sábado, 4 de marzo de 2017

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XXII: La invasión del Olimpo (Parte 1).







Tras varios minutos de discusión, insultos, gritos y amagos de golpes, Nahuel se cansó de esperar por lo que emitió un fuerte alarido de exasperación causando que los dioses dejaran de discutir y miraran atónitos al muchacho que resoplaba como si fuera un caballo cansado, aunque su resoplido era de furia más que de fatiga, ya que no podían creer que él hubiera lanzado semejante grito.
–Respira de forma anormal… ¿se habrá quedado sin voz? –comentó a media voz Ares.
–No. Tal gritó hizo que se quedara sin aliento. Dentro de poco respirará mejor. –zseguró Helios.
–¿Pero de dónde sacó tanta voz para emitir semejante alarido? –preguntó Selene bastante sorprendida.
–Tuvieron suerte que fue él y no Hermes, Astrea y yo porque los hubiéramos dejado aturdido. –aseveró Ponto.
–Además de ensordecer al humano. –agregó Hermes.
–Las discusiones deben parar ya. Es desesperante ver a todos ustedes pelear una y otra vez por culpa de un desacuerdo. Es hora de que Zeus tome su decisión sabia pero rápidamente. –afirmó Astrea.
–¡Pero Hera es la que…! –dijo Afrodita.
–¡Me importa un carajo Hera! ¡Ya me han hartado sus discusiones! ¡En cualquier momento van a discutir por cualquier estupideces que se les pase por la cabeza! –interrumpió Nahuel completamente enfurecido apenas pudo recobrar su aliento.
–No podremos dejar de discutir a menos que Hera se calle por un buen tiempo. –avirtió Hefesto.
–Sus palabras son las causantes de todas nuestras discusiones. –añadió Ares.
–¡¿Y alguno de ustedes no pueden callarla?! –bramó el dualista.
–De poder podríamos… –respondió Hiperión.
–¡¿Y entonces?!
–No se nos permite. –contestó Tea.
–No me van a decir que Zeus se los prohíbe…
–No necesariamente. Nosotros no podemos directamente ni estar aquí –aseguró Rea haciendo referencia a los Titanes, raza de dioses a la que ella pertenecía–. Sin embargo tuvimos mucha suerte de vivir aquí…
–¿Vivir aquí? –interpeló Nahuel interrumpiendo a la Titánide y al instante recordó algo que quería saber desde que había llegado al Olimpo– Ahora que Rea ha dicho eso último tengo una pregunta que hacerles a todos ustedes. ¿Este lugar es el famoso escondite que he oído?
–Sí. –contestaron al unísono todos los dioses a excepción de Ponto porque no sabía absolutamente nada sobre el asunto.
–¡¿En serio?! ¡¿Esto es el escondite?! ¡¿El mismísimo Olimpo?! –volvió a preguntar el muchacho sumamente impactado por la respuesta unánime de las deidades.
–¡¿Qué?! ¡Espero que no sea una broma! –añadió Ponto tanto o más sorprendido que el humano.
–Como lo escucharon, este es nuestro escondite. –reafirmó Deméter.
–¡Pero eso es una locura! ¡¿Quién tuvo la idea de establecer el escondite aquí?! –exclamó Nahuel sin salir de su perplejidad.
–¿Por qué quiere saber eso? –interrogó Héspero.
–Ya lo sabrán, pero primero lo primero, quiero saber quién tuvo la idea. –respondió el muchacho.
–Zeus. –dijeron todos los dioses a excepción de Ponto y del mismo rey de los reyes que sólo se limitó a decir un “yo”.
–Era de suponerse… tan poderoso y tanto tonto… –murmuró Nahuel mientras se llevaba una mano a la cara para después mover su cabeza de lado a lado lentamente– ¿No saben el peligro que todos corren al estar aquí? –Agregó dirigiéndose a todas las deidades.
–¿Por qué? –cuestionó Dioniso.
–¿Por qué? ¡Porque los ángeles y los demonios podrían aparecer en cualquier momento! ¡Fue una estupidez que ustedes se refugiaran aquí! Es como si una persona está siendo perseguida por alguien que quiere matarlo se esconde en su casa después de que fuese perseguido después de un tiempo, ¡el perseguidor siempre volverá cada tanto a la casa porque cree que tarde o temprano regresará su víctima! ¡Lo mismo ocurre aquí! ¡Los ángeles y los demonios, que los están buscando, tarde o temprano vendrán aquí y se harán un festín con ustedes apenas los vean! –explicó el dualista–. ¡Hubieran estado mejor en una cueva que en este lugar!

–Este sitio es completamente seguro a pesar de lo que dice. –declaró Hécate.
–Además es más limpio que una mugrosa cueva. –añadió Afrodita.
–¡¿Pero no se dan cuenta del riesgo que corren al estar aquí?! –bramó Nahuel creyendo que los dioses no tenían en cuenta la dimensión del riesgo que ellos estaban corriendo.
–Si usted está preocupado por los ángeles y los demonios, puedo jurarle por la cabeza de Zeus que no vendrán aquí. –manifestó con total seguridad Hiperión.
–¿Y por qué está tan seguro de eso? –preguntó Nahuel completamente asombrado.
–Ellos saben que sería estúpido de nuestra parte escondernos aquí, por lo tanto no aparecerán en el Olimpo porque creen que nosotros no seremos tan tontos en escondernos aquí y que estamos en otro sitio. En resumen no vendrán aquí porque creen que no estamos y sería una pérdida de tiempo tener que venir aquí para luego descubrir que no hay nada, salvo edificios antiguos, despojados de su esplendor y gloria que ostentaban antaño. –respondió Zeus.
–Además no sé por qué hace tanto escándalo. Debe saber que la entrada a esta dimensión donde entró se cerró apenas Atenea y usted ingreso aquí. –expresó Atlas.
–¿Y cómo quiere que sepa eso? –replicó Nahuel.
–Ahora que lo dice… si no se lo hubiera dicho capaz que nunca se hubiera dado cuenta, je, je…
–Ay, cielos… En fin, a pesar de eso los ángeles y los demonios son astutos. No necesitan una entrada a esta dimensión justo en el monte Olimpo. Pueden entrar aquí por otra entrada que ustedes no sepan o bien crear una.
–Se preocupa demasiado… –aseguró Mnemósine– Ya lo dijo Zeus: ellos no vendrán aquí porque piensan que no estaremos ya que sería muy estúpido.
–¡Claro que es muy estúpido! ¡¿Y qué me preocupo demasiado?! ¡Estoy tratando de advertirles del peligro que corren al estar aquí! ¡Intentar salvarles el pellejo, y lo único que dicen “se preocupa demasiado” o “ellos no vendrán aquí porque saben que no estamos porque sería muy estúpido de nuestra parte y sería una pérdida de tiempo que vinieran porque no encontrarían nada”! ¡Pensé que eran más inteligentes…! ¡Lamentable error de mi parte! ¡Son unos estúpidos y su líder es el más estúpido de todos ustedes! –vociferó Nahuel sumamente enojado provocando que todos los dioses se enfurecieran.
–¡¿Cómo se atreve a insultarnos delante de nosotros?! –exclamó encolerizada Eos.
–¡¿Se ha olvidado que podemos tirarlo desde aquí para que se muera apenas toque el suelo?! –añadió Ares.
–¡¿O ahogarlo en las aguas más turbulentas que haya visto?! –agregó Poseidón.
–¡Basta! ¡No asusten al humano y no lo amenacen! ¡Para su pensamiento, ustedes, al estar aquí, han firmado su sentencia de muerte! ¡Es lógico que él piense eso! ¡No hay que subestimar a nuestros enemigos, son muchos y varios son poderosos, sin mencionar a sus líderes que pueden destruirnos en cualquier momento del día! –exclamó Ponto.
–¡Pero no puede tratarnos como si fuéramos un montón de tontos! –replicó Astrea.
–¡Tienen que ponerse en su lugar! ¡Está tratando de defenderlos! ¡Los ángeles y los demonios son cosa seria! ¡Ya escucharon al mortal: la energía que ellos producen al luchar puede destruir cualquier dimensión, incluso esta! ¡Tuvieron suerte que cuando ellos llegaron aquí no redujeron a cenizas todo esto y que tampoco la dimensión resultara “dañada”!
–Eso no importa. Él no tiene derecho a venir aquí, que si vamos al caso no puede estar aquí en principio, y a decir que somos un grupo de tontos –aseveró Hera–. Ahora es el momento para castigarlo por su irrespeto.
–¡De ninguna manera, Hera! ¡Nadie le pondrá una mano encima! ¡El humano tiene toda la razón! –declaró Zeus.
–¡¿Qué?! –gritaron las demás deidades totalmente sorprendidas.
–¡¿Cómo dices?! ¡¿Acaso estás diciendo que consientes el insulto que dijo el mortal?! –le preguntó Poseidón a su hermano.
–¡Por supuesto que no! ¡Me enfureció y todavía me enfurece! No obstante, él tiene razón. Tuvimos y tenemos suerte que ningún grupo de ángeles y de demonios o por lo menos uno sólo de ellos vino aquí y nos observó. Aquí estamos corriendo un gran peligro ya que, y a pesar de que podemos controlar las entradas a ésta dimensión, esos seres energéticos podrían crear una entrada y que aparezcan todos ellos sin que nos demos cuenta –aclaró el rey de los dioses–. Habla bien de él que se preocupe por nosotros ya que no debería hacerlo porque podemos defendernos solos.
–¡Pero nos trató de tonto y a ti como el más tonto de todos! –le recordó Rea.
–Lo sé, no hace falta que me lo recuerden –afirmó Zeus para luego caminar hacia detrás de su asiento mientras se llevaba sus manos a la espalda para estrecharlas, al tiempo que los demás dioses y el dualista lo observaban en silencio. Al llegar al muro más cercano a su trono se detuvo para mirar hacia un pico determinado.
–Ya sé que la inteligencia no es mi fuerte. Soy demasiado impulsivo y visceral, pero no puedo hacer nada para cambiar mi forma de ser. Si pudiera, es probable que nosotros no hubiéramos intervenido tan seguido en los asuntos de los mortales; sólo lo haríamos en cuestiones muy delicadas. Si tal vez… si tal vez hubiera podido cambiar antes, los ángeles y los demonios no nos hubieran castigado y algunos de nuestros pares seguirían vivos… –agregó con cierto aire de tristeza provocando que algunos dioses se entristecieran un poco, sentimiento que Nahuel pudo comprobar ya que se sentía eso en el ambiente.
–No obstante, me llama la atención que los ángeles y los demonios no patrullen el monte Olimpo y sus cercanías. Es posible que ustedes tengan razón… aunque es una conducta extraña. –comentó Nahuel causando que Zeus se diera media vuelta para verlo.
–¿A qué se refiere con lo último que dijo? –preguntó el joven Crónida.
–Si yo fuera Yahvé o Kasbeel, mandaría a mis vasallos a que buscaran por todo el territorio griego, ya sea el actual y el antiguo, con minuciosidad, que recorrieran todos los sitios relacionados con la mitología, desde Ateneas hasta Rodas, desde Olimpia hasta Delfos, desde Creta hasta Samotracia, desde Éfeso hasta la Magna Grecia, y desde el monte Pelión hasta el monte Olimpo. E incuso que buscaran hasta debajo de las rocas y de cada bloque de piedra que forman las ruinas de las antiguas ciudades o templos –contestó el dualista–. No entiendo porque los demonios y los ángeles buscan en otros sitios y no mandan por lo menos a uno de ellos a que investigue este lugar… a no ser que lo hayan hecho y ustedes no se dieron cuenta… ¡Mierda! ¡Eso pudo haber pasado!
–Si fuera así los ángeles y los demonios ya hubieran venido. –aseveró Atenea.
–Pudieron haberlo hecho mientras ustedes dormían. O incluso mientras estaban despiertos. –afirmó Nahuel pensativamente.
–Momento. Entiendo que pudieran hacerlo mientras dormíamos, pero… ¿qué lo hicieran despiertos? Cualquiera de nosotros podría verlos, sobre todo Helios porque siempre está dando vuelta con su carro de fuego por los cielos de esta dimensión e Hiperión que puede observarlo todo. –cuestionó Hermes.
–Es cierto. Pero los ángeles y los demonios, como dije antes, son astutos. No se dejaran ver con facilidad. Además no es necesario que investiguen cada edificio de aquí, con tal de que los vieran ya fue suficientes para ellos. –advirtió Nahuel.
–Si eso fuera así esos seres ya habrían venido apenas se hubieran dado cuenta que nosotros estábamos aquí. No obstante no ha aparecido ni siquiera uno. –aseguró Héspero.
–Si fuera verdad lo que yo dije, entonces ellos están planeando algo; esta vez impedirán que alguno de ustedes escape, cosa que no pudieron hacer la primera vez. Seguramente ellos estén ideando una estrategia para asaltar el Olimpo al tiempo que los rodean sin siquiera que escapen por la más mínima griega que tengan todos los edificios de este lugar o por la cueva más diminuta que posean todos los picos… –expresó seriamente el muchacho.
–¿Qué… hic… hacemos entonces? –interrogó Dioniso un tanto asustado.
–Por ahora nada más que aumentar la vigilancia de todo el Olimpo, cualquier cosa que entre no debe salir hasta que nos aseguremos que no es ningún ángel o demonio disfrazado o cualquier cosa que nos delate. –contestó Zeus.
–¿Y si ya nos han descubierto? –preguntó Afrodita muy aterrada.
–Entonces nos defenderemos. –respondió el rey de los dioses con determinación mientras regresaba con sus pares.
–¿Defendernos? ¿Sabe que pueden acabar de la misma manera que la vez anterior? –cuestionó Ponto.
–En esa oportunidad éramos pocos, de hecho menos de la mitad de los que estamos presentes ahora, sin embargo hoy somos más, podremos rechazar su asalto. –contestó Zeus con más determinación.
–También ellos serán más que antes. No subestime a los ángeles y los demonios, no son estúpidos… bueno, la gran mayoría, algún son tan idiotas que son capaces de herirse a sí mismo… –advirtió Nahuel.
–No importa. Nosotros, los Olímpicos, recordamos muy bien como sucedió la invasión de los ángeles y los demonios. Ya les hemos dicho a los Titanes lo que ocurrió y todos sabemos qué hacer ante una eventual arremetida por parte de esos seres energéticos. La única forma que nos pueden derrotar es que aparezcan Yahvé y Kasbeel, pero desconocemos si darán la cara para enfrentarnos –declaró el joven Crónida con completamente confiado–. Todos vuelvan a sus lugares. –les ordenó a los demás dioses y rápidamente se ubicaron en sus respectivos lugares, tal cual como estaban antes. Tras eso Zeus se acercó a su trono.
–Dicho esto, creo que finalmente es hora de que tome mi decisión. –afirmó el Olímpico mientras se sentaba.
–Antes de eso quiero saber cómo ocurrió la invasión en la cual ustedes perdieron el dominio de la tierra donde habitaban los antiguos griegos. –expresó Nahuel con seriedad.
–¿Para qué quieres saber eso? –interrogó Apolo.
–Porque Zeus piensa que es fácil hacerles frente a cientos de miles de ángeles y de demonios. Ninguno de ustedes sabe cómo están formados. Seguramente vieron a los de rango más bajo, y puede que algunos de rango medio, pero desconocen cuáles son los seres superiores, a los que responden los más débiles a demás de Kasbeel y Yahvé. –contestó con seriedad el joven.
–¿Y de qué le sirve saber nos que nos pasó? Puede decirnos cuáles son los superiores de los esos seres directamente porque entre eso y lo otro no hay relación aparente. –aseveró Deméter.
–Además qué sabe si nosotros no nos enfrentamos con esos seres superiores. –añadió Poseidón.
–¿Y acaso ustedes lo saben? –respondió el muchacho desafiantemente–. Pese a que no tiene ninguna relación una cosa con la otra, yo me he enfrentado más veces a los ángeles y a los demonios que todos ustedes juntos y a los más diversos, ya sea tanto en las formas que adquirieron como el poder que poseían, e incluso pude ver y lamentablemente platicar con uno de los grupos de demonios más poderosos del Infierno y me he enfrentado a uno de los ángeles más importantes de los Cielos…
–¿Entonces estás tratando de sugerir que con tus conocimientos podrías ayudarnos para establecer una defensa? –interpeló Afrodita.
–Una estrategia concretamente. Además es como dijo un brillante estratega del oriente: “conoce a tu enemigo y tendrás media batalla ganada”… o algo así. –dijo el muchacho.
–Hasta ahora sólo hemos visto su forma de accionar y algunas formas que toman ellos… pero al parecer es insuficiente. Ellos tienen una estructura jerárquica que desconocemos y cualquier información podría sernos útil. –comentó Atenea.
–Entonces que no se hable más. Dejen al mortal hablar así podamos conocer más a los demonios y a los ángeles. –expresó Hefesto.
–Antes de eso quiero averiguar una cosa que me llamó la atención apenas vi los edificios –aseveró Nahuel–: he visto los palacios y a pesar de que todos son magníficos hay algunos de cristal y otros con materiales… eehhh… cómo decirlo… comunes. ¿Por qué?
–Los palacios construidos con materiales “comunes” no son los originales. –afirmó Ares.
–¿Cómo es eso? –preguntó el joven.
–Todos los palacios eran de cristal. Lamentablemente los ángeles y los demonios destruyeron algunos de ellos mientras que unos pocos quedaron con alguna parte de su estructura intacta. –contestó Artemisa.
–Ellos utilizaron tanto la fuerza bruta como la magia para reducir los palacios a un gran montículo de pedazos de cristal. –agregó Hera.
–Cuando regresamos reconstruimos los palacios pero con materiales comunes. Sin embargo tuvimos que destruir por completo las pocas estructuras que quedaron intactas de algunos edificios porque si los utilizábamos como soporte para las estructuras superiores colapsarían por el peso de los nuevos materiales. –prosiguió Apolo.
–Todos trabajamos en la reconstrucción de los palacios. Tanto fue el esfuerzo que hicimos que cada vez que llegaba la noche terminábamos completamente fatigados, incluso Brontes, Estéropes y Arges quedaban exhaustos después de tanto esfuerzo, hecho que me sorprendió bastante porque siempre están llenos de energía, de hecho han trabajado días y noches enteras y sin embargo tenían energía para continuar; de hecho tuve que obligarlos a que descansaran varias veces. –continuó Hefesto.
–¿Y dónde están ellos ahora? –interrogó el joven.
–Están en mi fragua trabajando.
–¿Y los otros edificios recibieron algún daño?
–Algunas metopas de este edificio, alguna que otra columna dañada y unos techos completamente destruidos de los que se parecen a los templos griegos. –contestó Zeus.
–Me sorprenden que no hayan destruido completamente algunos de esos edificios como ocurrió con algunos palacios. –declaró Nahuel pensativamente.

En ese momento Hiperión sintió algo que procedía detrás de él y comprobó que algo volaba sobre el edificio donde estaba él y los demás ya que dirigió su vista hacia el techo, sin embargo no pudo determinar qué era puesto a que su poder parecía estar bloqueado. Helios se percató de lo que estaba haciendo su padre por lo que también miró hacia el techo donde también sintió algo que sobrevolaba el sitio, pero como solo podía ver todo lo que sus ojos podían observar tampoco pudo deducir qué era; los dioses hicieron todo esto mientras los Olímpicos platicaban con el dualista.
–Seguramente los ángeles y los demonios no destruyeron los edificios porque sólo venían a por nosotros. –dijo Zeus.
–O tal vez, como dijo Hefesto, es más fácil destruir el cristal que piedra sólida. –pensó Nahuel.
–O quizás lo hicieron puramente por maldad.
–Los demonios muy probablemente, pero los ángeles… bueno, en una invasión los invasores tienden a destruir algunas cosas para inducir el temor en las personas del sitio que intentan invadir. –razonó el dualista.
–¿Y es posible que los ángeles y los demonios, a pesar de sus notables diferencias, se unan para hacer algo? –preguntó Artemisa.
–Por lo que he visto y oído… aparentemente sí… aunque no creo que esa unión dure mucho, ellos son muy diferentes y es muy posible que dichas diferencias causen que se dividan rápidamente y vuelvan a luchar entre ellos.
–Mmm… es complicado ese asunto… –admitió Ares y, de casualidad, miró hacia Hiperión y se dio cuenta que tanto el Titán como su hijo estaban observando el techo y que otros dirigían sus ojos hacia el techo levantando ligeramente la cabeza– ¿Qué sucede? –les preguntó a Helios e Hiperión.
–Hay algo que vuela allí arriba… –respondió Helios.
–¿Algo volando el techo? ¿No será alguno de los Pegasos que hay en la caballeriza? –interrogó Nahuel.
–Eso es poco probable. Desde que está aquí Héspero se encarga de permitirles a los caballos alados salir a volar por aquí; si él no les dice que pueden salir de la caballeriza no lo harán. –aseguró Atenea.
–Puede que haya un rebelde… –pensó Nahuel.
–¿Qué es lo que está volando, Hiperión? Usted puede mirar a través del techo… –interrogó Zeus.
–Aunque parezca increíble, no puedo ver qué es. –afirmó el Titán.
–¡¿Cómo?! –preguntaron todos los dioses completamente sorprendidos.
–No sé que me ocurre, pareciera que… lo que está volando me impide verlo… –comentó Hiperión mientras cerraba un poco sus párpados, como si estuviera concentrándose para saber qué era lo que sobrevolaba– Si puedo sentirlo, está volando haciendo un gran círculo y eso es todo lo que sé…
–Yo también lo siento… pero para mí ese es mi límite… –añadió Helios.
–Entonces tendremos que utilizar nuestros ojos para saber qué es lo que está volando –declaró Zeus y acto seguido levantó lentamente sus brazos provocando que las grandes telas blancas se contrajeran hacia arriba, como si fueran una persiana–. Ahora dirijámonos hacia afuera y veamos quién o qué está volando.
–Hay que tener cuidado, no sabemos qué es y puede que sea un trampa. –advirtió Nahuel.
–¿Crees que sea algún… hic… ángel o demonio? –le preguntó Dioniso al joven.
–No lo sé… aunque todos ustedes podrían determinarlo.
–¿Cómo? –interpeló Astreo.
–Seguramente todos han percibido la esencia de los ángeles y los demonios, por lo tanto si miraran a esa… cosa que está volando podrían intuir qué es por su esencia y sin salir de aquí.
–Entonces habrá que mirar… –aseveró Astreo y seguidamente todos los dioses miraron hacia el techo.
–No se ustedes, pero yo no puedo determinar si es un ángel o un demonio… –expresó Selene sin quitar su mirada del techo.
–Yo tampoco… –secundó Eos y a continuación los demás dioses dijeron lo mismo.
–Yo siento algo, pero no puedo saber qué es y eso que sentido la esencia de los ángeles y los demonios. Tal vez eso que está volando no quiere que sepamos su identidad. –admitió Ponto a lo último.
–Es posible… aunque eso significa que es un ángel o un demonio muy poderoso… –aseveró Nahuel.
–¿No puede usted averiguar qué es eso que sobrevuela? –le preguntó Mnemósine al muchacho.
–Veré que puedo hacer, pero antes debo concentrarme… –contestó el dualista para después cerrar sus ojos y concentrarse. Cuando abrió sus ojos, en vez de mirar hacia el techo, dirigió su mirada hacia su derecha puesto a que sentía varias presencias en la lejanía.
–¿Qué sucede? ¿Por qué miras hacia un lado en vez de hacia arriba? –interrogó Océano.
–Creo que debemos preocuparnos por los que vienen desde allí. –contestó Nahuel señalando hacia donde miraban provocando que los dioses miraran hacia donde él indicaba para que descubrieran lo que el joven decía.
–¿Qué hay allí? –interpeló Tetis.
–No lo sé, pero son muchos.
–Tengo un mal presentimiento de esto… –aseguró Prometeo.
–Ya lo sabremos –asumió Zeus–. Hiperión observé con detenimiento esos seres y díganos qué son. –Le ordenó al Titán y rápidamente la deidad se acercó hacia uno de los muros para ver qué eran esas presencias. Pero a los pocos segundos se horrorizó por lo que estaba mirando.
–¡Por la cabeza de Zeus! ¡¿Qué… son esas cosas?! –exclamó el Titán sobresaltando al resto de los dioses y al dualista.
–¿Qué sucede? ¿Qué viste, padre? –preguntó Selene pero no obtuvo ninguna respuesta puesto a que Hiperión estaba tan aterrado que no hacía otra cosa más que mirar, completamente paralizado, lo que se estaba acercando de forma amenazante.

Bastante lejos del edificio donde se encontraban los dioses y Nahuel se estaban acercando cientos de ángeles volando. Sin embargo no volaban por sus propios medios, como debería ser, sino que traían consigo una gran sorpresa: todos ellos estaban montados en unos caballos alados completamente blancos, incluyendo sus cascos, que emitían una tenue luz blanquecina que contrastaba con la luz celeste claro, casi invisible, que despedían los ángeles. Dichos animales tenían piezas de metal plateado a modo de armadura cuyo yelmo que le cubría prácticamente todo el hocico del animal poseía dos cuernos de metal, uno largo de casi treinta centímetros que se ubica un poco más arriba de la mitad de la distancia de separación de los ojos, otro corto de diez centímetros de longitud emplazado un poco más debajo de la mitad distancia de separación de los ojos. Sus bridas eran doradas y sus ojos eran completamente azules; más allá de eso había una gran diferencia entre esos animales y Pegaso: mientras que le último movía sus patas como si estuviera corriendo en el aire mientras volaba, los primeros tenían sus patas flexionadas hacia el vientre como si estuvieran acostados en el cielo por lo que lo único que se movían eran sus albas alas. Las sillas de montar eran doradas y muy elaboradas además de ser muy cómodas puesto a que los asientos tenían unas almohadillas de color rojo. Los jinetes poseían armaduras completas de metal común, excepto el peto que era dorado y el casco que era plateado, pero todas las partes estaban adornadas con dibujos extraños: figuras geométricas raras, ramas de enredaderas que formaban espirales, círculos que poseían alas, ilustraciones cripticas que podrían ser cualquier cosa como varias figuras geométricas, líneas y animales juntos y en el peto se encontraba el emblema del Cielo. El casco era igual al de los ángeles comunes, esos que cuando se levantan la visera forman la cabeza de un águila, pero todos los seres la tenían hacia abajo. Hiperión podía ver las diáfanas alas de los jinetes que se mantenían bien extendidas pero sin que hicieran movimiento alguno, pero como estaba tan asustado lo único que miraba eran las armas que todos los seres tenían: lanzas largas que todos los seres asían con una sola mano a pesar del gran tamaño de las mismas mientras que detrás de ellos y hacia un costado del animal alado tenían unas cuantas jabalinas en un gran carcaj; espadas con hojas de gran longitud con gavilanes y empuñaduras de gran largura, cuyos poseedores tenían otras más envainadas detrás de ellos y a un costado del animal como los lanceros; grandes arcos, un poco más grandes que los arcos largos ingleses en donde las aljaba se encontraba delante los arqueros y a un costado del corcel alado y unos báculos en cuya punta tenía una esfera plateada que rondando en órbita sobre ésta se hallaban cuatro pequeñas esferas, cada una hecha de con una gema diferente: rubí, esmeralda, zafiro y crisocola, a diferencia de los anteriores, los seres que asían esta clase de arma no tenían otra en ningún sitio.

Los demás dioses, intrigados, junto con Nahuel, por lo que veía el Titán, comenzaron a hablarle mientras que otros lo sacudían suavemente para que contestara.
–¡¿Qué ve Hiperión?! ¡Conteste de una vez! –exclamó Poseidón con impaciencia.
–¿Qué te ocurre? Di algo. –afirmó Tea con preocupación.
–¿No será que… hic… los que están viniendo lo hayan… hic… petrificado? –se preguntó Dioniso.
–Pues no se convirtió en piedra. –aseguró Ares.
–Puede que este paralizado de miedo… –comentó Nahuel– no obstante no se todavía desconozco que…
–¡¡¡CUIDADO!!! –gritó Hiperión sumamente aterrado para luego agacharse justo antes de que una flecha se clavara con fuerza en el borde del muro que se encontraba cerca de él. Al ver la saeta los dioses y el dualista se sorprendieron.
–¿Una… flecha? –dijo perplejo Héspero.
–Creo que nos están atacando… –expresó Atlas y rápidamente otra flecha apareció rozando la cabeza de algunos dioses para quedarse clavada en un muro posterior.
–¡No lo puedo creer! ¡Ya los han descubierto! –vociferó Nahuel.
–¡Cúbranse antes de que alguna flecha nos alcance! –sugirió Ares y raudamente las deidades y el muchacho se pusieron a cubierto. Justo en el momento que Nahuel se ubicaba detrás de uno de los muros una lluvia de flecha entró por el mismo sector que las otras dos cuyos silbidos aterraban a algunos de los dioses. Segundos después que la lluvia de saetas terminó dejando varias de ellas clavadas en diversas partes de los muros y otras tantas partidas en el suelo puesto a que rebotaban y la fuerza generada por el rebote las partía, algunos dioses asomaron lentamente sus cabezas para saber si podía ver quiénes eran los que arrojaron los proyectiles al tiempo que otros observaban con cuidado el cielo que tenían delante de ellos para evitar algún ataque sorpresa.

De pronto Nahuel sintió algo que procedía por izquierda y cuando dirigió su mirada hacia esa dirección descubrió a un ángel montado que poseía una larga lanza que volaba a una gran velocidad sobre la cabeza de las deidades, pero sin la intención de atacar puesto a que apuntaba su arma hacia arriba, no obstante asustó a todos los dioses cuando pasaba volando. Tras eso el ángel se alejó unos cuantos metros y regresó hacia los dioses, más precisamente hacia Zeus, mientras intentaba dirigir su lanza hacia dios con la firme intensión de lancearlo; pero en vez de amedrentarse el rey de los dioses se acercó al borde del edificio.
–¡¿Con que quieres lancearme?! ¡Ya verás lo que te espera! –le gritó Zeus desafiantemente– ¡Astrea! ¡Pásame un rayo! –le dijo a la Titánide y esta retiró del bloque azulado una suerte de vara azul chispeante que desde lejos parecía ser recta, aunque si uno se acercaba se notaba que poseía la forma de un rayo.

Rápidamente la deidad le lanzó el rayo a Zeus dirigiéndolo hacia la derecha de su cabeza provocando que el joven Crónida lo atrapara con su mano derecha apenas el rayo pasó más de la mitad sobre su hombro. Acto seguido extendió su brazo hacia atrás, como si sostuviera una jabalina y un par de segundos después le arrojó el rayo al ángel montado cuando éste se encontraba a veinte metros de distancia logrando impactar justo en la cabeza provocando un gran estruendo y que el jinete se diera vuelta hacia atrás mientras tiraba la brida hacia atrás causando que el animal largara un largo relinche mientras se daba vuelta hacia atrás para luego caer junto con su jinete mientras que la lanza giraba sin control hacia las nubes inferiores. Antes de que el caballo alado y el ángel tocaran las nubes, se convirtieron en una gran nube de polvo brillante que se confundía con las blancas nubes.

Seguidamente comenzaron a aparecer cientos de ángeles alados que empezaron a atacarlos de diversas formas: a estocadas, a lanceadas, lanzando jabalinas, flechas y esferas que representaban los cuatros elementos, siendo la que estaba hecha de agua el agua, la de fuego el fuego, la marrón que era más sólida que la demás la tierra y una esfera formada por unas nubes grises que giraban dentro de la misma el viento, suscitando que los dioses y Nahuel tuvieran que empezar a desplazarse para eludir los ataques.
–¡Nos atacan! ¡A defendernos señores! –voceó Ares para luego correr hacia un ángel montado que asía una larga lanza mientras agarraba su lanza con fuerza y cuando estuvo muy cerca del ser de luz dio un gran salto quedando prácticamente encima del ángel para luego caer rápidamente hacia él logrando que su lanza penetrara el caso y que el arma avanzara hacia la altura del corazón ya que en ese momento soltó su arma para caer erguido a pesar de que trastabilló un poco. Esto provocó que el ángel dirigiera el animal alado  hacia una de las columnas exteriores del edificio causando que se estrellara al poco tiempo con una fuerza brutal para luego ambos desparecer en medio de una gran nube de polvo dejando en el suelo la lanza del dios de la guerra por lo que su portador se acercó velozmente hacia ella una vez que todo eso terminó.

Tras eso una gran lucha encarnizada comenzó. Zeus lanzaba rayos a los ángeles que podía mientras Astrea le alcanzaba rayos, aunque ambos tenían que desplazarse cada tanto porque los ángeles arqueros y magos montados apuntaban con una precisión prácticamente letal; Hécate se triplicó para luego atacar con poderosos hechizos, ya sea utilizando los elementos u otros, hacia los ángeles espadachines que venían hacia ella o hacia otros dioses que no podían defenderse porque estaban peleando contra otros seres; Oceáno y Ponto arrojaban grandes cantidades de agua ocasionando que los jinetes cayeran de las sillas de montar o que no pudieran controlar los corceles alados por lo que volaban erráticamente por un rato hasta que volvían a dominarlos o que se cayeran de los mismos por los bruscos movimientos que hacían los animales o que se estrellarán contra el techo o alguna otra construcción como los palacios o los puentes para desaparecer tras una gran nube de polvo; Hefesto creaba grandes bolas de fuego con su mano izquierda para luego arrojarla al aire y para luego golpearla con su martillo, cual bate de beisbol, dirigiéndola hacia los ángeles montados que pasaban delante de él, creando una gran explosión cada vez que una impactaba en el ángel o en el animal, derribando al jinete cayendo a una buena distancia del sitio donde recibió el ataque. No obstante, cuando algún ser de luz se aproximaba hacia el dios del fuego, Hefesto dejaba de hacer bolas de fuego para esperar a que su atacante se acercara, cuando era el momento, el dios se desplazaba hacia un lado de su oponente y rápidamente le propinaba un fuertísimo golpe con su martillo que impactaba al ser o al animal alado. Tan fuerte era el golpe que si el ángel y el animal fueran de carne y hueso, los huesos de ambos se hubieran pulverizado de inmediato. Además el ataque ocasionaba que ambos cayeran al suelo para rodar con una violencia inusitada, creando un gran ruido por culpa del metal de las armaduras al chocar una y otra vez contra el suelo para finalmente transformarse una nube de polvo apenas se detenían.

Entretanto varios Titanes se habían unido para atacar y defenderse de todos los ángeles que se les acercaban. Selene se volvía muy brillante logrando que el caballo alado y/o el ángel se enceguecieran por un momento ocasionando que volaran de forma errática, pero algunos, cuando recuperaba la vista, se encontraban a pocos metros de una columna por lo que se estrellaban con fuerza. Helios en cambio se volvía ardiente, muy ardiente y se colocaba, a agrede, cerca de un ángel montado que se aproximaba a uno de sus pares para atacarlo logrando que el ser de luz o el animal, al sentir el gran calor del “sol” se desplazara hacia un lado frustrando la arremetida, no obstante cuando se alejaban eran alcanzados por una gran columna de agua generada por Tetis haciendo que el jinete cayera junto con el animal o que sólo el ángel cayera hacia las nubes dejando al equino alado volar sin rumbo. Héspero hacía que la pequeña esfera luminoso que tenía en su cabeza hiciera un gran destello para enceguecer a aquellos adversarios que se les acercaban para luego Atlas atraparlos con sus fuertes brazos, seguidamente agarraba al ángel para soltar al caballo alado para después golpear al ser contra el suelo o contra los otros que se acercaban con muchísima fuerza, pero como los ángeles medían un poco más de la mitad de alto que el dualista, para Atlas era como si estuviera utilizando un palo pequeño, por lo que después de azotar a los seres unas contadas veces los tiraba contra el suelo para aplastarlos con sus pies o los arrojaba contra uno de los muros o columnas para luego convertirse en nubes de polvo brillante.

Por otra parte, Artemisa y Apolo habían invocado unos arcos, Artemisa uno plateado, idéntico al que le había regalado a María, mientras que Apolo uno dorado y un carcaj cada uno repleto de flechas para de inmediato comenzar a disparar contra los ángeles. Apolo intentaba derribar a tantos ángeles como podían o dañar a los caballos alados, no obstante las flechas que disparaban rebotaban en las armaduras o impactaban en lugares no muy comprometidos por lo que los ángeles y los equinos con alas seguían volando sin alterar su rumbo. En cambio Artemisa, al tener su arco que hacía que las saetas que disparaba fueran ultra-letales contra los ángeles, liquidaba a todo ser energético cuya flecha penetraba la armadura puesto a que también rebotaban algunas, por suerte para ella no debía importarle si tenía que apuntar a alguna zona comprometida para acabar con los seres energéticos, aunque la saeta impactaba en un dedo de la mano igual funcionaría; en un momento dado uno de sus proyectiles penetró la armadura de uno de los caballos alados, más precisamente cerca de la parte posterior de la pierna izquierda del jinete, al principio no sucedió nada, salvo un relinche por el “dolor” que podría haber sentido, pero a los tres segundos después empezó a zamarrearse violentamente, sin que le jinete pudiera controlarlo, para un par de segundos estallar en una nube de polvo brillante causando que el ángel cayera aunque por metros porque comenzaban a utilizar sus alas para volar, sin embargo lo máximo que duraban eran unos diez segundos porque eran alcanzados por una flecha de Artemisa o por algún ataque perdido de algún dios o de sus propios pares. Sin embargo y por culpa de la habilidad de su arco, Artemisa debía moverse contantemente porque era el blanco de varios ángeles porque habían descubierto de dónde procedían los disparos letales por lo que en un momento dado no podía disparar o sería alcanzada por la arremetida de sus adversarios, pero gracias a la ayuda de su hermano y de otros dioses ella podía seguir disparando porque llamaban la atención de los ángeles.

A pesar de todo había dioses que no luchaban: Afrodita y Dioniso se escondían en cualquier lugar que les era posible pero permanecían por unos instantes en dichos sitios porque pronto se convertían en el blanco de algunos seres energéticos. Debido a las corridas que hacían los demás dioses aprovechaban que los ángeles montados los seguían para atacarlos y hacerlos desvanecer, sin embargo algunos ángeles arremetían directamente contra Dioniso y Afrodita embistiendo con sus caballos alados haciendo que éstos tensaran sus cuellos hacia delante de modo que los dos cuernos del yelmo del animal fueran el arma para dañar a las deidades, pero Dioniso se las arreglaba para llamar la atención de sus adversarios para luego correr hacia una de las columnas exteriores y justo cuando le quedaba pocos metros para llegar, se tiraba hacia un lado para luego rodar en el suelo mientras que los seres montados se estrellaban contra la columna al tiempo que los que le seguían al primero que chocó se clavaban los cuernos metálicos de sus corceles alados provocando una escena horrenda que se desvanecían entre polvo brillante. Tras eso el dios del vino se levantaba completamente mareado por lo que caminaba de forma errática hasta que volvía a correr porque comenzaban a perseguirlo más seres energéticos. Entretanto Afrodita no hacía otra cosa que correr y correr, gritando que la ayudaran con una voz chillona, como si fuera la de una niña, al tiempo que agitaba sus brazos como loca, creando una escena un tanto cómica, para su suerte los otros dioses la ayudaban, sobre todo Poseidón que utilizaba su tridente para que de sus tres puntas saliera un gran y potente chorro de agua que desplazaba con violencia a los seres montados expulsándolos del edificio o bien haciéndolos perder el rumbo hasta chocar contra las columnas externas y las adosadas dando tumbos aéreos hasta que desaparecían. Prometeo también ayudaba a la diosa del amor embistiendo a un ser montado, aprisionando con sus dos brazos al caballo alado y su jinete, para luego lanzarlos con mucha fuerza al suelo y darles una poderosa patada, lanzándolos fuera del edificio o, con suerte, hacer que choque a otro ser que se le cruza en el trayecto. No obstante Prometeo huida a toda costa de los ángeles que lanzaban hechizos, puesto a que sus ataques eran poderosos y la gran mayoría generaban explosiones haciendo que los otros dioses se lo pensaran dos veces antes de enfrentarse, de hecho algunas deidades ya sufrieron dichos ataques pero por suerte seguían luchando. Debido a eso Prometeo comenzaba a odiar a dichos seres, tantos que embestía con más fuerza a los ángeles.

A todo esto, algunos dioses no luchaban mucho. Eso era debido a sus limitaciones; Atenea sólo atacaba a aquellos que se aproximaban a ella, por lo que los lanceaba de manera prodigiosa, procurando no lastimar a los caballos alados, ya que sentía un poco de lástima el pensar lastimar unos hermosos animales, aunque en ocasiones era imposible evitarlo ocasionando que la lanza impactaran en el pecho del animal para luego lanzarlo hacia detrás de ella, con la ayuda de su escudo, de esa forma sólo quedaba el jinete “vivo” aunque no por mucho tiempo puesto a que los demás dioses los liquidaban. Además se defendía de todo ataque con su escudo, incluso lo utilizaba para propinar unos fuertes golpes. Por otra parte Rea y Tea actuaban de señuelo para atraer a algunos seres montados y cuando estaban cerca de las dioses, algunos Titanes los atacaban sin piedad. Astreo e Hiperión se lanzaban contra algunos ángeles que volaban bajo o bien esperaban a que sus adversarios los embistieran utilizando los cuernos del yelmo de los animales para, justo cuando estaban a punto de realizar el ataque, moverse a un lado, agarrar los cuernos y tirarlos, como si fueran una pequeña piedra hacia cualquier sitio haciéndolos girar como trompos provocando que se marearan y fueran blancos de los ataques de otras deidades. Sin embargo, el único dios que hacía que sus limitaciones fueran poca cosa era el dios de la guerra, Ares. Hacía saltos y movimientos increíbles, tanto que en algunas ocasiones podía volar e incluso desafiar la gravedad por unos segundos, lanceando a todo oponente que se le cruzara y sin que él recibiera daño alguno, ni siquiera de las malas caídas, suscitando que cada vez que arremetía contra algún ángeles gritara como loco y dijera frases con un lenguaje soez que, a veces, rozaba de lo gracioso. Más allá de eso los gritos amedrentaban un poco a los ángeles montados por lo que si iban a atacarlo desistían y se dirigían hacia otro lado.

Mientras los dioses batallaban al tiempo que más ángeles montados aparecían desde la misma dirección que los primeros, Nahuel no hacía otra cosa más que esconderse detrás de las columnas adosadas. Para su suerte, al ser mucho más pequeño que los dioses, los ángeles no se percataban de su presencia, a pesar de ello el joven maldecía a Atenea por no haberle dejado traer su katana porque con su arma se sentía más seguro aunque sabía que no sería muy efectiva contra las armaduras de los ángeles y los caballos alados. Pero el pasar de una columna a otra no era una tarea sencilla, debía esquivar los ataques tanto de los dioses como los de los ángeles por lo que a veces debía desplazarse cuerpo a tierra para llegar a salvo, y fue una oportunidad que tuvo que moverse así que le salvó la vida porque le pasó por encima un ser montado que giraba como un trompo y que terminó chocando contra una de las columnas exteriores porque si se hubiera desplazado corriendo le hubiera dado de lleno. No obstante esa no fue la única oportunidad en la que por poco podría haber perdido la vida, en ocasiones podía escuchar el silbido de las flechas pasarle por delante o por detrás, algunas jabalinas que le pasaban tanto por delante como por detrás aunque la altura máxima en la que se movían era hasta las rodillas del muchacho, aunque en pocos casos algunas hacían tumbos causando que el joven se detuviera cuando pasaba una de esas por delante hasta tal punto de agacharse para evitar ser golpeado por una de las puntas y, lo que más le impactó, una esfera hecha de viento que le pasó a centímetros delante de su cara por lo que se detuvo tan de golpe que se cayó hacia atrás y siguió su camino arrastrándose por un momento de espaldas antes de que se erguiera dado a la impresión de ver un hechizo muy cerca de él, aunque nunca pudo determinar si era de un ángel o de una deidad, pero eso no le importaba en lo más mínimo. A pesar de eso lo que más le asustaba era que si un rayo de Zeus lo alcanzara por error por lo que cada vez que escuchaba el estruendo de uno, su piel se ponía de gallina y corría un poco más rápido, o si estaba cuerpo a tierra se desplazaba más rápidamente, por unos segundos.

En un momento dado, el dualista se desplazaba entre los tronos hasta que se quedó detrás de uno para descansar por lo que descubrió que, en el asiento que le seguía, se encontraba un poco agachada Atenea que asomaba un poco su cabeza al tiempo que respiraba agitadamente.
–¡Qué gran idea la tuya de que no trajera ningún arma, Atenea! –exclamó Nahuel a modo de regaño.
–¡¿Cómo querías que supiera que los ángeles iban atacar?! –replicó Atenea sin mirar al muchacho porque se cercioraba de que estaba en un lugar seguro para poder descansar.
–¡Eso no importa! ¡Me molesta no tener un arma encima! ¡¿Sabes lo que es tener una batalla desarrollándose a tu alrededor y no tener nada con que atacar, o por lo menos defenderte?!
–¡Si hubieras traído tu sable dudo mucho que te sirviera!
–¡Ya lo sé! ¡Pero al menos me sentiría un poco más seguro!
–¡¿No puedes utilizar tus poderes?!
–Debería estar cerca de algún ángel para que funcionara, sin embargo tengo otra habilidad en la que puedo arrojarles cosas, pero aquí no hay nada y si por una de esas casualidades se desprendiera un enorme trozo de columna no sé si podría levantarlo por lo pesado que puede llegar a ser.
–Entonces escóndete hasta que esto termine.
–¡No! ¡Quiero ayudar! ¡Por si no te has dado cuenta están viniendo más y más ángeles!
–¡¿Y crees que tu ayuda hará la diferencia?!
–¡Es una espada o lanza más! ¡Mientras más sean los que ataquen a los ángeles más rápido acabarán con esta invasión! –gritó el joven y acto seguido Hera se colocó velozmente detrás del asiento que Nahuel había dejado de esconderse apenas instantes por se encontraba muy agitada. Tan agitada estaba que se sentó en el suelo y apoyó su cabeza contra el respaldo del trono al tiempo que jadeaba con intensidad y que mantenía su cabeza en alto, pero por el cansancio bajaba un poco hasta que la volvía a levantar.
–¡Mira! ¡Hera no tiene ningún arma por lo que no ya podido atacar en ningún momento! –le dijo Nahuel a Atenea.
–¡Es verdad que no ha atacado, pero ha ayudado mucho! –aseguró Atenea.
–¿Cómo?
–¿Viste lo que hacían Dioniso y Afrodita?
–¿Correr como locos para llamar la atención de los ángeles para que los demás dioses los atacarán?
–Así es. Y eso es ayuda bastante.
–¡¿Estás sugiriendo que yo actúe de señuelo?! ¡Me alcanzarían antes de que algunos de ustedes atacasen a los seres que me persiguen! ¡Ustedes miden más del triple de mi estatura y pueden correr más rápido! ¡Apenas haga un par de metros tendré los cuernos metálicos del yelmo de los caballos alados en mi espalda!
–¡Nunca dije eso y nunca te diría que lo hicieras a no ser que sea imperiosamente necesario! –declaró la diosa de la guerra y de pronto Nahuel escuchó una explosión que se produjo detrás de él para luego ver unas cuantas llamaradas que procedían desde los bordes del asiento a pesar de que quedó un poco aturdido por la explosión.
–¡Mierda! ¡Eso fue un hechizo de algún ángel o de Hécate! –vociferó el muchacho después de dejar de estar aturdido, que para su fortuna sólo duró unos pocos segundos.
–Están… están… atacando con… con mucha… Son demasiados… para… para nosotros. –expresó Hera mientras jadeaba.
–¡Suficiente! ¡Me harté de esto! –admitió Nahuel enfurecido–. ¡¿No tendrán algún arma que me puedas prestar?! –le preguntó a Atenea.
–¡¿Estás seguro de que quieres una?! –interrogó la Olímpica.
–¡Sí, mujer, sí!
–¡Entonces mira allí! –dijo la diosa señalando un puente que se hallaba cerca de donde se encontraba Nahuel, por lo que el muchacho observó que estaba unos metros más abajo del borde de las columnas exteriores, aunque lo que el dualista no podía ver es que había una escalinata que lo conducía hasta él. Rápidamente el joven miró hacia dónde conducía el puente: a un pico en donde se emplazaba un gran edificio similar al de un templo griego.
–¡El templo que está en ese pico es en realidad un depósito de armas! –aclaró la deidad– ¡Allí podrás escoger el arma que quieras!
–¡¿Pero habrá armas para mi tamaño?! –cuestionó el dualista– ¡Porque si ustedes son gigantes las armas también lo…!
–¡No te preocupes! ¡Hay armas para tu tamaño, incluso también hay más pequeñas!
–¡¿Entonces me acompañarás hasta allí?!
–¡No! ¡Ve tú solo!
–¡¿Qué?! ¡Eso es una locura! ¡Seré un blanco fácil para los ángeles!
–¡Te pregunté si estabas seguro de que si querías un arma y me respondiste que sí! ¡Entonces ahí tienes un lugar para escoger una!
–¡Podría haber sido más sencillo! ¡De hecho podrían haber construido el depósito un poco más cerca! ¡¿No te parece?!
–¡Si no quieres ir hasta allá no te culparé! ¡Nosotros podremos contra esto!
–¡Eso no es verdad! ¡No mientas!
–¡¿Acaso crees que no podemos vencer a los ángeles?!
–¡No dudo de eso! ¡Pero mira a Hera! ¡Está cansada! ¡Además he escuchado varias veces, de forma directa o indirecta, que ustedes duermen! ¡Por lo tanto eso significa que se cansan! ¡Tarde o temprano comenzarán a sentir fatiga y seguirán viniendo más y más ángeles y eso será su derrota!
–¡Pero eso vuelve a la pregunta que hice antes: ¿acaso tú ayuda hará la diferencia?! ¡En todo caso tú te cansarás más rápido que nosotros!
–¡Argh! ¡Es imposible discutir contigo! ¡Lo nuestro no hubiera funcionado!
–¡No es hora de hacer bromas!
–¡Está bien! ¡Entonces iré hacia el depósito! ¡Y si llega a pasarme algo será tu culpa!
–¡Oh, no! ¡Dioniso está muy mareado! –voceó Atenea observando que el dios del vino se estaba apoyando en uno de los tronos al tiempo que se llevaba una de sus manos a la cara y que trataba de mantenerse en pie a pesar de que le temblaban las piernas y hacía arcadas– ¡Debe de estar muy cansado!
–¡¿Ahora entiendes a lo que me refería?! ¡Dioniso es el más débil! ¡Su estado perpetuo de ebriedad es su gran punto débil!
–Lamento decirte que te equivocas. A diferencia de lo que sucede con los mortales, la ebriedad hace que Dioniso sea más inteligente.
–Mmm… puede ser, de todos modos es un dios.
–Pero aún así se cansa… como todos nosotros… ¡Oh, no! –dijo Atenea al tiempo que observaba cómo Dioniso salía volando hacia adelante por culpa de una explosión de una esfera de viento.
–¡¿Qué pasó?! –preguntó Nahuel intrigado.
–¡Dioniso está tirado en el suelo por culpa de un ataque y le está constando levantarse! –contestó asustada Atenea– ¡Esto ya es el colmo! ¡Nahuel! ¡Ve hacia donde está el depósito, coge el arma que quieras y regresa aquí para liquidar a todos los ángeles que puedas, aún si tienes que hacerlo con tu vida! –le ordenó a al muchacho.
–¡Sí, señora! –afirmó Nahuel mientras hacía un gesto militar– Pero… ¿me protegerás de las arremetidas de los ángeles montados?
–No…
–¡¿Por qué?!
–¡No me interrumpas! ¡Yo mantendré ocupado a los ángeles mientras tú vas a buscar las armas que quieras! ¡No es garantía de que ningún ángel te atacará, pero es algo!
–¡De acuerdo, iré hacia el depósito! ¡Resistan todo lo que pueda hasta que regrese!

–¡No tienes ni qué pedirlo! –aseguró Atenea y de inmediato Nahuel se dirigió hacia el puente al tiempo que eludía los ataques perdidos de los ángeles y los dioses.

Continuará...

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