sábado, 29 de octubre de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XVII: Ganando el favor de Zeus. (Parte 2)






Tras atravesar la entrada del estadio, llamada Cripta que en sus tiempos era un sendero compuesto con arcos del cual sólo había uno ya que las demás se encontraban destruidas, llegaron al estadio que donde había unos pocos turistas mirando el paisaje que había más allá del sitio al tiempo que otros estaban sentados a los costados de la larga pista central y unos jóvenes actuaban como si fuera a lanza una jabalina o haciendo saltos largos o triples e incluso salto en alto o con garrocha.
–¿Esto es el estadio de Olimpia? Yo pensaba que sería una estructura más… cerrada… –cuestionó Alejandro.
–Seguramente lo era en su tiempo. Las gradas hubieran sido las pendientes que rodean la pista de competición. –pensó Nahuel.
–Recuerden que este lugar fue asolado por las invasiones bárbaras y finalmente la gente la abandonaría para quedar enterrada por las crecidas del río Alfeo. –aseguró Silecio.
–Más allá de todo eso, ¿por qué se jugaban los juegos olímpicos antiguos aquí? –interrogó María.
–Eso es simple. Porque se hacían en Olimpia. –respondió Alejandro.
–Supongo que esa en una forma de ver las cosas… –admitió Nahuel con algo de sorna.
–Además de que se hicieron aquí, se celebraban por el hecho de que se hacían en honor al dios protector de esta ciudad, Zeus. De hecho aquí también se encontraba el Oráculo de Olimpia. –aclaró Silecio.
–Al igual que el Partenón, que su interior contenía la colosal estatua de Atenea Partenos, el templo contenía la estatua de Zeus de trece metros, como dije antes. También tenía metopas que representaban las escenas de los doce trabajos que realizó Heracles como penitencia. Sin embargo, el Oráculo principal de Zeus se hallaba en Dodona y era el segundo más frecuentado por sus feligreses después del de Delfos. –añadió Nahuel.
–¿Qué es una metopa? –preguntó María.
–Es el espacio que se sitúa entre dos triglifos en el friso dórico. –contestó el dualista griego.
–En español…
–El friso es lo que está entre el arquitrabe, lo que sostiene el capitel de una columna si tomamos en cuenta que estamos hablando de un templo griego, y la cornisa, que es el remante de los edificios. El triglifo es un ornamento con forma rectangular surcado por tres canales que lo recorren de forma vertical, que divide al friso en varias partes. En esas partes se ubican las metopas.
–Ah, ahora entendí…
–¿Y qué ocurrió con la inmensa estatua crisoelefantina de Zeus?  –interrogó Alejandro.
–Por lo que recuerdo fue trasladada a Constantinopla en el año… 394 después de Cristo y luego sería destruida, según las tradiciones, por un incendio. –contestó el dualista griego.
–¿Y por qué se la considera como una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo? –interpeló María.
–En sí, se las consideraron maravillas porque demostraban ser monumentos máximos de la creación y del ingenio humano a pesar de ser realizados con las sencillas herramientas que disponían los canteros, ingenieros, arquitectos, escultores y metalúrgicos que las crearon. A excepción de una, todas fueron destruidas por una causa u otra, tres de ellos por un desastre natural: un terremoto. Las Siete Maravillas del Mundo Antiguo fueron: el faro de Alejandría, el mausoleo de Halicarnaso, los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa en Éfeso, el Coloso de Rodas, la estatua de Zeus y la gran pirámide de Guiza. Como ya se habrán dado cuenta, ésta última es la que sigue en pie. –respondió Nahuel.
–¿Y la estatua de Zeus era igual que la de Atenea Partenos? –preguntó la muchacha.
–Sólo en los materiales que se usaron. Mientras que la de Atenea representaba a la diosa erguida, la de Zeus lo representaba sentado en su trono sosteniendo en su mano izquierda un cetro rematado por un águila y a la derecha una figura de Niké, la diosa de la victoria. Un historiador griego escribió una vez que la estatua, al estar rozando el techo, el dios la rompería si se le ocurría levantarse. –contestó Silecio.

sábado, 22 de octubre de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XVII: Ganando el favor de Zeus. (Parte 1)






Después de aterrizar en el Templo Dualista Panuniversalista de Atenas, los muchachos descendieron rápidamente del helicóptero y se dirigieron hacia la habitación de los tres Caballeros argentinos al tiempo que intentaban ocultar el arco plateado que llevaba María en sus manos. Para su suerte no encontraron en su camino a muchos dualistas y los pocos que vieron ni les prestaron atención por lo que llegaron hacia la habitación con éxito. Tras eso María guardó el arco de Artemisa en la gran maleta grisácea, donde Nahuel, Alejandro y ella tenían resguardadas las demás armas, de modo tal que el resto del armamento la ocultara. Finalmente los jóvenes se fueron a bañar para después poder descansar un poco antes de la cena.

Momentos antes de irse a dormir, los cuatro muchachos se hallaban a la habitación de los dualistas argentinos observando detenidamente el arco de Artemisa colocado sobre un escritorio ya que no querían tocarlo. El hecho de que ellos no querían tenerlo en sus manos tenía una simple razón argumentada por una idea de Nahuel: el arma, al pertenecer a un dios, podría ser muy peligroso para ellos, no por la advertencia de los dioses que Nahuel había recibido si se utilizaba mucho el arco, sino porque temía que la energía que podría emitir dicha arma sería perjudicial para ellos ya que los influenciaría de tal manera que podría ocurrir cualquier cosa, desde simples mareos, falta de equilibrio, jaqueca, dolores musculares y hasta la muerte.

Si bien los demás muchachos pensaron que lo que pensaba Nahuel no era posible porque de lo contrario los dioses se lo hubieran advertido, la forma como su compañero había expresado su temor de forma tan elocuente y concisa que al final terminaron aceptando dicha idea. Sin embargo, la curiosidad pudo más que con el miedo por lo que los cuatro jóvenes terminaron por tocar el arco plateado, pero al minuto después de que el arma pasara por todas las manos de los dualistas de forma atropellada porque todos querían tocarlo, como si fuera una especie de tesoro importantísimo o una reliquia sacra, Nahuel detuvo toda la conmoción causada por el arma de Artemisa una vez que lo tuvo en sus manos argumentando que quería hacer una prueba para determinar, con un método un tanto impreciso como incorrecto, la energía que emitía el arma de la Olímpica y, acto seguido con la ayuda de sus amigos, prepararon la prueba. La misma era sencilla al igual que su preparación, que en menos de medio minuto ya estaba listo: ellos colocaron el arco de Artemisa en el escritorio y, debajo de éste, otro arco.

Hecho esto los muchachos se colocaron en frente de ambos y se concentraron para poder ver la corona de descarga que poseía el arco de la diosa, de esa forma se supondría la cantidad de energía que emanaba esa arma, como todas las armas mentales de los dualistas, sin embargo había un pequeño detalle que se había olvidado Nahuel: el hecho de que las armas mentales tuvieran una corona de descarga más grande que las armas comunes y tuvieran una especie de energía especial que les permitía dañar a los seres energéticos, el tamaño de la corona de descarga no implicaba la cantidad de energía que podría llegar a tener un arma ya que había casos de armas que poseen coronas de descargas increíbles, pero no tenían mucha energía, aun así podían dañar a los seres energéticos pero era muy probable que se las tuviera que tratar de nuevo para obtener más energía ya que tienden a perder su propiedad de daño ante los seres energéticos rápidamente. Cuando los muchachos abrieron sus ojos después de concentrarse, se llevaron una gran sorpresa al ver que la corona del arco de Artemisa era inmenso, tanto que eclipsaba a la corona de descarga del otro arco y el arco mismo y atravesaba la pared que se encontraba cerca del escritorio, asimismo se dieron cuenta que el color de la corona de descarga era distinto al que estaban acostumbrados a ver, en vez de ser azul o celeste o en algunos casos, como en ciertas armas de fuego violeta, era un gris claro, acercándose al blanco. La corona se mantuvo un buen tiempo a la vista de los atónitos muchachos, mientras que de los bordes del arco se desprendían una especie de onda que recorría a una velocidad moderada y que se desvanecía a medida que se acercaba al final de la corona de descarga, y finalmente la corona comenzó a retroceder lentamente hasta desparecer, dándole a los jóvenes un buen e interesante dato: la corona de descarga del arco de la diosa se mantuvo mucho más tiempo que la del otro arco ya que cuando la corona dejó ver la otra arma vieron que la corona de descarga de la misma ya no estaba. Segundos después, un poco recuperados por su sorpresa, María, Alejandro y Silecio quería seguir tocando el arco ya que teniéndolo en sus manos se sentían más poderosos, como si tuvieran en sus manos el temible tridente de Poseidón o uno de los poderosos rayos de Zeus o el misterioso casco de Hades, no obstante Nahuel se lo arrebató las manos y, para excusarse, dijo la primera mentira que se le cruzó por la cabeza.

sábado, 15 de octubre de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XVI: Un día ajetreado en Esparta. (Parte final)






Rápidamente María y Artemisa comenzaron a disparar acertando todas sus flechas, pero sólo derribaron dos ya que las saetas que impactaron justo en el cuello mientras que los otros proyectiles rebotaban en la oscura armadura o en el escudo que portaban. Justo en el momento en que Silecio, Nahuel y Alejandro llegaron a la mesa para agarrar sus armas, el último tumbó la mesa para ellos pudieran recoger el armamento con tranquilidad usando el mueble tumbado como escudo frente a los ataque de los demonios si es que hacían alguno o para frenarles el avance para ganar un poco más de tiempo si los seres se dirigían directamente hacia ello. Pero por culpa de la mesa, los tres jóvenes no vieron algo que sorprendió en demasía a María, a Ares y a Artemisa por igual y que cambiaría un aspecto de la lucha, los contendientes: varias esferas de luz, de un metro de diámetro aproximadamente, aparecieron a ambos flancos del avance de los demonios chocando contra ellos causando que apenas éstos tocaran el suelo se desvanecieran entre sombras quedando dichas esferas en el lugar donde los seres oscuros desaparecían.

En menos de siete segundos las esferas acabaron con todos los demonios menos con uno que siguió avanzando hasta que escuchó a los suyos cayendo al suelo por lo que se detuvo y miró hacia atrás pudiendo observar la particular masacre que provocaban las esferas. Apenas descubrió que el único demonio que había quedado era él mismo, dirigió su mirada hacia todas las esferas al tiempo que bajaba su espada gruesa de hoja deteriorada para luego voltearse y mirar a los dioses y a María y, de pronto, una esfera de luz salió de la nada desde la izquierda del demonio que se materializó en un ángel que corría hacia el ser, vestido con la misma armadura que los ángeles que los muchachos se enfrentaron en las montañas de Meteora hace un tiempo atrás, que blandía una espada con la cual cortó la cabeza del ser oscuro, porque no poseía un casco, de un solo tajo causando que el cuerpo del demonio se desvanecería entre sombras y que la cabeza, después de rodar un poco se convirtiera en una gran esfera oscura que desapareció lentamente. Mientras el cuerpo material del demonio se convertía en nada, su verdugo, el ángel, que se había detenido su avance de golpe cuando su espada terminó de cortar la cabeza, giraba su arma con una sola mano en una demostración de destreza por unos segundos hasta que la detuvo con la hoja apuntando hacia arriba para después apoyar el lado plano de la hoja en uno de sus hombros para finalmente mirar a los dioses y a la humana.

sábado, 8 de octubre de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XVI: Un día ajetreado en Esparta. (Parte 3)






–Qui-Qui-Quiero saber algo, Nahuel… –dijo María saliendo de su perplejidad.
–¿Qué cosa? –contestó el muchacho.
–¿Por qué las ninfas debían hacer un voto de castidad para pertenecer al séquito de Artemisa?
–Porque la diosa así lo quería. Ella era virgen por lo que sus acompañantes también debían serlo. Si una de las ninfas perdía su virginidad, Artemisa se enfurecería y lo mínimo que podría hacerle era excluirla para siempre de su séquito, de allí pueden imaginarse cualquier cosa como castigo máximo.
–Pe-Pero… eso es… un poco estúpido como… como dijiste Nahuel. –admitió Alejandro.
–Lo sé. Es como hacer que una ninfómana no tenga relaciones sexuales de la noche a la mañana. Cuando uno menos se lo espere… ¡PUM!... estará en medio de una orgía. –secundó Nahuel.
–Je, je… ciertamente… –expresó Silecio.
–Creo que eso es suficiente. Si Ares aún sigue sin creer que usted sabe mucho sobre nosotros, es porque no quiere reconocerlo. –afirmó Artemisa llevándose una mano en su rostro para hacer un gesto como si se estuviera secando las lágrimas; obviamente los únicos que pudieron observar esto fueron Ares y Nahuel provocando que éste pensara si en realidad estaba llorando o quería contenerse y realizó ese gesto para que no se le vieran las lágrimas que se le escapaban.
–¡Me acaba de insultar! ¡Esto…! ¡Argh! ¡Tiene suerte de que estoy acompañado porque de lo contrario ya hubiera acabado con usted antes de que se diera cuenta! –bramó Ares muy iracundo.
–Perdón, Nahuel. Para mí es insuficiente… –comentó María logrando que Nahuel la mirara de mala manera.
–Cállate… –masculló el muchacho.
–Bueno, basta de charla. ¿Cuál es nuestro desafío? ¿O será únicamente para Nahuel? –interrogó Alejandro con total seguridad.
–¿A qué viene ese repentino cambio? –interpeló Silecio.
–Hasta hace poco te temblaban las piernas con sólo verlos… –declaró María.
–Bueno… entré en confianza con ellos… –se excusó Alejandro.
–Espero que no se te exceda esa confianza o de lo contrario acabaremos todos nosotros mal por tu  culpa. –advirtió Nahuel.
–¿Van a escuchar la respuesta de la pregunta que hizo el joven mortal o van a discutir de nuevo? –interrogó Artemisa.
–Eh… ¡ah! Vamos escuchar la respuesta. –contestó María.
–Pero díganla rápido o volveremos a discutir. –aseguró Nahuel.
–No se preocupe. Se las diré ahora –afirmó Ares–. Cuando llegué aquí con Artemisa ya sabía que desafío les impondría, pero momentos antes de revelarme frente a ustedes escuche una parte de la conversación que tuvieron antes de dirigirse a la arboleda y me di cuenta que no podía darles el desafío que pensaba.
–Muy bonito, escuchando conversaciones ajenas a escondidas. –declaró Nahuel.
–No nos culpe por eso. Además fue mejor que oyéramos esa conversación o de lo contrario Ares les impondría el desafío y hubiera sido casi imposible que lo cumplieran. –expresó Artemisa.
–Considérense que tuvieron suerte. –aseveró Ares.
–¿Pero por qué no puede imponernos el desafío que tenía pensado? –interpeló Silecio.
–Por una simple razón: son débiles. –respondió el dios de la guerra.
–En comparación con ustedes dos es cierto. Eso es una perogrullada. –comentó Nahuel.

sábado, 1 de octubre de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo XVI: Un día ajetreado en Esparta. (Parte 2)







Varios minutos de observar las ruinas de los cimientos de los edificios, de escaleras arruinadas por la vegetación, de bajos muros donde se podían apreciar algunos relieves un tanto desgastados por el paso del tiempo, los muchachos no encontraron nada, aunque sintieron que algo los observaba desde la arboleda cercana a las ruinas y, aunque miraran por casi un minuto hacia ese sector, no veían ninguna sombra moverse entre los árboles o algo similar por lo que continuaban buscando.
–No veo nada, no veo nada, no veo nada, no veo nada… –repitió Alejandro mientras caminaba por el centro de las ruinas.
–Deja de repetir eso o pensaré que tienes un problema mental. –aseveró Nahuel, que justo se cruzó con él.
–Pero es verdad, no veo nada. –aseguró Alejandro.
–¿Cuántas veces hemos pasado por esto y al final sí había algo? –preguntó Nahuel.
–Lo sé, pero me cansa que siempre suceda eso.
–A mí también, pero al parecer los dioses han decido jugar así.
–¿Es necesario que “jueguen” de ese modo?
–Apenas tenga la oportunidad de reunirme con todos, les preguntaré… tengo muchas preguntas que hacerles.
–Me lo imagino. Pero no preguntes cosas sobre la mitología.
–¿Por qué no?
–Porque estarías días hablando con ellos.
–Pero yo quiero saber y soy yo el que puedo hacer las preguntas.
–Si es que ellos te dejan hacerlas…
–Mmm… cierto. Creo que tendré que utilizar otros métodos para saber lo que quiero.
–Recuerda que no son humanos.
–No obstante algunos tienen el mismo intelecto que una persona promedio o menos.
–Bueno, muchachos, lamento decirles que no he visto nada –declaró Silecio acercándose a los muchachos desde el antiguo teatro de la ciudad en ruinas–. He buscado hasta debajo de algunas piedras pero nada, nada, nada.
–Supongo que eso de “he buscado hasta debajo de algunas piedras” es en sentido metafórico… –comentó Nahuel.
–¡Por supuesto, hombre! ¡No voy a levantar las piedras de algunas ruinas para saber si hay algún ángel o demonio o algún indicio de la presencia de una deidad! –exclamó Silecio.
–¡Ssshhh! ¡Baja la voz! Sólo quería saber. –afirmó Nahuel.
–Imagínate si los ángeles o los demonios se escondieran debajo de una piedra. Sería una locura. –aseguró Alejandro.
–De por sí es una locura que tomen cualquier forma para manifestarse frente a los humanos… más concretamente frente a nosotros que podemos verlos. –manifestó Nahuel.
–Sí… ya es complicado el hecho de que son entidades que nos pueden hacer el mismo daño si lo desean y no saber cuál es cuál se complica aún más.
–Al menos no nos amedrentamos por eso porque si pensáramos que es arriesgado averiguar cómo son, cuáles son sus comportamientos, cómo se desarrollan en combate, no existiría la U.D.I.P.
–Aún así tenemos miedo como las demás personas.
–Por supuesto, eso es innegable. Sin embargo eso no nos detiene. De lo contrario no estaríamos aquí buscando a Ares, o que ni siquiera hubiéramos partido de Argentina para localizar a los dioses antiguos.
–Los valientes también tienen miedo, pero avanzan. –comentó Silecio.
–Exactamente. –asintió Nahuel.
–¿Por qué tenemos ese maldito temor hacia lo desconocido? ¿No sería la vida un poco más sencilla? –preguntó Alejandro.
–Naturalmente, no obstante la vida no es sencilla. Por otra parte el Universo no quiero que sepamos ciertas cosas cuando reencarnamos aunque ya la sabemos siendo energía, sólo volveremos a saber de esas cosas cuando volvamos a ese estado. –respondió su primo.
–A mí me parece un poco injusto. –declaró Alejandro.
–Cuando mueras y vuelvas a un plano energético, quéjate con el Universo y procura que te escuche en medio de sus risas. –afirmó Nahuel causando que Silecio se riera.
–Creo que eso fue una burla, ¿no? –le dijo Alejandro a su primo.
–Ja, ja, ja… Un poco… Ja, ja, ja… –contestó el dualista griego– ¿Puedo decir otra cosa que no tiene relación con lo que estamos hablando?
–Sí, ¿qué cosa? –admitió Nahuel.