sábado, 30 de enero de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo IV: Una escapada al Oráculo de Delfos. (Parte final)





A la mañana siguiente los jóvenes partieron hacia el Oráculo de Delfos viajando en un automóvil conducido por Silecio sin antes poner en su baúl algunas espadas que los dualistas argentinos había traído además de un par que Silecio había escogido de una de las S.E.N.s sin que nadie se diera cuenta. Lo que María y Alejandro pensaban que sería un viaje común y corriente se convirtió en una clase de mitología por parte de Nahuel ya que quería que sus amigos supieran algo en vez de andar preguntando cada vez que surgía algo referido a la mitología y como sabía que ellos no leerían ninguno de los libros de su tablet decidió que cada vez que tenía una oportunidad para enseñarles algo, como esas dos horas de viaje hacia el Oráculo de Delfos, lo haría y sin dar tregua. Para Alejandro y María fueron más de dos horas y media de tortura aunque Nahuel logró su objetivo, tanto insistir y repetir los conceptos y mitos una y otra vez hizo que sus amigos recordaran casi todo lo que había dicho. Finalmente, luego de estacionar el automóvil, los dualistas se dirigieron hacia las ruinas del Oráculo de Delfos.
–¿Ahora qué hacemos? –preguntó Alejandro.
–Como hay varios edificios y ruinas que revisar, será mejor que nos separemos. –propuso Nahuel.
–¿No es algo arriesgado? Digo, podríamos toparnos con cualquier peligro. ¿No es mejor ir todos juntos? –opinó María.
–Esa es una posibilidad, aunque necesitamos explorar todo el Oráculo con rapidez porque tenemos otras dos horas y media de viaje y no me gusta manejar por la noche. –admitió Silecio.
–Por otro lado todos nosotros sabemos cómo defendernos ante algo sin utilizar las espadas que hemos dejado en el baúl del auto. –aseguró Alejandro.
–¿Y no levantaremos sospechas en los demás turistas? En el estacionamiento vi que había varios colectivos por lo que encontraremos mucha gente recorriendo las ruinas. –cuestionó María.
–Mientras que no hagamos nada extraño como mirar fijo a un lugar determinado o hacer movimientos de evasión en frente de ellos no notaran nuestra presencia –aseguró Silecio–. Ellos no podrán ver a las entidades energéticas cuando nos ataquen.
–Por las dudas nos mantendremos alejados de la vista de los turistas. –declaró Nahuel.
–¿Y cómo nos separamos? ¿Por grupo o cada uno por su cuenta? –interrogó María.
–Cada uno por su cuenta, bueno casi por su cuenta. Silecio irá al Tholos que es el santuario de Atenea, Alejandro irá al teatro, tú María irás hacia el tesoro de los atenienses y yo iré a lo poco que queda del templo de Apolo Pitio –organizó Nahuel–. Si ninguno de nosotros encuentra algo nos encontraremos en el sitio donde se ubicaba la copia del Ónfalos casi a la entrada del templo de Apolo.
–¿Pero no dijiste que el Ónfalos está en el Museo de Delfos? –preguntó Alejandro.
–Sí, pero esa es una copia. El verdadero se perdió para siempre dado a que estaba bellamente adornado con piedras preciosas. El original se hallaba dentro del templo de Apolo mientras que una copia de mármol se ubicaba a la entrada del recinto. En el lugar donde se encontraba ésta ahora hay una piedra en forma de medio huevo que simboliza la ubicación de la copia Ónfalos. –dijo Nahuel.
–Donde estaba ubicado el verdadero Ónfalos era supuestamente el centro del mundo en la antigüedad… mejor dicho del mundo antiguo griego. –añadió Silecio.
–¿Por qué el centro del mundo? –volvió a preguntar Alejandro.
–Creo que era mucho pedir que se acordaran de todo. –aseguró Nahuel con resignación.
–Según la leyenda Zeus y Atenea se enzarzaron para determinar el centro del universo. Atenea decía que era Atenas, su ciudad favorita, pero Zeus no estaba conforme con la proposición de su hija por lo que para terminar con ese asunto “el padre de los dioses y de los hombres” mandó a volar un par de águilas desde los dos extremos del Universo y donde éstas se cruzaran sería el centro del universo; la aves se cruzaron en Delfos. El lugar donde estaba el Ónfalos era el sitio exacto, y como ese era el ombligo del mundo, es decir el centro, se sacralizaba ese espacio y se convertía en un centro religioso, de éste modo el Oráculo de Delfos se transformó en el centro religioso más importante de toda Grecia. –dijo María.
–Al menos María se acordó de algo. –expresó Silecio.
–Por suerte… Bueno, ya saben dónde buscar. Si se topan con algo que no pueden manejar diríjanse a alguno de los otros lugares donde están el resto de nosotros. –aseveró Nahuel.
–Ojalá que no me encuentre con las Musas… –confesó Alejandro.
–¿Y cuál es el problema? Las Musas son pacíficas. –cuestionó María.
–Y las Musas deberían estar en la fuente de Castalia, y no recuerdo haberte mando allí. –declaró Nahuel.
–Bueno es verdad lo que ustedes dos dicen, pero no quiero ser el primero en sentir la ira de esas divinidades. –asumió Alejandro y los dualistas se encaminaron hacia sus respectivos sitios.

martes, 26 de enero de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo X (Parte final)






En la cuarta noche él se despertó sobresaltado, como si hubiera tenido una horrible pesadilla, aunque no recordaba bien qué había soñado. Su rostro estaba empapado por un sudor frío y miraba hacia todos lados, como si tuviera la sensación de que algo lo acechaba. Cuando se tranquilizó un poco intentó conciliar el sueño, pero de pronto escuchó una voz espectral que lo llamaba, ocasionando que se incorporara raudamente. En un principio creyó que era Thyrfing, pero cuando escuchó otra la voz supo que no era tan oscura como la de la espada y su nombre se oía claramente.

La voz lo llamaba constantemente, haciendo una pausa de algunos segundos. El caballero notó que procedía del exterior de su tienda, por lo que lentamente se acercó a la entrada, sin dejar de prestar atención a la voz que siempre se escuchaba en el mismo tono. Al cabo de un rato asomó su cabeza por la entrada de su tienda y miró hacia todas partes con detenimiento, esperando encontrar quién le hablaba, pero la oscuridad reinante del bosque le impedía ver más allá de unos cuantos metros a pesar de que su tienda estaba instalada a pocos metros de una de las fogatas.

Sin saber por qué, salió de su tienda, hizo unos pasos y posteriormente observó a su alrededor mientras que la voz seguía oyéndose sin ningún tipo de alteración. De pronto, la voz se calló y Labhras no podía escuchar otra cosa más que el débil murmulló de las hojas de los árboles. Al cabo de un minuto, decidió regresar a la tienda, cuando sintió algo que se movía hacia su derecha, ocasionando que dirigiera su mirada hacia esa dirección, descubriendo con sorpresa una pequeña esfera de luz que se movía entre los árboles a gran velocidad.

Le llamó poderosamente la atención y se quedó contemplándola aunque en su interior sentía que esa cosa era algo malo. Inesperadamente, la esfera comenzó a adquirir tamaño mientras se desplazaba y sorpresivamente se desplazó hacia Labhras a gran velocidad. Para su horror, la esfera se detuvo a escasos metros de él, gritando su nombre con furia, viendo que esa esfera tenía un rostro espantoso y muy familiar: el de Bastugitas. La esfera tenía el tamaño de su cabeza y una nube manaba debajo de ella, como si fuera su cuerpo.

El caballero estaba tan espantado al ver al espectro de Bastugitas que su cuerpo se paralizó por completo y no podía huir porque su cuerpo no le respondía en lo más mínimo, por más que deseara con todas sus fuerzas moverse. Mientras tanto, el Nigromante le hablaba furioso, como nunca antes lo había visto.

–¡Maldito bastardo! ¡Me asesinó sin saber toda la maldita verdad! ¡Imbécil! ¡Sin mí no podrá hacer nada! ¡Yo le dije la verdad, ¿y así me paga?! ¡Espero que usted me resucite o de lo contrario lo atormentaré por el resto de su existencia y ninguno de sus poderes podrá evitarlo! ¡Desgraciado! ¡Acémila! ¡Espurio! ¡Sin mí nunca cumplirá con su objetivo! ¡El estúpido mago y las rameras de sus compañeras lo derrotarán, se reirán de usted y luego lo destruirían de una forma atroz! ¡Nada lo defenderá de eso! ¡Estúpido! ¡¿Cómo se le ha ocurrido asesinarme con todo lo que he hecho por usted?! ¡Ojalá Etriel le castigue por lo que me hizo! ¡Pedazo de mierda! –dijo el espectro al tiempo que su voz se tornaba más oscura y demoníaca. Entretanto Labhras trataba de moverse.

sábado, 23 de enero de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo IV: Una escapada al Oráculo de Delfos. (Parte 1)





Mientras sacaban los trozos de mesas y sillas, los cuatros dualistas comprendieron las palabras de Atenea, la nueva habilidad oculta de Nahuel era lo que el muchacho necesitaba dominar para controlar no sólo al Minotauro, también a las criaturas mitológicas que él podría llegar a encontrar en estatuillas similares a la del monstruo de Creta y debido a eso la búsqueda se bifurcó: ahora los muchachos no sólo tenían que encontrar a los dioses, también a los monstruos de la mitología griega, duplicando el riesgo puesto a que Nahuel y Silecio sabían que son bastantes y la gran mayoría no eran para nada amigables, por lo que si el muchacho lograba materializar una de éstas era probable que los atacara, para evitar eso había que dominar tanto la técnica mental como a las bestias que se sumarían a su arsenal mitológico. No obstante, la búsqueda de los jóvenes entraría en un punto muerto muy largo, no supieron nada ni de la diosa Atenea ni de actividades energéticas extrañas durante un mes, sin embargo ni los Aprendices argentinos ni los dualistas griegos se percataron del paso del tiempo. De hecho, María, Nahuel y Alejandro se concentraban en lo suyo.

Durante ese mes ocurrieron muchas cosas que nada tenían que ver con la búsqueda o en una mínima parte. Silecio, interesado por la habilidad mental de Nahuel y viendo la importancia de la misma en la búsqueda de los antiguos dioses griegos, buscó información sobre el primer dualista que poseía esa técnica mental hasta que el dualista argentino descubrió que también la poseía y cuando encontró suficiente, se la mostró a Nahuel. Egbert Heller Oehler proveniente de un poblado del suroeste de Austria fue el primero en poseer y dominar la “Materialización Psíquica”. Descubrió que podía materializar objetos y animales con conductas propias de su especie cuando tenía 32 años de edad en 1836, justo cuando la gresca entre los Dualistas Panuniversalistas y los Misántropos Oscuros estaba en su punto más álgido.

Pese a que su habilidad no impresionó mucho a los Misántropos como para amedrentarlos, demostró que dicha técnica fue de gran ayuda para los dualistas en algunas de las “escaramuzas” entre las dos facciones y que tenía un gran potencial si más dualistas pudieran aprenderla a usarla y la mejoraran hasta niveles más que superiores como para crear un ejército humano mental para defenderse de los Misántropos y, más adelante, de los ángeles y demonios, sin embargo, nadie más que Oehler tenía y dominaba esa técnica por más que los demás entrenaran con ahínco y hasta el cansancio; para 1839, cuando los Dualistas y los Misántropos acordaron una tregua que perdura hasta el presente, los planes para hacer un grupo de dualistas que pudiera crear un gran ejército sin lamentar pérdidas humanas verdaderas se mermaban cada vez más y más, hasta que años más tarde se perdió el interés en esa habilidad ya que más dualistas comenzaban a controlar otras habilidades mentales más comunes como la telequinesia y los golpes energéticos, sin embargo Oehler siguió buscando la forma para que más adeptos al dualismo panuniversalistas lograran aprender y dominar su inherente habilidad, pero pese a todos sus esfuerzos los resultados seguían siendo negativos y murió luego de una larga jornada de entrenamiento en 1847, cuando apenas había cumplido 54 años de vida.

martes, 19 de enero de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo X (Parte 2)




Entretanto, los arqueros se detuvieron y apuntaron sus flechas hacia arriba, listos para dispararlas cuando los Dragwolf estuvieran al alcance y sus compañeros estuvieran seguros detrás de ellos. Apenas los jinetes pasaron al lado los arqueros éstos dispararon sus flechas. Los Dragwolf sabían que habían disparado, podían escuchar el silbido de las flechas, pero no se detuvieron. Segundos más tarde la lluvia de flechas cayó sobre ellos, hiriendo mortalmente a varios, pero los que recibieron una o varias saetas en zonas no letales continuaron avanzando; algunos lo hacían con cierta dificultad puesto a que tenían alguna flecha clavada en su pie en alguna parte de su pierna.

Los Guardianes descargaron todas sus flechas en los Dragwolf, incluso cuando éstos estaban a menos de cien metros. Una vez que se quedaron sin flechas soltaron sus arcos y blandieron sus espadas, al tiempo que sir William y los demás se unían para acabar con los heridos Dragwolf. Inesperadamente, los Guardianes vieron que otros quinientos Dragwolf avanzaban hacia ellos, pasando sobre los cadáveres de los Guardianes, de los caballos, de los Arenosos y de sus compañeros.

–¡Hay que acabar con el último Dragwolf o acabaremos con todos los que podamos antes de que la batalla se decante a favor de ellos! –exclamó William para animar a sus compañeros– ¡Pero recuerden que Labhras es mío! –agregó, aunque no veía a su compañero por ninguna parte.

Mientras tanto, Labhras y los demás esperaban a que los Guardianes estuvieran “entretenidos” con los Dragwolf para avanzar.
–Espero que avancemos pronto, los Berserker están ansiosos por luchar contra los Guardianes. –dijo Styrmir con preocupación.
–Evite que alguno de ellos salga corriendo hacia el combate; amenácelos si es necesario. Ya tendrán varios Guardianes para liquidar cuando estemos en la isla de Ávalon. –afirmó Labhras.
–No es fácil contenerlos una vez que están listos para combatir. –aseveró el vikingo, cuando empezaron a oírse los gruñidos de los Berserker.
–¿Consumieron esa cosa que los vuelve así? –preguntó Xiao chen mirando a los Berserker, así como los demás.
–No lo creo. Ellos ya tienen por costumbre actuar como lobos cuando están ansiosos por luchar incluso si no han consumido esas hierbas.
–Reténgalos como pueda, pronto nos moveremos. –aseguró Labhras.

sábado, 16 de enero de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo III: Una nueva e increíble habilidad. (Parte final)





–¿Por qué lo dices? –interrogó Silecio sin entender la actitud de su amigo.
–Pues… cuando lo encontré estaba hecho enteramente en lapislázuli… y ahora es un pedrusco… –afirmó el joven.
–¿Estás seguro? ¿No habrás visto mal allá abajo? –cuestionó María.
–Tal vez como el lugar era muy oscuro es posible que pareciera que la estatuilla era de ese mineral precioso… –pensó Alejandro.
–No. Yo lo vi muy bien. Era de color azul como el lapislázuli y… ahora que veo… también tenía brillo propio, aunque tampoco brilla ahora. No sé qué pasó… en todo momento tuve la mochila por lo que es imposible que alguien me la haya cambiado… Incluso tengo adentro de la mochila los objetos que había llevado… –aseguró Nahuel al tiempo que miraba el interior de su mochila para cerciorarse de que era la suya. Pero pese a la explicación sus compañeros no le creían.
–En fin, ¿para qué la sacaste? Sé que tiene la forma de un Minotauro con muchos detalles. Pareciera ser uno real en tamaño miniatura. ¿Pero tiene algún significado para nosotros? –interrogó Alejandro mientras María, Silecio y él observaban los finos detalles de la escultura.
–Aunque les parezca extraño, esto era lo que percibía allí abajo. Iba caminando por el pasillo en dirección hacia el oeste, doblé un par de veces hacia la izquierda y llegué a un callejón sin salida. En ese sitio encontré la estatuilla que se ubicaba justo en el lugar donde procedía la supuesta entidad, cuando la levanté dejé de sentir esa presencia y me la llevé. –contó Nahuel.
–¿Y nada te atacó u ocurrió algo cuando desplazaste la escultura? –preguntó Alejandro sin quitarle la vista a la imagen del monstruo porque tanto él, como los demás, habían quedados impactados por la increíble precisión de los detalles que poseía.
–Bueno… en realidad algo ocurrió –asintió Nahuel–. Antes de que la metiera en mi mochila, mientras todavía era de lapislázuli lo crean o no, vi que unas especies de nubes iban con lentitud de un lado a otro dentro de la imagen, como si algo estuviera dentro… o creo que eso le daba el brillo a la imagen.
–De acuerdo, supongamos que tienes razón, ¿qué crees que pudieran ser esas extrañas “nubes? –interpeló Silecio apartando su mirada de la estatua para dirigirla a Nahuel.
–¿Qué parte de todo lo que dije no me creíste? ¿Qué la estatuilla fuera de lapislázuli o que brillara o que hubiera algo adentro de la misma? –replicó el muchacho un poco cansado de que no le creyeran.
–Pues… casi en todo. Me cuesta creer que en cuestión de unas horas un mineral precioso se convierta en roca… aunque pensándolo mejor, nosotros estamos en busca de los dioses antiguos que pueden hacer cualquier cosa con nuestras mentes así que es probable que esa estatua fuera de otro material y alguno de ellos lo convirtió en piedra pero también es probable que todo fuera una ilusión… –declaró Silecio.
–¿O sea que nos fuimos de Knossos por esto? –preguntó María señalando a la estatuilla.

martes, 12 de enero de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo X (Parte 1)




Mientras tanto, a cientos de kilómetros de distancia, Labhras pensaba en Elisabeth. Se sentía muy mal por cómo estaría sufriendo por su culpa. Creía que ella ya sabía por qué se marchó de Ávalon y lo que dentro de poco tiempo él tendrá que hacer por lo que ella estaría muy aterrada y trataría por todos los medios no verlo. El caballero entendería si ella no deseaba verlo nunca más, aunque le dolería bastante.

                Por otra parte, se sentía algo hipócrita. Desde que salió de Ávalon fueron contadas las veces que él pensó en ella y fueron momentos fugaces. Volvió a pensar en ella después de haber besado apasionadamente a Xiao chen, cuando vio su rostro en la cara de la mujer. Desde entonces, no había noche que no pensara en ella. Por esto, estaba convencido de que no merecía que Elisabeth le hablara de nuevo.

                Estaba enamorado de su amiga, pero pensaba que luego de lo que hizo en Pelarbem ocasionó que ella no deseara verlo, más aún después de enterarse de toda la verdad. Las razones que ella tenía eran más poderosas que las excusas que él podría decir para que le dirigiera la palabra. Sin importar lo que hiciera, posiblemente nunca la recuperaría. No obstante, había una forma, pero no era la más honesta: usar los poderes que obtendría al convertirse en el “Señor de las Espadas” para conquistarla, aunque sea a la fuerza. No le gustaba en lo más mínimo porque la estaría obligando a quererlo y lo único que obtendría sería su odio. Luego de meditarlo por largo rato, resolvió que intentaría ganarse su corazón por medios “normales” y si ella se resistía o bien mostraba cierta resistencia porque desconfiaba de él, usaría sus nuevos poderes, lo más mínimo que pudiera.

                Empero, entendía que no debía pensar mucho en eso. Ya tendría tiempo para hacerlo. Ahora debía concentrarse en su viaje hacia Brandsburg.

                Si el camino fuera recto desde Flaburdick hasta ese bosque oscuro, el viaje duraría menos de una semana. Sin embargo, el este de la meseta Canfawr era tan accidentado que el numeroso grupo debía rodearlo más de la mitad de su extensión, hasta donde se encontraba una zona donde podían bajar de la meseta e ingresar a Brandsburg sin inconvenientes. Por esto, el viaje duraría una semana y media cuanto menos. El problema, para Labhras, era que pasarían por varios pueblos.

                Durante los primeros cuatro días los Dragwolf saquearon cinco pueblos. Labhras intervenía cada vez que veía que ellos intentaban matar a gente inocente, hiriendo a varios de sus compañeros cuando no prestaban atención a sus amenazas. Pertrechado con su armadura, incluyendo las “garras” que le había fabricado Kara, que no las usaba desde hace tiempo, el caballero se entrometía. Los Dragwolf dejaban en paz a las personas apenas veían las heridas que presentaban algunos de sus compañeros causadas por su arma, mientras que las personas lo miraban desconcertados puesto a que, salvando la opacidad de la armadura y las “garras” que poseía en un dedo, la persona que los salvó se parecía a un Guardián, aunque no comprendían por qué dicha persona estaba con los Dragwolf.

sábado, 9 de enero de 2016

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo III: Una nueva e increíble habilidad. (Parte 2)





Con habilidad, los dualistas se metieron entre el grupo de turistas y lograron pasar desapercibidos frente a la gente de seguridad y así llegaron al oeste del palacio donde se encontraban tres pozos que servían para depositar las ofrendas y los objetos de culto según Silecio, que recordaba los lugares a medias pero gracias a lo que decían los guías su memoria recordaba con claridad los detalles ya que él también entendía el inglés. Seguidamente accedieron al palacio en donde el rey recibía a las visitas, cerca de allí había una parte reproducida de un muro con pinturas de personas que llevaban ofrendas a lo que Silecio contó que el original estaba en el museo Arqueológico de Heraklion. Debido a que las charlas de los turistas aburrían a los jóvenes, pues no comprendían el idioma a excepción Silecio, se apartaron del grupo e iniciaron su propio recorrido turístico, al tiempo que María sacaba su cámara de fotos y fotografiaba los lugares más emblemáticos, como el Altar de los cuernos, cuyas basas y capiteles eran de color azul oscuro casi negro mientras que el fuste rojo, al ingreso de las cámaras reales, y a otros no tantos como el teatro al aire libre cuyas gradas tenían forma de “L”, una copia del fresco en relieve de un toro bravo en un campo de olivos que se encontraba  reconstruido en el bastión del oeste del ala norte y a una cámara rectangular que llamó la atención de Nahuel cuando Silecio comentó que supuestamente era consagrado a la titánide Rea. En casi todas partes, los muchachos encontraban el símbolo de las dobles hachas lo que intuían que ese símbolo era muy importante para la civilización minoica.

Tras recorrer todo eso, llegaron a la Sala del Trono donde los conocimientos de Silecio terminaban allí.
–¡Ay! ¡No recuerdo nada de éste lugar! Bueno, a excepción que aquí estaba el rey gran parte del tiempo, a no ser que estuviera en una misión diplomática, en guerra u otras cuestiones fuera del palacio. –admitió el dualista griego.
–Esa silla de madera al lado de esas especies de bancos de piedra, ¿es el trono? –preguntó María señalando los objetos que situaban delante de un muro y detrás de una valla de seguridad hecha con postes de madera de casi un metro unidos con sogas.
–Pues creo que sí… no me acuerdo muy bien. Lo único que me acuerdo es que es una reproducción porque la original estaba quemada… –respondió Silecio.
–¿La sección de fotografía? Hemos perdido casi una hora sacando fotos. No estamos aquí de excursión, tenemos que buscar una criatura mítica. –aseveró Nahuel ya cansado de que María sacara fotos.
–Sí, ya no quiero ser el modelo. Me sacaron como doscientas fotos, creo que es la primera vez en mi vida que me sacan tantas fotos. –asintió Alejandro.
–Lo sé, lo sé. Pero quién sabe cuando volveremos aquí… –comentó María.
–Tal vez más adelante. Aquí hay un supuesto templo dedicado a la titánide Rea, por lo tanto tendríamos que volver en otra ocasión. –aseguró Nahuel.
–Entonces, ¿qué hacemos ahora? –preguntó Silecio.
–Pues… habrá que concentrarse y detectar a la criatura, nos será más fácil localizarla de esa manera. –respondió Nahuel.
–¿Y de qué nos sirve concentrarnos si el Minotauro no es una entidad energética? –cuestionó María.
–Ciertamente. Pero el Minotauro murió en manos de Teseo, así que es probable que su alma se haya materializado gracias a alguna fuerza misteriosa, quizás por un dios griego o la misma Atenea como parte de una prueba, por lo que podremos percibirlo si nos concentramos de la misma manera que cuando necesitamos detectar ángeles, demonios o simples “fantasmas”. –contestó el joven.
–Eso si tenemos en cuenta que tanto el Minotauro y Teseo existieron, de lo contrario es lo mismo que nada. –rebatió Alejandro.

martes, 5 de enero de 2016

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo IX (Parte final)




Unos segundos después entró a la casa y cerró bien la puerta con mucho cuidado. Cuando logró cerrarla, escuchó unos gemidos. Agudizó sus oídos y le pareció que procedían del dormitorio. Con lentitud avanzó hacia ése lugar, oyendo con más claridad los gemidos lastimeros de una mujer, hasta que de pronto escuchó a una mujer cantando con profundo dolor.

La pobre desdichada
se sentó a lamentarse
bajo un árbol cercano.
Cántame, sauce, sauce.

En el pecho una mano
y la otra en la cara.
Oh sauce, sauce, sauce.
Sauce, sé mi guirnalda.
Cantad al verde sauce.
Ay de mí, el verde sauce
debe ser mi guirnalda.

Suspiraba y lanzaba
en mitad de su canto
un gemido tan grande.
Cántame, sauce, sauce.

Ningún placer me salva,
mi único amor se ha ido.
Oh sauce, sauce, sauce.
Sauce, sé mi guirnalda…

Seguidamente se ahogó en su llanto, dejando de cantar. Áine reconocía esa voz que se lamentaba, por lo que avanzó un poco más rápido para confirmarlo con sus ojos. Al cabo de unos segundos encontró a Elisabeth tumbada boca abajo en su cama, llorando sin consuelo. Le pareció extraño que ella vistiera como si fuera un hombre, teniendo a su lado un estoque envainado. De pronto, Elisabeth volvió a cantar entre sollozos.

sábado, 2 de enero de 2016

ENTRADA ESPECIAL: Tierras de Gyadomea 1. Las Tierras del Nuevo Mundo; la novela de José Baena Castel (y una pequeñísima novedad)

¡Hola a todos! ¡Buenos días/tardes/noches! Espero que hayan tenido un buen comienzo de año y que hayan terminado más ebrios que una cuba, ¡porque de lo contrario no han festejado el Año Nuevo, malditos puritanos!

RAÚL: ¡Oye! No proyectes en los demás lo que hiciste en Año Nuevo.
YO: Sabes bien que yo no tomo.
RAÚL: No, pero has incendiado medio pueblo un bosque entero y eso que no habías tomado nada.
YO: Bueno... no tuve la culpa de que la base del cohete cediera segundos antes de que saliera disparado y que éste terminara en una gasolinera... y explotara por los aires... y que un viento sur fuerte soplara expandiendo las llamas hacia el campo, luego al pueblo y luego a bosque... y que el carro de bomberos llegara 20 minutos tarde porque dejé el auto mal estacionado y había perdido las llaves... Son cosas que uno no puede evitar, es el destino.
RAÚL: Sí, claro, el destino...

En fin, en esta oportunidad vengo a ofrecerles algo que debía hacer tiempo y que por una cuestión u otra no llegaba a concretar, que es darles mis impresiones de otra novela de otro compañero, José Baena Castel.


Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo III: Una nueva e increíble habilidad. (Parte 1)





Luego de regresar al Templo, Nahuel contó la conversación que tuvo con la diosa y que ésta había no sólo asegurado que se uniría a la coalición de dioses, que hasta ese momento sólo había una deidad, también los ayudaría a buscar al resto de sus pares por todo el territorio de la Grecia antigua, comenzando con los últimos cinco lugares en donde los Ojos del Demiurgo habían detectado las extrañas actividades energéticas que no se podían clasificar como angelicales o demoníacas. Asimismo también detalló el acertijo que Atenea le había dicho y hacia dónde debían dirigirse después de tres días del encuentro, dejando confundidos a sus compañeros tanto con el tiempo que había que esperar antes de ir a la isla de Creta como con el acertijo por lo que le preguntaron si sabía que significaba a lo que respondió que no quería saber nada de acertijos y dioses por el resto del día y en lo único que quería pensar era en la cena y en la cama.

Durante la cena, María se quejaba de la ilusión ya que su cámara digital no pudo captar ninguno de los edificios completamente recuperados ni siquiera la suntuosa escultura de la Atenea Partenos a la que le había sacado muchas fotografías y en vez de tener fotografiada la estatua sólo tenía fotos oscuras de la naos en ruinas y algunas columnas del Partenón, lo que acrecentaba la ira de la muchacha. En medio del enojo, la dualista descubrió que su cámara prácticamente no poseía más memoria salvo para dos o tres fotos por lo que, luego de la cena mientras se dirigía hacia su recámara con sus amigos, empezó a borrar las fotos oscuras al tiempo que imprecaba en voz baja. Al llegar a la puerta de su habitación, Silecio se despidió de los jóvenes argentinos y le aseguró a María que conseguiría una memoria portátil para que pueda almacenar las futuras fotografías que tomara sin tener que eliminar las viejas logrando que la joven estuviera un poco más contenta, acto seguido se retiró a su habitación y los Aprendices entraron en la suya para descansar.

Al día siguiente, mientras desayunaban, un grupito de tres jóvenes, dos mujeres y un hombre, se acercaron a los Aprendices y, con la ayuda de Silecio, tuvieron una pequeña charla que duró unos minutos para luego irse. A la tarde los muchachos tenían encima a medio Templo, tal y como lo había vaticinado el primo de Alejandro, pero el primero en perder la paciencia no fue ni María, ni Nahuel ni Alejandro, fue Silecio, cansado de tener que traducir decenas de frases al mismo tiempo el joven lanzó un grito y puso sus manos hacia adelante separadas aproximadamente a un metro y advirtió, en su idioma natal, que si no hablan en orden les lanzaría su ataque elemental sin clemencia y sin importarle quién sería alcanzado por su ataque, a causa de ello y temiendo que ocurriera lo mismo que con los dualistas japoneses, los griegos se organizaron de modo que hablar uno por uno aguardando el tiempo suficiente para que uno de ellos hablara y para que Silecio hiciera su trabajo de traducción antes de que hablara el siguiente. Así estuvieron los muchachos hasta la hora de la cena donde los dualistas griegos habían saciado su sed de curiosidad y tanto los Aprendices como Silecio finalmente pudieron descansar y tener una cena en paz.