sábado, 18 de marzo de 2017

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XXII: La invasión del Olimpo (Parte 3).







En un momento dado, cuando Atenea estaba cerca de Nahuel, la diosa observó que un ángel arquero montado estaba dirigiéndose hacia ellos mientras se preparaba para disparar una saeta hacia Nahuel ocasionando que la Olímpica acelerara su marcha lo más que podía al tiempo que le gritaba al muchacho que estaba a punto de ser atacado. De pronto y antes de que el ser, que estaba a unos diez metros del muchacho soltara la cuerda del arco abrió sus ojos, dirigió su mirada rápidamente al ser de luz para arrojarle un golpe energético que impactó con mucho violencia contra el caballo alado provocando que el jinete cayera al suelo soltando la cuerda del arco haciendo que la saeta se dirigiera en otra dirección en donde no había ningún dios. Apenas el ser cayó al suelo Atenea se encaminó rápidamente hacia el ser, sin saber de donde adquirió energías para hacerlo, y ensartó su lanza en el medio del pecho del ángel. Mientras tanto el show recién comenzaba: Nahuel extendió sus brazos hacia abajo y un poco delante de su cuerpo, colocando las palmas de sus manos hacia delante también para luego hacer que numerosas esferas pequeñas azuladas partieran de sus manos que se desplazaron por todo el edificio, de arriba abajo, entre las columnas adosadas y exteriores, por entre los combatientes e incluso pasar al lado de los ángeles montados, sin embargo los ángeles y los dioses, a excepción de Atenea, no miraban a las esferas puesto a que estaban abstraídos en la batalla en la que se encontraban inmersos.

Después de unos segundos las esferas se colocaron en distintos puntos del edificios, dentro de la construcción interna más precisamente, para luego aumentar su tamaño, aunque algunas adquirieron dimensiones mayores que otras. Tras eso comenzaron a materializarse en distintas criaturas míticas que Nahuel podía materializar y apenas se materializaron del todo comenzaron a atacar a los ángeles. Había siete Hidras, todas ellas con un número distinto de cabezas, la que poseía menor cantidad era una con siete mientras que la que tenía más eran dos con quince, las demás variaban entre estas tres; más de una docena de Minotauros, una treintena de Centauros, diez Escilas que sólo mostraban la mitad de sus cuerpos porque “nadaban” en los mosaicos, veinte Cíclopes algunos desarmados y otros con un enorme garrote, cinco Medusas antropomorfas, tres Basiliscos y una Quimera. Luego de unos de segundos de observar a las criaturas que había invocado Nahuel cayó de rodillas al suelo porque se sentía muy agotado por el esfuerzo y acto seguido bajó la mirada ya que no podía levantar su cabeza.

Para su desgracia se estaba perdiendo del caos que creaban las criaturas míticas. Las Hidras atrapaban en medio del aire a los ángeles montados con una de sus cabezas para luego despedazarlos con las demás al tiempo que otras se encargaban de aquellos que habían descendido de sus corceles alados con un solo bocado o bien exhalándoles su aliento venenoso provocando que avanzaran hacia ellas para luego agarrarlos con sus fauces y lanzarlos bien lejos haciendo que chocaran contra los muros o que rodaran por el suelo para luego ser liquidados por los dioses o por ataques perdidos. Los Centauros propinaban poderosos golpes a los ángeles que había en el suelo tanto con sus brazos o con sus cacos delanteros y traseros a una velocidad increíble, no obstante serán vulnerables a los ángeles montados por lo que debían moverse con constantemente para que ninguno de ellos resultara herido de muerte, aunque recibieron algunas flechas o hechizos pero nada grave.

Entretanto los Cíclopes y los Minotuaros embestían a todos los seres que se les cruzaba, incluso a los que se encontraban peleando contra los demás dioses ocasionando que algunos de ellos se sintieran un poco aliviados, pero que otros como Ares, Poseidón, Zeus, entre otros se molestaran un poco porque ellos mismos querían liquidar a sus adversarios sin ayuda. Las Escilas se “sumergían” en las aguas pintadas de los mosaicos para luego emerger sus cabezas justo donde se paraba un ángel para que las mismas, al igual que las de las Hidras, los despedazaran, incluso algunas utilizaban las fauces de los canes que poseían en sus cinturas para que hicieran lo mismo, aunque en la mayoría de los casos sólo les arrancaban alguna extremidad porque las mandíbulas de los perros no eran tan poderosas como las de la cabeza, no obstante éstas criaturas eran las más vulnerables por algún motivo ya que cualquier ataque que realizaban los ángeles ellas emitían horrendos gritos de dolor por lo que se sumergían en las aguas y se vengaban de sus atacantes con brutalidad, pero sólo a los que estaban sobre los mosaicos, a los aéreos les era imposible porque sus serpentinos cuellos no podían alcanzarlos.


Mientras tanto las Medusas transformaron sus piernas en un cuerpo de serpiente, justo como lo hizo la Medusa a la que se enfrentaron Nahuel y compañía y que pudieron apreciar cuando la derrotaron, con el fin de moverse rápidamente. Como no tenían  armas se encargaban de petrificar a los ángeles montados que venían hacia ellas o que las miraban directamente a los ojos ocasionando que fueran unos bloques enormes de piedra que caían rápidamente al suelo siguiendo por unos metros la trayectoria que hacían antes de mirarlas para romperse en miles de pedazos después de chocar contra los mosaicos pintados. Eso provocó que los ángeles decidieran evitar verlas, pero de alguna forma u otra las Medusas se encargaban de que las miraran a los ojos, pero petrificaban menos que los primeros instantes después de que ellas entraran a la lucha. No obstante no siempre convertían en piedra a los ángeles y a los equinos alados juntos; en ocasiones lograban que sólo el jinete se petrificara provocando que los caballos bajaran rápidamente a suelo por culpa del peso que tenían en sus lomos para luego convertirse en una nube de polvo al tiempo que se mezclaba con fragmentos del jinete petrificado cuando se estrellaba contra el suelo, o bien se libraban del peso que tenían en sus lomos dejando hacer a los ángeles de piedra destruyéndose por completo a llegar al suelo. En otras sólo el caballo, aunque los jinetes abandonaban los corceles petrificados de inmediato por lo que quedaban volando en el sitio donde dejaron los animales para ver como se destruían en cientos de pedazos cuando se estrellaban con todo contra los mosaicos. A pesar de que el estruendo de los seres petrificados era intenso, los mosaicos sólo recibían ínfimos rasguños y en pocos casos unos rayones importantes, pero ninguno se rompió cuando deberían haber hecho pedazos varios de ellos.

Los Basiliscos eran una historia aparte. Se habían materializado prácticamente en los pies de un grupo de ángeles puesto a que las esferas azuladas se habían detenido justamente allí. Cuando terminaron de materializarse se desplazaron hacia los ángeles, sobre todo a los pies para que los seres sintieran que estaban allí por lo que los que miraron hacia abajo se convirtieron de inmediato en piedra, pero algunos para su desgracia miraron a los ojos negros de los monstruos por lo que en menos de un segundo se convirtieron en polvo brillante ocasionando que los pares que los venían se percataran que esas supuestamente simples serpientes eran muy peligrosas por lo que ni siquiera se atrevieron a verle ni siquiera la puntita de sus colas. Los que se llevaban una gran sorpresa eran los ángeles montados porque de pronto sus corceles se convertían en piedra porque no sabían que sus animales venían al Basilisco, entonces hacían lo mismo que aquellos que se petrificaban sus corceles alados por culpa de las Medusas, no obstante algunos caballos miraban justo a los ojos de la serpiente por lo que en menos de un segundo se transformaban en polvo suscitando que sus jinetes caían al suelo por un momento hasta que volaban, completamente pasmados porque no entendían que había sucedido, aunque no pudieron pensar en nada ni volver a combatir porque eran alcanzados por los ataques de los dioses. Incluso algunos jinetes miraban a las serpientes sin saber el poder petrificante que poseía o porque justo las observaban ya que ellos miraban todo el suelo para elegir al dios o dioses que querían atacar, por lo que se convertían en piedra ocasionado que los caballos alados perdieran altura por el peso extra que tenían.

No obstante, los ángeles le temían a otra criatura que el Basilisco ya que la consideraban peor: la Quimera. El monstruo, con su aliento ígneo, les provocaba muchos problemas. Desde que se materializó no hacía otra cosa más que atacar a todo ángel que se le interpusiera en su camino, lanzando poderosas llamaradas de sus tres cabezas provocando que cualquier ángel que entrara en contacto con las mismas se convirtiera en polvo brillante, incluso los animales alados. Y peor lo pasaban aquellos que la atacaban, si la flecha, hechizo, lanceada o estocada de uno de ellos llegaba a impactar, la bestia emitía con intensidad los tres sonidos de los animales que conformaban sus cabezas para luego dirigirse hacia su atacante. Si fue un ángel que estaba en el suelo el monstruo lo embestía para derribarlo de modo que cayera del suelo para mantenerlo allí porque se colocaba encima para luego arrojarle una poderosa llamarada con la cabeza de león justo en casco al tiempo que las otras dos se defendían de los demás ángeles y finalmente, con la cabeza de león arrancarle la cabeza de un tirón para luego escupirla provocando que el caliente casco rodada por el suelo; apenas dejó de rodar tanto la cabeza como el cuerpo del ángel se convirtieron en polvo brillante. Si el ser que arremetía contra la bestia mítica era un montado, la criatura perseguía al ser montado por todo el edificio hasta que el ángel descendía para así saltar sobre él logrando derribarlo al tiempo que la cabeza de león escupía fuego hasta que caían y, como la Quimera caía sobre el ángel, éste se transformaba en polvo; no obstante no siempre ocurría esto. En ocasiones la Quimera derribaba al ángel pero no caían juntos por lo que el monstruo se encaraba de liquidar al ser de luz mediante zarpazos, llamaradas o arrancándole alguna extremidad o extremidades o directamente la cabeza. Más allá de eso, el monstruo, a pesar de la brutalidad de sus ataques y movimientos, sólo se dedicaba a atacar a los ángeles. Eso le llamó mucho la atención a Nahuel porque en otras ocasiones que la materializó tuvo muchos problemas ya que la Quimera atacaba todo lo que se movían sin que obedeciera alguna orden del muchacho, pero esta vez sólo se dedicaba a liquidar ángeles, incluso el muchacho temió por la seguridad de los dioses cuando el monstruo tricéfalo se dirigía hacia ellos, pero cuando lo hacía era para acabar con algún ángel que le estaba poniendo las cosas difíciles a las deidades sin que ninguna llamarada se dirigiera hacia algún dios.

Pese a que la ayuda de las criaturas vino en el momento preciso y equilibro la lucha, a los pocos minutos los ángeles se las ingeniaron para acabar con algunas de ellas logrando derrotar a seis Minotauros, ocho Cíclopes, dos Hidras, quince Centauros, nueve Escilas y, aunque pareciera increíble, una Medusa. No obstante esto causó que la atención de todos los ángeles se centraran en las bestias que en los dioses, por lo que permitió que casi todos descansaran para luego seguir atacando a los ángeles aprovechando que éstos se encontraban concentrados en liquidar a los monstruos míticos. Entretanto Atenea y Nahuel regresaban a la columna adosada donde el joven había dejado su deteriorado escudo y a la lanza. Anteriormente la diosa lo había ayudado a levantarse y lo sostuvo un tramo del trayecto hasta que él pudiera valerse por sus propios medios para caminar. Rápidamente Nahuel supo, con observar la batalla, que las criaturas que había materializado caían una a una e intentó volver a donde había materializado los monstruos para materializar unos cuantos más, pero Atenea lo frenó agarrándolo con firmeza del brazo, sin embargo el muchacho trató de soltarse aunque la Olímpica lo apretaba con más fuerza cuando más forcejeaba el humano; después de un rato de forcejeó y una suerte de reproche por parte de la deidad Nahuel se quedó en su lugar, observando con impotencia como los ángeles derrotaban a las criaturas míticas y algunos volvían a atacar a los dioses porque se encontraba un cansado y la batalla se encontraba a muchos metros de distancia de donde estaba.

En cambio Atenea, a pesar de estar un poco cansada, ya tenía fuerzas suficientes para ayudar a los suyos por lo que abandonó el lugar donde se escondía sin antes decirle al dualista que se quedara donde estaba. Cuando la diosa había hecho un par de metros sintió que el suelo tembló un poco por lo que se detuvo, a los cinco segundos siguientes volvió a sentir lo mismo y después de otros cinco segundos de nuevo pero con un poco más intenso. Luego de un rato el sitio se estremecía con fuerza pero no eran movimientos telúricos porque duraban unos segundos para luego, a los cinco segundos siguientes quedar todo quieto y seguidamente volver a temblar en un ciclo, por lo que más bien parecían pasos, como si algo muy grande estuviera caminando; esto llamó la atención de todos los dioses, los ángeles, las pocas criaturas míticas que quedaban y de Nahuel por lo que dejaron de luchar para luego mirar hacia todos lados para saber quién o qué producía los temblores. Después de escuchar unos segundos Hefesto avanzó hacia donde se encontraba la entrada del edificio, no para llegar precisamente al sitio sino ir a un lugar para quedar observando hacia la entrada, y al poco tiempo descubrir, junto con los demás, qué era: en un momento, por la entrada y a la distancia, asomó una cosa de metal, después de un rato, momentos antes de que el sitio se estremeciera de nuevo, la cosa de metal que antes veían era la punta de algo que parecía la cola de una avión sin los estabilizadores horizontales viéndola de frente en cuya base había una un gran semi-esfera de metal también y al rato siguiente ser percataron que esa cosa que se asemejaba a la cola de un avión vista de frente con una semi-esfera en su base era, en realidad un casco griego porque notaron un rostro de metal que se asomaba, ocasionando que Hefesto se emocionara y lanzara un grito de alegría.
–¡Sí! ¡Ja, ja, ja! ¡Es él! ¡Es él! ¡Y funcionaba bien! ¡Ja, ja! –exclamó el dios del fuego provocando que todos en el edificio no entendieran de lo que estaba hablando; de pronto Nahuel recordó algo que había visto en la forja de Hefesto y lo entendió todo: era Talos.

Emergiendo de las nubes y caminando como si estuviera subiendo una escalera invisible avanzaba el gigante que había creado el dios del fuego. Lo que los demás no podían ver era el aspecto del ser metálico: era un ser musculoso y desnudo, portando únicamente el casco que habían visto los ángeles que estaban en tierra, los dioses  y Nahuel, que se había apartado de la columna adosada al darse cuenta de que todos los demás estaban pendiente de lo que sucedía a cientos de metros de la entrada de la edificación. Los detalles eran precisos, incluso se podían notar los músculos bien marcados de todo el cuerpo, aunque se podía apreciar unas líneas que eran las de los remaches que mantenían unidos las planchas de acero a la estructura interna. Los ojos no tenían pupilas e iris, más bien se parecían a las de las estatuas griegas, sólo la órbita sin que ni siquiera tuvieran marcados las partes del ojo y el semblante que tenía era sereno sin inmutarse por nada a pesar de que movía con lentitud su cabeza de lado a lado como si observara todo lo que tenía delante de él. Su avance era firme y constante aunque Nahuel determinó que era muy lento porque sus brazos se desplazaban lentamente.
–¡Sí! ¡Talos nos ayudará a acabar con los ángeles! –gritó Hefesto sumamente alegre y complacido, mostrando demasiado orgullo de su creación.
–¡Es muy lento! –vociferó Nahuel– ¡¿Cómo es eso posible?! ¡Se supone que el acero es más ligero que el bronce!
–¡Sucede que tuve que rehacer la estructura porque era muy débil cuando llevaba un poco más de la mitad de las planchas de acero colocadas en Talos!
–¡¿Cómo rehízo la estructura?!
–¡Le puse vigas gruesas de acero reemplazando todas las de hierro y tuve que agregar unas cuantas más para que sea estable!
–¡¿Y crees que podrá contra los ángeles?! –interpeló Atenea.
–Mmm… ahora que lo pienso no lo sé… –dijo Hefesto a media voz mientras adoptaba una postura pensativa.

En ese momento todos los ángeles montados y los que se encontraban en el suelo del edificio se dirigieron hacia Talos y al llegar comenzaron a volar alrededor de él provocando que el gigantesco ser metálico moviera sus brazos para intentar atrapar a los ángeles con sus manos de acero, pero sus movimientos eran tan pero tan lentos que si intentaba atrapar a un ángel, éste podía dar vuelta casi dos veces alrededor de Talos y el gigante le faltaría un par de metros para que su mano llegara a la posición donde quería atrapar al ángel montado.
–¡Carajo! ¡Es terriblemente lento! –criticó Nahuel.
–¡Y todavía sus piernas no emergieron de las nubes! –agregó Hiperión al tiempo que sus ojos se habían puesto completamente blancos aunque, si algún dios o Nahuel se acercara, podía ver las piernas de Talos que se movían lentamente y que apenas las rodillas se asomaban por entre las nubes como si fuera un reflejo, eso demostraba que el Titán estaba mirando eso en ese instante.
–¡Maldita sea! ¡Hubiera sido mejor rehacerlo en bronce que en acero! –declaró un poco enfurecido Hefesto.
–¡Aunque con el acero es más resistente! –declaró Atenea.
–¡El problema radica en la estructura, si el hierro hubiera resistido Talos sería, quizás, un poco más rápido que cuando era de bronce! ¡El acero tiene menor peso específico que el bronce por lo que hubiera sido más rápido! ¡La culpa está en la estructura! –aseveró Nahuel.
–¡Pero aunque sea lento resistirá todos los ataques que los ángeles realicen! –admitió Afrodita.
–¡Cierto! ¡Miren como los ángeles hechiceros lo están atacando y él sigue avanzando sin siquiera estremecerse un poco! –afirmó Héspero mientras observaba como los ángeles hechiceros atacaban al colosal ser de acero con gigantescas esferas hechas con los elementos, algunas de ellas superado los seis metros de altura, pero Talos seguía moviéndose con lentitud sin estremecerse al tiempo que intentaba atrapar un ángel montado.
–No lo sé… los ángeles se las ingeniarán para derribar a Talos. Ya saben que su velocidad es su gran punto débil… –pensó Nahuel sin decirlo en voz alta y pronto descubriría que los ángeles tenían algo planeado.

Uno de los ángeles montados hechiceros materializó una gran soga muy gruesa enrollaba y le lanzó una punta al par que tenía más cerca, un ángel lancero. Apenas éste agarró la punta de la larga soga tiró un poco de la misma para tener un poco de soga, seguidamente ambos se apartaron haciendo que la soga se extendiera. Para cuando la soga terminó los seres estaban separados por más de doscientos metros de soga gruesa y rápidamente se dirigieron hacia las piernas del ser.
–¡Oh, no! ¡Los ángeles están tramando algo! –vociferó Hiperión.
–¡¿Qué traman?! –interrogó Ares.
–¡Quieren… quieren hacer tropezar a Talos!
–¡¿Qué?! –exclamaron los demás dioses y Nahuel.
–¡¿Cómo?! ¡No! ¡No! ¡Hijos de la gran puta! ¡No lo hagan malditos tramposos! –les gritó Hefesto a los ángeles, mirando hacia la entrada donde Talos se acercaba cada vez más y más al edificio, sin embargo él no podía ver a los ángeles por lo que era un tanto gracioso verlo gritar, literalmente, a Talos. En ese momento los ángeles estaban a punto de completar la primera vuelta para darse cuenta que les quedaba poca cuerda, tanta que no podría hacer ni media vuelta, entonces decidieron alejarse del gigante de acero haciendo que la cuerda se tensara alrededor de las piernas de Talos hasta tal punto que hicieron que el ser se detuviera porque no podía mover sus piernas por lo pegadas que estaban entre sí por culpa de la cuerda, aunque para los ángeles no era sencillo hacer que mantener tensada la cuerda porque debían hacer mucha fuerza y evitar que se les escapara de las manos al tiempo que los corceles alados batían sus alas con fuerza como si siguieran moviéndose hacia adelante lo que proporcionaba, en cierta medida, un poco de ayuda al ángel ya que no era necesario que hiciera tanta fuerza, aunque de a momentos los equinos no debían descansar porque se agotaban por el esfuerzo. Lo que no sabían los ángeles que mantenían tensada la cuerda era que la misma se estaba deshilachando por la tensión y por los bordes filosos del acero del gigante. Entretanto los demás ángeles hechiceros atacaban con todo contra Talos para hacerlo caer al tiempo que los otros ángeles montados hacían que sus caballos se acercaran al colosal ser de acero para que los animales golpearan con sus cascos con fuerza contra el metal del gigante al tiempo que los que no tenían un caballo alado utilizaban sus piernas o sus puños para golpear también al ser de acero con tal de ayudar a sus pares. Finalmente todos los ángeles hechiceros planearon una estrategia para lograr derribar a su enorme oponente y la pusieron en práctica: que todos atacaran al frente de Talos y, tras unos cuantos ataques, el colosal ser recreado por Hefesto se inclinó lentamente hacia atrás para al fin caer ante los ojos de todos los dioses, de Nahuel y de los ángeles cuando el gigante se hallaba a casi cien metros del edificio central del Olimpo haciendo que Talos desapareciera tras las nubes blancas que escondían el suelo manteniendo la serenidad de su cara de acero.

–¡Nnnnnnoooooooooo! –bramó Hefesto agarrándose la cabeza con sus dos manos– ¡Malditos hijos de puta! ¡Podrán destruirme, pero destruiré a unos cuantos de ustedes antes de que me destruyan! –añadió sumamente enfurecido para luego crear esferas de fuego para aventárselas contra los ángeles con la ayuda de su martillo, como lo hizo al principio de la batalla, logrando liquidar a tres ángeles montados en medio de una explosión que generó abrasadoras llamaradas que se mezclaron con partículas de polvo blanco. Eso provocó que el resto de los ángeles se digieran rápidamente hacia el edificio por lo que una nueva contienda comenzó.

Esta vez los ángeles que volaban o que se encontraban a tierra eran los únicos que habían puesto a que no venían más, sin embargo los dioses y las pocas criaturas que había estaban muy cansadas por lo que lo que lo único que hacían era eludir todos los arremetidas posibles y atacaban una vez cada tanto sin importar si era el momento adecuado o no, aún así luchaban con determinación a pesar de que sus cuerpos ya no daban más, ni siquiera Ares se movía como antes, de hecho era la deidad que más extenuada se encontraba de todas. Nahuel tampoco se les quedaba atrás en cuanto a la fatiga, pero de alguna manera sacaba fuerzas de donde no tenía para soportar el castigo que los ángeles le provocaban con sus ataques poderosos. Para emporar las cosas los ángeles finalmente liquidaron a la Quimera, luego de atacarla ciento de veces, a las dos Medusas restantes, a los tres Basiliscos, la última Escila y a unas cuantas criaturas míticas más, quedando en pie unos pocos Centauros, Cíclopes y Minotauros. En un momento dado los dioses y Nahuel se dieron cuenta que la batalla estaba perdida, sólo era cuestión de tiempo para que bajaran completamente la guardia y se entregaran a todas las arremetidas de los ángeles. Sin embargo un dios tenía una idea y quería ponerla en práctica rápidamente porque intuía con total convicción que podría ser lo último que podía hacer.
–Artemisa, quiero que me cubras. –le dijo Apolo a su hermana al oído.
–¡¿Qué te cubra?! ¡¿Por qué?! –contestó la diosa.
–Tengo una idea que podría ayudarnos… aunque es un tanto arriesgada porque no hay garantías de que funcione.
–¿Y para qué quieres te cubra? ¿No sabes que los ángeles me atacarán apenas me vean disparar la primera flecha?
–¿Puedes cubrirme sí o no?
–Está bien. ¿Pero qué harás?
–No te preocupes, no nos afectara. –aseguró Apolo para luego sacudir ligeramente la mano izquierda, que sostenía su arco, haciendo que el arma se convirtiera en una lira dorada la cual comenzó a tocar rápidamente.

La melodía, un tanto rápida, resonó por todo el edificio, llamando la atención de todos los presentes incluyendo de las pocas bestias míticas que había. De pronto, desde las caballerizas y desde las nubes que escondían el suelo, aparecieron volando muchos grifos que se dirigieron directamente hacia la edificación donde se encontraban los combatientes para luego atacar a los ángeles montados derribando a sus jinetes con una poderosa embestida o bien agarrándolos con las garras de águila de una sus patas delanteras al jinete y con la otras garras de la otra pata al caballo alado para luego hacerlos estrellar con brutalidad contra ellos o lanzarlos contra el suelo o un muro o una columna, o bien clavando sus garras de ambas patas en el caballo, ya que lograban penetrar la armadura con muchísima facilidad como si la armadura fuera una hoja de papel para luego picotear con fuerza el cuello de forma letal del animal destruyendo la armadura como si fuera de cera, al tiempo que soportaba los ataques que realizaba el ángel para finalmente soltarse provocando que el jinete cayera en picada con su corcel ya que el ángel no podía hacer que su animal reaccionara por lo que al estrellarse contra el suelo el animal se convertía en polvo brillante y el ser de luz era atacado por los dioses o los monstruos míticos hasta que lo derrotaban. Esto provocó que los ángeles en el suelo se dieran cuenta de que las bestias fueron llamadas por Apolo y creían que si el dios dejaba de tocar, ya que de hecho seguía tocando la lira, las criaturas híbridas se irían por lo que se dirigieron hacia el dios de la luz para liquidarlo, sin embargo su avance era frustrado por los dioses, los monstruos o los letales proyectiles de Artemisa. Nahuel, en cambio, miraba a los grifos en vez de ayudar a los dioses, pudiendo observar los detalles de las bestias míticas: la parte superior era, naturalmente, de un águila enorme, cuyo plumaje era marrón, su pico era muy afilado y las patas delanteras eran las patas de un águila cuyas garras eran grandes, filosas y muy intimidante; el resto era, como era de esperarse, de un león cuyo pelaje era marrón claro, con patas traseras musculosas, llegando a ser el doble de tamaño que las de un león ordinario y poseía una cola. No obstante el muchacho observó que había otros grifos cuyo pelaje y plumaje variaban, siendo en algunos el plumaje blanco y el pelaje de color de un león normal y otros ambos eran dorados o bien de un color similar. A pesar de estas diferencias todos eran enormes, su tamaño era siete veces más grandes que un león tal es así que sus dimensiones intimidaban, además eran brutales a la hora de atacar.

En poco tiempo el número de ángeles montados se redujo pero los restantes se movían de forma evasiva porque no querían ser alcanzados por los grifos, al tiempo que ya no quedaban ángeles en el suelo ya que todos fueron derrotados por los dioses, aunque la mitad por las flechas que disparaba Artemisa. De pronto los ángeles montados que estaban volando dentro del edificio salieron del mismo para unirse a sus pares que volaban por afuera del mismo para todos juntos dirigirse en dirección por donde vinieron los primeros ángeles, indicando que se retiraban, al tiempo que los grifos los perseguían. En esos momentos Apolo dejó de tocar su instrumento, pero los grifos seguían persiguiendo a los ángeles por lo que éstos se habían equivocado al pensar que las bestias míticas se irían si el dios dejaba de tocar. Cuando los ángeles se alejaron de la vista de casi todos los dioses, porque Hiperión y Helios los seguían viendo, desaparecieron como si hubieran ingresado en una entrada a otra dimensión provocando que los grifos quedaran desconcertados por lo que se quedaron volando donde los ángeles desaparecieron esperando que ellos regresaran.
–No lo entiendo… ¿por qué los ángeles utilizarían caballos alados? –dijo Nahuel desconcertado.
–Quizás los usen para aumentar su ataque y agilidad. –opinó Eos.
–Puede ser… aunque ellos de por sí son poderosos y pueden volar por sus propios medios. –afirmó el muchacho.
–¿Y sabes qué clase de ángeles son esos? –preguntó Ares.
–Esa es otra cuestión. No lo sé. En todo lo que he leído sobre los ángeles no se mencionan a éstos que vimos. Es extraño y la razón principal de que lo sea es que ellos no necesitan “Pegasos” para volar… aquí hay algo nuevo…
–Y usted que quería ayudarnos al darnos información sobre los ángeles y no tenía la más mínima idea de que existían estos ángeles que utilizan Pegasos voladores… –comentó Poseidón.
–Si hubiera quedado uno para preguntarle… –deseó Nahuel.
–Descuida, que aquí hay uno. –declaró Apolo provocando que tanto Nahuel como los demás dioses lo miraran para descubrir que el dios había hecho que su lira se convirtiera de nuevo en su arco con el cual apuntaba en una posición a punto de disparar una flecha hacia un ángel que se encontraba tirado en el suelo bocarriba y a varios metros de distancia. El mismo tenía dos flechas en el pecho, una en su brazo derecho, otra en la mano derecha y una última en la rodilla izquierda.

Tras observarlo Nahuel se acercó al ángel, acompañado por el resto de los dioses incluyendo Apolo que no paraba de dejar de apuntarlo. Al llegar el muchacho utilizó su lanza, agarrándola con una de sus manos, para subir la visera del ser y seguidamente colocar la punta sobre el cuello del mismo.
–Ahora nos debes unas cuantas explicaciones. –aseveró Nahuel.
–Y más vale que contestes o sufrirás un terrible tormento. –amenazó Zeus haciendo que de sus ojos partieran muchos rayitos y que de su mano se generara un rayo como los que le alcanzaba Astrea para luego apuntarlo hacia el ser. Seguidamente los demás dioses se pusieron mostraron rostros amenazantes por lo que el ángel sólo los observaba.
–¿Y qué quieren saber? –preguntó el ángel para luego mirar rápidamente a su espada que se encontraba a centímetros de su mano derecha.
–Antes que nada que alguien le aparte la espada –dijo Nahuel y de inmediato Afrodita avanzó hacia el arma para agarrar y lanzarla muy lejos–. Ahora quiero que me digas qué eran esos ángeles montados.
–Ángeles montados. –contestó el ser provocando que el muchacho acercara más la punta de su lanza hacia el cuello ocasionando que el ente energético sintiera la presión del filo del arma.
–No te pases de listo. Sabes muy bien a lo que me refiero.
–¿Y para qué quieres saber eso, maldito mortal? De todos modos es posible que nunca más veas a un ángel montado.
–Eso no es de tu incumbencia. Habla rápido o los dioses perderán la paciencia pronto y no serán tan clementes con el castigo que te harán sentir.
–¡¿Y qué importa eso?! ¡Si de todos modos me van a destruir igual!
–Si hablas capaz que no te harán sufrir tanto.
–¡¿Y tú que sabes?!
–¡Habla ya! –voceó Artemisa enfurecida.
–¡Cállate! –replicó el ángel ocasionando que los dioses se enfurecieran y que Nahuel hiciera más presión con la punta de su lanza en el cuello.
–Yo que en tu lugar no diría otra cosa más que lo que te pregunten. –advirtió el muchacho pausadamente.
–¡Exactamente! ¡Ahora contesta! ¡¿Qué son esos ángeles montados en Pegasos con armadura?! –gritó Atlas mientras hacía sonar sus puños.
–No tengo por qué hablar… –gruñó el ángel.
–Yo que tu comenzaría a “cantar”… y bonito. –sugirió Nahuel.
–No lo haré… a menos de que me den la garantía de irme de aquí sano y salvo.
–¡No estás en posición de negociar! ¡Contesta de una puta vez! –exclamó Poseidón para luego apuntar su tridente hacia la cabeza del súbdito de Yahvé.
–¡¿Y cómo quieren que hable estando herido y con varios seres y un humano a punto de liquidarme?! ¡No es la mejor forma para hacerlo! –criticó el ángel.
–Habla de una vez o calvaré la lanza en tu cuello y la haré girar hasta que tu tráquea materializada se convierta en un lindo resorte. –expresó el dualista con exasperación.
–Y será mejor que lo haga pronto a no ser quiera sentir la fuerza del mar en todo su cuerpo. –agregó Ponto de forma amenazante ubicándose justo debajo de la espada del ser.
–¡Pues púdranse todos ustedes! –vociferó el ser con todas sus fuerzas– ¡Si sobrevivo a esta volveré aquí con miles de ms compañeros alados y…! –agregó pero de pronto una lanza se ensartó justo en el centro de la cara del ángel ocasionando que todos los dioses observaran quién fue el que realizó semejante acción barbárica: Ares.
–¡¿Qué haces?! –le preguntó Atenea a su hermanastro.
–¡Espera, no…! –gritó Nahuel intuyendo lo que haría el dios de la guerra pero ya era tarde. Ares arrancó con mucha fuerza la cabeza del ser para luego arrojarla bien lejos, convirtiéndose en polvo, al igual que el cuerpo, antes de que tocara el suelo.
–¡¿Pero qué carajo hiciste?! –regañó Hécate.
–¡Maldita sea, Ares! ¡¿Ahora cómo diablos vamos a saber por qué esos ángeles utilizaban a los Pegasos?! –añadió Nahuel enfurecido.
–¿Por qué me hablan así? ¡Yo hice lo que tarde o temprano iba a ocurrir! ¡Además ese ángel no iba a hablar! –se excusó Ares.
–¡Gggrrrrrr! Por más que odio admitirlo, tiene razón... –dijo Nahuel entre dientes.
–En fin, creo que ya… hic… todo terminó. Hic. Hemos ganado… hic… –aseguró Dioniso.
–No. Esto no ha terminado. Recién acaba de comenzar –aseveró Zeus mientras bajaba el brazo que tenía el rayo en su mano mientras desaparecía el rayo lentamente–. Ya nos han descubierto. Ahora tendremos que vigilar todo el Olimpo para evitar que se abran entradas a otras dimensiones y reducir el número de salidas de éste sitio. No vamos a permitir que ésta invasión vuelva a ocurrir.
–Entonces tendremos que montar guardia permanentemente. –afirmó Hiperión.
–Eso será complicado. Esta dimensión abarca más que todos estos picos que vemos, y no todos poseemos algún vehículo aéreo. –cuestionó Prometeo.
–No importa. Ya resolveremos ese asuntó –asumió Zeus–. Por el momento regresemos a los lugares donde estábamos antes de que iniciara la invasión porque la reunión con el humano aún no ha terminado. –ordenó y de inmediato los dioses se ubicaron en el lugar donde estaban antes, adquiriendo la altura gigantes que poseían, al tiempo que Nahuel desmaterializaba a las pocas bestias míticas que quedaban para después colocarse en el centro del edificio. Al llegar al sitio dejó la lanza a sus pies.
–¿Y, Hiperión? ¿Qué le pasó a Talos? ¿Está muy deteriorado? –le preguntó Hefesto un poco ansioso al Titán mientras éste tenía sus ojos blancos, observando al gigante de acero prácticamente destruido a los pies del monte, desparramado bocarriba.

Sus brazos se habían doblado como si fueran plastilina, muchos remaches se cortaron y las planchas se encontraban dobladas, una de sus piernas se había roto en cuatro partes, una de ellas, el pie, tenía gran parte de las planchas distribuidas alrededor de él y algunas de las planchas tenían un trozo de la estructura interna. La mitad de la otra pierna se hallaba abollada y la antepierna estaba doblada por la mitad; la cabeza le faltaba la mitad del rostro y un cuarto de la estructura mientras que la otra mitad que poseía las planchas dobladas y le faltaban bastantes remaches; el casco tenía severos daños de todo tipo: planchas torcidas tanto hacia afuera como hacia adentro, le faltaba parte de la estructura interna, muchos remaches cortados y algunas partes de la estructuras estaban plegadas de tal manera que había retorcido las planchas que tenía remachada. El pecho era la parte más deteriorada de todo el gigante, uno de los pectorales se encontraba completamente hundido, mientras que el otro pectoral tenía clavado varias planchas torcidas y el abdomen se hallaba completamente destruido porque sólo tenía una pequeña parte de la estructura con alguna que otra plancha de acero adherida por una pequeña hilera de remaches. A pesar de todo el daño que presentaba, Talos se movían de forma errática como si fuera un robot cuyas órdenes no puede llevarlas a cabo porque no funcionan bien sus circuitos. El gran daño que presentaba no fue ocasionado la caída al suelo, el gigante chocó contra la montaña varias veces antes de quedar en los pies de la misma, lo que generó prácticamente un setenta por ciento del daño y el último choque completo el trabajo.

–Mmm… ¿escuchaste alguna vez la frase “tuvo sus mejores tiempos”? –contestó Hiperión para no decir que Talos estaba hecho pedazos.
–¡Ay, no! ¡Qué hijos de puta que son esos ángeles! ¡Voy a construir una jaula gigantesca, meteré a todos los ángeles allí y lo tiraré desde aquí una y otra vez hasta que todos los ángeles se destruyan! –declaró encolerizado Hefesto dando un golpe en seco con su puño izquierdo en el apoyabrazos.
–Tranquilízate, Hefesto. Podrás recrearlo de nuevo. –expresó Zeus.
–¡Tantas horas de trabajo para que solo funcionara unos minutos! ¡El acero era más liviano que el bronce… pero la estructura original no aguantaba! ¡De haber resistido hubiera aguantado más tiempo! –se lamentó el dios del fuego.
–¿No hay alguna forma de reciclar el acero? –interrogó Afrodita.
–Se puede… pero creo que cuesta bastante porque no se obtiene la misma cantidad que antes… –contestó Nahuel.
–¡El bronce era más maleable! –volvió a lamentar Hefesto mientras apoyaba su martillo su regazo para luego llevarse sus dos manos a la cabeza.
–Pero lo que no entiendo es cómo logró llegar hasta aquí… –dijo pensativamente Nahuel.
–Es cierto. Además avanzaba como si estuviera subiendo una gran escalera invisible. –agregó Helios.
–Es que antes de que se Zeus organizara la reunión con el humano Hécate me ayudó a transportar a Talos con su magia. Lo hizo aparecer a los pies de la montaña y creó una escalera gigantesca mágica que se dirigía hacia éste edificio y le ordené a Talos que esperara aquí hasta que sintiera que había peligro aquí y si eso ocurría que subiera las escaleras. –explicó Hefesto.
–Me parecía que alguien debía haberte ayudado. –admitió Nahuel.
–Es que mi forja y el Olimpo se encuentran en dimensiones distintas. Además hubiera sido imposible hacer que Talos saliera de mi forja.
–¿Entonces cómo hizo que entrara la estructura original del gigante?
–También con ayuda de Hécate.
–Ya veo… y hablando de Hécate quiero hacerle unas preguntas. –dijo Nahuel para después dirigir la su mirada hacia la deidad.
–¿Cuál son? –preguntó Hécate.
–Desde que la vi en Samotracia hay ciertas preguntas que no me quería contestar y ya es hora de que me las conteste.
–Supongo que será sobre mi origen.
–Y sobre sus atribuciones como deidad, es decir de qué es diosa usted.
–¿Por qué quiere saber eso? –le preguntó Rea a Nahuel.
–Sucede que los mitógrafos dicen que Hécate no es una diosa griega, sus orígenes están en Asia Menor. Ya que ella está aquí quiero saber su genealogía y, como dije antes, de qué es diosa o si es una personificación de algo. –contestó el muchacho.
–En realidad yo nací en las profundidades del Tártaro momentos antes de que se produjera la Guerra de Titanes. Apenas emergí de la oscuridad supe que tenía muchos poderes relacionados con la hechicería. Estuve viviendo con los Titanes y al iniciarse la Titanomaquia me uní a los Olímpicos y ayude a Zeus utilizando mi magia e invocando las almas del Inframundo. Como ayude al rey de los dioses no me desterró de mis dominios en el Inframundo, aunque su hermano Hades sería el regente total del Inframundo; yo sólo tendría un cierto poder sobre las almas, el de conducirlas por los lugares donde debían estar en el Hades luego de que Caronte las transportaba por el Aqueronte para que no se pierdan porque son propensos a dirigirse hacia el sitio incorrecto dado el Hades es un lugar muy oscuro, sin embargo pero la decisión final siempre sería de Hades. Aparte mi papel allí era vigilar que las almas no salieran del Inframundo e informarle al rey si alguien intentó escapar para que lo castigara, esto era porque a veces Hades no podía vigilar a todas las ánimas que hay en su reino todo el tiempo. No obstante, y a diferencia del rey del Inframundo, no me gusta quedarme todo el tiempo en el Inframundo por lo que salía cada tanto. En las salidas hice amistad con varios dioses, incluyendo a Deméter que me enseñó algunos de los secretos de la fertilidad. Cuando Perséfone, hija de Deméter, fue raptada por Hades traté de que el dios la regresara porque su madre estaba desgarrada por el dolor que le producía no saber sobre su hija, pero el dios no me escuchó y me amenazó con quitarme el dominio que tenía en el Inframundo si decía una palabra sobre donde estaba Perséfone a cualquier dios. Tras haber acordado el tiempo en que Perséfone estaba con su madre y en el Inframundo con su esposo yo propuse hacerle compañía a Perséfone cuando se encontrara en el Hades para que no se sintiera sola y de paso le traía información sobre su madre en secreto porque yo seguía saliendo del Inframundo, pero Hades no debía darse cuenta de que le decía cosas a su esposa del mundo de los vivos o de los Olímpicos. –contó Hécate.
–Entonces, por lo que me ha dicho, usted es una Titánide. Hija de Tártaro aunque es extraño que una deidad masculina dé a luz otra deidad… pero ese detalle no es importante. Al ser una Titánide usted es la personificación de la hechicería, y también es la diosa que guía las almas del Inframundo para que no se pierdan. Aparte es la compañera de Perséfone cuando ésta se encuentra en el Hades –resumió Nahuel–. Lo que no entiendo es por qué puede invocar a las almas del Inframundo.
–Es porque esas almas no son benignas… son almas de aquellos que han ofendido a los dioses de alguna manera, cometiendo algún grave sacrilegio o bien han llevado una vida inmoral, fuera de las buenas costumbres, aunque éstos podían salvarse si hacían un acto penitencial, dependiendo de lo que decidía Hades. Hay un lugar especial para ellos al llegar al Inframundo. Allí sus almas se vuelven oscuras, retorcidas, se olvidan de la humanidad que tenían antes para convertirse en sombras que pueden causar el mal, el caos y la destrucción en el mundo de los vivos. Yo, al tener gran poder sobre la hechicería, sé controlarlos y puedo invocarlos cuando se me dé la gana, ya sea para el bien o para el mal. Sobre todo seas almas siempre tenían la intensión de salir al mundo de los vivos por los cementerios, no sé por qué, aunque intuyó que era por el miedo que tenían los griegos a la muerte las ánimas aprovechaban ese miedo para causar el primer ataque contra los humanos. Para la suerte de los griegos ninguna de esas almas escaparon.
–Con eso último, usted confirma que es la guardiana de los cementerios… Mmm… y yo que pensaba que eso era una idea falsa… –pensó Nahuel.
–Espero que eso le haya servido de ayuda.
–Sí, y gracias.
–Ya que ha terminado de hablar con Hécate yo tengo una duda con respecto a sus poderes mentales. –Le dijo Hera a Nahuel ocasionando que el joven mirara a la diosa, completamente sorprendido de que ella le dirigiera la palabra sin que en hubiera malicia o sarcasmo malicioso.
–¿En qué radica su duda? –interrogó el dualista.
–¿Cómo hizo el salto con el cual evitó que los ángeles me destruyeran?
–Ah, eso… tuve suerte de que funcionara.
–¡¿Qué?! ¡¿Lo hizo sin saber que fusionaría?!
–Yo vi que se encontraba en peligro por lo que decidí ayudarla. No obstante el trono obstaculizaba el camino más directo y si lo esquivaba no sabía si llegaría a tiempo, por lo que determiné hacer una técnica para saltar más lejos, pero en vez de eso, que me diera más altura, cosa que podría fallar porque nunca lo hice. Entonces corrí hacia el asiento, di un brinco, caí sobre el asiento propiamente y luego di otro brinco pensando que llegaría al respaldo, pero tomé más altura que la que creía que iba a llegar a hacer y… bueno… el resto es historia.
–¿Y qué hubiera pasado si fallabas? –interpeló Afrodita.
–Seguramente me hubiera estrellado contra el respaldo quedando fuera de combate.
–¡Eso ya lo sé! ¡Me refería a que si no pensaste del todo bien lo que ibas a hacer!
–¡¿Y qué carajo quieres que piense bien en una semejante situación de combate como en la que estábamos todos inmersos?! ¡Había que actuar rápido o de lo contrario Hera desparecía para siempre!
–Como siempre digo yo: actúa y luego piensa. –comentó Ares.
–No lo dudo… –dijo Nahuel en voz baja.
–O sea que saltó pensando que lo haría y lo hizo. –afirmó Hermes.
–Sí. Pero yo tengo una idea del por qué funcionó el salto que hice porque si lo hubiera hecho en mi dimensión de origen me hubiera quebrado prácticamente la mitad de mis huesos en el mejor de los casos.
–¿Ah, sí? ¿Cuál es esa idea? –preguntó Poseidón con intriga.
–Está dimensión afecta de manera positiva a mis habilidades mentales ocasionando que algunas habilidades sean más poderosas. Cuando hice el salto pensé que fue porque mi mente hizo una acción crítica porque me encontraba en un momento crítico, algo común que nos suele suceder a nosotros, los humanos, por lo que a veces hacemos cosas que en situaciones normales no podríamos hacerlo porque creemos que no podemos. Pero después cierta diosa me dijo que podía materializar más de una criatura mítica y luego de que la invasión terminara me di cuenta de lo que dije al principio. –Respondió el muchacho mientras miraba a Atenea cuando la mencionó.
–¿Hasta cuándo pretendes regañarme? –expresó Atenea.
–Hasta que me canse o hasta que me dé Alzheimer… lo que suceda primero.
–¿Qué es… hic… Alzheimer? ¡Hic! –interrogó Dioniso.
–Una enfermedad mental en la cual la memoria se pierde progresivamente –explicó sucintamente el muchacho–. Y ya que hablamos de poderes, yo también le tengo que hacer una pregunta. –le dijo a Hera–. ¿Cómo es que puede arrojar rayos desde la palma de la mano como lo hago yo? Bueno, aunque lo mío es una manifestación… y lo suyo eran rayos de verdad.
–Es que al ser la esposa del rey de los dioses tienen sus ventajas. –contestó la diosa.
–¿Eh? No entiendo. –manifestó desconcertado Nahuel.
–Como Zeus es el dios del rayo, Hera, al ser su esposa, puede crear y controlar rayos… pero a veces dicha atribución no funciona. –aclaró Atenea.
–Eso explica por qué a veces Hera creaba rayos débiles o tardaba en crear uno potente… –aseguró el joven.
–De acuerdo. Basta de preguntas. Ya es hora que haga lo que he pospuesto: meditar sobre mi decisión final. –aseveró Zeus.
–Sin antes de que todos contesten una pregunta importante. –declaró Nahuel.
–¡¿Y ahora qué?! –gritó el rey de los dioses.
–Quiero que me cuenten lo que sucedió aquella vez en que los ángeles y los demonios los derrocaron.
–¿Y para qué quieres saber sobre eso? –preguntó Hiperión– Antes quería saber con el argumento de que conociendo lo sucedió nos ayudaría a evitar lo que ocurrió hace instantes. Pero usted ha dicho que los ángeles montados son algo nuevo para usted.
–Es verdad, pero nunca que supiera todo sobre los ángeles, de lo contrario sabría por qué utilizan caballos alados… y me voy a quedar con la intriga… –aseguró el muchacho– eso me da una rabia… –añadió entre dientes– En fin, aunque no sepa todo sobre los ángeles cualquier información les servirá. Además ya tienen algo de experiencia, al igual que yo, a la hora de combatir con esos seres.
–Aunque hora vigilaremos cada centímetro del Olimpo, por lo tanto la probabilidad que ocurra otra invasión se reducirá bastante. –dijo Hermes.
–No obstante un solo ángel o demonio podría entrar aquí sin que nos diéramos cuenta y sabría qué es lo que estaríamos haciendo por lo que después se iría y le contaría todo lo que vio a los suyos. Entonces ellos planearían una estrategia y nos invadirían. Y cuando eso ocurra no fallarán –comentó Artemisa–. Seguramente eso pasó, un ángel nos espió y después enviaron a los ángeles montados. Ni siquiera Hiperión puede vigilar todo, no digo que no pueda, pero hay que entender que todos nuestros poderes no son tan poderosos como antes.
–¿Y contarle al humano sobre lo que sucedió la primera vez cambiaría algo? Vaya uno a saber qué pasará en la siguiente invasión. –cuestionó Helios.
–Señores, no sé por qué no quieren decirme lo que sucedió, pero exijo que me lo digan. Y no quiero saberlo para ayudarlos prevenir otra invasión, porque a la vista de los hechos no puedo. Pero así sabría qué dioses fueron destruidos o no, para continuar con la búsqueda en caso de que Zeus apoye mí idea. –afirmó Nahuel.
–No queremos decirle porque nos duele recordar lo que sucedió. Cada uno tuvo su experiencia y fue terrible –admitió Zeus–. Nosotros, los Olímpicos, tuvimos una experiencia terrible y los Titanes también aunque no estuvieron aquí, al igual que otros dioses menores…
–Entonces van a tener que rememorarlo aunque les pese porque ya es hora de que conozca lo que sucedió aquí por más doloroso que sea. –aseveró el dualista.
–Le pido que no nos obligue… por lo que más quiera… –rogó Deméter al borde del llanto.
–Para usted no será terrible, pero para nosotros es horroroso. –agregó Rea.
–Incluso nosotros dos, que estábamos castigados cuando todo pasó, nos parece horrendo. Fue demasiado… impactante y terrible. –aseguró Prometeo haciendo referencia a su hermano también.
–A mí también me pasó algo terrible, una tragedia para cualquier hijo –Declaró Nahuel–: soy huérfano.
–Pero seguramente no los perdiste en un hecho violento. –expresó Eos.
–No. Pero me los arrebató el destino: mi madre murió por culpa de los dolores del parto y mi padre sufrió una muerte súbita. Y eso es peor, porque yo en vida nunca sabré por qué el destino se los llevó, ni siquiera hay garantías de que lo averigüe en la muerte porque no sé si lo recordaré en la próxima vida. En cambio, si hubieran muerto por culpa de algún otro humano podría vengarme de ese bastardo, pero no. Tendré que cargar sobre mi espalda durante lo que me reste de vida la mochila de la duda. No obstante tendré que soportarla porque de nada sirve lamentarme o buscar la verdad porque, de todos modos, no me devolverá a mis padres de nuevo… además creo que ahora son sólo polvo.
–No tenía ni la menor idea de que eras huérfano… –comentó Afrodita un poco entristecida por lo que escuchó.
–De todos modos no es un detalle de gran importancia… bueno, en realidad sí, pero como los perdí cuando era muy chico es como si nunca los hubiera tenido padres…
–Entonces eso significa que te criaste en un lugar donde nunca te faltó la compresión o el amor familiar que nunca tuviste de tus padres. –afirmó Selene.
–Sí… aunque de hecho una persona fue casi como un padre: Marcos Velásquez, uno de mis líderes –expresó el muchacho–. Pero ya basta de hablar de mí, quiero que me digan que pasó en la invasión. –exigió.
–Está bien. De todos modos tarde o temprano lo iba a saber –aseveró Zeus–. Aquel trágico día todos los Olímpicos estábamos aquí. La mayoría en sus palacios y otros aquí, más precisamente Deméter, Perséfone y yo. En un momento dado Hermes apareció y me dijo que un grupo de ser de luz y de sombras venían hacia aquí a toda velocidad  y apenas terminó de decirme eso los ángeles y los demonios aparecieron. Primero atacaron el palacio de Hestia destruyéndolo por completo ocasionando que Hestia saliera corriendo; grave error. Luego de correr unos metros varios ángeles y demonios arqueros y hechiceros arremetieron contra la diosa destruyéndola al poco tiempo…
–Espere, ¿dice que Hestia fue la primera diosa en ser destruida? –interrumpió Nahuel.
–Así es. De hecho las pocas ruinas de su palacio todavía se pueden ver. Se quiere, lo invito a que mire allí para que lo vea con sus propios ojos. –aseguró Zeus mientras señalaba hacia su derecha, detrás de su trono, ocasionando que el muchacho se dirigiera corriendo hacia la columnata exterior del edificio, en dirección hacia donde el rey de los dioses apuntaba. Al llegar descubrió que, a muchos cientos de metros, se encontraba el pico más alto del Olimpo, en cuya cima se veía el reflejo de la luz del montículo de cristal que alguna vez fue el palacio de Hestia. Además el muchacho comprobó que el pico se encontraba rodeado por un camino de piedra que lo recorría en espiral hasta cierto punto en donde el camino se convertía en un puente que se dirigía hacia el pico más cercano. Tras eso el muchacho regresó corriendo al sitio donde estaba antes.
–¿Por qué… no… reconstruyeron… el edificio…? –preguntó jadeante el joven.
–Para recordar lo sucedido y porque reconstruirlo sería un insulto a su memoria. –contestó Hefesto.
–¿Por… qué… sería… un insulto…?
–Porque ella era la diosa que todos queríamos. Nunca se entrometía en los asuntos mortales ni en los nuestros y siempre era muy diligente en su trabajo: el custodiar el fuego sagrado del Olimpo y velar por el fuego que daba calor al hogar de todos los mortales.
–Entiendo… ¿qué sucedió… después?
–Lo que siguió fue horrendo y rápido. Los ángeles y los demonios atacaron a cualquier que se les cruzaba en su camino. Vinieron con la orden de no dejar ni uno de nosotros en pie, pero ellos jamás pensarían que nos defenderíamos. –respondió Zeus.
–Antes de que nos diéramos cuenta estábamos envueltos en una batalla encarnizada, mucho más que la que sucedió hace instante. Todos los Olímpicos nos defendimos como pudimos, pero los seres no hacían otra cosa más que doblar sus esfuerzos provocando que nuestros movimientos defensivos no hicieran otra cosa más que provocarlos y, a pesar de que liquidábamos a varios de ellos, seguían viniendo y viniendo. –continuó Poseidón.
–Y de pronto la tragedia ocurrió: Hebe, la diosa de la juventud fue lanceada por veinte demonios y diez ángeles quienes calvaron sus armas una y otra vez con total brutalidad hasta destruirla, seguidamente otro grupo de seres se dirigieron hacia Iris rebanándola con sus espadas con hojas gruesas y hachas gigantes y luego varios seres hechiceros derribaron a Leto para que otros la acataran de las más diversas formas hasta que la destruyeron… –prosiguió Ares causando que una lágrima rodara por el rostro de Artemisa al tiempo que Apolo le decía algo por lo bajo para consolarla.
–Tras eso unos demonios, los más grandes, se dirigieron hacia Deméter para atacarla, pero su hija se interpuso provocando golpearon con fuerza a Perséfone dejándola prácticamente inconsciente, con su rostro algo desfigurado para luego apartarla de su madre que lloraba por lo que le habían hecho a su hija, por suerte yo intervine y la salvé de unos ángeles que iba a por ella. –siguió Hefesto al tiempo que Deméter se largó a llorar desconsoladamente.

–¿Y… qué le pasó a Perséfone…? ¿Los demonios la destruyeron? –interrogó Nahuel creyendo que algo más pasó con la diosa.

Continuará...



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