sábado, 27 de febrero de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo VI: Una pequeña búsqueda fructífera. (Parte 1)




Silecio corrió como un loco cuando se enteró de que los Hijos del Universo griegos habían recibido una explicación, por parte de los Hijos del Universo argentinos, sobre la extendida permanencia en el Templo de Nahuel, Alejandro y María, por lo que se apresuró lo más rápido que pudo para contárselo a los tres Caballeros argentinos. Una vez que los encontró les comentó la aclaración que los Sabios Maestros griegos recibieron: ellos tres pertenecían una especie de prueba para crear una fuerza militar dualista investigadora especial con el fin de que un pequeño grupo pudiera averiguar que tramaban los ángeles y los demonios cuando se manifestaban en un punto determinado del globo sin entablar combate y, por una recomendación de la U.D.I.P., decidieron ponerlos a prueba en Grecia para determinar que eran esos puntos extraños de actividad energética de origen desconocido que aparecieron en el país porque temían que se tratara de algo completamente nuevo y, como ellos supuestamente tuvieron cierto éxito en algunas misiones en Argentina, intuyeron que podrían ser útiles para la tarea; en el caso de que cumplieran con resultados satisfactorios la “prueba” tanto los Hijos del Universo argentinos como la cúpula de la U.D.I.P. harían un proyecto para la creación de varios grupos de éstos para futuras tareas de reconocimiento en sitios con actividad energética de índole peligroso antes de enviar un grupo militar a la escena. Por ello María, Alejandro y Nahuel debían quedarse en el Templo Dualista Panuniversalista de Atenas todo el tiempo que sea necesario hasta una nueva orden y que no se debía revelar el verdadero motivo del viaje de los tres argentinos puesto a que no deseaban que el resto de los dualistas se enteraran de ésta nueva idea con el fin de no crear ningún revuelo tras lo acontecido a nivel mundial con los ángeles y demonios hace unos meses atrás, asimismo nadie debía interferir cuando ellos actuaran a no ser que pidieran ayuda debido a que su accionar era, por el momento, de índole secreta hasta nuevo aviso. 

Pese a que los tres Caballeros pensaron que esa excusa era la menos creíble puesto a que ellos aún no habían ido hacia los lugares donde se había desarrollado una de esas actividades energéticas como en los últimos lugares donde ocurrió como Olimpia, Dodona y Esparta, sin embargo tuvieron en cuenta que, por lo ocurrido cerca de Lerna con la Hidra, que fue detectada momentáneamente por los Ojos del Demiurgo, es probable que éstos satélites detectaran a futuro otras actividades de origen desconocido y así se aseguraban su estadía en el Templo, por otro lado eso los dejaría expuesto porque alguien con mucha sagacidad podría darse cuenta de lo que estaban haciendo y empezaría a investigarlos en secreto y el verdadero motivo de su viaje sería revelado, no obstante y tras pensarlo bien, los cuatro dualistas notaron que la excusa podría servir y cómo Silecio les aseguró que los Hijos del Universo griegos los cubrirían cuando aparecieran dudas sobre su permanencia prolongada en el Templo se sintieron aliviados por lo que continuaron con su rutina mientras que Nahuel y Silecio analizaban su próximo destino.

A los pocos días del enfrentamiento con la Hidra, Nahuel intentó entrenar a la Hidra  como lo estaba haciendo con el Minotauro, pero al darse cuenta de que la S.E.N. que utilizaban para entrenar, un gran gimnasio, no poseía la altura suficiente como para que el monstruo pudiera desplazarse con comodidad, supo que sería una empresa imposible entrenar al monstruo porque no podría materializarla allí mismo dado que estaría apretada entre el suelo y el techo del lugar, aparte de que ocultar una criatura de gran tamaño en esa sala era lo mismo que esconder un elefante detrás de una palmera, además de que no podía materializarla en el patio del edificio, en el estacionamiento o en el predio que había detrás del Templo puesto a que media Atenas la vería y causaría gran conmoción.

martes, 23 de febrero de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo XII (Parte 2)





A todo esto, sir Walter se encontraba en una situación bastante peligrosa. Combatía contra tres Dragwolf gigantes, uno que blandía una espada, otro un garrote y el último un hacha. Los tres atacaban al mismo tiempo, ocasionando que el caballero se esforzara al máximo para esquivar o bloquear las arremetidas. Había recibido varios golpes de garrotes que le provocaron varios dolores en varias partes de su cuerpo, hachazos que cortaron su armadura como si fuera un papel aunque no logaron penetrar la cota de malla y estocadas que le ocasionaron algunas heridas leves y moderadas. Sin embargo, Walter luchaba contra un cuarto e invisible enemigo: el cansancio.

Walter era fuerte, pero el hecho de tener que moverse mucho, soportar el peso de su armadura y controlar la gran arma que asía aplicando bastante fuerza hizo que se fatigara bastante. No obstante, no se iba a rendir fácilmente y liquidaría a sus tres enemigos aunque al final cayera muerto al suelo.

Cuando menos se lo esperó le cortó la pierna derecha al Dragwolf que blandía el garrote. La sangre empezó a salir del muñón a chorros, al tiempo que el Dragwolf lanzaba un fuerte alarido de dolor mientras daba saltitos con su otra pierna. Todavía no quedó fuerza de combate, pero tardaría tiempo en regresar a la lucha y tal vez sería demasiado tarde para continuar.

No obstante, Walter recibió un hachazo tan fuerte en su espalda que cayó al suelo sin recibir ninguna herida gracias en la cota de malla y después de un par de segundos giró hacia su izquierda instintivamente, esquivando la espada que iba a ser clavada en su espalda. El Dragwolf aplicó tanta fuera a su arma que se hundió varios centímetros en el suelo y no podía retirarla posteriormente. El Guardián trató de erguirse pero tuvo que luchar estando de espaldas en el suelo contra el Dragwolf que asía el hacha.

No tardó mucho tiempo para descubrir que debía moverse rápido o de lo contrario su enemigo lo liquidaría en cualquier momento o bien los demás podrían hacerlo aunque al que le cercenó la pierna seguía quejándose de dolor y dando brincos mientras que el otro no podía todavía retirar su espada del suelo. Sin embargo todo podía cambiar en el transcurso de la batalla.

Luego de bloquear el hacha de su enemigo, Walter hizo un rápido y hábil movimiento y enterró su hacha en la pierna izquierda, sin llegar a cortársela. El Dragwolf lanzó un fuerte grito de dolor y retrocedió tambaleándose porque cuando hacía un paso con su pierna herida no podía afirmarse bien. El Guardián finalmente pudo erguirse y se dirigió hacia el Dragwolf que asía el garrote, el mismo que le cercenó la pierna.

Raudamente entabló batalla, pero al cabo de un rato comprobó que saldría victorioso porque su contrincante estaba pálido debido a la gran cantidad de sangre que perdió por su herida y no reaccionaba tan rápido como antes de que le cercenara la pierna. Después de un rato, hundió su hacha en el pecho del Dragwolf y cuando la retiró cayó de espalda al suelo agonizando por un rato antes de exhalar su último aliento.

Inesperadamente el Dragwolf hachero hundió su hacha en el hombro derecho del Walter, el arma penetró la armadura y la cota de malla, cortando los músculos del hombro y quebrando la clavícula. El caballero sintió el dolor más intenso de su vida y su grito lo demostraba. Se asustó cuando dejó de sentir el brazo derecho y raudamente agarró con su mano izquierda su hacha con firmeza.

Al sentir que su enemigo retiró su arma de su hombro se alejó todo lo que pudo y se preparó para seguir luchando, aunque ahora no podría usar su mano hábil porque ya no la sentía. Comprendió que a partir de ese momento la batalla se volvería muy difícil porque el arma le pesaba el doble que antes.

sábado, 20 de febrero de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo V: Recreando un heroico combate. (Parte final)





Desde allí apareció un cangrejo azul, uno de los típicos cangrejos del mar Mediterráneo desplazándose velozmente hacia ellos. El tamaño de estos crustáceos suele ser de veintidós a veintitrés centímetros, pero el que veían los dualistas quintuplicaba el tamaño además sus grandes pinzas se abrían y cerraban continuamente orinando un sonido similar a unas castañuelas pero más sordo; una vez que estuvo a unos treinta metros de los muchachos se detuvo y apuntó sus pinzas hacia ellos abriéndolas y cerrándolas como venía haciéndolo.
–¡Maldita sea! ¡No eres mencionado en versiones posteriores del mito y justo hoy se te ocurre aparecer, Carcinos! –le gritó Nahuel al gigantesco crustáceo.
–¡¿Qué?! ¡¿Sabes qué es esa cosa?! –preguntó María completamente perpleja.
–¡¿No me digas que no se lo mencionaste?! –replicó Silecio.
–Sé quién es… es Carcinos, un cangrejo gigante que habitaba en el lago de Lerna junto con la Hidra. –contestó Nahuel.
–¡¿Y por qué no dijiste nada sobre él?! –cuestionó Alejandro.
–Porque su papel en el mito del segundo trabajo de Heracles es completamente secundario y no se mencionan en las versiones que llegaron a la actualidad. En una versión del mito, por orden de la diosa Hera tenía que atacar a los pies de Heracles para que le dificultara su trabajo de aniquilar a la Hidra, pero el héroe terminó aplastándolo, eso es todo lo que se sabe del cangrejo. No se los mencione para no agobiarlos con el estudio de la mitología, además, ya se habrán dado cuenta que la presencia de él o no es muy relevante, sobre todo por la forma en que murió. –respondió Nahuel.
–Ah, entonces no nos enseñabas todo sobre mitología… –admitió María.
–Si tuviera que hacerlo, me volvería loco porque es mucho. Incluso yo me olvido de algunos detalles por la cantidad de información que hay, no sólo de la mitología griega también de otras. No nada fácil acordarse de todos los mitos y sus variaciones –confesó Nahuel–. Y después ustedes se quejan que los hago estudiar mucho.
–Viéndolo de esa manera me doy cuenta que me quejé sin saber que hay mucho más sobre mitología que lo que tú nos cuentas… –expresó Alejandro a modo de disculpas.
–Sí, me siento un poco culpable por ser algo vaga… –añadió María.
–Ya habrá tiempo para las disculpas, ahora tenemos que pensar la forma de acabar con el monstruo “heptacéfalo” y el crustáceo gigante. –aseveró Nahuel.
–¿Y qué hacemos? Estamos completamente rodeados. La única forma de acabar con ellos es atacándolos desde arriba. –cuestionó Silecio ocasionando que Nahuel pensara en algo.
–Esperen un momento… –dijo Nahuel y rápidamente se tiró al suelo, seguidamente se arrastró cuerpo a tierra hasta llegar al borde de la roca, donde estaba Silecio, y se acomodó para observar hacia la cueva sin que la Hidra se diera cuenta que él había asomado un poco su cabeza. El joven comprobó que la saliente de la entrada de la cueva se podía subir y, dado a que unos pocos metros se hallaba el monstruo se le ocurrió un plan bastante arriesgado, acto seguido retrocedió un poco y se levantó para comunicarle a sus compañeros su plan.
–Bien, chicos, tengo un plan para acabar con la Hidra, pero necesito que presten atención ya que es muy peligroso aunque si funciona habremos dominado al monstruo. Uno de ustedes y yo nos moveremos rápidamente hacia la roca que está a unos diez metros hacia el sur, la que está en línea recta con ésta que nos está cubriendo, desde allí los que se queden de aquí distraigan a la Hidra junto con el que se desplazó conmigo de modo que yo acabe con Carcinos, una vez hecho esto subiré hacia la saliente de la entrada de la cueva, saltaré sobre la Hidra y le clavaré mi katana en la unión del cuello de la cabeza inmortal y así terminaremos con todo esto. No obstante necesito que actúen con determinación, sé que es una situación difícil y aterradora pero ésta es probablemente que sea la única oportunidad que poseemos para dominar a la Hidra y así poder tenerla para materializarla cuando yo quisiera –explicó el plan el muchacho–. ¿Entendieron o quieren que se los explique de nuevo?
–No, entendemos. Aunque es muy peligroso, podrías morir si fallas al intentar saltar sobre el lomo de la Hidra, la criatura se daría vuelta y una de sus cabezas te comería o te aplastaría con una de sus patas. –comentó Alejandro.
–No solo eso, también Carcinos podría aprisionar con sus enormes pinzas y cortarte en dos… –agregó María sumamente preocupada.
–Es muy peligroso, pero no hay opción. Si no probamos nada las criaturas míticas se cansaran de esperar y nos atacarán sin contemplaciones… –asumió Silecio.

jueves, 18 de febrero de 2016

La guerra de los condenados: Juegos de guerra. Capítulo 6: Movimientos tras bastidores (Parte 3 de 3)





–Espero que la paciencia me dure… –dijo Erik para sus adentros. Caminaba por una pendiente suave que terminaba en la entrada del lugar menos favorito de Castlevania: el Templo de la Lujuria.

Para acceder a este sitio había que entrar por una casa abandonada cuyo aspecto no tenía nada especial salvo por tener sobre el dintel de la desvencijada puerta un demonio sexual hermafrodito de aspecto amenazante y grotesco. Luego se tenía que atravesar toda la casa, la cual no tenía muebles y las paredes se venían abajo con el más mínimo movimiento, hasta llegar al sótano. De allí se debía abrir unas pesadas puertas que daba inicio a un túnel con una suave pero larguísima pendiente, iluminada por antorchas a los lados.

A medida que Erik avanzaba los sonidos de gemidos y jadeos empezaban a ser audibles. La rabia del Señor de Castlevania se incrementaba, mas trataba de controlarse porque de nada le serviría enfurecerse.

No se sabe desde cuándo los demonios sexuales y todos los demonios que estaban relacionados con el odio están enfrentados. Muchos creen que fue antes de que Mathias Cronqvist condujera a Vlad Draculea Tepes a la oscuridad, convirtiéndose en el conde Drácula. En esos tiempos, el caos en la oscuridad era enorme y cualquiera podía atreverse a enfrentarse al Señor Oscuro. De todos ellos, Lith Abah-Khalefhi, el señor de los demonios sexuales, fue el más osado junto con Galamoth, sin embargo, el Señor Oscuro perdonaba bastante a éste último porque podía persuadirlo, a excepción de Lith Abah-Khalefhi. Desde entonces, el Odio y la Lujuria están enfrentados a pesar de que pertenecen al mismo bando. Para la desgracia de Lith Abah-Khalefhi, quien con el tiempo se llamaría Sucubus, nunca obtuvo victorias significativas y siempre él y sus huestes estaban obligados a rendirse ante el Señor Oscuro.

Erik debía poner fin a ese conflicto. Si lo conseguía, la Fuerza del Mal estaría bajo control. Luego tendría que convencer a la Fuerza del Bien; no se preocupaba mucho la Fuerza Neutral ya que cuando tuviera a su mando las otras dos, la última se sometería sin preocupaciones. Hablar con Sucubus era lo más sencillo, al menos en teoría. Él se sentía más parte del Odio que de la Lujuria, salvo en ocasiones muy específicas, por lo que si debía convencer por la fuerza a alguien, Sucubus era la mejor opción.

Su descenso hacia el Templo de la Lujuria se ponía cada vez peor. A mitad del camino las paredes comenzaron a mostrar imágenes de alto contenido sexual, algunas normales, otras muy grotescas y casi inhumanas por las posturas que tenían los demonios y lo que parecían ser humanos. Asimismo, la presión de la lujuria se sentía cada vez más y más. Erik debía controlarse porque si mostraba un poco de debilidad tendría a los demonios sexuales intentando absorber su energía… y otras cosas. En el tramo final las imágenes aparecían en el techo y el suelo y los sonidos lujuriosos se hacían más fuertes.

martes, 16 de febrero de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo XII (Parte 1)






Labhras estaba impactado por lo que veía. Llegó a la gran caverna subterránea con Xiao chen sin ningún inconvenientes. Ninguno de los dos experimentó algo extraño cuando cruzaron el portal o se sintieron mareados luego de hacerlo. Aunque apenas ingresaron a la caverna descubrieron, aparte de la inmensidad de la misma, el Castillo de Cristal.

                Se encontraba en el centro de un lago grande, a quinientos metros de distancia. Estaba construido íntegramente en cristal, que emitía una luz azulada que iluminaba gran parte de la caverna sin llegar a ser tan intensa como para lastimar la vista cuando se mirara la extraña construcción. En cuanto a su diseño, no era nada complejo, sino todo lo contario: era simplemente una fortaleza cuadrada, con cuatro torres en sus esquinas y una gran torre en el centro. Por otra parte, el ambiente era ameno, la temperatura era intermedia, porque no se sentía frío o calor, y todo estaba tan tranquilo que el agua del lago era una especie de espejo gigantesco.

                El caballero y la mujer avanzaron pasmados hacia el lago, deteniéndose a un par de metros de la orilla sin que se percataran que habían recorrido casi cien metros y que a su lado se encontraban Ratlith y Feliph, quienes también observaban asombrados el Castillo de Cristal y con la boca abierta al máximo.

                De pronto, Etriel le tocó el hombro izquierdo de Labhras, regresándolo a la realidad.
                –Tenemos que avanzar. Ya habrá tiempo para contemplarlo y visitarlo. –dijo el Druida produciendo que el caballero girara la cabeza hacia él, notando que todos los Dragwolf y los vikingos habían atravesado el portal y miraban estupefactos el Castillo de Cristal.
                –Sí… ¿Dónde está el “túnel”?
                –Allí... –dijo el Druida señalando detrás de él. A cuatrocientos metros empezaba un camino que ascendía zigzagueando casi veinte metros, desembocando en la gran entrada de un túnel.
                –¿Tardaremos mucho en llegar al depósito de agua?
                –El camino es largo, pero si comenzamos a movernos ahora llegaremos a tiempo para atacar a los Guardianes por la retaguardia antes de que éstos liquiden a todos nuestros hombres y mujeres que cruzan Lacfatum.
–Entonces no hay tiempo que perder.

                Labhras sacudió con suavidad a Xiao chen para que saliera de su asombro y luego les habló  a Feliph y Ratlith. Al cabo de un tiempo el grupo avanzaba por el camino ascendente, con Etriel a la cabeza seguido por Labhras, Styrmir y Xiao chen; unos cuantos pasos atrás iban Ratlith y Feliph acompañados por todos sus pares, todos ellos sin poder apartar su vista de la atípica construcción.

                Cuando llegaron al comienzo del túnel Etriel invocó una esfera de luz y la envió varios metros delante. El grupo reanudó su marcha cuando la esfera se detuvo y a medida que avanzaban la esfera se movía a su misma velocidad, sin perder la distancia de separación en ningún momento.

                El túnel era bastante amplio, medía siete metros de altura y casi seis de ancho. Había pocos obstáculos, es decir estalagmitas y estalactitas y poco a poco iba adquiriendo una pendiente. Al cabo de unos pocos minutos, el túnel se doblaba bruscamente hacia la izquierda y cuando el grupo vibró descubrió que la pendiente se tornó pronunciada. Siguieron desplazándose y nuevamente el túnel doblaba bruscamente, esta vez a la izquierda, luego de virar, Labhras y compañía notaron que la pendiente se mantenía.

                Durante los siguientes quince largos minutos el grupo se movía por un túnel que doblaba impredeciblemente, siempre ascendiendo, nunca descendiendo ni siquiera un metro. De pronto llegaron a un sector donde la pared izquierda presentaba humedad, señal de que estaban cerca de los depósitos de agua.

sábado, 13 de febrero de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo V: Recreando un heroico combate. (Parte 2)





Minutos más tarde los muchachos llegaron al lugar donde había dicho Silecio por lo que bajaron del vehículo, se pusieron sus corazas, se armaron escogiendo sus armas preferidas, Nahuel la katana, María el arco y flecha, Alejandro una lanza y Silecio, algo indeciso, escogió la otra lanza y una espada. Finalmente Silecio cerró bien las puertas y el baúl del automóvil al tiempo que María observaba hacia el sur, donde todavía presentía la gran entidad desplazándose lentamente entre las verdes elevaciones de tierra, entretanto Nahuel observaba las corazas que llevan los primos y comprobó que tenían el mismo diseño de torsos musculosos, como si fueran esculturas griegas, lo que le causó cierta gracia.
–Bueno, al parecer tenemos dos estatuas griegas andantes, salvo que les falta un pequeño detalle. –comentó Nahuel.
–¿A qué te refieres con eso? –preguntó Silecio que no había entendido el comentario de su compañero.
–No le hagas caso, Silecio. Se está burlando de nuestras corazas. –contestó Alejandro.
–¿Pero qué tienen de…? ¡Ah! Ja, ja, ja. ¡Ya entendí! –dijo Silecio– ¿Pero qué significa eso de “pequeño detalle”?
–¿Y tú me lo preguntas? Te contestaré con otra pregunta, ¿qué tienen de particulares las esculturas o imágenes que representan a héroes mitológicos griegos? –afirmó Nahuel.
–Pues… déjame ver… son atléticos, casi todos tienen una postura combativa, casi todos están desnudos y… –Pensó el dualista por un momento–. ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Ahora entiendo! ¡Ja, ja, ja, ja! –agregó largándose a reír.
–¿Ya terminaron de hacer estupideces? –interrogó Alejandro algo molesto.
–¿Cuál es el problema, Alejandro? ¿Acaso te sientes aludido por la cuestión del pene pequeño? –replicó Silecio.
–No. No es por eso. Me molesta que Nahuel se burle de nuestra armadura sólo porque se parece a unas esculturas de varias centurias atrás. Por otro lado éstas corazas son más resistentes de la que él tiene puesta. –aseguró Alejandro indicando la coraza de Nahuel que era lisa, sin ningún detalle.
–Es que yo soy minimalista. –admitió Nahuel.
–En fin, dejemos este tema para más adelante, ahora será mejor que nos acerquemos a María que está observando las colinas del sur… –sugirió Silecio.
–Claro, después veremos cómo recuperaremos sus “pequeños detalles” para que sean estatuas griegas completas… Je, je. –declaró Nahuel causando que Silecio se riera y que Alejandro intentara golpearlo con el asta de su lanza, sin embargo esa acción ofensiva fue detenida por su primo haciendo que el muchacho desistiera de golpear a su amigo al tiempo que Silecio le dijo a Nahuel que se dejara de hacer esa clase de comentarios a lo que el joven aceptó. Seguidamente los tres hombres se acercaron a María.
–Parece que todavía se mueve… –admitió Alejandro apenas se acercó a su amiga.

jueves, 11 de febrero de 2016

La guerra de los condenados: Juegos de guerra. Capítulo 6: Movimientos tras bastidores (Parte 2 de 3)





Inesperadamente, Shaft y los cardenales, a excepción de Moldoveanu, comenzaron a oír un chirrido metálico a la distancia. Un sonido que les llamó la atención, hasta el punto que varios comenzaron a mirar hacia todas partes, esperando hallar el origen del mismo, mas lo único que captaban con sus ojos era la oscuridad reinante, aparte de lo que ven todos los días. No había nada anormal por ninguna parte. Unos segundos más tarde el sonido se incrementó hasta convertirse en un chirrido metálico muy insoportable. Hechiceros se taparon los oídos, pero de nada les sirvió ya que seguían escuchando el ruido como si tuvieran sus orejas destapadas. Al poco tiempo los hechiceros se sintieron sumamente fatigados y poco a poco fueron cayendo al suelo, sin quitarse las manos de las orejas.

Moldoveanu no comprendía qué sucedía, pero sabía perfectamente que Erik estaba involucrado.
–¡¿Qué está haciendo?! –bramó el cardenal.
–Nada que pueda destruir a sus compañeros. –contestó el Señor de Castlevania, mirando fijamente al hechicero.
–¡Nos… está… debili… debilitando…! –dijo Shaft, haciendo acopio de todas las fuerzas que le quedaban para hablar, aunque con gran dificultad. Erik dirigió su mirada lentamente hacia el Obispo Oscuro.
–Cierre la boca… –dijo Erik y acto seguido Shaft y los demás cardenales comenzaron a gritar de dolor, al tiempo que el chirrido aumentó en demasía. Los hechiceros se retorcían de dolor y las muecas de sus rostros eran espeluznantes.
–¡Usted dijo que no estaba haciendo nada que pudiera destruirlos! –replicó Moldoveanu.
–Y eso es verdad. –asintió el Señor de Castlevania, observando a los hechiceros retorciéndose.
–¡¿Entonces cómo explica lo que está sucediendo?!
–Yo que usted me preocuparía por lo que le está sucediendo…
–¿Lo que me está sucediendo?

Al segundo siguiente Erik le propinó un poderoso puñetazo justo en la boca, derribándolo con facilidad. El cardenal comenzó a escupir sangre y sentía un fuerte ardor en un punto determinado en su labio inferior. Cuando palpó con su mano ese punto sintió un fuerte dolor y luego descubrió que estaba sangrando en abundancia. Trató de ponerse a gatas, pero inesperadamente Erik lo pisoteó fuertemente la espalda, devolviéndolo al suelo. Acto seguido lo pisoteó varias veces, cada pisoteada más fuerte que la anterior. Moldoveanu no podía resistirse. Quiso usar un sortilegio, pero cuando lo iba a hacer se sintió extremadamente débil. Comprendió que el Señor de Castlevania estaba interfiriendo en sus poderes. Por cada pisoteada que recibía escupía bastante sangre y a veces se sentía que se ahogaba con dicho fluido.

Un rato después, el Señor de Castlevania dejó de pisotearlo. El cardenal estaba muy débil. Ni siquiera podía mover sus brazos y piernas. Tosía ruidosamente, escupiendo sangra cada tanto.
–Me estoy hartando de ustedes, que se creen que mis ideas son un delirio y que preferirían ser destruidos antes de que cooperar con sus “eternos enemigos” –habló Erik mientras se desplazaba lentamente para quedar al frente de la cabeza del hechicero; a todo esto el resto de los hechiceros seguían sufriendo el poder de su señor, resonando por toda la Catedral Oscura–. No los voy a destruir. No les daré ese privilegio porque sé que no aprenderán y al final tendré que resucitarlos. En cambio, los torturaré una y otra y otra vez, dejando que “descansen bien” entre tortura y tortura y así no mueran tras tanto padecimiento. De esa forma, finalmente aprenderán a respetarme y a acatar mis órdenes sin tener que escuchar excusas estúpidas. Y usted… tiene el honor de ser el primero… aunque le aseguro que no será tan terrible como piensa ya que necesito ciertos “juguetes” que aquí no hay y no tengo ganas de comenzar a torturarlo como realmente deseo –prosiguió, deteniéndose justo delante de la cabeza de Moldoveanu–. Empero, puedo asegurar que le dolerá bastante…

martes, 9 de febrero de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo XI (Parte final)






Finalmente amaneció. Todos en el gran campamento del claro de la Zona Desconocida comenzaron a desarmar rápidamente las tiendas. No era necesario que lo hicieran, pero como después del asedio querían regresar a sus hogares, si es que sobrevivían, no deseaban volver a la jungla para desmontar todo. Entretanto, Labhras, Xiao chen, Styrmir y los Berserker y varios Dragwolf se preparaban para el combate. Todos comprobaron el estado de sus armas y Labhras se ponía en sus dedos las “garras” porque pensaba que las iba a utilizar bastante, aparte de que con ellas amedrentaría un poco a sus pares.

A medida que iban terminando de desmontar el campamento, se preparaban para la lucha. Sabían que no podrían hacerlo cuando estuvieran en el Campo Centellante. No tendrían tiempo puesto a que Etriel crearía los barcos en muy poco tiempo, por lo tanto debían prepararse en la jungla. De todos modos no tardarían mucho ya que solamente debían escoger un arma, con la que más a gusto se sentían. Muchos tenían presente que quizá no liquidarían ni siquiera a un Guardián, pero tratarían de ofrecerles tanta pelea como les fuera posible para que no supieran que un grupo de guerreros los atacarían por la retaguardia.

Cuando todos estuvieron listos se reunieron alrededor de Etriel y éste les dijo que cerraran sus ojos antes de comenzar a trasladarlos hacia el Campo Centellante. Unos segundos después los más doce mil hombres y mujeres que conformaban el ejército de Labhras abrieron sus ojos y descubrieron que se encontraban en la playa que cubre el sur de Lacfatum. A tres kilómetros hacia el norte se alzaba el castillo de Ávalon.

Labhras miró el castillo sin saber qué sentir. La tristeza y la rabia luchaban entre sí; tristeza porque pronto la sangre teñirá las calles y las casas del lugar donde se crió y pasó toda su vida, rabia porque allí se encontraban los causantes de toda la situación que estaba viviendo. Sabía que faltaba muy poco para obtener a Excalibur y fusionarla con Thyrfing, obteniendo “la Verdad”, el poder que le daría el conocimiento de todo sobre todo, un poder que cualquiera desearía aunque el costo que debiera pagar fuera muy alto.

sábado, 6 de febrero de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo V: Recreando un heroico combate. (Parte 1)





Dos días después de que viajaran al Oráculo de Delfos, María Nahuel y Alejandro recibieron el anuncio, por parte de los Hijos del Universo y traducido por Silecio, de que al día siguiente serían ascendidos al rango de Caballero ya que los Hijos del Universo de Argentina habían enviado el informe de los estudios y el comportamiento de los Aprendices además de una autorización que certificaba la ascensión de los mismos, logrando que los jóvenes se llenaran de alegría hasta tal punto que Alejandro, en su euforia, abrazó y besó a los Sabios Maestros aunque ellos se lo tomaron bien, no obstante sus compañeros quedaron algo perplejos ante ese pequeño acto descontrolado y se aliviaron de que a su compañero no le castigaron pero cuando los Hijos del Universo se retiraron, le reprocharon la actitud muy severamente y tras eso continuaron saltando de alegría. La pequeña ceremonia de ascensión fue presenciada por unos pocos dualistas griegos que se congregaron en el Aula Magna, donde se realizó dicha ceremonia.
                                                                                                                       
La ceremonia en sí no era nada en comparación con la ceremonia de ascensión de un nuevo Hijo del Universo, ya que la segunda requería mucho despliegue en decoración del Aula Magna o donde se realizara la conmemoración, en la difusión de la misma para todos los dualistas del país en que se celebraba dicho acontecimiento se enteraran sin que los no adeptos se no dieran cuenta, en cómo se organizarían para que los invitados y los residentes del Templo Dualista Panuniversalista pudieran entrar en el Aula Magna o en el caso de que la capacidad no bastaba ubicarlos cerca para que vieran la ceremonia sin problemas; en cambio la ceremonia de ascensión de rango no requería de mucha realización porque en general era una conmemoración que se hacía dentro del Templo y quedaba allí nomás pero eso no le quitaba la emoción a los nuevos ascendidos que esperaban ansiosos ese momento ya que únicamente para ellos, como los alumnos que se gradúan de la secundaria. Entre pequeños discursos en griego traducidos al español para que los dualistas argentinos entendieran y las miradas curiosas de los griegos, los Aprendices ascendieron al rango de Soldado o Caballero, aunque ellos no les importó la traducción casi muy literal de los discursos o que alguno de los dualistas griegos no prestaban ni la más mínima atención a la ceremonia manteniendo un cierto respeto porque estaban los Hijos del Universo. María, Nahuel y Alejandro habían alcanzado una de sus metas por lo que ahora podrían meterse de lleno en la búsqueda de los dioses antiguos y las criaturas míticas.

Sin embargo los tres muchachos siguieron festejando solo por el resto del día para olvidarse un poco de lo el destino les tenía preparado y así quitarse un poco del estrés que estaban comenzando a sufrir y eso que sabían que aún les faltaba mucho camino que recorrer. Esa noche, y justo antes de que los tres dualistas argentinos se fueran a dormir, Silecio apareció y les dijo que tenía malas noticias: había escuchado a los Hijos del Universo de que sospechaban de la prolongada permanencia en el Templo de ellos de los tres, más del tiempo habitual en un intercambio y también intuían que los Hijos del Universo argentinos tenían algo que ver con eso. Esa noticia dejó intranquilos a Nahuel, Alejandro y María provocando que del júbilo de la ascensión pasaran en un segundo a la cruda realidad y a una cuestión que tendrían que confrontar tarde o temprano: cómo seguir estando en el Templo sin que los Hijos del Universo y los habitantes del Templo sospecharan de la permanencia de los jóvenes sin peligrar el verdadero motivo del viaje; de inmediato, Nahuel tuvo una idea y consistía que al día siguiente Silecio lo llevara a una cabina telefónica para que él mismo le hablara con los Hijos del Universo de Argentina con el fin de que hicieran algo, idearan un plan para borrar las sospechas de los Sabios Maestros griegos por lo menos por un tiempo, idea que fue aceptada al unísono por sus compañeros y tras eso Silecio se retiró y los recién ascendidos se pusieron a dormir.

jueves, 4 de febrero de 2016

La guerra de los condenados: Juegos de guerra. Capítulo 6: Movimientos tras bastidores (Parte 1 de 3)




Como en toda guerra, obtener información sobre el enemigo es vital para vencer. El estratega chino Sun Tzu sentenció alguna vez: “conoce a tu enemigo y tendrás media batalla ganada”.

                Cuando el conflicto contra los castlevanians y su Ejército Oscuro comenzó, el D.G.I.E. (Departamento General de Inteligencia y Espionaje) tuvo un papel fundamental para determinar las fuerzas del enemigo. Al principio, los espías solamente informaban sobre los movimientos de las criaturas o se infiltraban en los improvisados campamentos enemigos en busca de información útil. Pasarían cerca de setenta años luego de iniciada la guerra para que los espías comenzaran a infiltrarse en los Castlevanias y obtener información desde el corazón del enemigo.

                Las misiones de infiltración a los Avernos fueron fructíferas. Con la información obtenida se pudo conocer la identidad de los castlevanians, todos los monstruos que conforman el Ejército Oscuro, las “fuerzas especiales”, y la disposición de las dependencias de cada castillo demoníaco. Sin embargo, el precio que se debió a pagar por ella fue muy alto. En cada misión al menos un espía moría  o era capturado y nunca más se volvía a saber de él. Los agentes del D.G.I.E. preferían morir antes de averiguar qué destino les deparaba si eran capturados.

                No fue hasta que pasaron 2150 años de comenzada la guerra que se decidió reconstruir a un Reploide que se convertiría en el espía más eficaz del D.G.I.E.: Bass. Hacía mucho tiempo que se perdieron sus planos originales, al contrario de lo demás “héroes legendarios”, sin embargo, un día se encontró con registros del creador de Bass así como videos del Reploide funcionando en una base de datos abandonada que se descubrió tras una batalla. Si bien no eran datos suficientes, tanto para reconstruir su cuerpo como su personalidad, fue el punto de partida para casi 12 años de investigaciones y pruebas. Una vez puesto en funcionamiento, Bass comenzó a trabajar para el D.G.I.E.

                Gracias a Bass se pudo saber más del enemigo ya que podía infiltrarse sin que los monstruos pudieran descubrirlos gracias a su dispositivo de ocultación, aunque eso no funcionaba con los castlevanians y ciertas entidades alto rango. No obstante, siempre había controversia en la forma de actuar del Reploide. Fueron muchos los que advirtieron, por no decir protestar, que Bass era más maligno de lo que fue en su tiempo, ya que el original había sido construido para destruir a Megaman. Al momento de reconstruir su personalidad se omitió su principal motivación y sentimientos hacia su objetivo, pero todos sabían que los Reploides, al ser seres conscientes y sentir emociones, podían volver a ser como eran si se daban las situaciones propicias. Había gente que temía que intentara destruir la D.G.I.E. y pasarse al bando contrario.

                Bass siempre se mantuvo ajeno a las protestas de sus compañeros o de otras personas y Reploides y siempre se mostraba más dispuesto a cumplir su rol de espía que en conspirar. Sin embargo, siempre tuvo detractores que tenían bastante imaginación ya que algunos llegaron a asegurar que los castlevanians le daban información a cambio de darles a ellos la información que querían, es decir realizar contraespionaje. Debido a esto y sumado a la frialdad característica del Reploide, se creó un manto de sospecha, pero como nadie pudo conseguir pruebas incriminatorias quedó como un mito que algunos creían y que otros lo tomaban como tal.

martes, 2 de febrero de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo XI (Parte 1)






Lo sintieron. Vieron como un alma se desvanecía en la noche para nunca más regresar. Una fuerte angustia los invadió y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. No podían creer lo que había ocurrido y creyeron que era una pesadilla, un mal sueño del cual pronto despertarían, pero no pasó mucho hasta que cayeran en la cuenta que todo era verdad.

                Merlín y las Reinas-Hadas, quienes descansaban en sus respectivas habitaciones, se despertaron bruscamente y se agarraron del pecho. Mientras tanto, los Druidas, algunos todavía despiertos y otros dormidos que se despertaron de golpe, lanzaron un fuerte alarido de dolor para luego llorar sin consuelo. Sintieron que Alator, el inmortal, dejaba de existir. Todo hechicero sabía cuando un par moría gracias a que su “energía” o “esencia”  dejaba de percibirse, sin importar qué tan lejos se encontraban. Si el hechicero que moría no era tan poderoso, el dolor era diferente según si alguien lo conocía más o menos, pero si el que fallecía era muy poderoso, todos se entristecían.

                Los soberanos de Ávalon no querían creer que Alator, el inmortal, hubiera muerto. Las Reinas-Hadas lloraban sin consuelo y Merlín, quien más le dolió enterarse de eso, no paraba de lanzar hechizos hacia todas partes, destruyendo de a poco su dormitorio. La tristeza lo invadía tanto como la ira. Sabía perfectamente que existía dos maneras por las cuales Alator hubiera muerto: por suicidio o por asesinato. No creía que su amigo se hubiera suicidado pero no sabría quién querría asesinarlo. De todos modos su angustia era tan intensa que solamente deseaba llorar hasta que se calmara.

                Entretanto, los Druidas no tuvieron tanto tiempo para el duelo. Unos minutos después de que sintieran que el alma de Alator se extinguió para siempre, aparecieron súbitamente los aprendices de Etriel. Algunos lo hicieron en un abrir y cerrar de ojos mientras que otros dejaron de llorarle a su difunto líder para erguirse y vestirse a gran velocidad con las particulares ropas que visten dichos aprendices. Los demás Druidas se sorprendieron tanto al verlos que no sabía cómo reaccionar. Tras eso los aprendices obligaron a todos a que se dirigieran hacia el centro del bosque, donde se encuentra el trono del líder de los Druidas.

                Después de que todos estuvieran delante del gran árbol, en cuyo trono no había nadie sentado, tres de los aprendices de  Etriel se acercaron al trono y se arrodillaron, pusieron sus manos a centímetros de su rostro, uniendo las yemas de los dedos de cada mano y murmuraron una larga frase en su idioma. Al cabo de un rato una figura espectral apareció sentada en el trono que se materializó en poco tiempo y cuando los Druidas descubrieron quién era se sorprendieron tanto que quedaron boquiabiertos: era Etriel.