jueves, 23 de febrero de 2017

El contrapunto del amor y el sexo. (Capítulo 4)





Capítulo 4



Pasa una semana y no ocurre ningún otro episodio. En estas pocas clases Evelina progresa bastante bien. Todavía se atasca en algunas partes de los ejercicios aunque adquirió una soltura que me sorprende. Con suerte, dentro de poco ya no tendré que ser su “profesor” y mi temor de realizar alguna estupidez desaparecerá.

Son las 16:00 del viernes y la clase concluye. Evelina se muestra muy feliz por sus progresos. Ella comienza a guardar todo mientras yo llevo las tazas que usamos para tomar café a la cocina para lavarlas. Cuando regreso mi invitada está lista para irse.
–Bien, será hasta el lunes, Evelina.
–Sí. Pero yo… –se detiene y se ruboriza un poco.
–¿Sucede algo?
–Tú… me has dicho que tienes un órgano eléctrico para practicar aquí, uno muy especial.
–Cierto –en los pequeños descansos que ella tenía en cada clase hablábamos un poco y en una oportunidad le conté eso, sin embargo, nunca se lo mostré–. ¿Por qué preguntas eso?
–Si no te es mucha molestia… –se ruboriza un poco más– ¿Podrías… mostrármelo? –me río un poco.
–Por supuesto. ¿Te ruborizaste sólo por pedirme eso? Je, je, je.
–Bu-bueno… Es que pensé que como está en un lugar muy especial para ti tal vez no querías que nadie entre. –ella sólo conoce el living-comedor y el baño de mi apartamento. Además, le había dicho que donde se encuentra el órgano es un lugar casi sagrado y no le permito entrar a mucha gente.
–Je, je, je. Tranquila. Te lo mostraré. Sígueme.

Unos instantes más tarde abro la puerta e ingresamos a la sala del órgano. Hay un escritorio un poco polvoriento porque no lo uso mucho, una gran estantería que contiene carpetas enormes, como esas que hallaría uno en una oficina, que contienen partituras de obras para órgano, además de ejercicios y unas cuantas improvisaciones escritas por mí para mejorar o recordar ciertas técnicas del contrapunto, un baúl antiguo a un costado de la estantería y finalmente un órgano eléctrico, pero uno muy especial.

Se trata de un órgano Hammond B3 modificado. En lo que respecta a la estructura, los teclados, la banqueta y la pedalera es original, muy bien cuidado y realmente hermoso, pero el resto es una modificación peculiar. Además de que la madera está pintada completamente de blanco, en la parte posterior le han agregado unos cuantos tubos metálicos de diferentes diámetros y longitudes, dispuestos en grupos de tal cantidad, como los que se ven en los inmensos órganos de las iglesias y catedrales. Con eso, los fabricantes pretendían recrear un órgano tubular a pequeña escala, fundamentalmente uno en particular: el de la iglesia de San Bonifacio en Arnstadt. Los japoneses hicieron un buen trabajo, pero el original siempre será más hermoso.


–¡Vaya! ¡Es muy bonito! –exclama Evelina con sus ojos bien abiertos y expresión de perplejidad total.
–Sí… aunque es un incordio limpiarlo porque el blanco es un color donde la suciedad se nota.
–Es verdad… Aún no puedo creer lo bello que es.
–Impresiona bastante. Los japoneses hicieron un buen trabajo. Incluso han reproducido algunos detalles que están presentes en el verdadero órgano de Arnstadt.
–¿Japoneses? ¿Ellos son los fabricantes de los órganos Hammond?
–Al comienzo no, pero a principios de la década de 1990 una empresa japonesa compró el nombre y a partir de entonces ellos fabrican estos órganos.
–Ah, eso no lo sabía… Pero sé que estos instrumentos son muy costosos… –Evelina mira detenidamente el órgano– Recuerdo que me dijiste que te lo regalaron. ¿Quién o quiénes fueron?
–El gobierno alemán. En realidad el ministro de cultura pero en nombre del gobierno cuando cumplí 18 años.
–¿El gobierno? –me mira sumamente anonadada.
–Sé que suena increíble, pero así fue. Cuando uno es un “genio” recibe atenciones insólitas y esto –señalo el instrumento– es prueba de ello. Es muy costoso. No recuerdo muy bien el precio. No obstante, podríamos decir que no fue un gasto innecesario porque lo uso todos los días.
–¿La gente no se molestó por esto?
–Bueno, hubo todo tipo de reacciones. Pero a fin de cuentas esto me sirve de mucho y, además, yo represento a mi país en todas partes, por lo que esto es un regalo de todo el país.
–Ya lo creo… ¿Puedes tocarlo un poco? –esa pregunta me paraliza. Recuerdo lo que Saskia me dijo: “…sé que invitaste a muchas chicas a tu departamento para un “concierto privado” y lo que comenzó en tu órgano eléctrico terminó en tu cama.” Me pongo nervioso. ¡¿Por qué tuve que recordar eso?! La venganza que tengo que realizarle a mi hermanita del alma deberá ser muy terrible.

Por suerte, Evelina no sospecha de mi nerviosismo porque no lo manifiesto.
–Sí, puedo –contesto con un tono de voz normal–. ¿Qué quieres que toque?
–Lo que se te plazca… No conozco muchas piezas para órgano.
–De acuerdo. –acto seguido cercioro que el cable está conectado al toma corriente, me siento en la banqueta, teniendo cuidado de no pisar la pedalera, enciendo el instrumento y controlo que el volumen esté al nivel adecuado.

Acto seguido comienzo a tocar la Tocata, Adagio y Fuga en Do Mayor de Johann Sebastian Bach. No tocaré toda la pieza ya que dura más de catorce minutos, sino que tocaré la Tocata que dura entre cinco a seis minutos dependiendo del intérprete. Aunque sea mi pieza favorita, no la escogí por eso, sino porque antes de llegar al primer minuto hay que tocar un pasaje prolongado únicamente con la pedalera. Quiero demostrarle a Evelina cómo funciona el pedal y para que vea cómo usamos los pies para tocar esa parte del instrumento que no se puede ver a no ser que uno esté al lado del organista.

Comienza con un pasaje un tanto alegre, donde se usan muchas escalas que bajan y suben. Sigue el pasaje del pedal, donde tengo que agarrarme de la banqueta con las manos ya que de no hacerlo corro el riesgo de caerme. Esto es una regla general para tocar una melodía únicamente con la pedalera. Y finalmente una parte virtuosa en el cual un pasaje se va repitiendo varias veces aunque con cambios de un segmento a otro; también es un poco alegre como el primero.

Al concluir la tocata miro a mi invitada y noto que está impresionada. Creo que no es por el sonido del órgano sino por la interpretación. Al segundo siguiente aplaude con calidez.
–¡Bravo! ¡Bravísimo!
–La pieza no termina allí. Quedan casi diez minutos.
–¿En serio? ¡Es una pieza muy larga!
–Sí, pero no seguiré tocándola porque seguro que no la conoces.
–La verdad es que no… aunque apuesto que es de Johann Sebastian Bach.
–Je, je, je. Así es. Se llama Tocata, Adagio y Fuga en Do Mayor… BWV 564, para ser más exactos.
–He de suponer que sólo interpretaste la tocata.
–En efecto.
–Se ve que es un instrumento difícil de tocar.
–Todo instrumento tiene su dificultad.
–¿Crees que podría tocar algo con el órgano?
–Pues… depende –me intriga por qué quiere tocar el órgano–. ¿Sabes tocar el piano? –ella baja su mirada.
–La verdad… no –contesta con voz apagada–. Sólo sé tocar el violín.
–Hmm… Bueno, no te será sencillo, pero si practicas con ahínco algo te saldrá… –alza su mirada y sus ojos brillan con intensidad.
–¿De verdad? ¡Genial! Y sé lo que quiero tocar. –en su voz se percibe cierta alegría y entusiasmo.
–Adivinaré: la Tocata y Fuga en Re Menor de Bach. –ella se sorprende en demasía, o por lo menos eso me da a entender su rostro.
–¿Có-cómo lo adivinaste?
–Es la pieza más conocida para órgano y por suerte has escogido bien porque el pasaje más conocido es más simple de lo que uno cree. –lo digo con cierto hastío.
–¿Qué sucede? –se percata de mi tono. Yo suspiro.
–Es que esa pieza me… cansa. Creo que todos nosotros, los músicos clásicos, tenemos una pieza que nos causa cierto fastidio cada vez que la interpretamos y casi siempre son las que más conoce el gran público. Apuesto a que tú estás cansada de tocar el primer movimiento de “Primavera” las Cuatro Estaciones de Vivaldi, ¿no?
–Pues… No es que me molesta tanto, pero sí. Ojalá no pudiera tocarla por un buen tiempo…
–Lo mismo me sucede a mí con la Tocata y Fuga en Re Menor. Pero, bueno, son gajes del oficio.
–Pero, a pesar de eso… ¿me enseñarás?
–Sí, pero no te prometo que lo conseguirás en unos minutos…
–¡Sí! ¡De acuerdo! –grita con mucha alegría– ¡Y luego, si quieres, te enseño a tocar el violín! –me entusiasma aprender a tocar ese instrumento. Es muy bello. Pero de repente mi entusiasmo se esfuma– ¿Qué sucede? ¿No quieres? –estoy seguro que tengo una expresión seria en mi rostro.
–Es que el violín es un instrumento muy difícil para mí, alguien que está acostumbrado a ver las notas y pulsar las teclas. Ir buscándolas con las cuerdas y el arco es algo completamente distinto.
–¡Ah! Cierto…
–Hagamos esto: yo te enseño los tres primeros compases de la Tocata y Fuga en Re Menor y luego tú me tocas una pieza con el violín.
–De acuerdo. Pero… eso último tendrá que ser otro día porque no tengo mi violín.
–No importa. Tengo un violín aquí.
–¿En serio? ¿Tienes un violín? –pregunta Evelina asombrada.
–Sí. Después te lo muestro –me ubico para tocar el órgano–. Ahora presta atención a cómo es la melodía. Lo haré a velocidad normal una vez y luego un poco más lento. Fíjate la digitación que es importante. –Evelina asiente y se acerca.

Hago lo que dije y una vez que termino le pregunto si quiere que lo haga de nuevo. Ella me pide que lo repita pero con la misma lentitud para recordar bien la digitación. Tras eso dejo que ella se siente frente al órgano. Yo me pongo detrás, preparando los brazos para dirigirlos hacia el teclado por si ella no recuerda la digitación. Descubro que sus manos tiemblan ligeramente.
–¿Estás nerviosa?
–Un poco… –incluso en su voz se nota su nerviosismo.
–Tranquila. No te regañaré como un profesor severo. Lo haremos lento hasta que tus dedos sepan cómo tocar. ¿De acuerdo?
–Sí… –inspira profundamente y luego coloca sus manos donde deberían ir, preparando los dedos para tocar las notas que corresponden según la digitación.

Le digo qué pulsar y ella obedece. La primera escala la hace bien. En la siguiente parte se equivoca, aunque se corrige. En la segunda escala lo hace tan bien como la primera. Hago que repita esa secuencia varias veces y poco a poco sus dedos se van adaptando al teclado. No obstante, cuando adquiere más velocidad se traba bastante debido a su inexperiencia con un instrumento de teclado.

Mientras le guío, vuelvo a sentir su perfume. En ocasiones cierro mis ojos e inspiro profundamente, intentando ser lo más disimulado posible. Dejo que el dulce aroma invada mi olfato. Ella huele muy bien. Se ve muy bonita. A veces veo que tiembla un poco por los nervios de tocar un instrumento completamente distinto al que está acostumbrado. Eso la vuelve más hermosa y algo sexy… ¡¿Otra vez?! Sacudo mi cabeza para despejarme y centrarme en cómo toca Evelina. ¡Por Dios, hombre! ¡Contrólate que estás enseñándole a tocar un pequeño fragmento de una obra! Me pellizcaría para que no vuelva a suceder, pero no quiero hacerlo porque en mi apuro golpearía a Evelina.

Un par de minutos más tarde ella me sorprende cuando noto que toca bastante bien el pasaje. Es momento de progresar.
–Bien, Evelina. Has logrado ejecutar ese pasaje bastante bien.
–Sí. Me alegro mucho. –comenta ella con evidente alegría en su voz.
–Ahora sigamos con la última parte. Una vez que termines debes dirigir tu pie izquierdo… –digo y le toco el muslo izquierdo. Una pequeña descarga eléctrica recorre toda la palma. No es una descarga real, obviamente, es un cosquilleo agradable que acelera mi corazón y entrecorta mi respiración. Las manos de Evelina tiemblan un poco más y su respiración se vuelve agitada. Sus ojos están clavados en mi osada mano. No percibo más que sorpresa en sus ojos. Espero que me grite o me dé una bofetada en la mano para que la quite de su muslo.

Deslizo mi mano, subiendo poco a poco. La descarga la sigo sintiendo. Se me eriza la piel. Por algún motivo siento que toco su piel a pesar del pantalón que lleva puesto. Veo de reojo a Evelina y ella sigue con su mirada mi mano, pero aún no descifro qué le sucede en su cabeza más allá de su evidente sorpresa. Aparto mi mano antes de tocar su cintura y ambos nos quedamos en silencio. Eso fue bastante… agradable y me gustaría hacerlo de nuevo, aunque recuerdo lo que estábamos haciendo antes.
–Como decía, una vez que termines debes dirigir tu pie izquierdo en el re más grave de la pedalera. –hablo para quebrantar el silencio y esperar la reacción de Evelina.
–D-de acuerdo… –contesta un poco nerviosa y mira la pedalera– ¿T-tengo que pi-pisarlo con fuerza?
–Prueba pisarlo ahora y así sabrás si debes hacerlo con fuerza o no. –seguramente ella me lo preguntó porque no quiere dañar el pedal, aunque no sabe que la pedalera está diseñada para soportar cierto castigo. Evelina pisa con un poco de fuerza el pedal y el sonido sale, luego lo hace despacio y se da cuenta que debe aplicarle un poco más de fuerza.

Cuando ya tiene una idea de cuánta fuera hay que usar comienza a tocar la pieza desde el principio. Toca el pedal en el momento adecuado y acto seguido le digo las teclas que debe pulsar para ejecutar el lento arpegio. No obstante, se equivoca en una o dos notas y sus manos comienzan a temblar. Lo hace varias veces, pero si antes se equivocaba en dos notas, en la siguiente erra en otras dos. Está muy nerviosa y debe ser por mi culpa.

Le digo que se detenga antes de que se altere aún más. Le pido que pise el pedal mientras yo toco las notas del arpegio. Ella acepta y después de que haya pisado el pedal pulso las teclas del arpegio con lentitud. Después de que lo hago un par de veces le cedo el teclado a Evelina para que lo intente. Se equivoca de nuevo. Involuntariamente tomo sus manos. Ambos nos sorprendemos y nos quedamos sin aliento; sus manos tiemblan. Se los masajeo un poco y se relajan. Le ordeno que toque el pedal y una vez que ella obedece en silencio ubico sus suaves manos en el teclado y hago que sus dedos toquen las teclas correspondientes.

Hago esto varias veces, esperando que así ella recuerde las teclas. Me gusta la suavidad de sus manos, al igual que su tibio calor. No me cansaría de tocarlas, aunque tengo que dejar de hacerlo. En parte para que ella toque por sí sola el teclado y en gran parte para no propasarme. Suelto sus manos con delicadeza y ella se centra en tocar. Unos segundos más tarde ejecuta el arpegio como corresponde. Lo repite cuatro veces más y lo hace excelente. Para finalizar le indico las últimas notas y las toca como corresponde.

Toca el pasaje en su totalidad con una sonrisa en su cara y al terminarlo me mira con gran júbilo.
–Es muy fácil. –en su voz se confirma la alegría que experimenta.
–Sí, pero luego se complica –toco con mi mano derecha el siguiente pasaje: varios compases repletos de tresillos rápidos. Ella queda sorprendida por la velocidad que ejecuto ese pasaje–. Y lo mismo tiene que hacer la mano izquierda una octava menos.
–Ya lo creo.
–Pero lo bueno es que puedes alardear que ya sabes cómo tocar una pequeñísima parte de una gran obra.
–Y que me enseñó el mejor organista del mundo. –me sonrojo un poco.
–S-sí, a-aunque eso te será difícil de probarlo.
–No con esto… –extrae de uno de sus bolsillos su teléfono celular.
–Adivinaré: quieres una foto.
–Sí, una foto contigo y con tu órgano detrás… Si aceptas, claro está.
–Está bien. No es la primera vez que me piden una fotografía, pero sí con mi órgano.

Nos ubicamos para sacarnos la foto, ambos sentados en la banqueta del órgano, pero antes de que Evelina tome la foto le digo que se detenga. Me levanto y me dirijo hacia la estantería de las carpetas. Extraigo una y saco una hoja de papel. La misma es la primera hoja de la partitura de la Tocata y Fuga en Re Menor. Regreso con Evelina y pongo la hoja en el atril. Le digo a ella que hice eso para que sepan que ha tocado lo que dirá. Finalmente nos sacamos una foto.

No obstante, ella me pide que la grabe mientras toca el órgano para que todo el mundo le crea. Ella me da el teléfono, listo para que filme y un minuto más tarde ella obtiene la prueba irrefutable de que ha tocado una de las obras más famosas de Bach en mi órgano. Inmediatamente ella mira la grabación con una bonita sonrisa.
–Ahora todo el mundo te creerá. –le digo una vez que se terminó de reproducir la grabación.
–Ji, ji, ji. Sí. –asiente risueña.
–Creo que serás la envidia de tus compañeros en la universidad… y de toda la universidad misma.
–Por supuesto. Ji, ji, ji. Y Francesca no lo podrá creer.
–¿Francesca?
–¿No te acuerdas? Es el nombre de mi compañera de habitación.
–¡Ah, sí! ¡Perdón! ¡Es verdad! –Evelina me contó cómo se llamaba su compañera, pero lo mencionó una vez y por poco me olvido de eso.
–Ya cumpliste con tu parte del trato, ahora me toca a mí. –dice ella mientras guarda su teléfono.
–Cierto. Ahora traigo el violín.

Me dirijo al baúl, lo abro y extraigo un estuche de violín de cuero bastante viejo. Lo llevo a mi escritorio y lo abro con cuidado. Hay un violín viejo, pero muy bien conservado. Pongo mis manos sobre el instrumento, aunque no llego a tocarlo. Siento que mis ojos se humedecen bastante. Lágrimas se están formando. Mis labios se vuelven trémulos.

Escucho que Evelina se levanta y se me acerca.
–Es muy hermoso… –expresa ella con asombro– ¿Te… sucede algo…? –es evidente que mi rostro expresa lo que siento.
–Recuerdos… Sólo recuerdos… –contesto intentando mantener un tono normal. Me paso las manos por los ojos y me compongo– No es nada. –le contesto mirándola.
–Si tú lo dices –no suena muy convencida y vuelve su mirada hacia el violín–. ¿De quién es? –me pregunta. Apuesto a que no quiere ahondar sobre el asunto y le estoy agradecido.
–Era de mi abuelo.
–¿Tú abuelo tocaba el violín?
–Sí, pero sólo por hobby, al igual que el piano. Aunque en sus últimos cinco años no podía tocar ninguno de los dos instrumentos. Una artritis reumatoidea le impidió hacer muchas cosas, entre ellas tocar el violín y el piano.
–Oh, qué pena.
–Aunque él decía que fue algo bueno porque ya estaba cansado de practicar. –le guiño el ojo y ella se ríe con suavidad.
–¿Cuán viejo es?
–No recuerdo bien pero es posterior a la Segunda Guerra Mundial. Creo que es de 1947 ó 1948.
–¡Vaya! Fue muy bien cuidado para tener casi 70 años.
–Mi abuelo y yo lo cuidábamos bien. Ahora lo cuido yo.
–¿Nunca quisiste aprender a tocarlo?
–No negaré que es un instrumento bonito y que es más atractivo que un monstruo empotrado en la pared de una iglesia, que posee cientos de tubos metálicos sobre él, que involucra todo el cuerpo para tocarlo y que uno termina sudando como cerdo luego de tocarlo un buen rato, pero es un instrumento muy difícil. –Evelina se ríe ante mi descripción peculiar de un órgano tubular.
–Ja, ja, ja. Eres muy bueno defendiendo tu instrumento. Ja, ja, ja.
–Hay que saber admitir los defectos para poder defenderlo bien.
–Je, je, je. Cierto. Y es verdad lo que dijiste, el violín es muy difícil.
–Ahora te lo daré.

Extraigo con cuidado el violín y se lo entrego a Evelina. Nuestras manos se tocan otra vez. Nos quedamos quietos y en silencio. No sé que es más suave: si la tersa piel de mi invitada o la lisa caja de resonancia del instrumento, aunque siendo franco preferiría tocar su piel y experimentar ese cosquilleo que hace latir con fuerza mi corazón. Mis ojos, clavados en sus manos, comienzan a subir hasta que se detienen en su rostro. Descubro que ella tiene la mirada fija en mis manos y está algo ruborizada, también que respira con fuerza por cómo se expande sus fosas nasales. Luce tan hermosa así y son muchas las ganas que tengo de acercarme y sentir su alterada respiración mientras poso mis labios en los suyos. Empero, me controlo.
–Trátalo con cuidado. –le digo. Ella me mira anonadada y vuelve a mirar el violín.
–S-s-sí. Po-por supuesto. –le entrego el violín y luego le doy el arco.
–Vas a tener que afinarlo porque estoy seguro que suena fatal.
–A-ahora lo a-afinaré –pronto ambos descubrimos que lo que dije no era verdad. Suena más que fatal. Sin embargo, Evelina consigue afinarlo en poco tiempo–. Ya está. ¿Qué quieres que toque? –me pregunta más calmada y lista para tocarlo.
–El Trino del Diablo de Tartini. –ella baja lentamente el violín y me mira con mucha seriedad. Nunca le vi un semblante parecido de que la conozco.
–Estoy segura de que sabes que es una sonata muy difícil técnicamente. –en su voz percibo cierto enfado.
–Sí, lo sé. Si no sabes tocarla no hay problema, elijo otra. Perdón. No quería ponerte incómoda. –le pido disculpas antes de que se enfurezca.
–Aún no me sale muy bien y por eso no quiero tocarla en público todavía.
–De acuerdo. Fue mi error, aunque tienes que admitir que fui más original que otros al pedirte algo no muy conocido.
–Sí, ganaste puntos en originalidad, pero también puntos por ser un cretino. –la última palabra sonó con fuerza. Sospecho que la molestó que le pidiera que tocara esa sonata, ella  debe pensar que le quería tomar el pelo.
–Lo siento, no era mi intensión fastidiarte. –de repente ella se ríe con suavidad.
–Tranquilo, no hay problema. ¿Qué quieres que te toque?
–¿Sabes tocar algo de Paganini?
–Sí, sé. –sus ojos brillan con intensidad. Apuesto a que le gusta tocar las complicadas piezas del compositor italiano, más famoso por la leyenda en la que afirma que vendió su alma al diablo para convertirse en el mejor violinista de todos que por sus obras.
–Pues… El Capricho… número… 24. ¿Te parece?
–¡Claro! –me asombra su entusiasmo. Me apoyo en el escritorio y al segundo siguiente ella comienza con el capricho.

No es uno de los más intensos, aunque es el único que recuerdo su nombre ya que fue el primero que vi siendo ejecutado en vivo hace varios años atrás. Como todo capricho, requiere de mucho virtuosismo, no sólo para los pasajes rápidos, también para los moderados. Evelina lo demuestra en cada pasaje. Nunca había visto a alguien tocar así el violín de mi abuelo desde hace años. Lo último que recuerdo es a mi abuelo tocar una melodía lenta que aún hoy no me acuerdo como se llama.

Cuando menos me lo espero llega a un pasaje donde el violinista tiene que ejecutarlo en pizzicato, es decir pellizcando las cuerdas con los dedos, pero sólo con la mano que sostiene el diapasón. Evelina mueve el arco a centímetros de las cuerdas mientras que la mano que sostiene el diapasón realiza la técnica. Es complicado dado a lo rápido que es, pero ella lo logra como toda una profesional.

En su instrumento, ella se ve más hermosa. Quizá porque ella le pone su corazón a la pieza, quizá porque su cuerpo se mueve con el mismo virtuosismo con el que ejecuta la melodía, o quizá porque… porque… ¡Dios! ¡¿Para qué negarlo?! ¡Es muy hermosa! ¡Un verdadero ángel a unos pocos pasos de mí! No sé tocar el violín, pero espero que cuando yo la toque le pueda arrancar con dulzura alguna melodía tan intensa como la que produce ahora con el violín.

Finaliza el capricho con rápidos movimientos y yo aplaudo con efusividad.
–¡Bravo, bravo, bravo! –digo y ella se ríe un poco.
–Gracias, gracias. –con la clásica reverencia agradece mis aplausos.
–Apuesto que te gusta Paganini…
–Sí, sí. Lo primera pieza para violín que escuché era una de él –asiente con una sonrisa–. El violín de tu abuelo suena muy bien. –agrega mirándolo.
–Sí, por suerte está íntegro. –Evelina se me acerca.
–Creo que lo mejor es que lo guardemos hasta la próxima ocasión. –me dice y ambos guardamos el violín en su estuche. Mientras cierro la tapa, veo que ella mira el instrumento con cierta ternura, tal vez por la historia que tiene.
–Es mejor que te vayas, Evelina, antes de que se haga más tarde.
–Sí, tienes toda la razón.

Gira sobre su eje y de repente cae de espaldas. Reacciono con rapidez y la atrapo antes de que toque el suelo. Nuestras bocas están a centímetros. Un agradable calor recorre mi cuerpo al igual que un fuerte cosquilleo. Mis manos se vuelven temblorosas y algo sudorosas. Mi respiración se agita al igual que mi corazón. Al estar tan cerca de ella puedo ver bien su piel, sus ojos, sus pecas. Siento su respiración agitada y noto que sus labios tiemblan ligeramente. El deseo de besarlos se hace más fuerte, al igual que llegar más allá que un beso. Creo que su pequeño “concierto privado” me ha cautivado. No saldré tan fácilmente de su encanto. Presiento que ella desea que actúe, puede que me esté dando su tácito permiso.

Sin embargo, me vuelvo controlar y le ayudo a levantarse. Un par de minutos más tarde ella se va, dándome un pequeño beso. Veo que se aleja un tanto apresurada, tal vez porque todo lo que sucedió la asustó un poco. Cierro la puerta y me siento en el sofá doble para pensar. No soy muy experto en mujeres, pero el hecho de que ella no demostró su desagrado ante todo lo que ha acaecido, sobre todo hace minutos, me da a entender que quizá quiera que avance y que pase lo que tenga que pasar. No obstante, existe la posibilidad de que ella esté tan asustada que no dice nada y lo ignora hasta que ya no lo soporte. O bien también es posible que me esté probando para saber cuáles son mis verdaderas intensiones, aunque todo lo que hice apunta hacia una intensión más que clara.

Realmente no sé qué pensar. Me asusta lo que pueda llegar a pasar, mejor dicho, lo que yo pueda llegar a hacer. No soportaría ver a Evelina aterrada por ser un… estúpido onanista. No me agradaría ver el terror y el odio en sus ojos. No deseo que tan bello ángel me vea como un depravado demonio. Mi corazón se estremece violentamente de sólo imaginarlo.

*****

Es lunes y mi clase prosigue con normalidad. Percibo que hay dos que van a arrojar la toalla en cualquier momento ya que en sus caras se nota claramente que el contrapunto los está venciendo poco a poco. No obstante, en ocasiones puedo ver que varios flaquean un poco. Por este motivo a veces es imposible saber quiénes llegarán hasta el final, pero es muy fácil atinar quiénes se irán. Sólo en la recta final es más sencillo determinar quiénes seguirán.

Finalizada la clase, Müller y yo platicamos un rato. Me pregunta por el progreso de Evelina, le contesto que va avanzando bastante bien, y seguidamente pregunta si estamos saliendo o no, poniendo como excusa que su esposa le pido que le preguntara. Es creíble, pero estoy muy seguro que él también quiere saber. Sin embargo, le rompo la ilusión a ambos cuando le respondo que entre nosotros dos no hay nada más que una relación “maestro-alumna” que se convertirá en una amistad en un futuro no muy lejano.

Unos minutos más tarde terminamos nuestra conversación y me dirijo hacia la oficina de Loeb. Desde que comencé con las clases de solfeo de Evelina, cada lunes le informo a Loeb sobre sus avances. Cuando el rector se entera que los progresos son positivos se muestra alegre aunque no lo manifiesta tanto. Es tan estoico que en verdad parece un témpano, pero sé que está conforme con la ayuda que le brindo a Evelina. Le informo que si ella continúa a ese ritmo dentro de poco tiempo ya no necesitará de mi ayuda.

Terminada mi reunión con Loeb me dispongo a irme. Descubro que hay muchos alumnos yendo y viniendo. Sospecho que están en su receso. Los que están en su primer año me miran asombrados y comienzan a susurrar entre ellos. Ninguno se atreve a acercarse a mí y se los agradezco porque no quiero detenerme para que me pidan una foto o un autógrafo. No porque sea un engreído, pero a veces eso se torna en una molestia.

–¡Immanuel! –escucho la voz de mujer y me detengo. Me suena muy familiar. Me doy la vuelta y veo que Evelina se acerca a mí, acompañada por otra mujer.
–Hola, Evelina. –la saludo una vez que se detiene delante de mí.
–Hola, Immanuel. Supongo que has terminado tu clase.
–Sí, hace rato. Salí de la oficina de Loeb para informarle sobre tus avances y ahora me disponía a irme –miro a la mujer que la acompaña–. ¿Quién es la señorita? –es un poco más alta que Evelina, pero posee la misma figura.

Tiene cabello castaño largo trenzado, cuya única trenza cae delante de su hombro izquierdo, ojos marrones, nariz pequeña, pómulos ligeramente enrojecidos y boca carnosa. Viste un abrigo bastante grueso de tela vaquera, algo extraño porque no hace tanto frío, unos pantalones de corderoy gris y unas zapatillas negras y verdes bastante llamativas. Me mira con cierto asombro y respira agitado, como si estuviera preparada para lanzar un grito de histeria, al igual que una fanática al ver a su cantante.
–Ella se llama Francesca Ludovica Roggiano. Es mi compañera de habitación. –Evelina presenta a su amiga.
–¡Oh, dios! ¡Oh, dios! ¡Oh, dios! ¡Usted es…! ¡Oh, cielos! ¡Me voy a desmayar! –le creo. Su cuerpo tiembla bastante. Su voz es un poco grave pero no deja de ser femenina.
–Tranquilízate, Francesca. Te vas a desmayar en serio.
–S-sí. Ti-tienes ra-razón –inspira y exhala profundamente un par de veces y cuando finaliza ya está más calmada–. La-lamento mi reacción, señor Dürrenmatt. –se disculpa un poco avergonzada.
–No se preocupe. No es la primera que actúa así cuando me dirige la palabra por primera vez. –algunas incluso se han dado un buen golpe en la cabeza por el desmayo que tuvieron.
–Oh, seguro. Por cierto, mi nombre es Francesca. –aún se muestra algo avergonzada.
–Evelina ya me dijo su… –Roggiano se pone delante de mí de un salto y me da seis besos, tres en cada mejilla alternadamente. Al terminar se lleva las manos a la boca y abre sus ojos como platos. Está sorprendida por lo que hizo, aunque yo estoy impactado por semejante saludo. Eso me hizo recordar lo que pasó cuando conocí a Evelina por primera vez.
–¡Ay! ¡Pe-pe-perdóneme! ¡N-no fue mi intensión! –exclama Roggiano con su boca tapada, ocasionando que su grito no sonara como tal. Evelina se sonroja un poco y se ríe. En parte es risa ocasionada por lo que acaba de hacer su amiga, aunque en parte es por los nervios ya que seguro recuerda lo que ella hizo hace un tiempo atrás.
–Bueno, si las italianas saludan así a las personas que conocen por primera vez, no me acostumbraré jamás. –Evelina se ríe y su compañera poco a poco se va riendo mientras descubre su boca.
–¡Ja, ja, ja! ¡Hice lo mismo que tú cuando lo viste por primera vez, Evelina! ¡Ja, ja, ja! –Evelina deja de reírse y se pone tiesa. Es obvio que a ella aún le da vergüenza eso.
–Al fin conozco a esa tal Francesca. –comento para que Evelina se relaje.
–Y yo por fin le conozco aunque ya le he visto varias veces el año pasado por aquí.
–¿El año pasado? ¿Usted estudia aquí?
–Sí. Violín y profesorado de música.
–Así que es violinista como Evelina.
–Pero ella es más talentosa que yo.
–No es tan así. Puedes seguirme el ritmo sin problemas. –comenta Evelina totalmente tranquila.
–No seas tan modesta que eso no es verdad. –replica Roggiano con suavidad.
–No es que sea modesta. Lo que digo es verdad.
–No, no lo es.
–¡Te digo que sí! ¡Nos conocemos desde niñas! –carraspeo antes de que la discusión se torne violenta.
–Así que usted, señorita Roggiano, estudia aquí desde hace un año. –digo para desviar el tema.
–Sí. Vine a estudiar aquí el año pasado y cuando me enteré en el verano que Evelina iba a estudiar aquí también le ofrecí vivir conmigo.
–Por lo que dijo Evelina se conocen desde niñas.
–Sí, somos amigas de la infancia. –asiente Evelina.
–Me sorprendió mucho que Evelina tocara en su órgano y el fragmento más conocido de la Tocata y Fuga en Re Menor. –me cuenta Roggiano.
–Seguro que quedó muy perpleja cuando ella le mostró la foto y la grabación.
–¡Sí! ¡De hecho le dije que debía mostrarle a sus compañeros para que sea más popular pero no quiere!
–¿No quiere? –miro a Evelina.
–Es que… no quiero tener más atención de la necesaria. –confiesa ella.
–Además de que no quiere apartar a los chicos porque pensarán que ella ya es suya. –Evelina y yo abrimos los ojos como platos. Ella se ruboriza bastante.
–Eso es… una… estupidez… –digo con cierta dificultad por culpa de la perplejidad.
–No, Dürrenmatt, no lo es. Quizá no lo sepa, pero cuando una celebridad como usted pone sus ojos encima a una chica los demás hombres se inhiben. –me aclara Roggiano.
–Sigo pensando que es una estupidez. Sigo siendo tan humano como ellos.
–No todos dominan el contrapunto y no todos tocan de manera magistral el órgano.
–Sí, pero eso no es excusa para que los hombres no se acerquen a Evelina porque estuvo en mi departamento tocando mi órgano. Eso no es indicio de que tuvimos algo o es mi novia. –miro de reojo a Evelina y en su rostro se refleja cierta tristeza. No comprendo por qué manifiesta eso.
–Le guste o no, es así. Evelina está centrada en sus estudios y no quiere salir con chicos, pero si un día quisiera hacerlo y todos saben lo de la grabación no tendrá oportunidad con nadie. –me gustaría corregirle, porque con Reinhardt Bach sí tendría alguna oportunidad. Sólo espero que ella no se le ocurra ni en broma estar con él en la misma cama.
–Sea como fuere, es una estupidez y punto. Evelina es una linda mujer que seguro tendría a cualquier hombre si se lo propone. Más allá de su belleza física toca muy bien el violín y puede usar eso en su beneficio. –Evelina me mira con un brillo especial en sus ojos y con una leve sonrisa.
–¿Incluso a usted? –pregunta Roggiano.
–Sí, incluso a m… ¡No! –respondo casi inconscientemente. Por suerte me detuve, aunque por desgracia no a tiempo. Roggiano se ríe con picardía.
–Je, je, je, je, je. Apuesto a que usted es todo un caballero. No quiere saber nada con Evelina porque por ahora es su “profesor”, pero estoy segura que cuando ese termine estarán juntos.
–N-n-no. E-eso no será a-así. –¡¿por qué todo el mundo quiere que esté con Evelina?! ¡¿Acaso es la única mujer en el mundo?! ¡¿Nació sólo para mí?! ¡Están todos locos! Aunque… estoy siendo algo hipócrita porque debido a lo que pasó hace días mi inconsciente afirma que Roggiano tiene razón, pero no se la daré ni en broma.
–Sí, sí, sí. No quiero escuchar dentro de un tiempo que ustedes estuvieron revolcándose rico en una cama.
–¡Ay, por favor, Francesca! ¡No digas esas cosas! –Evelina está más enrojecida que el rojo.
–Le sugiero que controle su imaginación, señorita Roggiano. Puede meterle en problemas cuando menos se lo espere. –le advierto con seriedad. Ella se pone nerviosa y baja la mirada.
–M-mil di-disculpas. No era mi… mi intensión molestarlo… –percibo que está arrepentida de lo que dijo.
–Sólo me molestó lo último que dijo… –Roggiano baja su cabeza. Está muy avergonzada. No me agrada verla así– Olvidémoslo. No ha hecho nada a nadie con lo que dijo, más allá dejarnos perplejos a Evelina y a mí.
–Estoy segura de que tiene una muy mala impresión de mí…
–No necesariamente. Como dije antes, sólo me molestó lo último que dijo. Olvidémoslo y comencemos de nuevo. –ella levanta su mirada.
–Está bien. Gracias. –dice a media voz.
–Tendríamos que salir algún día los tres –sugiere Evelina y me mira–. La última vez que te lo propuse no podías.
–Sí, es verdad. Tendríamos que organizar algo. –por el momento no quiero salir solo con ella, no hasta que ya no necesite mi ayuda para solfear.
–Y de esa forma nos llevas a conocer la ciudad.
–Bueno, Roggiano vive aquí desde hace más de un año y supongo que ella ya conoce bastante.
–A causa de los estudios no he podido salir mucho… –confiesa Roggiano– Conozco algo, pero no todo.
–Ok. Cuando salgamos iremos por la ciudad –ambas asienten con alegría–. Si me disculpan, me tengo que ir. Nos vemos más tarde, Evelina.
–Sí, será a la misma hora de siempre.
–¿Pu-puedo pedirle algo? –me pregunta Roggiano.
–Usted dirá.
–¿No podría quedarse aquí y tocarnos algo en uno de los órganos eléctricos? –me sorprende que me pida eso.
–No puede, Francesca. Además, dentro de un rato tenemos que seguir con las clases de violín.
–Pero puede tocarnos una pieza corta o un fragmento de una más grande. Él es un “VIP” de este lugar. –no es tan así. Es un rumor que corre desde que puse un pie en la universidad. Muchos creen que puedo hacer lo que quiera dentro del recinto. En parte es así siempre y cuando tenga la autorización del rector y él no me autorizó muchas peticiones.
–¿Así que usted también cree eso? –pregunto con un poco de molestia.
–Bu-bueno… Dicen que río que suena piedras es porque piedras trae, así que…
–Me temo que se equivoca, como todos los que piensan eso.
–Bueno, tampoco es que sea algo malo. Todos los que hablan desearían tener su talento y les gustaría pasearse por aquí con total libertad. –me impresiona lo desvergonzada que es al hablar. Me recuerda a alguien muy familiar.
–Deja de decir esas cosas o harás que Immanuel se enoje en serio. –regaña Evelina.
–Está bien. Tienes razón, me excedí.
–Me voy, señoritas. Que tengan suerte en sus estudios.
–Gracias. –me responden al unísono y me marcho.
–¡Ah, y puede llamarme Francesca! –me grita Roggiano.
–¡Francesca! –regaña nuevamente Evelina.
–Está bien. Puede llamarme Immanuel si quiere. –le contesto sin detenerme y sin voltear la mirada.

Estando en el ómnibus me río para mis adentros. La desfachatez de Francesca me recuerda bastante a la de Winfried. Sospecho que ambos serían una buena pareja. Creo que tendría que ser el celestino de ambos. ¿Quién sabe? Puede que al final sean el uno para el otro. Dudo mucho que se conozcan, de lo contrario mi amigo me lo hubiera contado y no recuerdo que haya estado con una italiana. Puede que sea la primera con la que esté.

Sin embargo, de las risas internas por imaginarme las hilarantes escenas que se producirían cuando se encuentren Winfried y Francesca a causa de sus personalidades pasó a quedar serio porque una imagen viene a mi mente con frecuencia: Evelina estando triste. No sé por qué se puso así. Quizá interpretó lo que dije como un rechazo, aunque nosotros ni siquiera nos hemos acercado tanto a pesar de todo lo que sucedió hace unos días y lo que vengo haciendo desde hace tiempo inconscientemente. O puede que tal vez no sea tristeza lo que vi. Confundí otra cosa con tristeza. Quizá fue miedo por todo lo que sucedió en mi departamento. Pero la verdad es que no sé por qué se puso así… Recuerdo que luego se puso mejor cuando la halagué un poco, pero cualquier mujer se pondría así con un halago como el mío. No lo sé. Y no le preguntaré al respecto más tarde a menos que ella desee tocar el asunto. No me sentiría cómodo preguntarle.

*****

Es miércoles al mediodía y almuerzo en el Viejo Rudolf. Por lo general almuerzo en casa. Sólo lo hago en el bar cuando me reúno con Winfried o nuestros amigos en común. Sin embargo, a veces me gusta salir de la rutina. De postre consumo un Apfelstrudel. No tiene el mismo sabor que el que hace la esposa de Müller, pero tampoco es tan malo y mientras sea aceptable no voy a dejar de comerlo. Como con sosiego y estoy seguro que nada alterará esta tranquilidad.

–¡Hola, Immanuel! –justo en el momento en que oigo el grito estoy comiendo un bocado del postre y me atraganto. No sólo por lo inesperado del grito, sino por la voz de quien lo expresa. Toso un poco y tomo un sorbo de agua de mi vaso. Al segundo siguiente, a mi izquierda aparece Adeline.
–¡Adeline! ¡¿Q-qué haces aquí?! –levanto un poco la voz porque tengo la garganta un poco irritada.
–¡Hola, Immanuel! ¡Hace mucho que no te veo! –me besa la mejilla izquierda, aunque muy cerca de la comisura izquierda de mis labios. Sin que la invite, se sienta en el costado izquierdo de la mesa, muy cerca de mí– No me has llamado desde la última vez… –se pone triste– Esperaba tu llamada…
–L-lo siento… Tú sabes que soy despistado con el teléfono. Je, je, je.
–Sí, ya lo creo… –mira el plato– ¿Es Apfelstrudel? ¿Me darías un poco?
–De acuerdo. Aquí tienes los cubiertos. –se los paso. Los mira y luego me clava su mirada.
–Yo esperaba que me dieras un bocado en la boca…
–No eres un bebé, Adeline. –¿en serio? ¿Vas a obligarme a hacerlo? Ya sé a dónde quiere llegar con eso.
–Lo sé, lo sé. Ji, ji, ji. ¿Pero tiene algo de malo que un hombre le dé de comer a su amiga en la boca? –no necesariamente, pero a la vista de todos quedaríamos como novios y no quiero que me relacionen con alguien que no la considero una novia.

Aspiro con fuerza y suspiro algo exasperado. Si pudiera no accedería a su capricho, pero antes de que regañe por no haberle devuelto la llamada no tengo más opción que cumplírselo. Ella sabe cómo obtener lo que quiere porque entiende perfectamente que no me agradan las discusiones.

Pongo una buena cantidad en el cubierto y lo dirijo hacia la boca de Adeline. Ella come el postre con delicadeza. Una vez que lo digiere usa su lengua para limpiar con lentitud sus labios, aunque de una manera provocadora. Mientras su lengua recorre sus bellos labios, me mira con fogosidad. Es evidente cuáles son sus intensiones. Después de limpiarse los labios, noto que se muerde por unos instantes el labio inferior. En otro lugar, en otras circunstancias y con otra persona, eso hubiera sido bastante sensual para mí, pero ahora me resulta bastante asqueroso.

–Está delicioso. –comenta ella con cierta coquetería.
–Sí, lo está.
–Si quieres yo puedo darte de comer. –me mira con deseo. En estos momentos le daría una buena bofetada para que se ubique.
–No, gracias. Sé usar los cubiertos por mí mismo.
–¿Seguro? Por mí no hay problema.
–No, gracias –contestó con frialdad y acto seguido como un poco del postre–. ¿Qué haces aquí? –le pregunto con normalidad tras haber tragado.
–Vine aquí porque me reuniré con unas amigas. Llegué yo primero para reservar una mesa.
–Me parece bien.
–Aunque… si quieres podemos reunirnos en tu apartamento más tarde.
–Lo siento, no puedo. Tengo que dar mi clase y seguramente terminaré muy agotado.
–¡Ah! ¿Aún sigues con eso?
–Sí. –no le diré que quizá dentro de poco tiempo ya no. Se enterará un buen tiempo después. Espero.
–Oh… Pero… podría ir para ayudarte a relajarte. Sé hacer buenos masajes. –me guiña un ojo. Lo último que quiero es que me dé un masaje. No deseo que me atrape con la guardia baja. No le daré ninguna oportunidad.
–Te lo agradezco, pero no. No soy buena compañía cuando estoy cansado.
–Si tú lo dices… –como otro poco y sin quererlo miro hacia la puerta. Me atraganto otra vez al ver a Evelina entrar. Tomo un poco de agua mientras Adeline me pregunta si estoy bien. No le permito acercarse haciéndole gestos con mi mano izquierda, indicándole que estoy bien.
–Lo siento… Me atraganté por comer apurado… Je, je. –contesto apenas puedo hablar.
–Deberías comer despacio.
–Lo sé, lo sé, lo sé… –de reojo noto que Evelina se me acerca.
–Hola, Immanuel. –me saluda y Adeline dirige su mirada hacia ella. Su rostro se transforma. La escudriña con la vista. Percibo que no le gusta nada que Evelina haya aparecido.
–Hola, Evelina. Qué sorpresa verte aquí. –le respondo.
–Espero que no esté interrumpiendo algo.
–Sí. –dice Adeline al instante.
–No. –digo al mismo tiempo que Adeline. Ambos nos miramos. Me asusta su mirar. Siento su furia.
–¿Interrumpo algo? –pregunta Evelina.
–Para nada, Evelina. Es que Adeline está bromeando. –respondo antes de que Adeline lo haga. Aunque no la vea siento la presión de su mirada asesina en mí.
–Ah, entiendo. –asiente Evelina sin sospechar nada.
–Por cierto, ella es Adeline Regnault. Adeline, ella es Evelina Maccarinelli. –las presento. Evelina extiende su mano hacia Adeline.
–Un placer conocerle. –dice Evelina con cordialidad. Adeline la mira de mala gana y siento que no quiere estrechar su mano.
–Adeline, estoy seguro que no eres maleducada y que saludarás a Evelina como corresponde. –le regaño con dulzura. Ella me mira y su expresión se relaja, pero noto que no le gusta tener que saludar a Evelina. Un par de segundos más tarde estrecha su mano con la de Evelina.
–Para mí también es un placer. –contesta con cierto desdén. Le hubiera dado una bofetada para que no sea una estúpida. Actúa como si fuera una novia muy celosa.
–¿Qué haces aquí, Evelina? –le pregunto.
–Vine aquí a almorzar. Francesca no está en nuestro departamento porque almorzará en la casa de una compañera.
–Por ahí hay unas mesas libres. –dice Adeline, señalando unas mesas distantes.
–¿Por qué no almuerzas en esta mesa? –le sugiero y Adeline me mira con cólera; una vena se le marca justo en el centro de su frente.
–Te lo agradezco, pero no quiero molestarlos.
–Si no quieres molestarnos vete de aquí ahora. –afirma Adeline.
–No nos molestas. Sólo somos amigos. Además, deberías conocer a Adeline porque ella es violonchelista; es posible que toquen juntas en cualquier momento.
–¡Ah! Entonces me quedaré… A no ser que Adeline desee lo contrario. –la mirada de Adeline expresa su desacuerdo, pero la obligaré a que diga lo contrario.
–Estoy seguro que ella deseará que te quedes porque te quiere conocer… –me acerco a Adeline y le acomodo un mechón de pelo que tiene delante, ubicándolo detrás de su oreja. Tiene el cabello muy suave. Adeline respira agitadamente, se sonroja un poco y me mira perpleja ante mi movimiento, no se esperaba eso– Es una persona encantadora y apuesto que se llevarán muy bien, ¿no es verdad, Adeline? –continúo, aunque hablo con dulzura.
–S-sí… Que Maccarinelli se quede… –está tan embobada que es fácil manipularla. No me gusta hacerlo, aunque no quiero estar a solas con ella ni un segundo más.
–De acuerdo, me quedaré aquí –afirma Evelina–. Gracias, Adeline… ¡Ah, lo siento! ¿Puedo llamarle Adeline?
–S-sí. Puede llamarme así… Si no le molesta, la llamaré Evelina. –habla sin quitar su mirada de mí.
–Sí, no hay problema.

Mientras Evelina se sienta delante de mí termino mi postre con rapidez. Cuando acabo, me doy cuenta que Adeline vuelve a mirar a Evelina de mala manera, pero ya es tarde para echarla. Unos minutos más tarde Evelina está almorzando algo ligero. Hasta ahora sólo ella y yo hablamos. Adeline se limita a escuchar y lanzarle miradas asesinas a Evelina. Dudo mucho que Evelina no sé dé cuenta de cómo la está mirando Adeline. Debe estar soportando la hostilidad que recibe muy bien. Me siento un poco mal por ella.
–¿Y desde cuándo se conocen? –pregunta de repente Adeline.
–¿Perdón? –contesta Evelina sorprendida.
–¿Desde cuándo se conocen, Evelina? Por lo que escucho, veo que se conocen desde hace rato… –no me gusta el tono de Adeline. Es inquisidor. Creo que ve en Evelina una suerte de “rival”.
–Pues… Desde hace un poco más de dos meses –responde Evelina–. Desde que Immanuel comenzó a darme clases. –abro mis ojos como platos. El terror se apodera de mí. Adeline dirige lentamente su mirada hacia mí. En sus ojos percibo su furia, la vena en su frente se le marca más. Soy un estúpido por tenerle miedo. No es mi novia y ella puede enfurecerse todo lo que quiera, pero sé que cuando ella se enoja se vuelve un monstruo.
–¿A ella le das clases en tu departamento? –pregunta Adeline, escupiendo con rabia las palabras.
–Sí. Loeb me pidió que la ayudara con su solfeo. –respondo tratando de estar sereno.
–¿Loeb? ¿El rector? –pregunta incrédula.
–Así es. El rector me dijo que Immanuel era la persona indicada para ayudarme con mi solfeo. –contesta Evelina. Rápidamente Adeline la mira.
–¿Ah, sí? ¿Habiendo tantos profesores de solfeo en la universidad te recomienda a Immanuel, que ni siquiera es un profesor de nada? –pregunta nuevamente con incredulidad. No me gusta que le hable así. Es más, desapruebo su actitud. Actúa como si fuera mi novia celosa cuando no lo es. Me encantaría gritarle, me siento con derecho a hacerlo, pero no me gustaría verla mal por dejarla mal parada ante todos. Sería muy cruel de mi parte.
–No quería molestar a ningún profesor de solfeo y si el rector me recomendó a Immanuel es porque sabe que es muy competente. –responde Evelina con absoluta tranquilidad.
–¿Y tienes una clase por semana?
–Tres, en realidad. –Adeline se pone colorada. No por vergüenza, sino por rabia.
–¡¿Tre-tres ve-veces?!
–Sí, pero es posible que dentro de poco ya no necesite su ayuda porque voy progresando muy bien. –veo que Adeline poco a poco va cerrando su puño derecho. Temo que le dé un puñetazo y si eso hace juro que la abofetearé con fuerza aunque quede mal ante todo el mundo. Su obsesión hacia mí la está cegando y cometerá una estupidez en cualquier momento.

De repente un grupo de chicas entra. Las conozco, son las amigas de Adeline. Justo a tiempo.
–¡Mira, Adeline! Parece que llegaron tus amigas. –señalo hacia la puerta y Adeline mira hacia ese lugar.
–¡Ah, sí! ¡Y no reservé la mesa! –exclama mientras se lleva las manos a la cabeza.
–Tranquila, hay lugares vacíos.
–¡Cierto! ¡Perdón, Immanuel! ¡Nos vemos más tarde! –me da un beso que dura un instante y se dirige hacia su amiga. A pesar de su apuro, el beso me lo da cerca de la comisura derecha de mis labios. ¡Esa mujer no para de buscar mis labios! Por fortuna, Evelina está fuera de peligro.

Evelina y yo charlamos varios minutos más hasta que ella termina de almorzar. Ella me pide si podemos ir a mi apartamento ahora para tener su clase y así irse a su departamento temprano. Acepto sin problemas y tras pagar la cuenta nos vamos. Miro hacia la mesa donde están Adeline y sus amigas y descubre que ella está entretenida hablando con las demás. Eso me da cierto alivio porque no tendré que soportar otra escenita. Ya en la calle estoy más aliviado, pero antes de quedar fuera de la vista de las ventanas del bar siento la presión de una mirada asesina. No volteo mi cabeza hacia la ventana. Quizá sean imaginaciones mías, pero apuesto a que Adeline nos miraba desde su asiento.

Unos cuantos minutos más tarde Evelina y yo subimos las escaleras del edificio donde vivo. En un momento ella me pregunta si Adeline y yo somos novios o lo fuimos. Me petrifico unos instantes y me largo a reír nerviosamente. Le respondo que nunca fuimos novios y si le pareció que Adeline actuó como una novia celosa es porque ella actúa así cuando habla con un hombre y aparece una mujer. Evelina no me cree mucho. La expresión de duda en su rostro la delata, pero unos segundos más tarde su expresión se relaja y me cree. Ojalá no vuelva a suceder algo así. Nunca más.

*****

Son las 19:05 del viernes. Winfried y yo estamos en el Viejo Rudolf junto a muchas personas y una buena parte de los alumnos de mi amigo. La razón por la que estamos es que uno de los alumnos de Winfried que toca la trompeta va a dar un pequeño concierto de jazz junto con otros estudiantes de la universidad. Luego de la clase de Evelina mi amigo me llamó y me invitó a este concierto. Aunque el jazz no es un género de mi agrado, me producía mucha curiosidad saber cómo Winfried trataría a sus alumnos fuera de los horarios de clase, por lo que acepté al instante.

No obstante, al poco tiempo comencé a arrepentirme. Todo el mundo sabe que cada tanto voy al Viejo Rudolf al ver los pequeños conciertos y a veces aparece más gente de lo normal sólo para verme, sacarme fotos, pedirme autógrafos y todo eso. Me molesta bastante porque siento que opaco a los que músicos que tocaron el concierto. Este es el gran motivo por el que rechazo varias invitaciones. Sin embargo, algunos admiten que eso no les importa mucho; es más me utilizan como imán para atraer más público. Me causa gracia eso y puede que tengan razón, aunque no me quita la molestia que me produce la gente al centrarse más en mí que en los otros músicos.

Para mi fortuna, en el bar no hay un órgano eléctrico. Si posee un doble teclado eléctrico, pero no es lo mismo que un órgano eléctrico, fundamentalmente por no poseer una pedalera, por lo tanto no puedo interpretar ninguna pieza ya que toda obra requiere del pedal, aunque sea por pocos compases. La gente sólo puede verme tocar cuando la universidad organiza un concierto o bien cuando recorro Europa tocando en las catedrales o iglesias que poseen un órgano tubular.

Cuando llego al bar me encuentro con Winfried y me presenta a algunos de sus alumnos. La sorpresa en sus rostros y el tartamudeo no tardan en aparecer. Por desgracia algunos lanzan un grito de histeria y alertan a las demás personas. Me ven y siento el peso de sus miradas. Muchos no se acercan por la impresión y otros lo hacen con cautela y comienzan con las fotos y los autógrafos. A veces maldigo el día en que el mundo supo sobre mi dominio del arte del contrapunto.

El concierto comienza unos minutos más tarde. Winfried me dice en voz baja que cuando termine me presentará a su alumno. Yo acepto con gusto. Creo que es lo justo luego de que sus compañeros delataran mi presencia y que le robe toda la atención. Sin embargo, miro disimuladamente a mi alrededor y parece que todos están esperando a que comience el concierto. Intuyo que esta vez el público le prestará atención a quien debe prestarle atención.

Al cabo de un rato descubro que el alumno de Winfried es muy bueno. Hacía tiempo que no oía a un trompetista tocar de esa manera. Parece que fuera un profesional, un nativo de Nueva Orleans, lugar donde surgió el jazz. Algunos dicen que el jazz es el género musical más difícil de interpretar luego de todo lo que engloba la música clásica y no es para menos, la improvisación y las peculiaridades que le imprimen cada músico a la melodía le confieren esa dificultad.

Media hora más tarde me encuentro en la barra del bar con Winfried y su alumno. Por su apariencia física, alto, de piel clara y ojos claros, hubiera apostado que era alemán, noruego, sueco o de algún país de Europa del Este, incluyendo Rusia; menuda sorpresa me llevo al enterarme que es norteamericano, pero de la Ciudad de los Vientos, es decir Chicago, bastante lejos de Nueva Orleans. También noto que no domina muy bien el alemán, pero se hace entender.

Alrededor de una hora más tarde Winfried y yo estamos jugando al billar. El bar se encuentra casi vacío, aunque dentro de poco comenzará a llenarse con la gente que comienza su salida nocturna. Nosotros aprovechamos a jugar y mientras nos ponemos al día.

Cuando llego a lo que sucedió hace dos días con Adeline y Evelina en el bar Winfried se sorprende y se larga a reír.
–Je, je, je. Vaya, vaya. Se te juntaron las chicas… Ja, ja, ja –dice mientras se prepara para realizar su tiro.
–Sí, sí. Di lo que quieras. Adeline se está volviendo loca. Tengo que pararle el carro antes de que haga una estupidez. –comento con preocupación.
–Sólo hay una forma de detenerla: ahora vas a donde vive, pides hablar con ella, si en su departamento están sus amigas te la llevas a tu departamento y te das una buena revolcada con ella.
–No voy a hacer eso. –dijo adusto y Winfried ejecuta su tiro. Pone la bola rayada 10 en una tronera y sigue jugando.
–Me temo que esa es la única forma. –afirma mientras busca la siguiente bola.
–No, hay otra: decirle que no me interesa.
–¿Y por qué no se lo dijiste antes? Estoy seguro que te gusta pero no quieres admitirlo.
–¡Se lo he dicho, pero ella lo ignora!
–Entonces fóllatela y asunto terminado.
–¿Tenías que decir esa palabra?
–¡Oh, vamos! ¡No te ofendas como si fueras un puritano! –regaña con un tono burlesco mi amigo mientras se prepara para ejecutar otro tiro.
–Podrías haberlo dicho de otra manera, profesor. –Winfried se detiene, se irgue y me mira de mala manera.
–¿Tenías que decir esa palabra?
–¡Oh, vamos! ¡No te ofendas porque te he dicho la verdad! –reprendo a modo de burla y ambos nos largamos a reír un poco. Casi nunca discutimos a pesar de que en ocasiones nos ponemos pesados y nos molestan algunas bromas del otro.
–Ya sé cuál es tu problema –asegura Winfried mientras se prepara para realizar su tiro de nuevo–: quieres revolcarte con Evelina y luego a Adeline… ¡No! ¡Ya sé! ¡Quieres hacer un trío! –él me mira y le devuelvo la mirada con molestia– ¡Cielos, Immanuel! ¡Quieres apuntar bien alto!
–No quiero hacer un trío. Y antes que preguntes: no quiero tener sexo con Evelina.
–Hmm… No te creo –dice mi amigo con desconfianza–. Hace casi dos meses que ella va a tu departamento y están solos una hora o un poco más tres veces a la semana. Estoy seguro que quieres llevártela a la cama.
–No. Ella no me interesa.
–¿Lo dices en serio? –pregunta perplejo.
–Por supuesto. Ella, por ahora, es mi alumna y cuando deje de ayudarla con su solfeo será mi amiga y nada más. –aclaro con determinación. Miento un poco. Lo que me ha sucedido con ella es clara señal de que quiero ir más allá de una amistad, inconscientemente hablando, pero no le diré nada a Winfried o no dejará de molestarme por largo tiempo. Mi amigo se irgue de nuevo y se refriega una mano por la cara.
–Immanuel, ¿eres gay y no me di cuenta o qué?
–Te golpearía con el taco en la cabeza hasta rompértelo por decir esa sandez. ¿Cómo puedes pensar que soy gay cuando sabes bien que he estado con mujeres?
–Pero hace bastante que no estás con una…
–Estuve con una chica en el verano. –Winfried queda anonadado.
–¡¿En el verano?! ¡¿Este verano?! ¡Eso no me lo dijiste!
–Es que no fue gran cosa. Fue… ¿cómo decirlo…? Algo rápido; una descarga. La vi a ella, ella me vio a mí. Nos acercamos, hablamos un poco y nos gustamos. Nos fuimos una plaza, lo hicimos y eso fue todo. –creo que todo duró casi dos horas. Estuvo bien, pero luego de un rato me sentí… vacío. A pesar de lo bien que estuvo me pareció insípido en cierto punto.
–¿En una plaza? –pregunta mi amigo extrañado. No lo culpo, es un lugar poco convencional para tener relaciones sexuales.
–Eran como las tres de la madrugada y no había ni siquiera un alma en pena.
–Debían estar muy calientes como para hacerlo en una plaza.
–En ese momento nos pareció muy excitante.
–No lo dudo. Menos mal que no los descubrieron o tú hubieras aparecido en todas las portadas de las revistas y la primera noticia de las páginas web amarillistas.
–Y no necesito ser más famoso de lo que soy…

Seguimos jugando. Es mi turno y cuando me dispongo a realizar mi tiro siento que algo malo se acerca, causando que golpee mal la bola blanca y avance sólo unos pocos centímetros. ¡No puede ser lo que pienso que es!
–¡Maldita sea! –exclamo inconscientemente.
–Lo siento, pero hiciste tu jugada. –dice mi amigo, creyendo que mi grito se debió a mi mal tiro.
–¡No, Winfried! ¡Nuestro amigo, el Standartenführer, se está acercando!
–¡No jodas!

Ambos miramos hacia la puerta y unos segundos más tarde ingresa Bach con su séquito.
–¡Me sorprende que te percates de su cercanía! –me comenta Winfried en voz baja.
–Creo que es un don que tengo… Uno de esos que nadie quisiera tener. –le contesto en el mismo tono.

Para nuestra desgracia Bach y compañía nos descubren y se acercan. Nosotros estamos separados por la mesa de billar. Yo puedo controlar la situación, pero Winfried no. Ruego para que él pueda controlarse. Pronto nos rodean. Bach se aproxima a mi amigo.
–Vaya, vaya, vaya… Miren a quiénes nos encontramos por estas horas… –su tono de voz, un tanto altanero, me desagrada.
–Buenas noches, Bach. –me mantengo estoico. No es conveniente que sepa que su presencia me repugna.
–Buenas noches, Dürrenmatt. Veo que con tu amiguito estás jugando el billar… ¿No te parece que es un juego bastante masculino para él? –ahí va de nuevo. Winfried se molesta bastante.
–Qué curioso. Yo siempre me pregunto eso cuando te veo jugar al billar. –contesta mi amigo. ¡No debió hacerlo! Bach lo mira.
–Estaba hablando con tu amigo. Yo con afeminados no hablo.
–¿Afeminado? Qué raro. Tu madre no piensa eso.
–Eso quisieras, marica –lo detesto. Winfried no es gay ni por asomo. Bach lo molesta con eso por el simple motivo que toca un clarinete. Para Bach, el que alguien toque ese instrumento lo convierte en homosexual porque el instrumento se asemeja a un pene. Estoy seguro que no cree en verdad eso, es una excusa para molestar a la gente, aunque eso no lo convierte en menos idiota.
–¿Se puede saber qué haces aquí? –pregunto antes de que mi amigo le dé un buen puñetazo en el centro de su boca.
–Pues vinimos aquí a pasar el rato antes de ir a un boliche a buscarnos unas cuantas putas para divertirnos, algo que tu amigo no conoce –su séquito se ríe. Me dan tanto asco como el mismo Bach.
–Claro que no, no conozco a ninguna puta porque yo trato a las mujeres bien, no como tú que las tratas como rameras o menos –replica Winfried molesto. Lo miro para que se calle, aunque noto que necesitaré más que una mirada para pararlo.
–Estoy hablando con el dueño del circo, no con el mono.
–¿Qué te pasa? ¿Te gusto y no quieres confesarlo? –la expresión de Bach se endurece. Eso lo molestó bastante. Percibo el peligro– Sí, eso es lo que sucede. Me tildas a mí de homosexual, pero sólo estás proyectando lo que eres en mí porque no lo admites. Estamos en el siglo XXI, amigo. No es necesario que te reprimas más. ¡Sal del maldito closet ahora! –Bach aspira con fuerza, como si fuera un toro al que fue provocado. Si no se me ocurre algo pronto ocurrirá una pelea.
–¡Oye, Reinhardt! ¡¿Por qué no le quitas el taco que sostiene y lo golpeas con eso?! –vocifera uno de sus lacayos.
–¡O que se lo meta en el culo así tiene una alegría esta noche! –vocea otro y los demás se largan a reír.
–Aunque yo podría metértelo en el culo y así saldrías del jodido closet de una vez. –amenaza a mi amigo a Bach mientras agita un poco el taco. Con un veloz movimiento, Bach golpea con su mano abierta el taco y se lo quita de la mano a mi amigo, causando que caiga al suelo ruidosamente.

Con disimulo, deslizo mi mano hacia el borde de la mesa de billar, ubicándola delante de una bola. En el caso de que se produzca una pelea la tomaré y se la lanzaré a Bach. Estoy muy seguro de que cuando haga eso los dos amigos de Bach que me rodean me atacarán, pero es la única forma que tengo de ayudar a Winfried ya que Bach es muy fuerte y sus puñetazos pueden ser demoledores.
–¿Quieres pelear mano a mano? De acuerdo –dice Winfried, preparando sus puños como si fuera un boxeador–. El taco te lo meteré una vez que estés en el suelo. –sin que nadie se lo espera Bach lo agarra a mi amigo del cuello de su camisa y lo atrae hacia él con fuerza. En sus ojos veo que saltan chispas de furia. En cualquier momento va a soltar un golpe. Yo me preparo para tomar la bola.

De repente se escucha la gruesa voz del dueño. Nos advierte lo que nos sucederá si comenzamos una pelea. Bach suelta a mi amigo, en realidad lo empuja un poco. Winfried lo mira con rabia, pero se contiene por suerte. Aprovecho y me acerco a él.
–Vámonos antes de que nos metamos en problemas –le digo en voz baja.
–Sí, no vale la pena pelear con este idiota –me contesta en el mismo tono.
–Nos vamos, Bach. No le causes problemas al dueño del bar.
–Tranquilo. Nos portaremos bien. Tu amiguito se salvó hoy, pero no se salvará la próxima. –Bach observa a Winfried con cólera.
–Por el momento seguirás en el closet, aunque pronto saldrás –contesta Winfried. Bach se inclina ligeramente hacia él. Empujo con suavidad a mi amigo hacia la salida y unos segundos más tarde ya estamos afuera.

–¡Maldita sea! ¡Me encantaría… partirle la cabeza contra la mesa de billar a ese engreído! –brama Winfried.
–Si el dueño no hablaba ahora tu cabeza estaría siendo partida contra la mesa de billar por ese engreído.
–¡Hay que bajarle los humos como sea! ¡Ya me está cansando que me tilde de homosexual cuando no lo soy!
–Pues a los golpes no se los vas a bajar.
–¡Y no sé todavía por qué no te molesta a ti!
–¿Acaso piensas que cuando te fastidia no me molesta?
–¡Lo sé! ¡Pero casi nunca lo he visto que te insulte!
–Nuestra pelea pasa por otra parte –en el órgano tubular, concretamente.
–¡Pues véncelo ahí! ¡Hazlo quedar como un principiante! ¡Que se apriete los dientes con fuerza y los desgaste con la fricción que le provoca la rabia de no poder superarte!
–Ya lo sé, ya lo sé. Pero no puedo pretender que ambos nos dirijamos hacia la iglesia de Santo Tomás para que tengamos duelo con el órgano tubular.
–Tendríamos que hacerlo y cuando él está distraído lo empujo hacia el suelo. ¡Y espero que caiga de cabeza y así esa parte del cuerpo estalle y esparza toda la mierda que tiene!
–Serénate porque estás diciendo estupideces.
–¡Ese hijo de puta me pone así!
–Vámonos. No sea cosa que alguno de sus esbirros nos vea y se produzca una pelea aquí. El próximo lugar donde estaremos sería tras las rejas de una celda.


Ambos caminamos por ahí. Para relajarnos nos sumergimos en la noche de Leipzig. Ya es viernes, por lo que podemos hacer lo que queramos sin estar bajo el yugo del reloj. Seguro que Winfried irá detrás de una o varias chicas bonitas, mientras que yo me tendré que quitar de encima varias… a no ser que encuentre una que despierte mi lujuria y la invite a mi departamento para darle un “concierto privado”.




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