno por un agujero, la vagina, el ano, la boca y sus dos orejas, el último asió su lanza, le hizo un tajo en el medio de su abdomen y acto seguido comenzó a penetrar su miembro en esa herida causándole gran dolor a Perséfone. Los chillidos eran horrendos… me tiembla el cuerpo con sólo recordarlos, Perséfone estaba a la merced de sus violadores, si intentaba resistirse los demonios la reducían rápidamente, incluso en uno de sus forcejeos un demonio pisó con fuerza uno de sus brazos hasta quebrarlo… En un momento dado creo que Perséfone mordió el miembro del demonio que la penetraba por su boca, porque éste lanzó un grito de dolor y acto seguido la agarró del cuello, la levantó provocando que sus horribles compañeros dejaran de violarla para luego golpearla con una brutalidad inusitada, y como si fuera un garrote, contra una de las columnas que tenía cerca para después soltarla ocasionando que Perséfone cayera al suelo generando un ruido sordo, como si ya no estuviera viva. Ella quedó inmóvil unos segundos hasta que se destruyó por completo –contó con espanto Hermes haciendo que Deméter gritara de dolor por lo que le sucedió a su hija mientras lloraba sin consuelo–. En ese momento los demonios volvían hacia las escalinatas por lo que me alejé volando de allí ya que no quería que me atraparán… Lo siento… no puedo continuar… el recuerdo de la violación y destrucción de Perséfone es terrible… hubo noches que no dormí porque mi cabeza recordaba una y otra vez ese… maldito suceso… a veces maldigo el momento que tuve la idea de seguirlos y me insulto a mí mismo…
–Ya… veo… –admitió con horror Nahuel.
–Tras eso regresé aquí y Zeus me ordenó que advirtiera al resto de los dioses por lo que me fui lo más rápido posible, pero de inmediato me percaté de que tenía unos cuántos ángeles y demonios persiguiéndome por lo que me moví por todo el Olimpo hasta que los perdí y rápidamente hice lo que Zeus me ordenó –continuó heraldo de los dioses–. De más está decir que mientras una buena cantidad de seres atacaban los dioses otros se encargaban de destruir algunos palacios y otros edificios para saber si alguna deidad estaba escondida dentro de ellos.
–Mientras tanto yo ordené al resto que abandonara el Olimpo ya que si nos quedábamos más tiempo tendríamos el mismo destino que Hestia, Hebe, Iris y Perséfone –prosiguió Zeus.
–Todos nos esparcimos para que los ángeles y los demonios se dividieran para que les fuera más difícil alcanzarnos a todos. En mi caso huí hacia Atenas para luego dirigirme hacia el sureste, sin antes pasar por Creta. En un principio, cuando supe que ningún demonio o ángel me perseguía, me escondí en una cueva en algún punto de un desierto y mucho tiempo después me desplacé, durante la noche, hacia otra cueva en las montañas donde sabía que habían encadenado a Prometeo y caí en un sueño profundo, despertando un tiempo antes de que tú vinieras a la Acrópolis de Ateneas. –contó Atenea.
–Yo en cambio huí hacia mi forja. Durante el viaje me detenía para librarme algunos ángeles y demonios para luego reanudar mi marcha. Para cuando llegué hacia mi forja sólo me seguían unos pocos por lo que Estéropes, Brontes y Arges se encargaron de ellos. Acto seguido cerré la entrada a la cueva y los Cíclopes y yo estuvimos mucho tiempo encerrados en la forja, construyendo cosas y controlando a Tifón hasta que apareció Atenea. –narró Hefesto.

jueves, 23 de marzo de 2017

El contrapunto del amor y el sexo. (Capítulo 6)





Capítulo 6


Es la última semana de clases antes del receso de invierno. También es la última semana de clases de Evelina. Todos ya tienen organizadas sus pequeñas vacaciones y sus fiestas para Navidad y Año Nuevo. Yo, en cambio, no tengo plan alguno. Ya he decidido no regresar a la casa de mis padres. No se los he informado aún, pero lo haré pronto. No me importaría estar solo en mi departamento durante el receso. Aunque puedo reunirme con Winfried porque él vive en Leipzig no quiero molestarlo durante las fiestas.

Luego de mi clase particular, el cual otra alumna más desertó, dejándome con 19 alumnos para el retorno de las clases, si es que uno o más no abandonan antes de iniciarlas, me reúno con Loeb para informarle sobre el progreso de Evelina. Le diré que ella está lista y que le mostrará su progreso después del receso de invierno.

–Estupendo, señor Dürrenmatt. Sabía que podía confiar en usted. –dice Loeb complacido.
–Debo confesarle que no fue sencillo, pero la señorita Maccarinelli consiguió su meta gracias a su esfuerzo.
–Y también gracias a usted que la guió.
–Un profesor de solfeo hubiera hecho mi trabajo y la señorita Maccarinelli hubiera logrado su objetivo en menos tiempo.
–Estoy de acuerdo con usted, pero no ella no admitió que estaba apurada, por lo que usted hizo un gran trabajo.
–Gracias, señor.
–Así que el lunes inmediato a la finalización del receso de invierno la señorita Maccarinelli vendrá aquí y me solfeará algunos de los ejercicios que le presentaban cierta dificultad y si los realiza correctamente daré por cumplida su tarea. Lo haremos una vez que usted finalice su clase de contrapunto, naturalmente. No dudo de su palabra, pero sabe que para que un músico sea considerado bueno debe tocar su instrumento y para que alguien que sea considerado un buen solfista debe solfear. Es una profesión en la que hay que demostrar.
–Lo sé. Le aseguro que la señorita Maccarinelli solfeará sin problema los ejercicios que desee. Si quiere puede invitar a un profesor de solfeo para que le confirme si ella lo hizo bien o todo lo contrario.
–Por supuesto. No soy profesor de solfeo, por lo que habrá uno aquí –de repente suena el teléfono del escritorio. Loeb lo atiende. Habla con su secretaria. Como no puedo evitar oír lo que dice, intuyo que hay alguien esperándolo en afuera. Medio minuto más tarde cuelga el tubo, sin antes decirle a su secretaria que haga pasar a esa persona.
–¿Me tengo que retirar? –pregunto, pensando que me tendré que ir.
–No, quiero que se quede porque tengo que presentarle a alguien. –me desconcierta eso. ¿A quién quiere presentarme?

Alguien golpea la puerta y Loeb le da permiso para que ingrese. Mientras se abre la puerta giro hacia ella. Mis ojos se abren como platos, contengo la respiración y mi cuerpo se paraliza por completo.

Un hombre alto, de casi dos metros, algo robusto, cabello canoso corto y engominado, ojos celestes, mentón prominente, pómulos delgados, con pocas arrugas en su rostro entra a la oficina. Viste un saco, un pantalón de vestir y unos zapatos de cuero negro y una corbata azul oscuro. Su mirada es severa, intimida un poco. Camina con seguridad, imponiendo cierto respeto. Se detiene a pocos metros de mí y pone sus antebrazos en su espalda. Me levanto atolondradamente. Sé quién es: Sebastian Bartholomäus von Branberg, la gran eminencia de la teoría musical.

sábado, 18 de marzo de 2017

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XXII: La invasión del Olimpo (Parte 3).







En un momento dado, cuando Atenea estaba cerca de Nahuel, la diosa observó que un ángel arquero montado estaba dirigiéndose hacia ellos mientras se preparaba para disparar una saeta hacia Nahuel ocasionando que la Olímpica acelerara su marcha lo más que podía al tiempo que le gritaba al muchacho que estaba a punto de ser atacado. De pronto y antes de que el ser, que estaba a unos diez metros del muchacho soltara la cuerda del arco abrió sus ojos, dirigió su mirada rápidamente al ser de luz para arrojarle un golpe energético que impactó con mucho violencia contra el caballo alado provocando que el jinete cayera al suelo soltando la cuerda del arco haciendo que la saeta se dirigiera en otra dirección en donde no había ningún dios. Apenas el ser cayó al suelo Atenea se encaminó rápidamente hacia el ser, sin saber de donde adquirió energías para hacerlo, y ensartó su lanza en el medio del pecho del ángel. Mientras tanto el show recién comenzaba: Nahuel extendió sus brazos hacia abajo y un poco delante de su cuerpo, colocando las palmas de sus manos hacia delante también para luego hacer que numerosas esferas pequeñas azuladas partieran de sus manos que se desplazaron por todo el edificio, de arriba abajo, entre las columnas adosadas y exteriores, por entre los combatientes e incluso pasar al lado de los ángeles montados, sin embargo los ángeles y los dioses, a excepción de Atenea, no miraban a las esferas puesto a que estaban abstraídos en la batalla en la que se encontraban inmersos.

Después de unos segundos las esferas se colocaron en distintos puntos del edificios, dentro de la construcción interna más precisamente, para luego aumentar su tamaño, aunque algunas adquirieron dimensiones mayores que otras. Tras eso comenzaron a materializarse en distintas criaturas míticas que Nahuel podía materializar y apenas se materializaron del todo comenzaron a atacar a los ángeles. Había siete Hidras, todas ellas con un número distinto de cabezas, la que poseía menor cantidad era una con siete mientras que la que tenía más eran dos con quince, las demás variaban entre estas tres; más de una docena de Minotauros, una treintena de Centauros, diez Escilas que sólo mostraban la mitad de sus cuerpos porque “nadaban” en los mosaicos, veinte Cíclopes algunos desarmados y otros con un enorme garrote, cinco Medusas antropomorfas, tres Basiliscos y una Quimera. Luego de unos de segundos de observar a las criaturas que había invocado Nahuel cayó de rodillas al suelo porque se sentía muy agotado por el esfuerzo y acto seguido bajó la mirada ya que no podía levantar su cabeza.

Para su desgracia se estaba perdiendo del caos que creaban las criaturas míticas. Las Hidras atrapaban en medio del aire a los ángeles montados con una de sus cabezas para luego despedazarlos con las demás al tiempo que otras se encargaban de aquellos que habían descendido de sus corceles alados con un solo bocado o bien exhalándoles su aliento venenoso provocando que avanzaran hacia ellas para luego agarrarlos con sus fauces y lanzarlos bien lejos haciendo que chocaran contra los muros o que rodaran por el suelo para luego ser liquidados por los dioses o por ataques perdidos. Los Centauros propinaban poderosos golpes a los ángeles que había en el suelo tanto con sus brazos o con sus cacos delanteros y traseros a una velocidad increíble, no obstante serán vulnerables a los ángeles montados por lo que debían moverse con constantemente para que ninguno de ellos resultara herido de muerte, aunque recibieron algunas flechas o hechizos pero nada grave.

Entretanto los Cíclopes y los Minotuaros embestían a todos los seres que se les cruzaba, incluso a los que se encontraban peleando contra los demás dioses ocasionando que algunos de ellos se sintieran un poco aliviados, pero que otros como Ares, Poseidón, Zeus, entre otros se molestaran un poco porque ellos mismos querían liquidar a sus adversarios sin ayuda. Las Escilas se “sumergían” en las aguas pintadas de los mosaicos para luego emerger sus cabezas justo donde se paraba un ángel para que las mismas, al igual que las de las Hidras, los despedazaran, incluso algunas utilizaban las fauces de los canes que poseían en sus cinturas para que hicieran lo mismo, aunque en la mayoría de los casos sólo les arrancaban alguna extremidad porque las mandíbulas de los perros no eran tan poderosas como las de la cabeza, no obstante éstas criaturas eran las más vulnerables por algún motivo ya que cualquier ataque que realizaban los ángeles ellas emitían horrendos gritos de dolor por lo que se sumergían en las aguas y se vengaban de sus atacantes con brutalidad, pero sólo a los que estaban sobre los mosaicos, a los aéreos les era imposible porque sus serpentinos cuellos no podían alcanzarlos.

sábado, 11 de marzo de 2017

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XXII: La invasión del Olimpo (Parte 2).







Al llegar al borde del edificio donde el joven veía que comenzaba el puente, descubrió la escalinata de grandes escalones que lo conducía hacia la larga construcción de piedra y que tenía un ancho que superaba un poco el triple de su altura, por lo que, y luego de comprobar esos detalles, descendió los peldaños raudamente para luego correr a todo lo que podía para llegar hacia el edificio del templo. Todo parecía decir que ningún ángel lo estaba siguiendo pero lo que no sabía es que un ángel montado hechicero estaba volando detrás de él y que estaba creando en la punta de su báculo una esfera de fuego. Apenas estuvo lista movió de el báculo en forma de círculo para luego lanzar la esfera hacía Nahuel explotando detrás del muchacho ocasionando que saliera despedido violentamente hacia delante para luego rodar unos metros hasta detenerse justo en uno de los bordes del puente mirando hacia arriba, por lo que Nahuel pudo ver a su atacante porque voló por encima de él. Rápidamente se levantó y siguió corriendo al tiempo que miraba al ángel que estaba volviendo hacia él para atacarlo con una esfera de tierra que estaba creando por lo que Nahuel pretendía arremeter contra su atacante apenas estuviera un poco cerca y antes de que realizara su movimiento ofensivo, pero el ángel lanzó su hechizo a muchos metros por lo que el dualista tuvo que eludir el ataque, sin embargo la explosión generada por el choque de la esfera causó que se esparciera muchos kilos de tierra que empujaron a Nahuel con violencia cayendo al suelo para golpearse duramente contra la piedra.

–¡Mierda! ¡Maldito hijo de puta! –bramó el joven mientras se levantaba del suelo completamente adolorido no sólo por el golpazo que se dio contra los bloques de piedras que conformaban el puente también por la tierra que lo había empujado ya que el impacto fue duro. Apenas se erguió se sacudió un poco para quitarse la tierra que tenía en la espalda para luego seguir su rápido avance hacia el depósito de armas, pero apenas hizo los primeros metros se percató que el ángel que lo atacaba se dirigía hacia él desde su izquierda por lo que aceleró su marcha al tiempo que se concentraba en el ser montado para así saber cuándo iba a atacar para eludir su ataque con total éxito. Sin embargo el ángel se desvió haciendo que desapareciera de la vista del joven por lo que éste siguió corriendo a lo máximo que podía ya que dejó de preocuparse por su adversario.

Antes de que llegara a la mitad del trayecto el muchacho sintió que algo se aproximaba hacia él a toda velocidad por lo que quiso voltear su cabeza para saber si era el ángel montado que iba a cornearlo con el cuerno de metal de su corcel alado pero no necesitó ni siquiera mover un poco su cuello porque observó, arriba de él, que una gran esfera de tierra se movía y cuya trayectoria iba a para hacia metros delante del joven por lo que una vez que impactó contra el puente rompió un buen tramo como si esa esfera fuera una bola de demolición. Nahuel se frenó e intentó retroceder lo más rápido que pudo, pero el sector del puente donde él se encontraba cedió ocasionando que cayera al abismo. Por suerte se aferró a último momento de una saliente que había quedado del puente evitando caer al vacío. Raudamente empezó a juntar fuerzas para comenzar a subir, lográndolo después de varios segundos de hacer un esfuerzo descomunal ya que era la primera vez que sentía que su vida realmente corría riesgo, olvidándose por completo de aquellas veces en que estuvo en peligro de muerte por culpa de los ángeles, de los demonios, de las criaturas míticas y de las trampas de Hera. Al regresar al puente el dualista estaba tan extenuado que apenas podía sostenerse sobre sus pies, no obstante sabía que debía seguir, pero al ver que más de setenta metros del puente había desaparecido por culpa de la gran esfera de tierra supo que era prácticamente imposible continuar, además de estar sorprendido que el resto de la construcción siguiera de pie ya que no poseía una estructura que le permitía seguir sólido cuando algún sector se destruía, aunque de inmediato recordó que no estaba en su dimensión por lo que intuyó que algunas cosas que sucedían en su dimensión de origen no ocurrían en la que donde se hallaba en ese momento. Aún contra todos los pronósticos, el joven decidió avanzar intentando hacer el Salto a distancia físico-mental aunque teniendo en cuenta que la distancia que debía saltar era mucha, más del doble de lo que él podía llegar a hacer, pero estaba decidió a llegar hasta el depósito porque sabía que si lograba hacerlo no tendría problemas al regresar. Velozmente tomó distancia al tiempo que miraba a su alrededor para averiguar dónde se encontraba su oponente; increíblemente no lo vio por ningún lado y tampoco lo sentía, de hecho lo único que percibía era la esencia de los demás ángeles montados volando sobre el edificio donde se defendían los dioses, causando que Nahuel pensara que el ángel se había ido porque creía que había caído al vacío. Eso hizo que se despreocupara suscitando que el dualista se relajara un poco para que su mente estuviera tranquila para concentrarse para que así pudiera realizar la técnica mental que pretendía hacer, siempre estando consciente de que lo que iba a hacer tendría graves consecuencias, que no era una simulación o un entrenamiento, sino que lo haría en la vida real por lo que el peligro de caerse y quedar enterrado en la tierra, si es que había detrás de las nubes, y morir o que todos sus huesos se hicieran polvo cuando chocara contra el suelo o las rocas para después desfallecer era real.

jueves, 9 de marzo de 2017

El contrapunto del amor y el sexo. (Capítulo 5)





Capítulo 5



Es el último miércoles de noviembre. El invierno se está acercando, pero hace un par de semanas que parece que se instaló. Hace más frío de lo normal. Asimismo, poco a poco se hace sentir el ambiente de las fiestas de fin de año. Pronto vendrá el receso de invierno y otro dolor de cabeza para mí. Se supone que debo volver a la casa de mis padres, pero este año no iré. Ya me cansé de ellos. Suena horrible, pero es la verdad.

La clase de Evelina termina. Ella está muy contenta ya que ha progresado bastante en su solfeo. Ahora consigue solfear los ejercicios como corresponde y no le cuesta tanto realizar los nuevos. Dado a que demuestra que ya no necesita mi ayuda, acordamos que mis clases finalizarían la última semana de clases de la universidad antes del receso de invierno.

Nos preparamos para salir de mi apartamento. La acompañaré hasta que pida su taxi, como de costumbre, pero cuando atraviesa el umbral de la puerta ella se da media vuelta.
–Immanuel… –me dice con sus ojos rebosantes de alegría y con una amplia sonrisa– Gracias…
–A mí no me tienes que agradecer. Tú, con tu esmero y voluntad, has conseguido solfear lo que parecía imposible para ti. –le contesto y sus ojos brillan con intensidad.
–Pero sin ti no lo hubiera logrado.
–Eso es discutible. –no lo digo por modestia, sino porque es verdad. Si ella hubiera consultado a un profesor de solfeo seguramente hubiera solfeado al mismo nivel que ahora pero en menos tiempo.
–No importa lo que tú digas. Para mí, tú fuiste importante. –se acerca, cierra sus ojos, me da un dulce beso en la mejilla derecha y luego otro en la izquierda. De repente su boca se acerca a la mía y se detiene a centímetros. No sé qué pensar. ¿Ella me quiere besar o se equivocó y se detuvo a tiempo? Yo estoy nervioso aunque no lo manifiesto. Tengo ganas de besarla pero tengo miedo de las consecuencias.

Me arriesgo. Acerco mi boca a la suya y la beso con delicadeza. Pronto mi osada lengua invade su boca, buscando la suya. Ella responde con timidez, aunque unos segundos más tarde se pone a tono con la mía. ¡Cielos! Besa increíblemente bien. No despegamos nuestras bocas ni un segundo. Quiero prolongarlo tanto como pueda. Mis trémulas manos la toman con mucha delicadeza de su cintura, como si se tratara de un jarrón frágil, y con suavidad acerco su cuerpo al mío. No se resiste en lo más mínimo, más aún cuando siento sus brazos rodear mi cuello.

Por lo que presiento, esto irá más allá de un beso largo, casi eterno. No tengo miedo. No me preocupo más. Ella me está dando su permiso. Yo propuse, ella dispuso. Aunque podría decirse que fue al revés... No importa. Es hora de concretar nuestro tácito acuerdo. Con lentitud, la llevo de regreso a mi departamento, sin dejar de besarnos. Por miedo a que se tropiece y se lastime pego su cuerpo al mío. Se me eriza la piel al tenerla tan cerca y un agradable calor invade mi cuerpo por completo.

Una vez que estamos adentro extiendo mi mano hacia el picaporte de la puerta y la cierro con cierta fuerza, al tiempo que Evelina se desprende de su mochila y la lanza hacia los sofás, pero termina en el suelo. Nos pegamos uno al otro con intensidad, reafirmando nuestro deseo de estar unidos. Mi boca comienza a dolerme y supongo que ella está experimentando cierto dolor en la suya, sin embargo, eso no nos impide continuar. Abrazados, nuestras manos recorren la espalda del otro. Sus caricias son tan tibias que provocan que mi cuerpo se relaje y quiera corresponderle con más caricias. De repente dirijo mis manos a su rostro y lo acaricio. Su piel es tan suave que parece seda, a los pocos segundos ella toca el mío con sus manos tibias.

Cansados de besarnos nos detenemos y nos apartamos un poco. Nuestras miradas se cruzan. Descubro que en sus ojos hay fuego. Ella está ardiendo de pasión, me confirma su invitación. Sospecho que ella percibe mi ratificación en mis ojos, porque me sonríe con picardía. La abrazo y nuestras bocas vuelven a unirse, empero le doy varios besos cortos. De esa forma la llevo a donde vamos a desatar nuestras pasiones: mi habitación.

Unos segundos más tarde, abrazados y dándonos pequeños besos entramos en mi habitación. No cruzo el umbral que me vuelvo una bestia: la abrazo con fuerza y devoro su boca con mucha intensidad, ignorando el entumecimiento de mis labios. Con pasos bruscos la dirijo hacia mi cama y nos tumbamos. Yo quedo encima de ella. Le acaricio su cabello y le comienzo a besar el cuello. Evelina gime con suavidad. Regreso a su boca. Mis atrevidas y desesperadas manos abren la cremallera de su abrigo, para luego apretar con cierta fuerza sus senos cubiertos por su sweater.

Me detengo de repente y me despego de ella un poco. Noto en su mirada cierto terror. ¡Estúpido idiota! Seguro que la asuste con mi brutalidad.
–L-lo siento… Fui brusco. N-no volverá a pasar… –me disculpo un tanto nervioso.
–De-descuida… Só-sólo no te pases de la raya. –me contesta un poco más tranquila. Se incorpora un poco, se quita el abrigo y luego su sweater; sólo se queda con una remera mangas largas azul. Inesperadamente la beso y juntos nos deshacemos esa prenda. Ella se queda con un sostén celeste.

Mis manos se dirigen al sujetador de su prenda para quitarle el corpiño. Para mi suerte sé cómo hacerlo con rapidez. Podría alardear sobre eso, aunque siempre me lo escondo hasta que sea el momento indicado. Lentamente la acuesto de nuevo en mi cama y con sutileza le aparto su sostén. Sus senos quedan al descubierto. Percibo que sus rosados pezones están tiesos, en señal de que esperan a que juegue con ellos.

Bajo por su cuello besándolo con ardor. Sigo por su esternón y me detengo entre sus senos. Mi lengua sube por su seno derecho y en la cima describo círculos alrededor de su pezón antes de succionarlo con suavidad. Le arranco un delicioso gemido a Evelina. Con mi mano izquierda acaricio su otro seno, pellizcándole eventualmente y con sumo cuidado el pezón. Ella responde a mis estímulos con dulces y ardientes gemidos.

Al cabo de un rato mi boca se centra en el otro seno, al igual que mi otra mano. Evelina gime con más fuerza. Su excitación es evidente, sobretodo porque su cuerpo se estremece ante mi provocación y su pecho se infla con rapidez por culpa de su agitada respiración. Su piel comienza a emitir calor y se torna más sensible. Incluso rozarle su brazo con mi mano le genera pequeños gemidos. Vuelvo a su boca y la beso con más ganas. Las manos de Evelina recorren mis costados, pasando mi cintura y se detienen al final de mi sweater de lana. Poco a poco comienza a levantarlo. Me doy cuenta de ello y la ayudo. Una vez que me deshago de esa prenda ella empieza a retirar los botones de mi camisa con rapidez.

Se lleva una gran sorpresa al ver que no tengo una remera debajo de ella. Es cierto que hace frío, pero no lo sufro tanto. Empero, eso no es lo que en verdad la deja perpleja, sino mi abdomen casi marcado. No hago ejercicio, aunque podría hacerlo porque tengo bastante tiempo libre. El hecho de que esté así es debido al órgano. Hay que estar en un poco forma para tocarlo. Nunca nadie verá a un obeso al frente de un órgano tubular.

Evelina recorre mi torso con sus tibias manos de arriba abajo. Su mirada sigue los movimientos con total detenimiento. De repente mira la entrepierna, se sonroja un poco y levanta la vista. Sé lo que pasa. Mi miembro está pugnando por salir de mi pantalón. Me da cierta ternura que ella, aún sabiendo lo que sucederá, se ponga un poco pudorosa. Más que quitarle sensualidad, se la acentúa. Tomo sus manos, las beso, las devuelvo donde estaban y regreso a su labios para comérmelos. Pronto ella me abraza con fuerza mientras que yo acaricio con una mano su rostro y con la otra recorro su atractiva silueta.

Desciendo poco a poco, besando su piel, disfrutando de su sabor. Llegó a su vientre y ella se agita un poco. Me detengo justo donde comienza su grueso pantalón de corderoy. En ese punto quiero quitárselo y ver su sexo. De repente una duda se me cruza por la cabeza y me obliga a regresar hacia su boca. La beso un par de veces.
–Evelina… Quizá suene tonto pero, ¿está es tu primera vez? –puede que no, aunque si esta es su primera vez seré lo más cuidadoso posible. Si la trato bien y le hago pasar un buen momento me lo agradecerá toda la vida.
–No… –contesta ella con la respiración agitada– Y sospecho que esta no es tu primera vez. –ambos nos reímos un poco.
–Lamento preguntar eso… Quería saberlo para no hacerte daño si esta era tu primera vez.
–No te disculpes. Es un gran detalle. –me besa con pasión. Le gustó que le preguntara. Si antes tenía dudas, apuesto que ahora está segura de que la trataré como una dama.

Me despego de ella, le retiro su pantalón con moderación y se queda con su braga celeste, pero no pasará mucho tiempo antes de que se lo quite. Me deslizo por su muslo derecho, lo acaricio y lo beso, subiendo y bajando. La respiración de Evelina se vuelve más agitada. Estoy cerca de su sexo. Siento su calor y su aroma. Ella se está excitando más y más, sobre todo cuando mi boca se acerca a su monte de Venus. Finalmente tomo sus bragas y las deslizo con lentitud por sus piernas.

Desecha la última prenda contemplo el paisaje. Evelina se muestra ante mí como Dios la trajo al mundo. Es increíblemente bella. Parece como algo inmaculado y yo estoy a punto de corromperlo, mejor dicho, a completarlo porque seremos uno. Esta sola idea hace que mi cuerpo se estremezca un poco y se endurezca mi miembro aún más. La miro a los ojos y comprendo que está avergonzada. Quizá la intimide con mi mirada que observaba con detenimiento cada detalle de su cuerpo, en particular de su húmedo sexo.
–Tranquila, no sientas vergüenza. –le digo para que se calme.
–Es que… me da vergüenza cómo me miras… –responde ella con timidez, pero con cierta agitación.
–Perdón si te molesta que te mire así. Es que… eres muy hermosa.
–No te disculpes… Yo… yo soy un poco tímida… Y aparte… poco a poco me está gustando cómo me miras… M-me excita. –le sonrío.
–Eres muy hermosa. –es lo único que atino a decir. Es más que eso. Quizá lo vea así por la excitación, pero me importa un cuerno. Es lo que siento y eso es lo que importa.

Vuelvo otra vez a su boca. Su timidez se desvanece al instante. Su lengua lo confirma. Me abraza con dulzura aunque con mucha calidez. Con una mano me bajo los pantalones y mi ropa interior como puedo. Mi sexo endurecido salta, rozando su vientre por poco. Lo dirijo hacia su vulva. De repente, dejo de besarla y me aparto.
–Un momento… –le digo y ella se desconcierta. Mira hacia abajo y levanta su mirada. Vio mi pene erecto a punto de invadir su sexo y se ruboriza un poco. Abro la gaveta de mi mesita de luz y extraigo un condón en su sobre.

Siempre tengo ahí unos cuantos porque uno nunca se sabe cuándo puede ocurrir una situación así y uno tiene que ser responsable, en gran parte para evitar una enfermedad venérea y un embarazo no deseado y en parte, pero no menos importante, por respeto a la otra persona. Le muestro a Evelina el condón– Hay que ser responsables… –ella me mira con calidez y me otorga una de sus lindas sonrisas.
–Eres… un gran caballero. –afirma mientras me acaricia el rostro. Le beso su mano y luego retiro el condón de su sobre. En poco tiempo está donde tiene que estar y la vuelvo besar.

Unos momentos más tarde Evelina deja de besarme y aspira con fuerza. Siente como el interior de su vientre es desgarrado con suavidad y tibieza. Ante esa invasión emite un gemido ahogado. Ya estoy dentro de ella. Comienzo a moverme. Evelina me abraza con fuerza. La beso con intensidad y ella hace lo mismo. Sus gemidos invaden mi habitación, al igual que el ruido de mi respiración entrecortada, acompañado por algún gemido.

Se siente muy bien, el calor de su sexo envuelve al mío con pasión. Mi excitación aumenta. Evelina se torna un ángel para mí. Un ángel al que le muestro el placer mundano más intenso y delicioso que existe. Cuando beso su cuello ella jadea con placer y cierta dulzura. Es música para mis oídos. Mis manos recorren su cuerpo lo más que pueden. Está ardiendo, arde por mí y para mí. Su belleza se incrementa a medida que lo hacen mis movimientos. Un rato más tarde ella clava sus uñas en mi espalda, pero no me duele en lo absoluto. Lo interpreto como una caricia muy intensa.

Su espalda se arquea un poco y mi cuerpo se tensa. Poco a poco me separo de su boca, aunque no deseo hacerlo. Nuestras bocas también hacen el amor y no sé dónde se siente mejor: si en nuestras bocas o en nuestros sexos. Temiendo que me corra por la gran excitación me detengo y me despego de ella. Aprovecho para quitarme lo que me queda de ropa y me recuesto en la cama. Evelina se sube a mí y me besa con deseo.

Cuando está lista desciende con lentitud por mi miembro viril. Volvemos a estar unidos luego de un gemido mutuo. Ella domina la situación. No obstante, unos segundos más tarde se inclina hacia mí y me besa. Ninguno de los dos quiere dejar de probar la boca del otro. Me gusta besarla, quizá más que tener sexo, pero este pensamiento se desvanece en un santiamén cuando percibo el calor envolvente de su sexo en el mío y la fuerte sensación de placer azotando mi mente. Por algún motivo pienso que quien está encima de mí es una sacerdotisa de Afrodita, una mujer que sabe dar placer muy bien. Desearía que esto fuera eterno. A través de la luz que entra por mi ventana y que atraviesa las cortinas noto como en la piel de Evelina se van formando gotas de sudor. Cuando beso su cuello percibo su transpiración y puedo jurar que eso realza su sabor.

Mis manos se mueven por su cuerpo con cierta desesperación. Acaricio todo lo que puedo. Quiero transmitirle mi calor. Deseo que se funda en mí más de lo que estamos fundidos. Todo en ella es perfecto. Quisiera hacerle el amor todas las veces que pueda. Sentir su calor, su piel, su deseo, oír sus gemidos y jadeos todo el rato. La excitación impera mi cerebro y le permito que mande como le plazca. Apuesto que ella también está sometida a su lujuria. Es una tormenta de placer que nos azotará a ambos hasta que quedemos exhaustos, pero satisfechos.

Evelina acelera sus movimientos. Desconozco si quiere terminar ahora o experimentar más de lo que siente. Se separa todo lo que puede de mí y la miro a sus ojos. Interpreto su mirada. Desea llegar al climax ahora. Quisiera negarme, pero parte de mi quiera verla llegar al orgasmo, que estalle placer y belleza, que por un instante se transfigure y se convierta en el ser más bello de toda la Creación.

Ella pone sus ardientes manos en mi pecho mientras yo pongo las mías en su cintura. Nos movemos con más rapidez. Poco a poco sus dedos se entierran en mis músculos, al tiempo que mis manos la aprietan con fuerza. Antes de que nos demos cuenta nos hundimos en nuestros orgasmos, mientras que nuestros cuerpos se ponen muy tiesos. Por un momento estamos en el paraíso. Unos segundos más tarde Evelina cae con lentitud sobre mí y me besa con pasión. Yo acaricio con suavidad su espalda, recorriéndola en toda su extensión.

Un par de minutos después se acuesta a mi lado. Le acaricio la mejilla mientras sonríe. Ella hace lo mismo con mi mejilla.
–¿Estás bien? –una pregunta tonta, pero no sé qué decirle y no quiero estar en silencio.
–Muy bien. Gracias por haber sido gentil. –me responde con voz empalagosa.
–¿Tienes frío? Si es así, métete en debajo de las sábanas. –mi habitación no es fría, aunque tampoco es recomendable que estemos desnudos.
–No. Es imposible tener frío si estoy contigo… –sus ojos destellan. Puede que tenga ganas de más, pero estamos agotados. Me río un poco.
–Si quieres puedes quedarte aquí esta noche. –ella se ríe.
–No, me iré dentro de un rato.
–Lo decía por si quieres descansar. Si lo haces será muy tarde cuando te despiertes. Le avisas a Roggiano que te quedas aquí y asunto arreglado.
–Me encantaría, pero si hago eso pensará que ambos estuvimos haciéndolo –nos reímos un poco–. Y no quiero que ella divulgue que estuve contigo.
–¿Ella no sabe guardar secretos?
–Sí, aunque lo que hicimos es una bomba. Je, je, je, je, je.
–Je, je, je. Es verdad –la beso y me alejo un poco para observarla de pies a cabeza–. Una hermosa y excitante bomba. –ella me sonríe y me besa.

Varios minutos más tarde nos vestimos y salimos afuera. Le pido un taxi y ella se despide de mí con pequeño beso en mi mejilla. Antes de ese beso estaba nervioso porque no sabía si besarla o no. Me tranquilizo cuando ella me besa en la mejilla. De regreso a mi departamento caigo en la cuenta que lo sucedió. Finalmente tuvimos sexo. Fue grandioso, pero, ¿cómo seguiremos a partir de ahora?

Nunca tuve relaciones sexuales con una “alumna” y con Evelina no hemos terminado con sus clases. Tengo miedo que mezclemos todo y nos lastimemos. Tendré que hablar con ella sobre eso, aunque lo haré la próxima vez que me reúna con ella. No me agradaría lastimarla en lo más mínimo. Vuelvo a recordarla cuando fuimos uno hace un rato, tan hermosa y tan pura; mis miedos se desvanecen en el sonido de sus dulces gemidos resonando en mi mente.

*****

Llega la siguiente clase de Evelina. Hablamos poco. Sólo nos concentramos en su solfeo. No sé cuál es el mejor momento para hablarle. Tengo la necesidad de hacerlo. Estoy intranquilo y me calmaré una vez de que aclare todo.

La clase termina cuando menos me lo espero. Es ahora o nunca.
–Evelina… –le digo mientras me siento a su lado.
–¿Sí, Immanuel? –me pregunta mientras guarda sus cosas en la mochila.
–Quiero hablar sobre lo que pasó antier. –ella se detiene y me mira.
–¿Antier, cuando tuvimos… sexo? –en su voz percibo cierta intranquilidad.
–Sí…
–Fue… algo muy hermoso… –me interrumpe y baja la mirada– Pero creo que hicimos mal. –lo expresa con congoja.
–¿Por qué crees eso?
–Po-porque… no debimos. No quiero poner como excusa porque somos “alumna” y “maestro” porque esto es un caso muy especial, pero tengo miedo… Tengo miedo de que… confundamos las cosas. –tiene mis mismas inquietudes. Su cuerpo se estremece un poco. Está muy nerviosa.
–Yo tampoco quiero confundir las cosas. Lo que hicimos fue consensuado. Si me hubieras pedido que me detuviera lo hubiera hecho al instante. Fue algo bello, sí; aunque tenemos miedo de cómo actuaremos cuando estemos solos en una situación similar a la de antier. Sospecho que nuestro peor miedo es que no podamos mirarnos como amigos, sino como hombre y mujer. Hasta antes de eso, habíamos desarrollado una pequeña amistad, pero nuestro encuentro sexual hizo temblar nuestra incipiente amistad y no queremos eso. –esto es a lo que tenemos miedo. Sin que lo expresáramos, creíamos que éramos amigos, pero nuestros cuerpos nos vencieron y ahora tenemos miedo. Ninguno quiere lastimar al otro. Ninguno quiere hacerle entender al otro que quiere más que una amistad. Sólo fue un encuentro para apagar el fuego de nuestro deseo, nada más.

Le tomo la mano. Ella se sorprende y la mira.
–No quiero lastimarte. Podemos olvidar lo que sucedió y comenzar de nuevo. –Evelina aparta su mano con delicadeza. No me gusta ese gesto. Quizá me pida que no nos veamos más. Si con eso ella piensa que estaremos bien, lo aceptaré, aunque nos faltan unas cuantas clases.
–Yo creo… que lo mejor para ambos es… que una vez que terminemos estas clases no vernos más… por un tiempo. –lo expresa con un poco de dolor. No está muy convencida por lo que dice. Podría decirle que no, mas tendré que aceptar aunque no me guste. Haré lo que sea necesario para que ella se sienta cómoda.
–De acuerdo, así se hará. Si quieres podemos terminar las clases aquí. Le diré a Loeb que ya has alcanzado el nivel de solfeo que querías.
–No, no, no, no, no –responde con rapidez y efusividad. Me extraña que lo haga de esa forma–. Seguiremos como acordamos antes, pero luego tendremos que evitar vernos. Por lo menos por un tiempo.
–Está bien.
–Me alegro que aceptes. –su rostro la contradice. No lo está. No quiero presionarla. Es mejor que le siga la corriente.

Ella termina de guardar sus cosas y nos vamos afuera. Sin embargo, cuando cruzo la puerta me detiene y me pide que la deje ir sola. Accedo y antes de irse ella me da un breve beso en mi mejilla. La veo irse con pasos presurosos. Vuelvo al interior de mi departamento y a los pocos pasos siento que el corazón se me anuda. En mi garganta se forma un nudo. Me entristece bastante lo que ella propuso y no lo entiendo. Ella no se irá para no volverla a ver y no admitió que le desagradó nuestro íntimo encuentro. Pero igual me siento triste. Puede que se me pase dentro de un rato. Espero.

*****

Es martes por la mañana y me dirijo al aula donde Müller da clases. Ayer me pidió un favor. El mismo consistía en ayudarle en su clase, específicamente a cuatro organistas en una serie de ejercicios complejos. Acepté de inmediato. A veces suele pedirme ayuda, en parte como retribución por colaborar conmigo en mis clases y en parte para que él pueda centrarse en otros alumnos que tienen ciertos inconvenientes para avanzar.

Llegó a la puerta de su aula y toco la puerta. Segundos más tarde Müller abre la puerta y me permite pasar. Al hacer unos pasos me detengo en seco, luego de mirar algo que me desagrada. Entre un grupo de alumnos está Reinhardt Bach. Me acerco a Müller con rapidez.
–¿Me puedes decir qué hace él aquí? –le pregunto en voz baja.
–Le pedí que me ayudara también. –me contesta en el mismo tono de voz.
–¡Tú sabes bien que él y yo no nos llevamos bien! ¡¿Por qué le pediste que te ayudara sabiendo esto?!
–Su disputa es estúpida y quizá trabajando juntos se solucione de una vez por todas. –contesta con seriedad y luego avanza hacia su escritorio. Bach me descubre. Me mira por un instante y con desprecio. Sigo sin entender por qué Müller lo convocó. Sé por qué; Bach es profesor de piano y, a diferencia de mí, le es más útil. Eso me hace preguntar por qué Müller me pidió ayuda. Entiende a la perfección que la rivalidad entre Bach y yo no desaparecerá tan fácilmente.

Müller anuncia a sus alumnos que tanto Bach como yo le ayudaremos con sus clases. Todos, al verme, me aplauden con efusividad. Bach aplaude con muy pocas ganas. Al cabo de un rato Bach, Müller, sus cuatro alumnos y yo nos dirigimos hacia una de las salas de conciertos donde se encuentran dos órganos eléctricos. Una vez dentro en el sitio. Müller nos da las indicaciones y se marcha. Me sorprendo y le pregunto por qué nos deja solos; él contesta que podremos manejar la situación sin inconvenientes y se va. Honestamente, pienso que se volvió loco.

A pesar de que no me gusta estar cerca de Bach nos organizamos rápido y cada uno toma dos alumnos. Los que tiene Bach, quieren mejorar un poco la destreza de sus manos porque en varias piezas para órgano los pasajes rápidos se requieren de ambas manos para ejecutarlos. Ellos ya poseen cierta destreza, aunque los ejercicios que tienen que realizar son arpegios bastante difíciles de realizar. En cambio, los que yo tengo a cargo quieren mejorar su técnica con el pedal. Sus pies se mueven como corresponden, aunque a veces fallan al pisar la tecla, sobre todo cuando los pasajes hay que usar tanto los pies como las manos.

Media hora más tarde los cuatro alumnos mejoran bastante. Les falta un poco, pero con un poco más de práctica conseguirán su objetivo. Intuyo que Müller sabía que Bach y yo haríamos un buen trabajo, pero no va conseguir que nosotros dejemos a un lado nuestras diferencias. Me temo que se equivoca.

–Suficiente. Ya saben la técnica. Sólo necesitan practicarla bastante. –les dice Bach a los alumnos. No puedo evitar oírlo.
–¿Podría tocarnos algo, señor Bach? –le pregunta uno de los alumnos.
–Sí, creo que puedo tocar algo antes de que regrese Müller. –por mí puede tocar lo que quiera, siempre y cuando no ponga el instrumento a un volumen tal que los alumnos que tengo a cargo y yo no podamos oír al órgano que tenemos delante. No obstante, creo que esto no sucederá.

Un minuto más tarde, Bach toca el órgano con estridencia. El bastardo puso el volumen al máximo. No toca nada en concreto: una sucesión rápida y lenta de escalas graves y agudas, acompañada por varios acordes de cuatro y de cinco notas. Sí, crea una melodía, pero sé por qué lo hace. El sonido es tan fuerte que los alumnos y yo no podemos escuchar lo que hacen con los pedales.

Les digo que esperen un poco, me dirijo hacia el órgano de Bach, me agacho un poco y lo desenchufo. El sonido queda reverberando por un rato mientras yo me irgo con el cable en la mano. Miro a Bach molesto.
–¿No podías bajar el volumen? –mi voz también expresa mi molestia.
–¡Oye! ¡Tranquilo, Dürrenmatt! Les estaba tocando algo para estos dos chicos. –me responde tan campante que me irrita.
–Pues puedes hacerlo más despacio, Bach. Los alumnos que están mi cargo quieren seguir practicando y no pueden escuchar lo que tocan.
–¡Pero si los he escuchado y ya han aprendido lo que le has enseñado! ¡Y pueden practicar en cualquier momento, aunque no pueden escucharme en cualquier momento! Creo que deberían aprovechar la oportunidad de oírme.
–Sí… Oírte tocando un ejercicio de escalas y arpegios comunes para que dejen de practicar.
–Además, ¿no podías haberme hablado para que deje de tocar?
–A causa del estruendo que estabas generando era imposible que me oyeras y como estabas tan concentrado en tocar quizá no sentirías cuando te tocara el hombro, así que opté por la opción más fácil.
–Bueno, me disculpo. ¿Ahora serías tan amable en volver a conectar el órgano a la corriente para que yo pueda tocar? Obviamente lo haré con menos volumen que antes.
–¿Para que vuelvas a molestarme y a los alumnos que están conmigo? No, gracias. –no voy a permitir que él moleste a los chicos que quieren seguir practicando con la pedalera. Bach se levanta del órgano y se pone delante de mí. No sé cuál son sus intensiones, pero si quiere pelea la tendrá. No deberíamos tener un pleito dentro de la universidad, aunque es tan desgraciado que unos buenos golpes no le harían nada mal. En estos momentos lamento no saber boxear o practicar algún arte marcial.
–¿Y qué tal si resolvemos esto con una pequeña competencia? –sonríe con cierta maldad.
–¿Una pequeña competencia? –tengo un mal presentimiento.
–Sí. Algo simple: ambos tocaremos la misma pieza para órgano al mismo tiempo y el que consigue hacerlo sin ningún error ganará. –me sorprende lo que acaba de decir.
–¿Por qué quieres hacer eso?
–Porque es más políticamente correcto eso que golpearnos, ¿no? –la verdad es que tiene razón– ¿Aceptas? –extiende su mano hacia mí. Me sorprende la proposición. No debemos golpearnos dentro de la universidad, pero yo le ganaré con facilidad en su “pequeña competencia”.
–Acepto. –¿Qué más da? No puedo perder. Estrecho su mano con fuerza. Él sonríe como si estuviera muy confiado.
–Muy bien. Aunque con una condición –se muestra muy seguro, como si supiera que ganará de antemano–: yo escogeré la pieza. –no tengo problema con eso. Escoja cual escoja le venceré. No obstante, se me ocurre una idea mejor para hacerlo sufrir un poco.
–Hagámoslo más “democrático” –dirijo mi mirada a los alumnos, que se muestran emocionados por la “pequeña competencia”–: que ellos decidan la pieza. –Bach mira a los alumnos y éstos se miran entre sí, totalmente anonadados.
–Hmm… Está bien. Que ellos decidan. –qué extraño. Creí que se negaría. He de suponer que él piensa que los alumnos escogerán una pieza sencilla.
–Pero que no sea la Tocata y Fuga en Re Menor. –decimos al mismo tiempo. Nos miramos perplejos mientras los alumnos se ríen un poco. Tal parece que él siente el mismo hastío por la obra que yo: de tanto tocarla le desagrada bastante.

Los alumnos se consultan entre ellos y un par de minutos más tarde nos dicen qué quieren que toquemos: el Tiento lleno de primer Tono de Juan Bautista Cabanilles, un compositor y organista español que vivió entre el siglo XVII y el siglo XVIII. Me sorprende la elección de los alumnos. No es algo que se escuche con frecuencia. Miro a Bach, está perplejo y quizás también asustado. Él está muy acostumbrado a tocar piezas de órgano compuestas por compositores alemanes, fuera de ellos tiene problemas porque como no las toca con frecuencia no recuerda muy bien la partitura o bien nunca las ha tocado. En cambio, yo sí. De hecho, cuando viajo a España siempre tengo que tocar alguna composición de Cabanilles, de Antonio Soler u otro compositor barroco.

Yo acepto tocar la pieza y Bach también. Como no protestó, creo que sabe cuál se trata. Va a ser interesante. Estoy completamente seguro de que es la primera vez en la historia que una pieza de órgano es ejecutada por dos organistas al mismo tiempo.

Los alumnos escogieron bien. La pieza es moderada porque pertenece a la primera un conjunto ordenado con dificultad creciente. Sin embargo, es más fácil percibir quién se equivoca en una pieza moderada o lenta que una rápida, más aún tratándose de un instrumento tan estridente como el órgano.

Bach y yo preparamos los órganos para que estén al mismo volumen. Luego uno de los alumnos comienza un conteo regresivo desde cinco y después de que termina de mencionar el último número ambos comenzamos a tocar el tiento. No es difícil. Es casi como coser y cantar. Hacía tiempo que no tocaba esta pieza, pero a medida que la misma progresa me voy acordando de la secuencia. La sala retumba con el sonido al unísono de ambos órganos. Será difícil determinar quién se equivoca si ambos la interpretamos a nuestra manera. No puedo oír cómo toca mi oponente, aunque sospecho que lo hace rigiéndose por lo que está escrito en la partitura. No la tiene, seguro que la recuerda, por lo tanto también lo hago según la partitura, pero la verdad es que no se puede hacer grandes variaciones.

Cada tanto observo de reojo a los alumnos y veo que están expectantes al primer error. Estoy confiado. No puedo equivocarme ante una pieza relativamente sencilla. Me pasé todo un año practicando los tientos de Cabanilles. Puedo jactar, sin caer en la soberbia, que puedo interpretar cualquier pieza del compositor español como ninguno, superando a mis pares hispánicos.

La pieza avanza y ninguno se equivoca. Llegamos a un pasaje donde hay unos pocos arreglos rápidos y a causa de la sonoridad del instrumento el que lo escucha podría decir que está tocando un pasaje más rápido de lo que en realidad es. Apuesto a que Bach se equivocará sin lugar a dudas. Menuda sorpresa me llevo al no oír ninguna nota fuera de lugar. Creo que él practicó bastante los tientos. Si él hubiera elegido la pieza seguramente hubiera sido algún tiento o algún pasacalle que domina por completo.

Sólo falta aproximadamente un minuto para terminar la pieza y parece que ambos tendremos que tocar otra pieza. De repente, en una secuencia rápida de notas, se oye una nota fuera de lugar, una nota más grave que la que debería. No fui yo porque me voy escuchando a pesar de la estridencia de ambos instrumentos que resuenan por todo el lugar. Bach se equivocó, aunque como todo profesional sigue adelante. Unos instantes más tarde vuelve a equivocarse, esta vez al tocar un intervalo, aunque continúa. Pasa otro pequeño instante y se equivoca en varias notas en un pasaje muy tranquilo. Es obvio que se puso nervioso por los errores que cometió.

Tras eso el órgano de Bach se enmudece. Mi rival no sigue porque ya ha perdido. Yo, en cambio, sigo para concluir la pieza. Finalizo con sin inconvenientes y los cuatro alumnos de Müller estallan en aplausos. Bach aplaude de muy mala gana y me mira con desprecio. Me acerco a él. Tengo que felicitarlo porque aunque se haya equivocado y no haya terminado la pieza, pudo ejecutar buena parte de una obra que no está acostumbrado a tocar.

–Fue interesante. Yo pensaba que te equivocarías antes del minuto –le digo. Obviamente no seré tan compasivo con él. Si yo me hubiera equivocado él me lo hubiera refregado en la cara por un buen rato–. Hacía tiempo que no te oía tocar algo que no fuera alemán y eso es admirable.
–Sí, puede ser. Pero algún día se dará vuelta la tortilla y veremos quién ríe al último. –lo expresa con rabia. No me he burlado en ningún momento de él. Está enfurecido con él mismo y en vez de admitirlo me echa la culpa indirectamente.

Cuando intento rectificarlo los alumnos de Müller se me abalanzan y me piden que les toque otra pieza. Me niego a hacerlo y ellos se vuelven más insistentes. De repente, uno de ellos sugiere una idea que me deja patidifuso: que tanto Bach como yo toquemos uno de los conciertos para órgano y orquesta de Georg Friedrich Händel. Bach y yo nos miramos patidifusos.

Como bien dijo el alumno, esos conciertos son para órgano y orquesta. Lo que él quiere es que uno de nosotros ejecute la parte para órgano mientras que el otro la parte para orquesta. Técnicamente se puede hacer eso. Nosotros hemos arreglado las partes de la orquesta para que el concierto sea ejecutado íntegramente por un órgano, aunque la verdad es que suena raro debido a que se echa de menos el sonido de los instrumentos de viento y de arco y cuerda.

Los demás aceptan con mucho entusiasmo, pero Bach y yo nos negamos argumentando que no suena tan bien como con una orquesta. Por otra parte ninguno de los dos quiere colaborar con el otro. Bach me observa con mirada asesina, como si pensara que yo aceptara esa sugerencia. Prefiero colaborar con Satanás antes que con él.

Empero, la insistencia es tal que ambos accedemos. No obstante, exigimos que nosotros elijamos el concierto. Me acerco a Bach para discutir con él en voz baja. Tengo un concierto en mente y espero que esté de acuerdo. Antes de que diga una palabra él dice el nombre del concierto que pensaba y asiento con la cabeza. No pensé que diría ése en particular. Le decimos a los demás que vamos a tocar el Concierto para Órgano y Orquesta opus 7 número 1. Ellos se emocionan bastante. Ahora sólo queda acordar quién hará cada parte. Bach afirma que él tocará los pasajes para órgano mientras que yo me encargaré de las partes de la orquesta. Lo miro extrañado. Supongo que no quiere salir de su zona de confort, más aún después de lo que sucedió hace un rato. No protesto. A fin de cuentas no es nada difícil para mí.

Una vez que Bach y yo nos sentamos frente a nuestros órganos y espero a que Bach comience ya que el órgano es el instrumento que inicia el primer movimiento, denominado andante, en italiano “tranquilo”. Es curioso. El órgano toca un pasaje y la orquesta lo imita. Naturalmente, esto no sucede en todo el movimiento ya que ambas partes tienen sus pasajes individuales. No me es difícil recordar el arreglo para órgano de las partes de la orquesta, aunque en ocasiones el órgano interviene. Sea como fuere, ambos lo hacemos de manera magistral.

Comenzamos el segundo movimiento, que lleva el mismo nombre que el primero. Cuando me toca ejecutar mi parte, en ocasiones escucho algunas risitas. Las mismas proceden de los alumnos y creo saber por qué se ríen. Apuesto a mi cabeza a que Bach está “dirigiendo” la orquesta, ya que el organista, generalmente, es quien dirige y lo hace cuando su instrumento queda en silencio. Lo ignoro. Además, estoy seguro de que no me “conduce” como corresponde. Me hace burlas cada tanto.

Iniciamos el tercer movimiento. Largo e piano, lento y suave. Es el más largo de los cuatro movimientos. Hay más intervención de la orquesta y el órgano no tiene tantas partes solistas, además de que toca en los tonos graves. Vuelvo a oír las risitas. Ese bastardo debe estar exagerando sus gestos.

Finalmente entramos en el cuarto movimiento, bautizado como “bourrée”. Es un término francés designado para las danzas rápidas, por lo que se trata de un movimiento alegre y rápido, aunque no mucho. El órgano debe ejecutar partes bastante agudas, que le confieren una gracia peculiar. Los dos instrumentos culminan la pieza al mismo tiempo y los alumnos aplauden con efusividad. Estuvo bastante bien. Lástima que mi compañero posee una personalidad repelente, de lo contrario le hubiera estrechado la mano.

Inesperadamente, escuchamos unos aplausos que proceden desde la entrada de la sala. Todos miramos hacia allí y descubrimos que Müller está delante de la puerta aplaudiendo. Se acerca a nosotros con pasos presurosos, mientras sigue realizando el sonido con sus manos.
–Muy bien, muy bien, muy bien –dice, dejando de aplaudir–. ¿Ven que cuando dejan a un lado su patética rivalidad pueden hacer grandes y maravillosas cosas? –Bach y yo nos miramos. Él desvía la mirada con desprecio y yo suspiro para mis adentros.

Lo que acaba de suceder fue algo único. Recuerdo que unos meses después de conocernos ambos practicábamos el concierto que tocamos hace un rato, esperando realizar los seis conciertos que componen la serie opus 7 con dos órganos para tocarlos frente a un gran público. Sin embargo, antes de que llegáramos a concluir el Concierto número 1, Bach reveló su verdadera personalidad y me fue imposible seguir trabajando con alguien que me fastidiaba al mismo ritmo que mi respiración. Por desgracia el proyecto se estancó de forma indefinida, puede que para siempre.

Al cabo de un rato, todos salimos y nos vamos por nuestra cuenta; Müller con sus alumnos por un lado, Bach por el otro, aunque con mala cara, y yo por otro. Mientras camino en dirección a la salida del edificio pienso en aquellos momentos en que Bach y yo éramos tan compañeros que casi fuimos amigos.

A veces me pregunto si todo fue una ilusión, que Bach nunca fue cortés y amable conmigo de verdad, que todo formaba parte de un montaje para intentar aprender lo que nunca podrá aprender, mi dominio innato del arte del contrapunto, que reveló su identidad cuando supo que le era imposible ser tan buen organista como yo. En contadas ocasiones creo que en realidad Bach sí estaba dispuesto a ser mi amigo y quizá pedirme algunos consejos sobre el contrapunto, pero al ver que no podía ni siquiera llegar a ser mi sombra se enfureció, comenzó a odiarme y se volvió en el ser repulsivo que es ahora. Está cegado por la envidia y el odio le carcome la mente. No obstante, cuando empiezo a convencerme de esto, recuerdo todas las cosas que me dijeron sobre Bach y lo que hacía. En esos momentos vuelvo a mi idea original: él es un maldito bastardo que nunca cambiará. Un vástago del mal. Un verdadero Standartenführer, como lo bautizó Winfried.

Antes de llegar a un aula escucho el inconfundible sonido de un instrumento. Un arco raspando con suavidad unas cuerdas. Es un grupo de violines tocando. No reconozco la melodía. Sospecho que es una clase de ejercicio. Para mí no me es extraño oír violines u otros instrumentos y por lo general sigo mi camino. Empero, cuando escucho a un solo violín tocar un pasaje me detengo en seco. Por alguna extraña razón ese instrumento me atrapa, me cautiva. Su ejecutante lo hace muy bien, casi excelente.

Me acerco a la puerta, la cual está abierta, y echo un vistazo con suma cautela para que nadie sepa que estoy allí. Dentro veo que hay un grupo de diez personas: cuatro son violinistas, tres son violistas y los otros tres son violonchelistas. La que única que toca es una violinista que conozco más que bien: Evelina. Al parecer di con su clase o parte de ella. Creo que es un grupo armado por su profesor para tocar alguna pieza más adelante frente a un público, por lo que la pieza que están interpretando no es un ejercicio, es una pieza que desconozco, aunque la cantidad de instrumentos me desconcierta. Realmente no lo sé.

Mis ojos se clavan en Evelina, más concretamente en sus manos que desprenden la agradable melodía de su violín. Al cabo de un rato la miro de pies a cabeza. Es muy hermosa. Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que ahí es donde su verdadera belleza sale a relucir, superando a su belleza mundana, aquella que tuve la oportunidad de ver y sentir en mi cama.

Imágenes de ese fogoso encuentro invaden mi mente. Me retiro de la puerta y me pongo de espaldas a la pared. Su música invade mis oídos y el resto de mis sentidos es asaltado por los recuerdos. Siento su caliente piel, sus húmedos besos, su olor, su ser. Mi cuerpo se relaja y me sumerjo en ellos al tiempo que Evelina comienza a tocar un pasaje un poco más rápido. Su cuerpo acelerándose con el mío es la sensación más fuerte que percibo.

Ella asedia en mi mente con rapidez. No, es su lujuria quien lo hace. No, me equivoco, es mi lujuria. El deseo de entrar allí dentro, besarla por un rato y llevarla a otra parte para repetir lo que pasó en mi habitación aumenta dramáticamente. Me contengo inspirando profundamente, aunque poco a poco voy percibiendo que la batalla la voy perdiendo. Los recuerdos irrumpen con más fuerza y en mi entrepierna se consolida la rendición.

De repente, Evelina interrumpe la melodía y conversa con sus compañeros. Yo regreso a la realidad y miro raudamente hacia los lados. Por suerte no hay nadie, por lo que nadie me vio en mi claro estado de excitación, a pesar de que no hice nada que pueda ser considerado como indebido. Me avergüenzo bastante. Seguro que ahora estoy rojo como un tomate. Antes de que Evelina y su grupo vuelvan a tocar me marcho con celeridad. No quiero quedar ante cualquiera como un onanista.

Ya afuera del edificio me dirijo con normalidad hacia la parada del ómnibus. Pienso en lo que pasó hace un rato, aunque las imágenes de Evelina y yo siendo uno irrumpen cada tanto. No lo voy a negar. Estoy apresado por ella, por sus encantos, por su femineidad. Ninguna mujer ha causado tal impacto en mí y eso que he estado con mujeres más “bonitas” que ella.


Aunque odie admitirlo, Evelina se está convirtiendo poco a poco en la materialización de mi lujuria. No me gusta verla así. Me hace sentir muy mal. Terrible. Fatal. Por algún motivo nunca me gustó considerar a una mujer como eso, como si fuera un objeto con el que puedo saciar mi lujuria. Espero terminar las clases de Evelina pronto y alejarnos un poco. Tal vez así se me pase todo. Creo que es lo más sano para ambos. Sin embargo, eso me hace sentir muy triste.