sábado, 30 de abril de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo IX: Búsqueda arriesgada. (Parte 2)







A la noche, mientras todos dormían, Nahuel trató de comunicarse con Atenea mientras estaba recostado en su cama. Para su suerte la diosa se le apareció cuando el joven estaba medio dormido; de inmediato el dualista le contó sobre el encuentro con Pan y, lo más importante, le explicó todo lo que había ocurrido en Tesalia con respecto a los presuntos centauros y quería saber, en primer lugar, si esas criaturas avistadas eran centauros en verdad a lo que la Olímpica respondió que en efecto eran centauros pero, sabiendo lo que el muchacho le diría, le recomendó que no fuera a buscarlos ya que ellos no serían para nada amables tanto con él como sus compañeros y que ella, ni Afrodita, ni Selene u otro dios le ayudarían en esa descabellada idea que el humano en su cabeza. Entonces Nahuel le rogó de mil formas que le ayudara un poco a para que ellos fueran hacia Tesalia para encontrar a los centauros hasta que, ya cansada de las súplicas algo ridículas, Atenea aceptó ayudarlo pero bajo ningún punto le haría daño a esos seres míticos; el joven aclaró que no quería que le causara daño a esos seres y le pidió que apenas terminara su conversación, se manifestara en algún lugar donde las criaturas están ubicadas para que los satélites la detectaran y así ellos irían a ese sitio al día siguiente. Atenea, algo asombrada por lo que el muchacho le pedía ya que pensaba que quería que amedrentara a los centauros para que los humanos no fueran heridos, aceptó; aun así le advirtió que tuviera mucho cuidado con esos seres y seguía aconsejándole que era mejor no molestarlos, sin embargo Nahuel le recordó que ella había provocado que su búsqueda se ampliara al tener que hallar las “herramientas” que le serían de ayuda mientras rastreaba a los dioses antiguos y que los centauros serían parte de dichas herramientas causando que la diosa desistiera de la idea de impedirle que fuera hacia Tesalia.

Viendo que el tozudo mortal no cambiaría de parecer le sugirió al muchacho que tanto él como sus compañeros que fueran armados, pero que ni se les ocurriera asir sus armas si en algún momento se hallaban rodeados por varios centauros ya que eso los enfurecería aún más y seguidamente le dijo que haría lo posible para hacer que los satélites la detectaran pero no le aseguró si lo haría en un lugar relativamente menos riesgoso o en uno de alto riego provocando que Nahuel pensará un poco aunque sabiendo que no que no hacer nada no era una opción tuvo que aceptar conociendo el riesgo que eso implicaba, sin embargo Atenea le aseguró que pensara un poco más sobre la decisión ya que le agregó algo que aumentaba el peligro: si iba hacia el sitio donde ella se manifestaría que no invocara tanto a ella como Afrodita si la situación se tornaba complicada. Nahuel volvió a aceptar aunque sabía que la Olímpica hablaba en serio sobre esa cuestión aparte de que eso significaba que ir a Tesalia sin la protección de un dios era una gran idiotez, pero en ese momento supo que todo eso era parte de algún desafío e intentó su rostro, su cuerpo o alguna expresión corporal delatara ese pensamiento porque no quería que Atenea se percatara de ello. Por suerte lo logró y apenas terminaron de hablar sobre ese asunto, la Olímpica le pidió al joven que hablara un poco más sobre Pan ya que no había dicho muy poco sobre ese encuentro.

Luego de que el dualista panuniversalista le contara con más detalle sobre el encuentro Atenea declaró que era natural que el semidiós no aceptara unirse a la coalición dado a que él no le gustaba pelear y siempre que podía rehuía de cualquier pelea en que estaba metido sea él el causante o no, acto seguido Nahuel le pidió si podía hablar con él para que se uniera a la alianza pese a que Pan sería inútil ya que los dioses tendrían que pelear contra los ángeles y los demonios tarde o temprano y un dios “miedica” era lo menos que quería en esa alianza ya que temía que los demás siguieran la misma actitud que Pan y no se animaran a pelear, no obstante Atenea le aseguró que los dioses no seguirán ese comportamiento, que si uno o varios no querían luchar sería por otras cuestiones asimismo le sugirió no presionar a Pan ya que él, en algún momento, querrá aliarse por voluntad propia, que solo es cuestión de tiempo a que el semidiós se animara a unirse sin sentir temor por las consecuencias o que pudiera controlar dicha sensación, a lo que Nahuel asintió sin protestar. Tras eso la diosa se despidió y se dirigió hacia algún lugar de Tesalia para manifestar, en ese momento el joven abrió sus ojos y rápidamente los cerró para caer en un sueño profundo.

martes, 26 de abril de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo Final (Parte final)






                 Etriel se alejó varios pasos de Labhras sin dejar de mirarlo. El ex-Guardián miró las armas por un rato y cuando junto valor agarró las empuñaduras, ocasionando que ambas emitieran su sensación característica. En ese momento Merlín alzó su mirada y la dirigió hacia las manos de Labhras. Comprendió que no faltaba mucho para que Labhras cumpliera con su destino. Dentro de poco vería al niño que vio creer y convertirse en un Guardián liquidándolo como lo dictaminó la profecía que quiso evitar hace más de veinte años.

                Labhras cerró sus ojos y estiró sus brazos hacia abajo, sosteniendo con firmeza las dos espadas. Inspiró y exhaló varias veces, sintiendo el poder de Thyrfing y de Excalibur. No oía la voz de la espada de la oscuridad y tampoco creía que era Arthur Pendragon. Todo parecía estar en armonía, como si se encontrara recostado bajo los manzanos en un día de verano mientras sopla una leve y fresca brisa sopla. En su mente repetía una y otra vez la “pregunta conjuro” (¿Cuánta verdad seré capaz de soportar?) para reunir más valor antes de chocar sus espadas. Etriel y Merlín esperaban con cierta expectación el momento culmine de la transfiguración de Labhras.

                Finalmente, el ex-Guardián abrió sus ojos e inclinó su cabeza hacia atrás para quedar mirando el techo.
                –¡¿Cuánta verdad seré capaz de soportar?! –exclamó con todas sus fuerzas y acto seguido movió sus espadas hacia arriba, estrellándolas justo delante de sus ojos.

                El sonido que produjeron las armas al entrar el contacto reverberó como si lo hubieran hecho en medio de las montañas, manteniendo dicho sonido por más tiempo de lo normal, mientras que una intensa luz blanca se formó del punto de unión de las espadas, iluminando todo el lugar. Asimismo la hoja de Thyrfing emitía una tenue luz violácea y la hoja de Excalibur una tenue luz azulada. Etriel y Merlín se cubrieron los ojos porque la luz era tan intensa que los cegaba, mas no Labhras, quien podía observar cómo las puntas de las armas que sostenía se iban fundiendo hasta formar una punta única y a los pocos segundos vio como poco a poco se iban integrando las hojas.

                De repente, Labhras comenzó a recibir imágenes de todo tipo. Sus recuerdos, los recuerdos del pasado de sus padres, de Merlín, de las Reinas-Hadas, de Etriel, de Bastugitas, de Alator, de Nículdar, de Laramith, de Blísimur, de todos sus compañeros y amigos, de Styrmir, de Xiao chen, de los vikingos, de los amigos y familiares de Xiao chen, de todo el mundo. Seguidamente escuchó todo lo que ocurría en las imágenes, algunas eran agradables y otras eran horribles porque eran gritos de discusiones, gritos de dolor, gritos de muerte y llantos desgarradores. Asimismo experimentaba todos los sentimientos al mismo tiempo: júbilo, amor, sorpresa, esperanza, espanto, tristeza, odio, rabia, etcétera.

                Al cabo de un rato recibió imágenes de lugares y personas de otros tiempos y de otras realidades. Se asustó porque no sabía lo que veía y lo que sucedía. Vio grandes bestias, parecidos a reptiles moverse por un planeta donde la civilización no había nacido; las primeras civilizaciones asentadas en lugares muy dispares; las grandes edificaciones de dichas civilizaciones y su decadencia; los grandes logros de esos pueblos y las guerras, las plagas y las enfermedades que llevaron a su fin; el surgimiento de nuevas y su caída. Cuando menos se lo esperó fue testigo de un momento donde las civilizaciones se parecían a la época donde vivía.

sábado, 23 de abril de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo IX: Búsqueda arriesgada. (Parte 1)







El verano había llegado al hemisferio norte y con él, su calor. En esa época del año Atenas tenía un olor distinto, muy agradable, causado quizás por los rayos del sol que calentaban las aguas del Mediterráneo y el viento empujaba se vapor invisible hacia las costas de la ciudad o quizás por el dulce aroma que emanaban ciertos árboles mientras transpiraban sus hojas, fuera cual fuere la causa los dualistas argentinos podían percibirlo en el aire por lo que en el primer día de la estación supieron que el calor había llegado sin recordar que era 21 de junio, no obstante por estar acostumbrados al verano de las sierras cordobesas, comenzaron a sentirse mal ya que el verano griego era distinto y sus cuerpos manifestaron esa diferencia, primero como una simple alergia provocando que los muchachos estornudaran constantemente y que sus glándulas secretoras de moco generaran más mucosidad de lo normal para luego derivar en mareos, fatiga, falta de desconcentración y algo de fiebre lo que llevó a Silecio a pesar que sus compañeros manifestaban un cuadro gripal pese a que ellos decían que se les pasaría puesto a que afirmaban que sólo tenían una gripe. Sin embargo y en contra su voluntad, el dualista griego los mandó a Enfermería General donde los médicos confirmaron el cuadro gripal por lo que los tres dualistas argentinos tuvieron que guardar reposo por unos días hasta que los síntomas disminuyeran. Pero al día siguiente los jóvenes se levantaron de sus camas completamente renovados logrando que Silecio les reprochara su actitud e incluso trató de obligarlos a que guardaran reposo porque pensaba que ese bienestar era algo pasajero pero todo fue en vano puesto a que Nahuel, María y Alejandro se negaban rotundamente y cuando estaban hartos de la insistencia de su par griego lo amenazaban con lanzarle sus ataques elementales suscitando que Silecio no los molestara más con ese asunto.

Un par de días después, un grupo de dualistas griegos estaban conmocionados por una noticia que circulaba por los medios de comunicación: lugareños de las regiones montañosas de la periferia de Tesalia afirmaban haber visto, supuestamente, criaturas semi-humanas muy similares a los centauros merodear los valles en grupos de no más de cuatro criaturas. Además los medios gráficos mostraban las recreaciones que habían hecho de las criaturas según el relato de los testigos y eran idénticas a los centauros, aunque también algunos dibujos mostraban a unas centáurides, mientas que los medios radiales repetían cada descripción según los testimonios que la policía había recogido de las personas que avistaron a los seres. Todo eso había causado cierta emoción a los dualistas que escuchaban esas noticias puesto a que aquellas criaturas míticas que creían que formaban parte del inconsciente colectivo de la antigua sociedad griega ahora existían y estaban convencido de ello puesto a que los testigos eran muchos y de diferentes localidades por lo que era muy difícil creer que todo eso se tratara de una falacia, más aun sabiendo que casi todos los testigos se presentaban ante las cámaras de televisión o en los diarios o aparecían en las radios para contar sus avistamientos. Silecio, una vez que uno de sus compatriotas le había comentado sobre el asunto, quedó intranquilo puesto a que esas noticias se estaban propagando por todo el Templo y temía que tanto dualistas como personas ajenas al Dualismo Panuniversalista interfirieran si él y los dualistas argentinos investigarían sobre el asunto, y de inmediato les contó lo que estaba sucediendo a María, Nahuel y Alejandro.

Tras saber lo que ocurría, los cuatros dualistas no sabían qué hacer, querían investigar sobre el asunto, pero con toda la excesiva cobertura mediática y la enorme cantidad de curiosos que habría sobre esos sitios les sería imposible hacerlo de incógnito, a eso había que sumar que no podían indagar sobre el asunto si no había alguna actividad energética extraña ya que si lo hacían, los Hijos del Universo sospecharían por una obvia razón, qué importancia tenía unos cuantos centauros para ellos, eso debería y debe encargarse los agentes de la U.D.I.P. porque esas personas eran las indicadas para investigar esos asuntos. La única alternativa que tenían era esperar a que las aguas se calmaran y que los supuestos centauros fueran más discretos para que no sean más vistos por nadie, cuando todo eso ocurriera ellos podrían crear una buena excusa para ir a investigar con un poco de ayuda de Atenea o de Afrodita o de Selene para que crearan una actividad energética de modo que tuvieran la excusa perfecta para dirigirse a esa periferia sin levantar sospechas.

martes, 19 de abril de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo Final (Parte 1)






Labhras entró al Gran Salón como alma que lleva el diablo. A metros de ingresar al patio de armas sintió que Xiao chen no respiraba. Se detuvo y comprobó que la mujer apenas respiraba, además de que sus ojos estaban cerrados. Comenzó a correr como un demente y en tres ocasiones estuvo a punto de caerse en la escalinata que conducía hacia la entrada principal de la torre del homenaje.

                Etriel y sus aprendices, al igual que Merlín y las Reinas-Hadas, miraron hacia la entrada y pronto vieron a Labhras acercarse con la mujer en sus brazos. El ex-Guardián se detuvo a metros de Etriel y recostó con delicadeza a Xiao chen.
                –¡Rápido! ¡Atiéndanla antes de que muera! –exclamó Labhras casi con desesperación.
                –Labhras, ella ya está muerta. –dijo Etriel con seriedad.
                –¡Aún no! ¡Usted o alguno de sus aprendices atiéndanla ahora!
                –Será en vano…
                –¡He dicho que aún no!

                Dimila sentía como la angustia iba surgiendo en Labhras. También percibía que Xiao chen todavía estaba viva pero dentro unos segundos su vida se extinguiría como la llama de una vela que se consumió casi por completo. Sin pensarlo dos veces se acercó a Xiao chen y puso sus dos manos en la herida de la mujer. A los pocos segundos sus manos se iluminaron de verde por unos instantes y poco a poco la herida se iba cerrando. Al cabo de un rato Xiao chen no tenía ninguna herida, solo su sangre seca donde se hallaba la misma.

                Labhras quedó sorprendido por lo que había visto y aunque quería agradecérselo a Dimila no sabía cómo expresarlo.
                –Escapó de la muerte, pero tardará en recuperarse. –informó la Druida.
                –Muchas gracias, Dimila. –contestó Labhras mirándola a donde creía que estaban los ojos de la Druida puesto a que ella tenía su rostro cubierto. Sin embargo, acertó sin saberlo y Dimila se ruborizó un poco.
                –Haré que se recupere lo más rápido que pueda, pero no puedo garantizar nada…
                –Con salvarla de la muerte ha hecho suficiente.
                –Fue un placer, Gran se…, eh, Labhras…
               
                Tras eso el ex-Guardían se irguió y notó que Etriel miraba con furia a Dimila. No obstante, Labhras lo miró de mala manera y el Druida, sintiendo que el caballero le estaba regañando con su mirada dejó de observar a Dimila. Después de eso, miró a los soberanos de Ávalon.

                Tanto Merlín, como Nimue, Cairenn, Eleaine, Morgause, Sheila, Ethel y Sinéad, estaban arrodillados de la misma forma que los vio por última vez. Lois estaba sentada en su trono, pero parecía que estaba recostada en el mismo, mientras tres Druidas la rodeaban con sus manos extendidas hacia ella. Su piel se encontraba pálida, aunque mejor que la última vez que la vio, gran parte de su vestido estaba ensangrentado y movía su cabeza con lentitud hacia todas partes con sus ojos desorbitados, demostrando dificultad para respirar.

sábado, 16 de abril de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo VIII: Desafío en el mar Mediterráneo. (Parte final)







Apenas la cortina de agua descendió los muchachos pudieron ver un monstruo que tenía el torso y los brazos de una mujer, una especie de cola de pez ya que los jóvenes no podían ver qué había debajo del agua, en la cintura poseía de seis perros de raza indefinida que tenían dos patas cada uno, todos ellos gruñendo y mostrando un expresión amenazadoras en sus rostros. En vez de tener una cabeza y cuello humano poseía seis cuellos largos y serpentinos, cada uno tenía una cabeza extraña, tres de ellas eran una mezcla de cabeza de perro con orejas pequeñas y una especie de hocico similar a las fauces de una serpiente mientras que las otras tres eran una suerte de cabeza de pez, de esos que habitan en las religiones más abisales del planeta. Todas las fauces mostraban hileras de largos, afilados y amarillentos dientes, y todas las cabezas emitían gruñidos similares a los de un perro furioso que, cada tanto, eran más fuertes que las de los perros de las cinturas. Pese a su tamaño, a los amenazantes canes y a las horrendas caras dientes, María, Nahuel y Alejandro se reían por lo grotesco que era la Escila, mientras que Silecio miraba al monstruo sumamente aterrado.
–¡E-E-Es la Escila! –vociferó el dualista griego totalmente invadido por el miedo.
–¡¿Qué esperas?! ¡Ve abajo y tráenos armas! –le gritó su primo dejando de reír.
–¡Sí… sí! –asintió Silecio y de inmediato regresó hacia la sala de las armas. Acto seguido Alejandro regresó hacia donde estaban sus compañeros que terminaban de reírse de la criatura.
–¿Por qué no ataca? –le preguntó Alejandro a Nahuel.
–No lo sé… quizá espera que su ridícula forma nos dé tanta risa hasta que nos acalambremos y no podamos pelear. –opinó el muchacho.
–Aún así presiento que no es nada bueno que nos esté mirando… –declaró María.
–Yo opinó que la criatura los está analizando. –admitió Argo.
–Pues mientras estemos parados mucho no tendrá para analizar… –comentó Nahuel.
–Esperemos entonces a que Silecio traiga algún arma arrojadiza para comenzar la lucha. –propuso Alejandro.
–¿Estás seguro que atacar primero nos conviene? –cuestionó María–. Por otro lado no necesitamos las armas para atacarla, podemos utilizar nuestros ataques elementales.
–Lo único que sabemos es que hay que luchar, es ella o nosotros… Hay que pelear sí o sí, no hay otra opción. –aseveró Nahuel.
–¡Aquí están las armas, chicos! –gritó Silecio subiendo a toda máquina las escaleras con un montón de espadas y lanzas en sus brazos, pero antes de terminar de subirlas se tropezó con el último escalón causando que se cayera al suelo desparramando todas las armas por la cubierta. En ese instante las cabezas de la Escila miraron al dualista griego y al ver las armas lanzaron un estruendoso aullido de perro para luego sumergirse.
–Parece que la han enojado. –afirmó Argo.
–¡Maldición! ¡Va a atacar! –expresó Alejandro.
–¡Y todo por culpa de la torpeza de Silecio! –agregó María.
–¿Ahora que hice? Me tropecé. No veía por donde caminaba por culpa de la cantidad de armas que llevaba. –se excusó Silecio y de pronto el barco se estremeció.
–¡¿Qué fue eso?! –preguntó María asustada.

martes, 12 de abril de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo XV (Parte final)






El Guardián Jefe corría con desventaja. Una profecía anunciaba la destrucción de Ávalon. El destino ya estaba marcado. Cualquiera en su lugar se hubiera rendido ante Labhras apenas su ejército desembarcó en la isla, mas unas palabras le animaban a seguir: “el destino aún no está escrito”. Esas palabras se las dijo Sir Bartholomew la noche anterior. Labhras aún no había destruido a Merlín y a las Reinas-Hadas; si existía alguna posibilidad de vencerlo esta confrontación era el momento para que se manifestara dicha posibilidad. Viendo que ninguno de los dos podía herir al otro, quizá en algún momento Labhras se descuidaría y sería lo último que haría.

Varios minutos después, ambos estaban exhaustos. Se detuvieron y tomaron un respiro a casi diez metros de distancia para que si alguno intentaba atacar el otro tendría tiempo suficiente para defenderse. Lo hicieron como un acuerdo tácito. Ninguno quería hablar con el otro.

–De esta forma no llegaremos a ninguna parte… caeremos rendidos al suelo y nadie podrá matarnos… –dijo Labhras respirando con la boca.
–Lo mismo digo… –asintió Wiliam también respirando por la boca. Ninguno de los dos bajaba la guardia.
–Si queremos que esto termine, realmente hay que… hacerlo de una manera que un error… sea el final de alguno de nosotros.
–¿Y cómo pretendes… conseguir eso?
–Así… –Labhras clavó sus espadas en el suelo y a continuación se quitó el yelmo para lanzarlo hacia un lado. Acto seguido empezó a retirarse los guanteletes, los brazales, las coderas, los guardabrazos y las hombreras delante de un atónito William.
–¡¿Qué haces?! –preguntó el Guardián Jefe perplejo.
–Si quieres tener un combate en igualdad de condiciones, tendrás que desprenderte de todo lo que te proteja de la cintura hacia arriba. –contestó Lahbras mientras se disponía a quitarse el peto y el espaldar.
–¡¿Pero por qué?!
–Si seguimos luchando de esta manera jamás saldrá un vencedor. Vamos a aumentar la apuesta: sin protección de la cintura hacia arriba. Haremos que un ataque se mortal y así terminaremos con esto. ¿Qué esperas?

William tenía sus reservas, pero Labhras tenía razón. Raudamente comenzó a quitarse todo lo que lo protegiera desde la cintura hacia arriba. Mientras lo hacía, notaba que la herida que le había provocado a Labhras no sangraba más o parecía no hacerlo; le llamó bastante la atención este detalle, pero temiendo a que su oponente lo atacara por demorarse demasiado, dejo de mirar el sector ensangrentado de la camisa de Labhras.

sábado, 9 de abril de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo VIII: Desafío en el mar Mediterráneo. (Parte 2)






En ese momento sus compañeros regresaban hacia donde estaban antes de que ocurriera el primer temblor y cuando se dirigieron hacia donde se encontraba Nahuel, éste dio un grito de sorpresa que paralizó a sus compañeros que no sabían el porqué del grito ya que ellos no veían nada, mas su amigo sí: del área del mar que emitía burbujas emergió el torso de un  hombre desnudo cuyos brazos y cabeza estaban levantados, mirando hacia el cielo llevando en una de sus manos un gran tridente, cuyos dientes eran dorados, para cuando el cuerpo de ese gigante quedó expuesto hasta la cintura apoyó uno de sus brazos cerca en el precipicio haciendo que Nahuel retrocediera unos cuantos metros mientras que el otro lo mantuvo extendido sosteniendo con firmeza el atemorizante tridente, el joven pudo ver que ese gigante tenía cabello y barbas muy largas de color blanco, una corona similar a una condal aunque con más puntas cuyo cerco estaba hecho de corales y las puntas eran peces, en apariencia vivos, que se movían un poco pero manteniéndose lo más recto posible, además tenía unos ojos muy claros que observaban detenidamente al muchacho provocando que el dualista se asustara un poco y una expresión seria que acrecentaba el temor del humano.

Si bien Nahuel sabía que era el dios Poseidón, no se atrevía a decirle algo a causa de su temor.
–¿Qué ocurre, Nahuel? ¿Acaso es el dios? –preguntó Silecio sin moverse de su posición al igual que Alejandro y María.
–¡Silencio! –exclamó el dios con un tono muy severo.
–Ellos… no… no pueden… oírle… –aseguró Nahuel titubeando.
–¡¿Qué?! ¡¿Eso es verdad?! –cuestionó Poseidón a los gritos.
–Creo que… sabe que no le estoy… mintiendo. –admitió el joven.
–Mmm… Así que Atenea tenía razón…
–¿Atenea? ¿Te contó sobre…?
–Sí, sobre tú y tu idea de la coalición de deidades. Y déjame decirte que yo no pienso participar en ella.
–¿Qué? ¿Pero por qué?
–¿Por qué dices? ¡Tus amigos no son capaces de verme a mí ni a los míos! ¡Se me hace pensar que los estás utilizando para adquirir nuestros poderes para tu beneficio personal!
–¡¿Pero qué carajo…?! ¡¿Otra vez con esa mierda?! ¡Estoy seguro que formabas parte del grupo de dioses que desconfiaban de nosotros!
–¿Cómo sabes de esa reunión? –preguntó el dios haciendo que Nahuel se llevara una mano a la boca porque se dio cuenta que había metido la pata.
–Pues… lo… lo… lo intuí –se excusó el joven–. Supuse que alguno de ustedes sabrían de unos humanos los estaban buscando y decidieron reunirse para saber qué hacer al respecto.
–¡Mientes! –exclamó Poseidón golpeando el promontorio con su mano del brazo que estaba apoyado en la prominencia provocando un temblor un poco más fuerte que el primero.
–¡No hagas enojar al dios, Nahuel! –regañó Silecio asustado al igual que le resto de sus compañaeros.
–¡Silencio! –gritó Poseidón.
–Le dije que ellos no pueden escucharlo. –reafirmó Nahuel.
–¡Entonces diles que se callen! –vociferó el dios y el joven se dio media vuelta.
–Por su bien, manténganse callados porque sino Poseidón va a seguir haciendo terremotos. –les dijo Nahuel a sus amigos.
–De acuerdo no diremos nada y haremos que Silecio mantenga su boca cerrada. –aseguró Alejandro.

martes, 5 de abril de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo XV (Parte 2)






                   Sorpresivamente, Feliph dio media vuelta y bloqueó el arma de su atacante con su lanza. Furioso por su lanceada mortal frustrada, volvió a arremeter como un demente, lanzando muchas lanceadas, varias de ellas sin siquiera dar en el blanco, empero, el Dragwolf bloqueaba todos los ataques con su arma sin problemas, aunque con el correr del tiempo el cansancio hacía mella en sus reflejos y si no hacía algo pronto o no ocurría algo que lo salvara de esa situación el Guardián lo lancearía.

                Inesperadamente contraatacó, aunque sabía que su lanza no llegaría ni siquiera a rozar a su enemigo, pero para su sorpresa Damon retrocedió varios pasos porque creyó que el arma enemiga iba a tocarlo. No obstante, en el último paso trastabilló, produciendo que retrocediera varios pasos más de forma descontrolada. Esto le dio el tiempo suficiente a Feliph para erguirse y a los pocos segundos ambos volvían a combatir en condiciones normales.

                No pasó mucho hasta que ambos se sintieran tan fatigados que les costaba sostener sus lanzas. Los dos querían seguir luchando, el cansancio solamente podría detenerlos cuando la muerte reclamara sus almas. Sir Damon se enfureció tanto por no haber podido liquidar a su adversario que se abalanzó sobre él mientras emitía un grito de furia. Feliph lo esquivó moviéndose hacia un lado y cuando le pasó al lado puso uno de sus pies para que el caballero cayera de bruces al suelo.

                Damon sintió un gran dolor en el pecho, como si se hubiera estrellado contra una roca, pero de inmediato giró hacia su derecha. La lanza de Feliph lo rozó y se quedó clavada en el suelo, oyéndose un extraño ruido. Cuando se detuvo, Damon vio a su enemigo y cuando bajó su murada para observar su arma descubrió algo que lo sorprendió. Él había caído sobre una lápida caída y que estaba escondida por el pasto; aparentemente el agua de las lluvias mojó la tierra y el peso de la lápida hizo que poco a poco fuera hundiéndose mientras que la vegetación la cubría. A simple vista parecía un montículo de tierra, por lo que esa lápida marcaba una tumba muy antigua.

                La lápida le provocó el dolor en el pecho cuando cayó y también que la hoja de la lanza del Dragwolf se quedara atorada de tal manera que su portador no podía retirarla por más fuerza que hiciera. Damon sabía que no podía desperdiciar la oportunidad que se le estaba presentando ante sus ojos.

sábado, 2 de abril de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo VIII: Desafío en el mar Mediterráneo. (Parte 1)






Luego de contarle a Serrano sobre la búsqueda de los dioses antiguos, de hacerle el “juramento máximo” para que no digiera nada a nadie y de un viaje de dos días, los muchachos regresaron a Atenas justo al anochecer. Estaban tan cansados por los viajes que decidieron descansar todo el día siguiente y reanudar con lo suyo al día posterior, por lo que en ese día libre hicieron varias cosas para desconectarse un poco de la búsqueda de los dioses antiguos como jugar algún videojuego, hacer algún deporte, escuchar la música autóctona, aprender algunas frases nuevas en griego, entre otras cosas, no obstante Nahuel no podía sacar de su cabeza el favor que le había pedido Océano: buscar a Poseidón y preguntarle si le permitía el ingreso del Titán a las aguas del Mediterráneo. Para el joven, eso le supondría una complicación, no sabía por dónde comenzar a buscar.

Poseidón, al ser patrono de varias ciudades, al ser el dios de los mares y siendo el mar uno de los medios más importantes para el comercio causando que los griegos fueran muy dependientes de éste medio, era una de las deidades más importantes del panteón griego. Los antiguos helenos sabían que el dios en su faceta benigna era muy apacible y lograba que los mares estuvieran en calma y creaba nuevas islas, pero cuando se le ignoraba o se lo enojaba, su faceta maligna y colérica no tenía par, hundía su tridente en el suelo causando terremotos, maremotos, hundimientos y naufragios y causaba que los manantiales se agitaran de tal manera que las personas se asustaran, por ello las personas, sobre todo los marineros, debían adorarlo cada vez que podían, como lo hacían con el resto de las deidades, el sacrificio más usual era ahogar bellos caballos en las aguas para apaciguar al dios y asegurarse de que tendrían un viaje seguro ya que había una estrecha relación entre la deidad con los caballos y por ello tenía como epíteto, entre otros, Poseidón Hipio.

Con todo eso, Nahuel sabía que habría muchos templos consagrados al dios haciendo su búsqueda más complicada, sin embargo el muchacho quería a Océano de su lado al igual que Poseidón e intuía que si hallaba al dios en cuestión podría preguntarle por el paradero de Ponto, el dios pre-olímpico del mar hijo de Gea, que en los mitos casi ni aparece. Por la tarde, Nahuel revisó toda la información que poseía sobre la deidad y creó una lista sobre los lugares más posibles donde podría manifestarse, para cuando terminó descubrió que Atenas era uno de esos sitios y era más que obvio ya que, gracias al mito fundacional de Atenas, quedó como segunda deidad de importancia de la ciudad luego de Atenea. Como eran varios lugares, Nahuel no tuvo más opción que esperar a que se desarrollara alguna actividad energética extraña en o cerca de esos sitios para así poder hablar con el dios.