sábado, 25 de febrero de 2017

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XXI: La reunión (Parte final).







Después de observarlos cuidadosamente por primera vez, volvió a mirarlos bien al revés de cómo inicio su primer vistazo, es decir comenzando por Prometeo. Luego de verlos por segunda vez, dirigió su mirada hacia el rey de los dioses.
–¿Estos son los demás dioses con los que están escondidos? –interrogó Nahuel.
–Sí. Aunque falta Océano, sin embargo él me dijo que tenía que resolver unos asuntos en sus dominios que requerían su presencia por lo que decidí absolverlo de venir aquí. Asimismo le deje en claro que una vez que resolviera dichos asuntos se dirigiera hacia éste lugar. –respondió Zeus.
–Además falta Ponto. –añadió el muchacho.
–¿Ponto? ¿Usted habló con Ponto? –interrogó el joven Crónida un tanto sorprendido.
–¿No lo sabía? Pensé que Poseidón le había comentado algo. –contestó Nahuel provocando que Zeus, y los demás dioses miraran al dios de los mares.
–Juro por tu cabeza hermano que no sé nada. –afirmó Poseidón sintiendo la presión de su mirada.
–¡¿Qué?! ¡¿Cómo que no sabe nada?! –interpeló el dualista– ¡¿Se olvidó que Océano, mis compañeros, Argo y usted estábamos…?!
–¡¡¡SILENCIO!!! –exclamó el dios de los mares apuntando su tridente hacia el joven dispuesto a lanzárselo.
–¡Ni se te ocurra soltar ese tridente, hermano! –advirtió con mucha seriedad Zeus– Baja ese tridente y dime que sabes de Ponto.
–Ya lo he dicho, no sé nada. El humano está mintiendo y quiero darle una lección para que aprenda que las mentiras traen graves consecuencias.
–No obstante él acaba de decir que estabas junto con Océano… un momento… ¿qué hacían exactamente Océano, los mortales y tú?
–Y lo más importante, ¿qué hacía Argo allí? –agregó Hera.
–Antes que Poseidón conteste tengo algo que decir y es muy importante. –aseveró Nahuel.
–Dígalo entonces. –dijo Deméter.
–¿Océano no le dijo nada a usted sobre Ponto? –le preguntó el joven a Zeus.
–Pues… no. –respondió el rey de los dioses pensativamente.
–Esto es muy extraño. No sé porque Océano y Poseidón le ocultarían información a sobre Ponto… –declaró muy pensativo Nahuel.
–Seguramente el mortal les dijo a los dos dioses que no dijeran nada sobre Ponto. –acusó Hera.
–¡A mí ningún mortal me dice lo que debo o no debo decir! –bramó Poseidón.
–Lo dudo, aquí hay muchos que se dejan llevar por los engaños de un humano que sabe mucho sobre nosotros y habla con persuasión. –admitió la diosa del matrimonio.
–¡Mira quién habla de engaños! ¡Tú eres peor que el mortal! –gritó Afrodita.
–¡Cállate de una maldita vez ramera barata! –voceó Hera y de nuevo los dioses comenzaron a discutir mientras que las nuevas deidades no hacían otra cosa más que mirar a los Olímpicos pelearse y mirarse entre ellos sin moverse de sus lugares, y que Nahuel meditara sobre la actitud de Océano y Poseidón en cuanto a ocultarle información a Zeus sobre Ponto.
–Quisiera saber por qué Poseidón y Océano no le dijeron nada a Zeus… –expresó Nahuel a media voz.
–Porque yo le pedí a Océano y Poseidón su silencio. –dijo una voz que poseía un eco propio que resonó por todo el lugar pero Nahuel supo que esa voz era la del dios preolímpico.
–¿Acaso es usted, Ponto? –interrogó Zeus al tiempo que los demás dioses miraban hacia todos lados tratando de buscar a la deidad.
–Así es, y no estoy solo. –asintió Ponto y de inmediato emergió una gran columna de agua justo detrás de la deidad femenina que tenía un par de alas en su frente. Apenas el agua cayó al suelo apareció Océano, no obstante sólo se podía desde la cintura hacia arriba puesto a que desde el cuelo comenzaba la cintura, como si el agua pintada fuera de verdad, por lo que el dualista lo reconoció rápidamente porque ya lo había visto materializarse así las dos veces que lo vio; a pesar de ello la deidad tenía la misma altura que los demás dioses, por lo que se podría llegar a pensar que si el Titán hubiera materializado las piernas tendría el doble de altura que el resto de los dioses. Seguidamente el Titán se colocó al lado de la deidad que tenía delante de él.

–¡Océano! –gritó Nahuel sorprendido.
–Lamento profundamente la tardanza, tuvimos ciertas… complicaciones con un grupo de demonios y luego con un grupo de ángeles. –declaró Océano.
–Los asuntos que debía atender, ¿tienen relación con Ponto? –interpeló Poseidón.
–En gran parte.
–¿Y dónde está Ponto? –preguntó Nahuel.
–Aquí estoy. –respondió el dios preolímpico cuya voz procedía, según lo que oyó el muchacho, detrás de él y del suelo, por lo que se dio media vuelta miró hacia el piso descubriendo que, delante del agujero negro, las olas de los mosaicos pintados se movían creando el gran rostro de la deidad.
–Esto es un tanto… atípico… –comentó el joven al ver la cara del dios literalmente en el piso.
–¿Él es Ponto? –interrogó Artemisa desconcertada.
–Así es. –aseguró Atenea.
–¿Pero no tiene cuerpo? –interpeló Hefesto sorprendido al ver el rostro.
–Tiene, pero no sé por qué se manifestó así. –admitió Apolo.
–¿Por qué no se materializó de cuerpo completo? –le preguntó Nahuel al dios preolímpico del mar.
–¿O medio cuerpo como Océano? –añadió Hermes.
–Porque así estoy cómodo. –contestó sencillamente Ponto.
–¿Se puede saber por qué le pidió a Océano y a mi hermano su silencio en torno a su existencia? –interrogó Zeus con seriedad.
–Lo siento, joven Crónida, no quiera aparecer delante de ninguno de ustedes hasta tener noticias sobre mi madre y mi hermano –aseguró Ponto mientras “giraba” su rostro hacia Zeus–. Por otra parte siento que algunos de ustedes están sorprendidos al verme.
–Algunos de nosotros sólo sabemos de usted por historias que nos contaron los primeros seis Olímpicos. –confesó Ares.
–Y todos pensábamos que había… hic… desaparecido después de que Cronos derrocara a… hic… Urano. –agregó Dioniso.
–O en el peor de los casos, destruido por alguna fuerza más poderosa que usted. –dijo Apolo.
–Tendrá que darnos algunas explicaciones. –aseveró Atenea.
–Y que sea rápido. –afirmó Hera.
–Por la misma razón que antes, no quería manifestarme hasta saber sobre mi hermano y mi madre. –expresó sucintamente Ponto.
–Ahora que ha tocado ese tema, lamento profundamente que no sepa nada sobre Gea y Urano… –admitió Nahuel con mucha pena.
–Descuide, le dije que puedo esperar y todavía puedo seguir esperando. –admitió el dios preolímpico.
–¿Solamente por eso le pidió el silencio a mi hermano y a Océano? –volvió a preguntar Zeus.
–Esa era el motivo más importante, no obstante había otro que, tal vez, era tan importante como el que mencioné.
–¿Cuál es ese? –interrogó Artemisa.
–Yo soy una deidad arcana, una deidad primordial. Mi presencia en la dimensión del mortal causaría muchos estragos en las aguas. Lo mismo sucedería con Gea y Urano, la tierra se agitaría de tal manera que se producirían cientos de miles de terremotos y el cielo cambiaría de color al tiempo que nubes tormentosas cubrirían el firmamento y seguidamente ciento de rayos golpearían todos los rincones del planeta.
–Pero podrían controlar su influencia sobre el planeta del humano. –afirmó Afrodita.
–Me temo que no es sencillo, hija de Urano… Hace muchos milenios que yo estoy viajando de dimensión en dimensión porque después de un tiempo de instalarme en una, muchas catástrofes marítimas ocurrían, algunas después de un largo tiempo desde mi llegada, otras al poco tiempo. Imagínense lo que también hubieran pasado Gea y Urano… Al descubrir que yo era la causante de tantas desgracias supe, instintivamente, que mi hermano y mi madre también provocarían lo mismo por lo que creía, con mucha esperanza, que en alguna dimensión me reencontraría con ellos. Sin embargo el tiempo pasaba y no los hallaba por lo que mis esperanzas comenzaban a menguarse… Cuando ya creía que nunca volvería a ver a mi hermano y mi madre apareció Océano y me contó todo lo que estaba sucediendo con un grupo pequeño de mortales. Tras eso le pedí que me trajera a dichos humanos a la dimensión en donde yo me hallaba para hablar con ellos, llevándome una gran sorpresa al descubrir que solo uno de ellos podía verme…
–Además me aclaró el por qué debía traer los mortales a la dimensión donde estaba Ponto y, cuando viajaba por las islas del mar Egeo me encontré con Argo y le pedí su ayuda para transportar a los humanos, a lo que el barco aceptó dudando un poco sobre cómo haría para viajar a otra dimensión. –agregó Océano.
–Y si no se iba a manifestar ante ninguno de nosotros, ¿por qué cambió de parecer? –interrogó Atenea.
–Océano me informó sobre la reunión y pese a que no quería ir en principio luego decidir venir porque deseaba que todos ustedes supieran que yo estaba aún “vivo” y que estoy a favor de la idea del muchacho. –contestó Ponto.
–¡¿Qué?! ¡¿Qué carajo le dijo el mortal para convencerle?! –exclamó Hera completamente sorprendida, ya que nunca se hubiera imaginado que el dios preolímpico apoyaba al humano.
–No me dijo nada que yo no sepa. Océano me informó de todo y le creí todo porque yo he visto a cientos de miles de ángeles y demonios luchar con brutalidad en una dimensión. –aseveró Ponto.
–¿En serio? ¿Dónde? ¿Cuándo? –preguntó Nahuel muy interesado.
–Hace un tiempo atrás, no recuerdo con exactitud cuándo, pero sí que era en un planeta como el suyo pero en una época donde los humanos tenían mucho más metal en su cuerpo para combatir contra otros y sus barcos tenían más velas que los antiguos habitantes de la tierra que ahora llaman “Grecia”.
–Debió haber sido en la Edad Media. ¿Y cómo combatían los ángeles y los demonios?
–No sé a lo que se refiere…
–Si ellos luchaban como normalmente debía hacer o si en algún momento los ángeles se atacaban entre sí y/o los demonios también. Además si luchaban cerca de alguna ciudad o poblado y, lo más importante de todo, si se habían materializado o no. –aclaró el dualista provocando que la deidad pensara un momento.
–Mmm… No, combatían normalmente… aunque su brutalidad era inusitada. Si hubieran sido mortales, el campo de batalla se hubiera convertido en un mar de sangre, donde las partes cercenadas navegarían a la deriva. Al menos las Keres estarían contentas con eso porque tendrían  muchas almas que llevar al Hades y mucha sangre para beber.
–Entonces, por lo que me dice, ellos se habían materializado.
–Sí, no sabía que esos seres podían adquirir otras formas. A pesar de que intuía que eran energéticos pensé que las formas que poseían eran su “forma verdadera”
–¿Y luchaban cerca de alguna ciudad?
–No, en una costa… no recuerdo en donde, pero sí que era dentro de los dominios de Poseidón… más precisamente cerca de… un desierto…
–¿Desierto? Entonces fue en algún punto del norte de África  o las costas del sureste del Mediterráneo. Es posible que los seres energéticos lucharan en África… quizás en una de las costas menos habitables para que ningún humano los viera.
–¿Norte de África? ¿Costas del sureste del Mediterráneo? ¿Qué son esos lugares?
–Son algunos nombres que los mortales le dieron a sitios que nosotros conocíamos con otros nombres. Mediterráneo es el nombre que le colocaron a los dominios de Poseidón, no obstante es tan grande que está subdividido en varios mares de menor extensión. –dilucidó Atenea.
–Ah, ahora lo tengo un poco más en claro. No obstante deberían explicarme un poco más sobre ese asunto, pero luego porque ahora tenemos que hablar de otro tema más importante. –aseguró Ponto.
–Entonces creo que ahora podré tomar mi decisión. –afirmó Zeus.
–Sin embargo yo tengo que saber quiénes son los dioses que me rodean. –aseveró Nahuel.
–¿Por qué? ¿No es suficiente con sólo verlos?
–Sé quiénes son algunos porque ya los he visto antes, pero otros no puedo identificarlos. Además con saber los que están aquí luego podré ir a la búsqueda de los que faltan.
–Está bien, pero saber la identidad de cada dios que desconoce no será nada sencillo.
–¿A qué se refiere con eso? –interrogó el muchacho un poco asustado.
–Yo le diré el nombre de la deidad y usted tendrá que decirme algo sobre el mismo, pero algo pequeño porque si no perderemos mucho más tiempo del necesario, además quiero tomar la decisión rápidamente.
–¿Y para qué quiere que haga eso? ¿Acaso no le han contado los dioses que he platicado que sé bastante sobre ustedes?
–Es eso o hacer una tarea muy peligrosa.
–Está bien, está bien. Hagamos lo primero.
–De acuerdo, ¿por dónde quiere comenzar, por los dioses que están cerca del trono de Hestia o del trono de Hermes?
–Quiero comenzar por Helios, fue el último dios que vi en mi dimensión.
–Muy bien.
–Entonces están Helios, Selene… pero el que sigue lo desconozco… ¿no será un ángel?
–No es un ángel, si fuera uno ya no existiría. –declaró con cierta ira Zeus.
–Tranquilícese, no quería que se enojara –afirmó Nahuel–. ¿Quién es?
–Es Héspero.
–Héspero… Mmm… el lucero vespertino, mejor dicho el planeta Venus visto por la tarde, la primera “estrella” de la noche. Hijo de la Titánide Eos, la aurora y el mortal Céfalo. Su hermano Eósforo es el lucero del alba, es decir el planeta Venus que se ve antes del amanecer, por lo que es la última “estrella” del firmamento nocturno que se puede ver antes de que el día se apodere del cielo, o más precisamente, que antecede a la aurora, es decir su madre –dijo Nahuel causando que Héspero abriera su boca para decir algo, pero rápidamente la cerró, como si algo le impedía hablar–. ¿Qué le sucede? ¿Es mudo?
–No, sólo que no puede hablar aquí.
–¿Por qué?
–Porque fui demasiado permisivo al dejarlos venir aquí. Eso era suficiente, permitirles hablar sería darles mucha libertad sabiendo que ellos no deben estar aquí.
–Pero creo que ahora debe permitirles hablar porque quería decir algo. Además puede que me corrijan algunas cosas que digo.
–Pues que esperen y hablen con usted cuando se vaya de este sitio. –expresó Hera mientras que Zeus pensaba seriamente si dejar hablar al resto de las deidades.
–No me digas que estás barajando la posibilidad de permitirles hablar, hermano. –le dijo Poseidón a Zeus.
–De acuerdo, pero que hablen únicamente cuando el mortal les diga algo sobre ustedes. –ordenó el rey de los dioses.
–Gracias, gran señor –Lle dijo Héspero a Zeus con una voz suave–. Quería decirle que yo no tengo hermano. Los antiguos griegos crearon a mi hermano para diferenciar mi presencia en el cielo antes de Hemera y antes de Nix, por lo tanto yo también soy Eósforo… –rectificó el dios mirando a Nahuel.
–¿Ve lo que le digo? –le preguntó Nahuel a Zeus.
–Ya me di cuenta. Prosigamos… la que le sigue es Eos.
–Me parecía por los colores similares a los de la aurora que tiene su toga… además de ser muy bonita, como decían los griegos.
–Ji, ji, ji… Gracias. –agradeció Eos con una voz algo aniñada.
–Oh… cielos… –masculló Nahuel sin agradarle mucho el timbre de voz de la Titánide e inconscientemente miró rápidamente a Afrodita, observando que la diosa se mostraba un poco celosa por lo que decidió decir algo sobre Eos rápidamente– Bueno, es hija de los Titanes Hiperión y Tea, además de ser hermana de Helios, el sol, y Selene, la luna. Se encargaba de abrir las puertas del palacio de Helios cada día para que éste comenzara su recorrido diurno por los cielos. Al ser la aurora “avisa” a los mortales la salida del sol. Además de eso tuvo muchos amantes, ya sean deidades o los mortales más hermosos, y con algunos tuvo una descendencia importante, como los vientos y las estrellas, no obstante secuestró a varios mortales para que fueran forzosamente sus amantes.
–Bien. El que sigue es Hiperión. –afirmó Zeus.
–¿Hiperión? Más bien un obispo… je, je –comentó Nahuel mofándose de la ropa del Titán para luego reírse un poco, pero al ver que a la deidad no le produjo ni la más mínima sonrisa, más bien parecía estar muy serio, dejó de reír bruscamente–. Lo siento… Así que Hiperión, uno de los doce Titantes originales, hijos de Gea y Urano. Es considerado como el dios de la observación, pero siendo un Titán debería ser considerado como la observación. Padre, junto con su esposa y hermana Tea, de Helios, Selene y Eos. Poco sé del Titán ya que los griegos no escribieron mucho sobre él, no obstante he leído una vez, y quiero que me conteste si es verdad o no, Hiperión, que como sus tres hijos eran notables por su belleza y virtud los demás Titanes se sintieran celosos de Hiperión, por lo que convinieron matarlo y ahogar a sus hijos.
–Existió ese complot, pero Gea lo impidió. No obstante, en vez de quedar resentidos, con el tiempo los celos y la ira por causa del plan fallido desaparecieron. –admitió Hiperión.
–Que bien –Expresó Nahuel y rápidamente dirigió su mirada hacia la diosa que había al lado del Titán–. Mmm… estoy intrigado por lo que usted lleva en su brazo izquierdo. –le dijo a la deidad.
–Ella es Astrea. –declaró Zeus.
–¿Astrea? ¡Ah! ¡Eso lo explica! ¡Lo que lleva en su brazo son los rayos de Zeus! –exclamó el joven bastante sorprendido al conocer la identidad de la diosa–. ¡¿Es seguro que ella porte semejante fuerza natural?! –añadió un poco aterrado.
–Descuide, no se escapará ninguno de allí… a menos que yo le diga que me pase uno. –Aseguró Zeus causando que Nahuel tragara un poco de saliva.
–Bue-Bueno… si us-usted lo dice… –manifestó nerviosamente el dualista para luego calmarse– ¿En qué estaba? Ah, sí… Astrea, hija de Zeus y Temis, por lo que es considerada una Titánide. Caracterizada por la diosa virgen que portaba los rayos de Zeus, dicho papel proviene de la Titanomaquia. En ese período, al igual que Niké, se alió con los Olímpicos y compañía, sin embargo Astrea se convirtió en una de sus ayudantes, siendo la portadora de los rayos que los tres primeros Cíclopes crearon para Zeus. Luego de la derrota de los Titanes, la recompensa que recibió la Titánide fue el permiso para conservar su virginidad, siendo así la única Titánide virgen, y un lugar entre las estrellas como la constelación de Virgo. Además fue la última deidad que vivió entre los humanos durante la Edad Dorada de Cronos.
–Bien, el que sigue es Astreo.
–Ah, Astreo, el esposo de Eos. Hijo de Crío y de Euribia, hija de Gea y Ponto, por lo tanto otro Titán. Conocido por ser el padre de los vientos, sobre todo los cuatro viento importantes: Noto, Euro, Céfiro y Bóreas, y los Astra Planeta, las estrellas errantes, de las cuales no me acuerdo quiénes son. Aunque me he preguntado porque usted permitió que Zeus le diera a Eolo el don para controlar los vientos, es decir, sus hijos.
–Sencillamente porque yo no los podía controlar. Me desobedecían. Zeus podía controlarlos, pero no podía estar todo el tiempo observándolos. Y como Eolo hizo un gran favor a Zeus, éste le concedió el don para controlar a mis hijos procurando que no causaran graves daños en la tierra –contestó Astreo–. Por otra parte, los denominados “Astra Plantea” son Fenonte, Faetonte, Estilbo, Pironte y Héspero.
–¡Ah, sí! Y representaban un planeta en concreto. Ahora que recuerdo representan, según como los mencionó: Júpiter, Saturno, Mercurio, Marte y Venus. –recordó el dualista.
–Exacto. Además mis hijos están representados en estos brazaletes –comentó el Titán mostrando los brazaletes al joven para que los viera bien–. Los de la derecha son los vientos y los de la izquierda son los Astra Planeta.
–Ya veo… bueno, la que sigue es Hécate y… ¿quién será la diosa con el velo?
–Es mi madre. –afirmó Zeus sobresaltando a Nahuel.
–¡¿Qué?! ¡¿Rea?! ¡Aaahhhh! –voceó el muchacho.
–¿Qué sucede? ¿Por qué está tan sobresaltado como si hubiera visto a un espectro?
–Eeehhh… Nada, me sorprendió sencillamente… Rea… una Titánide, la personificación de la fertilidad. Madre, junto con Cronos, de los seis primeros Olímpicos: Deméter, Hades, Hera, Hestia, Poseidón y Zeus. Fue reina de los Titanes por haber sido la consorte del rey, es decir, Cronos. Horrorizada por ver a su esposo engullirse a sus hijos para que no se cumpla la profecía de Urano, decidió pedir ayuda a Gea para evitar que su siguiente hijo fuera devorado, por lo que siguió el consejo de la “tierra”, escondió a Zeus en una cueva en la isla de Creta tras haberle dado a luz allí mismo y luego engañó a Cronos entregándole una piedra envuelta en pañales que el Titán se lo tragó sin desconfiar. El resto es historia…
–Menos mal, yo estaba pensando que contaría toda la historia… –manifestó Ares aliviado.
–Si Zeus me dice que cuente la historia, tendré que hacerlo. –declaró el dualista para después mirar al rey de los dioses.
–No, no hace falta, no perdamos más tiempo. Sigamos. –aseveró el dios.
–Aparte cada vez que la rememoro me llena de angustia. Vuelvo a recordar el horror que sentía cuando Cronos se engullía a cada uno de mis hijos… –expresó Rea con cierta angustia.
–Entonces, prosigamos –dijo Zeus–. La siguiente es Tea.
–Me parecía que ella e Hiperión debían tener alguna relación por la corona que ambos llevan –confesó Nahuel–. La Titánide de la vista y la que dotaba a las piedras preciosas, al oro y a la plata con su brillo y su valor. Con Hiperión fue madre de Helios, Selene y Eos… creo que esto se está volviendo repetitivo.
–Entonces no digas lo que has dicho. Di otra cosa. –aconsejó Afrodita.
–Es que hay deidades que poseo poca información porque los jodidos griegos no tenían ganas de escribir algo para que sean protagonistas de, por lo menos, un mito importante… –aseguró Nahuel.
–Descuide, con lo que dijo fue suficiente. Entiendo que lo que sabe sobre nosotros son por los escritos de los antiguos griegos, así que no le pediré mucho sobre mí, en otra oportunidad le contaré algunas historias en las que me involucro. –admitió Tea.
–Ah, bueno… –manifestó aliviado el muchacho– Aunque sé un detalle más, luego de la Titanomaquia usted se fue a vivir en el palacio de Helios.
–Efectivamente. –confirmó la Titánide.
–A continuación se encuentra Mnemósine. –expresó el rey de los dioses.
–Mnemósine, la personificación de la memoria y madre de las Musas con Zeus. Se decía que los poetas y los reyes recibían el poder de hablar con autoridad de su conocimiento de ella, además de  la relación con las Musas que la unía. Aparte la concepción y el nacimiento de las Musas es muy particular ya que los mitos dicen que Zeus se unió a ella nueve noches seguidas y que las Musas nacieron en un parto múltiple. Seguramente Hera debió estar muy contenta cuando recibió la noticia de que su marido la engañó nueve veces seguidas.
–Y no sabe cómo… –ironizó Hera recordando la ira que sintió al enterarse del nacimiento de las musas provocando que Nahuel sacara la lengua por un segundo a modo de burla, logrando que Mnemósine se riera un poco. Por suerte Hera no vio el gesto del muchacho porque ella mirando a Afrodita, que se estaba riendo por lo bajo, de lo contrario el dualista se hubiera envuelto en una discusión en la que podría perder la vida.
–Por fin lo conozco, joven mortal. Mis hijas me han hablado de usted, sobre todo una. –dijo Mnemósine.
–A que adivino… Talía.
–Así es.
–¿Y dónde están ellas?
–Seguramente en el Oráculo de Delfos.
–¿Pero no es arriesgado que estén allí… lo digo por los demonios y los ángeles.
–No te preocupes, Hécate aseguró la seguridad de ellas con un hechizo para que esos seres energéticos no las detecten.
–Lamento interrumpir, pero hay que continuar –interrumpió Zeus–. Al lado de Mnemósine está Tetis.
–Ah, sí… la deidad extraña… –comentó Nahuel observándola– Una Titánide y diosa del mar, esposa y a la vez hermana de Océano. Con él fue madre de los principales ríos que conocían los griegos en la antigüedad, las oceánidas, y las 3000 oceánides. Fue confundida varias veces con una deidad menor, una nereida, del mismo nombre que fue esposa de Peleo, cuyo hijo fue el famoso Aquiles.
–Ahora que tengo la palabra quiero agradecerle por permitirme a mí entrar a los dominios de Poseidón junto con mi esposo. –agradeció Tetis.
–Un momento… ¿qué quiso decir ella, Océano? –le preguntó Nahuel un tanto desconcertado al Titán.
–Sucede que yo no estaba solo en mis dominios. Me acompañaba mi esposa. –aclaró Océano.
–¿Y por qué no me dijo que estaba acompañado?
–No quería exponerla a los ángeles y a los demonios. Yo, al ser una deidad muy poderosa, llamaría la atención de esos seres, por lo que si decía algo seguramente esos seres me escucharían y, a pesar de que no les diría donde se encontraba ella, se las ingeniarían para encontrarla… y seguramente la encontrarían tarde o temprano.
–Mmm… eso es razonable, aunque me lo pudo haber dicho cuando mis compañeros y yo estábamos en una dimensión alterna hablando con Ponto.
–Cierto… pero estábamos hablando de otro asunto importante.
–Es verdad. Hablando de otra tengo una pregunta que hacerle.
–Usted dirá.
–Además de informarle a Ponto sobre la reunión, ¿qué más hizo?
–Oculté al resto de mis hijos de la “vista” de los demonios y de los ángeles en una grieta bien profunda de mis dominios.
–¿Encontró a todos sus hijos?
–Un poco menos de un décimo de mis hijos. Al parecer los demás fueron destruidos por los ángeles y los demonios. –respondió el Titán con cierta tristeza.
–No te lamentes. No podíamos hacer nada para detener a los verdugos de nuestros hijos. Hay que agradecer al Universo que encontramos a algunos. –le dijo Tetis a su hermano y esposo.
–En fin, sólo queda una deidad más por conocer. La última es Temis.
–¡Lo sabía! ¡La espada y la balanza eran justo los elementos que me dio a entender su identidad! –exclamó Nahuel con alegría, como si hubiera descubierto un tesoro– La titánide que representa a la ley natural, el orden divino, las costumbres y las leyes. Era una deidad que no se encolerizaba por nada, a diferencia de otros dioses. Con Zeus fue madre de las Horas, las diosas que representaban el orden de la naturaleza y de las estaciones, Auxo, Carpo y Talo, aunque con el tiempo fueron consideradas como diosas del orden y de la justica, siendo éstas Dice, Eunomia e Irene, clasificadas entonces como la primera generación la primer tríada que cité y la segunda generación a la segunda tríada. Además fue madre, también con el rey de los dioses, de las temidas Moiras: Cloto, Láquesis y Átropos, las personificaciones del destino, quienes todos estaban sujetos a su poder, sean mortales o dioses. –añadió para luego escuchar a Zeus aplaudiendo.
–Excelente. Con esa demostración de sabiduría nadie dudara que usted tenga bastantes conocimientos sobre nosotros. –aseveró el rey de los dioses.
–Pues, creo que sí… –asintió Nahuel– ¿No quiere que diga algo sobre Altas, Prometeo, Océano y Ponto?
–No, ya los conoce. No hace falta.
–Pero yo quiero que él diga algo sobre mí. –declaró Hermes.
–¿Por qué quieres que él diga algo sobre ti? ¿No crees que sepa algo? –interrogó Deméter.
–En realidad él no me había visto hasta ahora, por lo tanto también podría decir algo sobre mí. Además no dudo que me desconozca, seguramente se habrá dado cuenta de quién era apenas me vio.
–Eso es verdad. –asintió Nahuel.
–De acuerdo, pero que sea rápido. –ordenó Zeus.
–Bueno… Hermes es el dios de los mensajeros, los viajeros, los pastores, los oradores, de los poetas, del atletismo, el comercio y la astucia de los mentirosos, estafadores y ladrones, entre otras cosas más. Su papel principal era el de ser el heraldo de los dioses del Olimpo, compartiendo la función con Iris, aunque ésta era más una mensajera personal de Hera. Tuvo varias amantes pero se destacan la ninfa Dríope dado a que de su unión nació Pan y Afrodita porque nacieron, entre otros, Eros, el dios del amor entre los hombres, y Hermafrodito que fue convertido en hermafrodita cuando la ninfa Salmacis se abrazó fuertemente a él en el lago donde ella vivía mientras rogaba a los dioses que nunca lo separaran de él puesto a que ella se había quedado enamorado de él, ruego que fue escuchado por los dioses por lo que le cumplieron, efectivamente, su deseo. –dijo el muchacho.
–Y también Hermafrodito suplicó que el lago arrebatara la virilidad de todo hombre que se bañara en él, deseo que también fue concedido. –agregó Hermes.
–Cierto… eso me recuerda que no tengo que ni siquiera tocar el agua de ese lago con uno de mis dedos. –aseguró Nahuel.
–Muy bien. Ahora sí con esto terminamos su demostración de sabiduría. –aseveró Zeus.
–Espero que algunos no considere esto como un acto pedante de mi parte.
–Descuide, nadie puede decir que es pedante, por ahora…
–Ese “por ahora” no fue nada alentador.
–Quien sabe, puede que algún día cambie y se convierta en un maldito pedante.
–Haré lo posible para que eso no ocurra.
–Eso espero…
–Ahora que están todos los dioses y antes de que piense su decisión quiero hacerle una pregunta.
–Espero que sea la última.
–Sí, sí. Una más y no le molestaré más. ¿Dónde estaban estos dioses que aparecieron? ¿Estaban escondidos?
–En realidad estaban esperando en la caballeriza que hay en el segundo nivel de esta construcción.
–¿En esa caballeriza? –preguntó Nahuel mientras sentía un leve escalofrío que le recorría se espalda porque tenía miedo de que alguno de los Titanes lo hubiera visto y se lo dijera a Zeus.
–Sí. Les dije que esperaran allí hasta que la reunión terminara o bien que usted insista en que ellos aparecieran en la reunión, como sucedió.
–Ah… si es posible, una vez que termine la reunión, quiero ver la caballeriza… –dijo el joven pensando que así se terminaría ese asunto, recordando, además, que los Titanes que aparecieron no podían decir una palabra por orden del rey de los dioses.
–¡Qué cínico! ¡¿Cómo puede decir eso delante de Zeus?! –replicó Helios causando que Nahuel se sobresaltara un poco.
–A pesar de que le he dicho que no dijera nada a menos de que el mortal hablara de usted, le perdonaré esta falta si me explica por qué afirmó lo que afirmó.
–Porque el mortal vio la caballeriza, seguramente mientras debía caminar hasta aquí –contestó Helios provocando que Zeus dirigiera su mirada hacia el dualista lentamente suscitando que éste se pusiera un poco nervioso.
–¿Es verdad lo que dijo Helios? –interpeló con seriedad el joven Crónida.
–Pues… je, je… creo que sabe que la naturaleza inquisitiva de los humanos provoca que éstos averigüen cosas que no deben averiguar… je, je, je. –se excusó Nahuel nerviosamente.
–No contestó mi pregunta. –aseveró el Olímpico.
–Bueno… pues… sí.
–No entiendo como supo de su existencia. De dónde venimos la caballeriza no es visible. –admitió Atenea tratando de defender a Nahuel.
–Ocurrió que, cuando estaba caminando hacia la segunda mitad de la escalera para seguir subiendo, Pegaso apareció a mi derecha y caminó hacia la caballeriza, que hasta ese momento no sabía que existía, por lo que lo seguí y hallé el sitio. En un principio creí que era un zoológico por la cantidad de animales diversos que había, pero ahora, pensándolo bien, puede ser que sea una caballeriza ya que cada uno de esos animales conduce los carros de ciertos dioses. Los leones el carro de Rea, los caballos de agua y los grandes hipocampos el de Poseidón, los pavos reales el de Hera, los ciervos con cornamenta dorada el de Artemisa, los caballos plateados el de Selene, los caballos de fuego el de Helios, y otros más que no recuerdo. –aclaró el joven.
–¿Recién se da cuenta de eso? ¿Qué pensó al ver mis caballos ígneos? –interrogó Helios.
–Mi cabeza estaba pensando únicamente en la reunión con los dioses. A pesar de lo que estaba viendo en esa caballeriza no podía de dejar de pensar en la reunión por lo que sabrá que estuve observando el sitio poco tiempo ya que rápidamente tenía que llegar aquí.
–Que estuvo mirando poco tiempo es verdad, y puede que lo otro también.
–De acuerdo, han terminado es ahora de que medite mi decisión final. –aseveró Zeus.
–Está bien. No tengo más preguntas. –afirmó el dualista.
–No obstante yo tengo algo que decir. –manifestó Hera con total seriedad.
–¡¿Ahora qué?! –bramó Nahuel.
–Espero que sea importante. –le dijo Zeus seriamente a Hera.
–Por supuesto que es importante, es más, diré algo que puede ayudarte al momento de pensar en tú decisión. –declaró Hera con total convicción.
–Si vas a comenzar a decir todas las calumnias que has mencionado durante varios meses sobre Nahuel y sus compañeros te sugiero que no lo hagas porque Zeus las recuerdas a todas perfectamente. –advirtió Afrodita.
–No voy a decir eso. Diré una cosa que todos están pasando por alto. –expresó Hera.
–¿Qué diablos va a decir está maldita yegua? –se preguntó Nahuel para sus adentros.
–Todo muy lindo, todo muy lindo, sin embargo todos ustedes se están olvidando muy importante y que nadie salió a relucir, pero yo lo haré. Recuerden todos nosotros, o la gran mayoría, tuvimos una reunión en la cual alguien nos contó que un grupo de mortales nos estaba buscando para formar una alianza de dioses para detener a los ángeles y los demonios que se encontraban envueltos en una guerra que todavía no ha sido probada. –dijo la esposa de Zeus.
–Ve al grano, Hera. –aseveró el rey de los dioses.
–De acuerdo. Todos se han olvidado que Atenea  nos contó sobre los mortales de una forma atípica, sobre todo cuando mencionaba al humano que está aquí.
–¡Es cierto! ¡Ella lo dijo como si estuviera enamorada del mortal! –exclamó Poseidón generando que todos los dioses, tanto los Olímpicos como los Titanes, comenzaran a discutir al tiempo que Nahuel se llevaba las manos a la cara.
–¡Hera y la recontra…! –dijo Nahuel a regañadientes pero se detuvo porque recordó que la madre de Hera, a quién iba dirigido su insulto, estaba presente y sabía que no le convenía hacer enojar a Rea –¡Y la conciencia de tu madre! –agregó porque no quería guardarse el insulto.
–¡¡¡¡¡SILENCIO!!!!! –gritó Zeus provocando que todos los dioses dejaran de discutir– ¡Basta ya! ¡No se dan ni una idea de lo cansado que estoy de escucharlos a ustedes discutir todo el maldito tiempo! –añadió encolerizado.
–Si pudiera decir algo creo que… –dijo Nahuel.
–¡Silencio usted también! –interrumpió el rey de los dioses asustando al muchacho– Es cierto que todos nos hemos olvidado este detalle, no obstante creo que no es algo de importancia…
–¡¿Cómo que no es de importancia?! ¡El humano pudo haber engañado a Atenea para que se crea todo el cuento sobre la guerra de los demonios y los ángeles para luego contarnos y creamos esa historia sin dudarlo! ¡Pero éste gusano mortal no puede engañar a todos los dioses! ¡Y la peor parte se la queda Atenea porque se enamoró de un engañador! –replicó Hera.
–¡Oh, no! ¡Atenea se enamoró de un mortal! ¡Qué tragedia! –expresó Nahuel con sarcasmo– ¡Por favor! ¡Como si ella no se hubiera enamorado de un mortal antes!
–¡Pero ninguno la engañó ni para obtener el más mínimo favor! –voceó Hera.
–¡Y como si ella no supiera cuando la está engaño! ¡Es demasiado inteligente para darse cuenta cuando alguien la está engañando o no!
–¡Sin embargo se aprovechó el hecho de que ella no vio a ninguno de nosotros hacía muchos siglos para poder engañarla sin problemas!
–¡Si así fuera no hubiera sido necesario que se “enamorara” de mí!
–¡Pero si estuviera enamorada de usted sería más fácil mentirle!
–¡¿Acaso cree que es tan tonta como Afrodita, que se deja llevar por sus deseos carnales?!
–¡Oye! –replicó Afrodita enfurecida.
–Lo siento, no era mi intención ofenderte. –se disculpó Nahuel.
–Aunque en parte es verdad… –le dijo a media voz Ares a Hefesto causando que éste asintiera con la cabeza.
–¡Más allá de eso no puede negar que usted está enamorado de ella! –vociferó Hera provocando que la sangre del muchacho se le helara por la gran sorpresa que se llevó al oír lo que afirmó la diosa.
–¡Pe… pero que tiene que ver eso! ¡De ser así el único afectado sería yo porque podría, en vez de buscar a los dioses, ganarme el corazón de Atenea! ¡Y eso no ha ocurrido en ningún momento! –declaró Nahuel a pesar de lo nervioso que estaba en esos momentos.
–Entonces admite que sí está enamorado de Atenea.
–Yo nunca dije eso, dije “de ser así”, una posibilidad, no una certeza absoluta. Capaz que no entienda un poco el castellano porque siempre estuvo acostumbrada a hablar en griego.
–¡No se haga el listo y no cuestione mi forma de interpretación! ¡Sabe muy bien lo que le dije y será mejor que lo admita rápido porque si no quedará como un mentiroso y no le servirá de mucho cuando Zeus tenga que tomar su decisión!
–¡Qué oportuno para usted! ¿No le parece?
–¡Cállense los dos! –gritó Zeus– ¡Si siguen así vamos a estar varios días! Por lo tanto yo haré la pregunta importante sobre este asunto –agregó para luego mirar fijamente a Nahuel–. ¿Usted está enamorado de Atenea? –le preguntó provocando que el joven se pusiera muy nervioso.
–Eeeehh… esto… ¿no podríamos suspender la reunión para mañana? –contestó el joven nerviosamente–.
–¡No se haga el idiota! ¡La respuesta es sencilla: sí o no! –voceó Zeus bastante enfurecido para después soltar un golpe con su puño derecho en el apoyabrazos generando un gran estruendo, como si un rayo hubiera caído.
–Pues… la… la… la respuesta es un poco complicada de entender.
–Dígala entonces, tal vez entre todos podamos interpretarla como corresponde.
–Bueno… la verdad… la verdad… es que no sé. –dijo Nahuel sorprendiendo a todos los dioses por igual incluyendo a Hera, quien creía que diría un “sí”, a excepción de Atenea que no hacía otra cosa más que mirar el desconcierto de sus pares.
–Se supone que es fácil saber si uno está enamorado, ¿qué quiere decirnos con ese “no lo sé”? –interpeló Poseidón.
–No hace falta que el humano conteste, Afrodita puede contestar por él. –aseveró Apolo.
–Yo estoy igual de confundida que el humano. –admitió Afrodita.
–¡¿Pero qué significa esto?! ¡¿Cómo es posible que Afrodita no sepa que siente el mortal?! –exclamó Poseidón completamente perplejo.
–¡Seguramente el mortal tiene algún hechizo encima por lo que impide a Afrodita saber qué es lo que siente! ¡Nos está engañando a todos! –acusó Hera.
–¡Eso es inaudito! ¡Es imposible que el humano se hechizara a sí mismo o tomara algún elixir para que Afrodita no averiguara lo que siente él! ¡De lo contrario lo hubiéramos sabido apenas entró aquí! –declaró Hefesto.
–Hécate podría decirnos si el mortal tiene algún hechizo encima. –expresó Artemisa.
–El mortal no está hechizado. –dijo Hécate de inmediato.
–Más allá del hecho de que somos distintos mire por donde se lo mire, ¿cuál es el problema de que ella esté enamorada de mí o al revés o si ambos estamos enamorados? –interrogó Nahuel.
–¡Qué descaro! ¡¿Cómo puede decir eso?! ¡¿Sabe lo que le sucedería si yace con ella?! –voceó Zeus.
–¡Claro que lo sé! ¡No por nada he leído…! –contestó Nahuel para luego callarse porque se percató de algo que le llamó sumamente la atención–. Un momento… ¡¿Yacer con ella?! –agregó sorprendido.
–¡No se haga el sorprendido! ¡Sabe muy bien de lo que habló! –respondió el rey de los dioses.
–A ver, a ver, a ver… creo que aquí hay una gran confusión… ¿A qué se “enamoramiento” se refiere?
–¿Cómo qué a qué enamoramiento me refiero? Creí que era un poco más inteligente. Me refería a que usted tiene la intensión, siente el deseo, tiene ganas de hacer el amor con Atenea.
–¡¿Qué?! ¡¿Cómo…?! –exclamó Nahuel sumamente sorprendido para después llevarse una mano a la cara– ¡Malditos puritanos que tuvieron que cambiar todo! –bramó.
–¿Eh? ¿Qué significa eso? Hic… –preguntó Dioniso desconcertado.
–Sucede que para mí hay dos clases de “enamoramiento”: uno que hace referencia a lo sexual y el otro a lo romántico. Yo creía que ustedes me estaban reprochando el hecho de que yo y/o ella estuviéramos enamorados pero desde el punto de vista romántico. –dilucidó el dualista.
–¿Y qué diferencia hay entre uno y el otro? ¿No es la misma cosa?–interrogó Ares.
–Es… complicado de explicar… aunque trataré de ser lo más sucinto posible. Mientras que el “enamoramiento sexual” sólo implica el acto y nada más, el “enamoramiento romántico” va más allá de eso: se trata de compartir la vida con el otro en todo momento, sean buenos o malos, felices o tristes, en los mejores y en los peores momentos… es… algo más que revolcarse en una cama y… creo que ya es suficiente. No me agrada hablar sobre ese tema… –respondió el joven– es muy cursi. –masculló.
–¿Y por qué esa división entre un enamoramiento y el otro? –interpeló Artemisa.
–Ocurre que en un momento dado de la humanidad, un grupo de personas que eran muy creyentes de la religión que vino después de la que estaban involucrados ustedes decidieron cambiar muchas cosas de los mitos por considerarlos obscenos, inmorales, que atentaban contra las “buenas costumbres” de la época, en fin no cuadraban con el pensamiento de ese momento. Y uno de esos cambios fue el significado de la palabra enamoramiento porque, en los textos antiguos griegos, era prácticamente un eufemismo de fornicar, perdón, era directamente un sinónimo de fornicar; ese grupo de personas transformó el significado de dicha palabra por uno más “adecuado” para que nadie se ofendiera cuando leyera sobre algún mito en donde aparecía la referencia sexual. Hoy por hoy es un poco más fácil hablar sobre ciertos temas y algunos expertos mitógrafos e historiadores están haciendo que algunas palabras cuyo significado fueron cambiados tiempo atrás recobren su sentido original. Seguramente ustedes pensaban que yo quería fornicar con Atenea cuando en realidad lo que yo no sé es que si estoy enamorado románticamente de ella. –respondió Nahuel.
–Es lo que les he tratado de decir todo este tiempo. –afirmó Atenea.
–¡¿Qué?! ¡¿Y no te entendieron?! –interrogó el joven perplejo.
–Pocos… el problema radica en que Hera tergiversaba todo para obtener lo que ella quería. –aseveró la diosa de la sabiduría mientras dirigía su mirada hacia la esposa de Zeus.
–Bueno… yo no sabía que existían dos clases de “enamoramientos”. De lo contrario no hubiera dicho todo lo que dije… –se excusó Hera con cierto desdén.
–¡Maldita cínica! ¡No sé cómo puedes seguir mintiendo tan descaradamente! ¡Utilizaste eso como  argumento con tal de que más dioses se pusieran en contra de la idea de Nahuel! –voceó Afrodita completamente encolerizada.
–¡Y tú lo defiendes porque quieres recostarte con él y crees que defendiéndolo aceptara yacer contigo aunque sea una vez! –replicó Hera.
–¡Alto! ¡No discutan más! –vociferó Zeus justo cuando las dos diosas iban a comenzar una nueva discusión.
–Todo es tan… hic… confuso… –admitió Dioniso recostado en su trono.
–Cierto, pero hay que admitir que todos nos hemos equivocado con respecto a lo que sentían Atenea y el mortal. –agregó Hermes.
–¿Pero usted está enamorado románticamente, como dice, de Atenea o no? –le preguntó Poseidón a Nahuel.
–No lo sé… todo es muy confuso para mí. No obstante sé que no podremos tener una relación por las grandes diferencias que presentan nuestras… especies. Seguramente con el tiempo se me pasara, lo mismo que a Atenea. –respondió el dualista.
–Con tal que durante ese período de tiempo no afecte la objetividad de ustedes dos creo que podríamos dar por terminado ese asunto. –declaró Apolo.
–Sí… además no quiero saber más sobre eso… me hace sentir… raro. –confesó Nahuel.
–Por supuesto –asintió Zeus–. Aclarado eso, ahora podré meditar sobre mi decisión…
–¡Momento! –interrumpió Hera.
–¡¿Y ahora qué?! –bramó Nahuel.
–¡¿Qué mierda quieres decir ahora?! –le preguntó Afrodita enfurecida a la esposa del rey de los dioses.
–Espero que no sea otro delirio. –comentó Apolo sin ánimos de escuchar a la diosa.
–Ahí vamos de nuevo… –susurró Deméter refregándose lentamente una de sus manos por su cara.
–¡No podemos olvidar que este mortal tiene otras intenciones! –exclamó Hera con total convicción al tiempo que se levantaba de su asiento y señalaba con uno de sus dedos a Nahuel de manera acusadora.
–¿A qué se refiere con eso?
–¿Qué a qué me refiero con eso? Sabe muy bien que eso de la guerra entre ángeles y demonios es una falacia. Usted quiere crear la alianza de deidades para otro fin, uno más individual y menos altruista.
–¿Ah, sí? ¿Y cuál es ese fin?
–¡Nos quiere para convertirse en el mortal más poderoso que haya existido!
–¡Oh, no! ¡Otra vez con eso! –expresó con disgusto Poseidón, manifestando lo que todos los dioses pensaban.
–¡Maldita sea! ¡¿Por qué vuelve a recurrir siempre en el mismo asunto una y otra vez?! –afirmó Ares mientras se llevaba sus manos hacia su cara para después refregarlas lentamente.
–¡¿Acaso nadie puede hacerla callar?! –pensó Nahuel para sus adentros.
–Si vas a volver a insistir sobre ese punto, Hera, te recomiendo que ahorres tus palabras. Ya te hemos escuchado lo suficiente sobre esa teoría que tienes y estamos cansados de que digas una y otra vez esa idea. –dijo Zeus.
–¡Está vez es importante que lo recordemos! ¡Ahora que el mortal está aquí no puede mentirnos! ¡Vamos a saber cuál es la verdad y castigaremos al humano por habernos mentido! –exclamó Hera emocionándose por pensar que el muchacho mentía, de hecho, para ella, esa idea era complemente cierta por lo que ya se imaginaba cómo castigaría a Nahuel.
–Voy a decirle algo que probablemente piensan todos los dioses y no se atreven a decírselo… –aseguró Nahuel– Usted está loca… –agregó lentamente.
–¡¿Qué?! ¡¿Cómo se atreve a llamarme loca?! –voceó la esposa de Zeus completamente sorprendida por la osadía del mortal.
–Esto se va a poner interesante. –le susurró Apolo a su hermana melliza.
–Es imposible que alguien, mejor dicho, algún dios en su sano juicio siga manteniendo esa postura. Al principio de la búsqueda, cuando todos ustedes se enteraron de mí y mis compañeros era entendible, pero ha pasado varios meses y casi todos saben que no quiero formar la coalición con tal de adquirir poder. Si fuera así sería muy estúpido porque estaría subestimando a ustedes y seguramente me hubieran liquidado por intentar “usarlos”. Y dado a que usted sigue creyendo en sus propias teorías conspirativas puedo decir con total seguridad que está loca, la razón la abandonó en algún momento sin que se percatara de ello y cree que yo soy el enemigo cuando los ángeles y los demonios lo son. Y, como hacían antes ustedes, le advertiré una cosa: cuando se encuentre rodeada por ángeles o por demonios y sepa que su fin se acerca su razón volverá, se dará cuenta de todas las estupideces y locuras que ha pensado y dicho, para finalmente saber que no podrá hacer nada para remediarlo. –declaró Nahuel con total convicción dejando a Hera sin palabras.
–Eso… todo eso… es una gran mentira. –aseguró Hera un tanto vacilante, pero increíblemente firme, como si su locura no le impedía de ninguna manera razonar pese a lo que había dicho Nahuel era suficiente para hacerle entrar en razón.

Esa afirmación causó que los demás dioses comenzaran a hablar entre sí, completamente sorprendidos por la actitud de la esposa de Zeus.
–Es increíble. Hera está demente. –comentó Eos.
–No podemos permitir que ella siga aquí. Su delirio nos perjudicaría todos. –dijo Hiperión.
–Tenemos que hacerle entrar en razón, aunque nos tome un buen tiempo en lograrlo. –aseguró Océano.
–¿Pero cómo? –preguntó Tetis.
–Ya hemos aguantado suficiente. Lamentablemente tenemos que hacer que Hera vuelva a pensar o, de lo contrario, tendremos que encerrarla… –declaró seriamente Hermes.
–Pero esa decisión corre por cuenta de Zeus. –aseveró Ares.
–Padre, ya es hora de afrontar lo que todos temíamos… –le dijo Atenea al rey de los dioses que había adquirido una postura pensativa. Segundos después pidió a todos los dioses que se callaran.
–Honestamente esto me supera. No obstante estoy de acuerdo con ustedes: algo hay que hacer para que Hera vuelva a razonar porque su locura ya nos ha perjudicado bastante. Nos ha divido bajo falsos argumentos ha intentado que algunos dioses pensaran que el humano es un enemigo muy peligroso. –declaró Zeus.
–Si se me permite decir algo, creo que deberían pensar en eso después de que tome la decisión… Creo que será mejor que usted, Zeus, decida ahora porque yo tengo que regresar a mi dimensión de origen –aconsejó Nahuel–. Por otro lado no deben ser tan severos con Hera, es verdad que les ha causado muchos problemas, sin embargo  fue su locura la que la llevó a hacer todo lo que hizo. Seguramente cuando recupere la razón se arrepentirá de todo lo que hizo y pedirá perdón…
–¿Acaso crees que con esa demostración de falsa piedad voy a creer en ti? –replicó Hera desafiantemente.
–Hera, cállate o te prohibiré la palabra en lo que resta de la reunión. –advirtió Zeus.
–No, señor. Ese humano quiere seguir engañándonos, pero no podrá conmigo. En cuando tenga la oportunidad haré que sienta toda mi ira y se arrepentirá de haber metido con nosotros. –afirmó Hera más desafiante aún.
–Lo único que lograrás con cada cosa que digas con tal de difamarme es hundir en un pozo cada vez más y más profundo… –aseveró Nahuel.
–No importa. No podrás hacer nada cuando sufras en carne propia todo mi poder y si eso conlleva a que me arrojen a un pozo profundo, tanto que el Tártaro no será su límite, yo arrastraré su alma conmigo.
–Estoy seguro que algunos dioses me protegerán.
–¿Te protegerán? ¡Ja, ja, ja! ¡¿En serio?! ¡¿Crees que cuatro o cinco dioses te salvarán de mí?!
–Estoy seguro que son más de cuatro o cinco…
–¿Y por qué crees que son más?
–¿Por qué no hacemos una demostración gráfica? ¿No es como dice el refrán: “una imagen vale más que mil palabras”?
–¿A qué se refiere con eso? –le preguntó Deméter al dualista.
–Si Zeus me lo permite, tengo una idea para saber cuántos dioses están a favor de mi idea y al mismo tiempo averiguar quiénes me protegerían de Hera. –contestó el muchacho.
–¿Y cuál es esa idea? –interrogó Zeus algo intrigado.
–Es simple: los dioses que estén a favor de mi idea que levanten la mano. –aseguró el joven.
–Me parece bien –asintió el rey de los dioses–. Ya escucharon el mortal, que levanten la mano los que estén a favor de la idea de la formación de la coalición de deidades. –les dijo al resto de las deidades y acto seguido Afrodita, Selene, Héspero, Eos, Astreo, Rea, Tetis, Océano, Altas, Prometeo, Artemisa, Apolo, Hefesto y Atenea levantaron la mano.
–Creo que yo tendré que decir que estoy a favor ya que, en mis condiciones, no puedo levantar una mano. –afirmó Ponto.
–Entonces… 3… 6… 9… 14… y Ponto quince. Son quince, y, por lo que yo veo, es la mayoría, Hera. Así que creo que no podrá hacer que ni sienta ni un centésimo de su poder antes de que los quince dioses le caigan encima. –declaró Nahuel y seguidamente las deidades que levantaron las manos comenzaron a bajarlas.
–No obstante los que no levantaron la mano no significa que estén completamente en contra de su idea. –aseguró Hermes.
–Lo sé, Ares todavía está indeciso y Zeus también. –admitió el muchacho.
–Al igual que yo y Astrea. –agregó el mensajero de los dioses.
–¿Astrea? –preguntó Nahuel para luego dirigir su mirada hacia la diosa–. ¿Por qué? –le preguntó.
–Porque yo espero hasta que Zeus anuncie su decisión. Lo que él decida será mi decisión también. –respondió la deidad.
–No hace falta que apoye la decisión de Zeus, puede tomar la suya sin problemas.
–Lo sé, pero yo quiero que sea así.
–Está bien. Como usted desee –dijo Nahuel–. Nos hemos olvidado de Poseidón, que también debe estar indeciso.
–Ya no. Y mi postura es en contra.
–¡¿Quééééé?! –gritó el dualista completamente atónito.
–Lo siento, pero lo que diré habla por todos los que están en contra de su idea: hasta que no veamos algún indicio de que esa guerra entre demonios y ángeles existe creeremos que formar la coalición será una pérdida de tiempo y algo muy arriesgado para nosotros porque nos expondría ante esos seres energéticos y pueden que ellos quieran terminar con lo que iniciaron hace un buen tiempo atrás. –aseveró el dios de los mares.
–¡Aaaaarrrrgggghhhhh! –expresó Nahuel exasperado– ¡Maldita sea! ¡¿Cómo… pretenden… que…?! ¡Argh! ¡Aaaaahhhh! –agregó mientras se agarraba la cabeza para luego lanzar patadas al suelo por lo enfurecido que se encontraba. Segundo más tarde dejo de hacer patadas y se tranquilizó.
–Voy a encontrar un maldito indicio para que usted y los que están en contra cambien de parecer de una vez por todas. –le dijo el joven un tanto a regañadientes a Poseidón.
–Entonces esperaremos a ese indicio. –admitió el Olímpico.
–Se mostró demasiado sorprendido cuando Poseidón le dijo que no estaba a favor. –le dijo Deméter a Nahuel.
–Es que yo creía que estaba a favor. Sin embargo no es el único que me sorprendió –confesó Nahuel y seguidamente miró a Mnemósine–. También creía que Mnemósine estaba a favor…
–A pesar de las Musas me dijeron muchas cosas de usted, sobre todo Talía, no me dejé convencer. –expresó la Titánide.
–En fin, creo que Hera sabe que no puede hacerme nada… por lo menos aquí. –admitió Nahuel.
–Puede que sí, pero ellos no pueden protegerlo para siempre. Cuando ellos se despisten o dejen de vigilarlo, aunque sea por un segundo, podré descargar toda mi ira sobre usted y sin que los demás dioses se enteren. –manifestó amenazantemente Hera.
–¡Sí, claro! ¡Cómo si pudieras lanzar rayos! ¿Qué le harás? ¿Lanzarle leones? –criticó Afrodita a modo de burla.
–¡Me tienes harta! ¡Practicaré contigo antes de ocuparme del mortal! –exclamó Hera para luego avanzar hacia Afrodita al tiempo que ésta se levantaba de su asiento de un salto para después caminar hacia Hera. No obstante los dioses que estaban a favor de Nahuel, excepto Ponto, se dirigieron rápidamente hacia Afrodita para detenerla y las deidades que estaban en contra del dualista se aproximaron a Hera para frenarla, causando que ambas diosas forcejearan con los suyos para librarse porque deseaban luchar entre ellas. En un momento dado del forcejeo los dos bandos comenzaron a discutir provocando que soltaran a las Olímpicas que querían pelar y seguidamente unirse a la discusión que cada vez iba subiendo de tono. Entretanto Zeus trataba de calmar a ambos bandos pero, por algún motivo, se unía a un bando primero y unos segundos después al otro, pero sólo cambiaba de grupo cada vez que uno de esto tenía la razón, al contrario de Ares que cambiaba de postura solamente para generar más caos ya que eso lo divertía. Mientras tanto Astrea, Hermes, Ponto y Nahuel se mantenían en sus lugares, esperando que la discusión terminara pronto ya que mientras más duraba la pelea verbal más se impacientaban.

–¡Ay, cielos! ¡Yo sabía que los dioses llegarían a esto…! –dijo Nahuel a media voz para luego suspirar– Pero era lógico… así son los dioses griegos… así son los reyes de la tierra de pasiones… 





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