martes, 29 de diciembre de 2015

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo IX (Parte 1)




Los habitantes del castillo comenzaron a sospechar de los Guardianes y de los soberanos de Ávalon. Por algún extraño motivo, los caballeros pensaron que los escorpiones montados cerca del puerto de la isla no serían vistos por nadie, a pesar de que estuvieran cubiertos con telas gruesas para protegerlos del clima. Les habían pedido a las personas que habitaban en el lugar que no dijeran absolutamente nada a nadie y que si alguien les preguntaba que eran esos bultos tendrían que responderles que eran cosas de Merlín y las Reinas-Hadas y nadie, más que los Guardianes, podían acercarse. Ellos sabían que eran escorpiones, pero como su montaje fue por orden de los soberanos de Ávalon no hicieron pregunta alguna.

                No obstante, la curiosidad de las personas que pasaban por allí y observaban los bultos fue más grande que el temor a las consecuencias que sufrirían y se acercaron para saber qué eran. Cuando descubrieron las armas, intuyeron que se trataba de alguna defensa contra algún invasor y casi al instante lo relacionaron con Labhras. Al cabo de un tiempo un fuerte rumor recorrió el castillo: Labhras intentaría invadir la isla y asediar el castillo.

                Cuando menos se lo esperaron, los Guardianes se vieron rodeados por los rumores y las desconfiadas miradas de los habitantes del castillo, que si bien todavía les mostraban respeto poco a poco manifestaban su enojo. La gente no quería saber que Labhras iba a invadirlos cuando éste y su ejército estuvieran en las puertas del castillo, cuando sería demasiado tarde para huir. La mayoría deseaban saberlo para irse, mientras que otros solamente para saber la verdad puesto a que no abandonarían sus hogares, confiando que el Guardián iría a por Merlín y las Reinas-Hadas, eliminando a todo aquel que se interpusiera en su camino. No obstante, los Guardianes, quienes percibían que la gente sospechaba, no decían una sola palabra.

                Un día, la gente se enfureció. Descubrieron la verdad de pura casualidad. La noche anterior un grupo de personas vieron a un Guardián muy ebrio, tanto que apenas podía sostenerse y caminaba arrastrando sus pies, salir de la taberna. No era extraño ver alguno de ellos en ese estado cuando ocurría alguna festividad, pero no había ninguna fiesta y no parecía que dentro de la taberna se desarrollaba alguna. Lo siguieron unos metros, manteniendo distancia para evitar que el caballero los atacara pensando que lo estaban siguiendo, cuando de pronto cayó de bruces y no se levantó del suelo.

lunes, 28 de diciembre de 2015

ENTRADA ESPECIAL: Elinâ. La segunda novela de la saga "Los Señores del Edén", de Miguel Costa.

¡Hola! ¡Buenos días/tardes/noches a todos! Feliz Navidad ante todo aunque hayan pasado tres días tarde pero seguro. Je, je, je.

Hoy les quiero hablar sobre la segunda novela de esta saga, ya que como lo hice con la primera no hay dos sin uno... (Esperen... Hay algo raro en esa frase). En fin, adentrémonos en el tema antes que desvaríe (Por 342.362.369.868 vez. Sí, son muchas y sí necesitaría un psicólogo.)




Sinopsis:


Veinte años después de la apocalíptica Guerra de las Espadas, una nueva amenaza ensombrece los reinos del mundo de Tierra Leyenda.

Esta vez, Elinâ, la hermosa bruja del Reino Oscuro bendecida por los mismísimos Señores del Edén, seguidora de la diosa Edïona, la Señora de la Tierra, se sumergirá en una auténtica aventura épica junto con su protector el lobo negro Cannean y los mejores guerreros y magos designados por el poderoso Guardián del Cosmos Tag.

Los Elegidos deberán recuperar la Bola Orbe, una bola de cristal de poder infinito, y evitar que el Enemigo la transporte al Averno. Si no consiguen su objetivo, no solo Tierra Leyenda estará en peligro, sino muchísimos mundos del multiuniverso que giran paralelos en tiempos y épocas diferentes.


La novela Elinâ está inspirada en la canción Tierras de Leyenda de la banda española de música rock Tierra Santa.


sábado, 26 de diciembre de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo II: Comienza la búsqueda (Parte final)





Al poco tiempo, varias personas se sentaron delante de la estatua cubierta y a un lado del podio, siendo algunas de éstas el presidente de la República Helénica y parte de su gabinete, unos historiadores expertos y a Xenos Mitroglou con su particular peinado estilo puerco espín, además de destacarse entre los demás porque era el único que no vestía formalmente, llevaba puesto una camisa blanca y, arriba de ésta, un mameluco de tela vaquera, ambas prendas estaban llenas de manchas de pinturas, algunas partes estaban en negro que eran supuestamente quemaduras y en pocas partes había restos de bronce y arcilla, debido a como estaba vestido los dualistas se largaran a reír disimuladamente y de inmediato la exhibición comenzó suscitando que los camarógrafos apuntaran sus cámaras hacia el podio y las luces de las columnas se encendieran dado a que ya era de noche. Luego de unas palabras de presentación, el maestro de ceremonias le cedió el podio al presidente de la nación que dijo unas cuantas palabras y tras ello apareció Xenos Mitroglou subió al mismo para hablar un poco de su obra.

Estuvo hablando casi media hora causando que los muchachos se durmieran a pesar de que intentaban mantenerse despiertos, el más somnoliento de todos era Silecio que entendía lo decía el artista y le parecía muy aburrido, al tiempo que el resto se dormía a causa del viaje en avión y porque obviamente no entendían ni media letra de lo que Mitroglou articulaba. El único momento en que los cuatros salían de ese estado era cuando el artista, por emoción o, como afirmaba Silecio, por locura, gritaba un poco logrando que los dualistas se despertaran, pero cuando el artista se serenaba, los jóvenes volvían a cabecear por culpa del sueño y así estuvieron durante todo el discurso hasta que en un momento, antes de que Mitroglou terminara de hablar, Silecio despertó a los demás diciéndoles que iba a revelar la estatua de la diosa por lo que pusieron sus ojos encima de la tela roja que cubría al igual que todos los presentes, segundos más tarde Mitroglou, el presidente, las personas de su gabinete y los custodios de la estatura retiraron la tela roja al tiempo que las luces de los tachos que la apuntaban se encendían revelando una estatua de quince metros de alto hecha de bronce que representaba a Atenea.

Al observarla todos los concurrentes aplaudieron al artista por tan buena reproducción, casi idéntica a la verdadera, los historiadores miraban con completo asombro la exactitud en los detalles de la escultura tanto como Nahuel y Silecio que también sabían cómo era la misma y, en esos segundos, Nahuel recordó una descripción que hizo un historiador en el siglo XIII antes de su destrucción, además de ser la única en el mundo por el momento que contaba los detalles de la misma, por lo que el joven se sorprendió que los detalles coincidieran: el ropaje le caía hasta los pies y llevaba un cinturón, en su pecho tenía una coraza con la cabeza de Medusa, su cuello estaba descubierto y era largo, tenía marcadas las venas y sus formas eran ágiles y muy bien articuladas sobre la cabeza, donde tenía el casco levantado hasta la frente para que se le pudiera ver el impasible y severo rostro, llevaba una cimera de pelo de caballo. Su cabello estaba atado por detrás mientras que algunos bucles se escapaban por debajo del casco permitiendo ver un poco sus trenzas, en su mano izquierda llevaba un escudo que tenía labrado algunas escenas que, en ese momento, Nahuel no recordaba que tenía el escudo de la original pero pudo identificar a la distancia, unos centauros y eso era todo lo que pudo observar con cierta claridad, en la otra mano asía su lanza, ligeramente inclinada hacia el frente cuya hoja era dorada y brillaba con intensidad gracias a las luces. Tras los aplausos los historiadores se acercaron al podio y dijeron algo que causó risa en el público y en Silecio, por lo que los Aprendices le preguntaron que había dicho a lo que el joven tradujo que “la estatua no había sido destruida, sino que Mitroglou la tenía escondida” causando que los Aprendices se rieran un poco. Seguidamente unas personas más hablaron y el maestro de ceremonias dio por finalizada la exhibición y, los que querían, podrían acercarse a la estatua para sacarle fotografías, acto seguido las personas se levantaron de sus asientos y se acercaron a la majestuosa escultura al tiempo que algunos camarógrafos y periodistas se dirigían hacia el presidente, los historiadores o a Xenos Mitroglou para entrevistarlos mientras que los demás guardaban las cámaras y los trípodes.

martes, 22 de diciembre de 2015

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo VIII (Parte final)




                  –¡Debe ser más poderoso que los soberanos de Ávalon! –exclamó Xiao chen más sorprendida que el caballero.
                –Gracias por el halago, señorita. Aunque en realidad, y sin ánimos de jactarme, soy más poderoso que ellos. –afirmó Etriel con total seguridad.
                –Y ellos aún no lo saben… –dijo Labhras.
                –Así es, pero lo sabrán cuando llegue el momento adecuado.
                –¿Y por qué envió a Bastugitas para que me contara sobre mi verdadera identidad y cuál era mi destino?
                –Fue todo una gran casualidad. Hace más de tres años sentí la energía de un Nigromante, supe que era uno porque ellos tienen una energía bastante… “especial”, al oeste de este bosque y me dirigí hacia allí. Como está débil sabía que sería fácil liquidarlo…
                –¡Espere! ¡¿Iba a matar al bastardo de Bastugitas?! –interrumpió Xiao chen.
                –Por supuesto. –asintió Etriel
                –Tiene la obligación de hacerlo. –agregó Labhras.
                –¡¿La obligación de hacerlo?! –exclamó la mujer impactada.
                –Los Nigromantes son hechiceros que tienen muy mala fama y no son bien vistos por sus pares ya que la Nigromancia es un arte mágico prohibido. –aclaró Labhras.
                –Cuando algún hechicero practica la Nigromancia y es descubierto cualquiera puede asesinarlo ya que ellos tienen la costumbre de defenderse atacando tan fuertemente que pueden llegar a matar. Asimismo, está muy mal visto comunicarse con los muertos porque eso es algo antinatural y por ello cualquiera que sepa con certeza que un hechicero practica la Nigromancia tiene el deber moral de liquidarlo para evitar que sus poderes produzcan desgracias mayores. –continúo Etriel.
                –Eso es gracias a una decisión que tomaron Merlín y las Reinas-Hadas hace mucho tiempo.
                –Efectivamente.
                –Así que una persona como yo puedo matar a un Nigromante, ¿cierto? –dijo Xiao chen.
                –Sí, pero debe tener la certeza que ese hechicero practica la Nigromancia. Si liquida a un hechicero puedo asegurarle que sufrirá una muerte peor que la que le dio la supuesto Nigromante. –aseveró el Druida.
                –Ah… Entiendo.
                –En fin, continúe con su relato.
                –Bien. Antes de liquidarlo le pregunte varias cosas, fundamentalmente para cerciorarme que en verdad era un Nigromante porque existía la posibilidad de que fuera una especie de trampa, cuando de repente se largó a llorar y me contó toda su historia. Descubrí que, en efecto, era un Nigromante que sirvió a los últimos reyes del pueblo Segotorix y estuvo con ellos mientras escapaban de la masacre de su pueblo hasta que se separaron. Dijo que los reyes huían con un hijo, el cual no sabía si sobrevivió, pero yo sí sabía que había sobrevivido y…
                –Momento. ¿Dice que usted sabía quién soy?
                –Lo descubrí tiempo antes de mi encuentro con Bastugitas.
                –¿Cómo?
                –No es relevante por el momento.
                –Exijo que me diga cómo lo supo.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo II: Comienza la búsqueda (Parte 1)





A la hora del almuerzo, los jóvenes se dirigieron hacia el comedor. Se sentaron juntos en una de las esquinas de una mesa luego de buscar su bandeja con comida y antes de que la tocaran con los utensilios, los Hijos del Universo anunciaron la presencia de los dualistas argentinos e hicieron que éstos pasaran al frente de las mesas para que todos los dualistas griegos los vieran al tiempo que los acompañaba Silecio para que les tradujera lo que decían los Sabios Maestros, mayúscula fue la sorpresa de los Aprendices al ver que el resto de los dualistas no parecían prestarles mucha atención, como si les fuera indiferente el hecho de que en su Templo hubiera extranjeros causando un cierto malestar en los muchachos. Acto seguido los muchachos regresaron a sus sillas y comieron completamente desencantados de los dualistas griegos, luego del almuerzo se dirigieron hacia la Sala de Usos Múltiples para bajar la comida con tranquilidad sentados en una de las mesas redondas.
–¿Qué les pasa? ¿A qué vienen esas caras tristes? –les preguntó Silecio a los Aprendices ya que éstos no podían ocultar su malestar.
–¿Qué nos pasa? ¿No viste cuanta atención nos prestaron tus compatriotas? –replicó Alejandro con cierta indignación.
–Algunos hacían que les interesaba, otros miraban hacia todos lados como si los Hijos del Universo dijeran sandeces y otros nos miraban pero no nos veían, como si nosotros fuéramos un abismo, nada interesante que contemplar salvo la oscuridad que emerge desde lo más profundo, donde la vista no puede observar porque la luz no puede llegar hasta el fondo… –comentó María con profunda tristeza.
–Nunca me había sentido tan indiferente en mi vida… –agregó Nahuel– ¿Son tan antipáticos tus compatriotas?
–Ja, ja, ja. No, no, no. No piensen mal de ellos, ocurre que al principio, la gran mayoría no parece importarle mucho los extranjeros. Pero al poco tiempo sienten mucho interés y los atenderán con la mayor hospitalidad posible. Es más, dentro de unas horas medio Templo estará encima de ustedes y les molestaran que todos estén preguntando muchas cosas al mismo tiempo. Tanto se van a asquear por la atención que sintieran que se están asfixiando y en ese momento desearán que los traten como al principio, ja, ja, ja. –respondió Silecio con naturalidad.
–Pues yo opino que deberían por lo menos fingir algo de atención a los extranjeros cuando se los presentan por primera vez así no se sientan tan desolados… –criticó María.
–Deberían pensar que vienen de otro país, con otra cultura e idioma, lejos de su familia y seres queridos, no es muy agradable que sus anfitriones sean fríos con ellos desde el comienzo. –secundó Alejandro.
–Para nadie es fácil salir de su tierra natal y vivir un tiempo fuera. El desarraigo es muy fuerte al inicio y puede derivar en un problema mayor como bajarle la autoestima, melancolía extrema, profunda depresión… un segundo… creo que las tres cosas son similares… –afirmó Nahuel causando que sus compañeros se rieran un poco– De cualquier manera solo espero que tus compatriotas no nos maten con tanta atención.
–Pues… hasta ahora nadie ha muerto, pero sí han cansado a algunos, incluso unos extranjeros se enojaron tanto que utilizaron sus poderes mentales para repeler a mis compatriotas. –aseguró Silecio dejando perplejos a los Aprendices.
–¡¿Qué?! ¡¿En serio?! –exclamó Nahuel.
–¡¿De verdad ocurrió lo que dijiste?! –vociferó María con una cara de sorpresa que daba risa, con sus ojos bien abiertos, la boca completamente abierta mientras una de sus manos la ocultaba quedando como una estatua.
–¡Espero que no sea una de tus bromas! –aseveró Alejandro.

martes, 15 de diciembre de 2015

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo VIII (Parte 1)




Labhras y Xiao chen caminaban por el bosque de Alfheim, acompañados por sus caballos. El caballero le había dicho a la mujer que si un jinete pretendía hablar con un Druida debía bajarse del caballo y caminar por el bosque ya que los Druidas, al ser protectores de la naturaleza, veían con malos ojos a aquellos que montaban animales dentro del bosque; fuera del mismo podían montarlo todo lo que quisieran, pero dentro el animal era una criatura libre y como tal no debía ser montado.

                Luego de que hablaran con el grupo de Bulenus, el último trayecto hacia el bosque de Alfheim fue más difícil de lo que creyeron. El grupo de Bulenus hostiles los atacaron durante el primer día, por lo que ambos tuvieron que separarse para perderlos de vista. Cuando lo lograron tuvieron que reunirse antes de continuar, pero como ambos se habían separado bastante no sabían dónde estaba el otro. Tardaron más de día y medio para encontrarse y continuar, sintiéndose aliviados porque ambos estaban ilesos.

                No obstante, se encontraron con otro grupo de Bulenus nada amigable, aunque eran más agresivos que el anterior porque apenas los vieron les dispararon varias flechas. Mientras huían, los Bulenus seguían disparándoles y cada vez su puntería era más precisa, por lo que en un momento dado Labhras se detuvo y descendió del caballo para avanzar caminando hacia ellos. No pasó mucho hasta que las flechas le alcanzaran, pero ninguna pudo atravesar su armadura. Él quería que eso sucediera, aunque temía que una flecha entrara en la rendija del yelmo por donde él miraba, lastimando gravemente sus ojos.

                Los Bulenus quedaron perplejos al ver cómo sus flechas rebotaban como si hubieran impactado contra una pared y rápidamente dejaron de dispararles para huir despavoridos. Instantes más tarde Xiao chen se acercó a él para preguntarle qué había hecho para que sus atacantes se marcharan, a lo que el caballero le contestó que pensó que si los Bulenus veían que sus flechas no podían atravesar su armadura creerían que se trataría de algún hechizo y, como no quieren tener problemas con algún hechicero porque saben que no podrían hacer nada contra uno, huirían aterrados. Luego de eso prosiguieron su camino.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo I: ¡Bienvenidos a Grecia! (Parte final)




Al llegar encontraron otra área similar a la de abajo con la excepción de que no había nadie allí, sólo los solitarios bancos de madera. El grupo salió del ascensor para dirigirse hacia la habitación que se encontraba detrás de los ascensores, ellos directamente entraron al sitio porque no había puertas sino que había un arco que indicaba el ingreso; llegaron a otra gran sala con ventanas comunes tanto en la pared de enfrente como la que se ubicaba a la izquierda de los muchachos algunas tapadas con cortinas claras mientras que las que no, las tenían atadas a un lado.

Había muchas mesas largas de madera dura colocadas de manera tal que formaran unas mesas muy largas que poseían muchos asientos y delante de las grandes ventanas tapadas con cortinas carmesí, se hallaba una mesa dispuesta de forma perpendicular en relación a las demás que tenían cinco asientos, en techo se encontraban, además de las luces, unos cuantos ventiladores que estaban encendidos al punto más bajo que podían. A la derecha había una pared que poseía una gran ventana sin vidrio de donde se podía observar varias personas que controlaban unos hornos industriales mientras que otros lavaban unos platos en unas grandes pilas de cocina de acero inoxidable en unas encimeras de mármol blanco y otras cortaban algunos vegetales en una enorme mesa en el centro del recinto.

Los jóvenes también observaron que había otro acceso al sitio que se ubicaba cerca del otro ascensor, tras ver todo eso los Aprendices se dieron cuenta que eso era un comedor.
–¿Qué les puedo decir sobre éste lugar…? Hay que ser muy idiota para no darse cuenta… –comentó Silecio.
–Lo sabemos. –dijo Nahuel.
–Es el lugar favorito de Alejandro. –afirmó María riéndose un poco.
–Así que a Alexandro le gusta estar en el comedor… ¡qué raro! Cuando venía aquí  prefería jugar todo el tiempo antes que comer… –admitió Silecio.
–¡Deja de llamarme Alexandro! –gritó Alejandro exasperado–. Además vine aquí una vez y fue hace mucho. Ni siquiera me acordé del vestíbulo, ni del “post-vestíbulo”, el Aula Magna y seguramente el resto del edificio.
–Pero sí del comedor, ¿o me equivoco? –cuestionó Nahuel.
–¿Eh? ¿Por qué lo dices? –preguntó confundido el joven.
–Porque dijiste que no recordabas todo el edificio salvo el comedor… –contestó Nahuel.
–Es verdad, del comedor te acuerdas. Je, je, je. –declaró María causando que Alejandro se pusiera colorado.
–N-N-No. Es… es que… que se me olvido. –se excusó el muchacho.
–¿Cómo se te pudo olvidar si hace no más de un minuto que sabes lo que es éste lugar? –cuestionó Silecio.
–No me jodas tú también. –Amenazó Alejandro que comenzaba a no gustarle las bromas de sus compañeros.
–De acuerdo, creo que será mejor que sigamos con el recorrido antes de que nuestro compañero se enfade del todo. –sugirió Nahuel y Silecio condujo a los Aprendices hacía el ascensor para entrar en él e ir al siguiente piso.
–Una pregunta, Silecio. ¿Todos los pisos tienen dos puntos de acceso? –interrogó María.
–Sí. Desde el último piso hasta el primero en el subsuelo tienen dos puntos de ingreso, así que ya saben por si se dan cuenta de ese detalle en todos los pisos. –respondió el joven y segundos más tarde el ascensor llegaba a su destino. Rápidamente los muchachos salieron del lugar y se encaminaron hacia la entrada de la siguiente habitación que se hallaba al lado del ascensor.

martes, 8 de diciembre de 2015

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo VII (Parte final)




Al día siguiente empezó a llover. La lluvia era impredecible. De a ratos lloviznaba, pero de ratos llovía como si viniera el fin del mundo. A pesar de la lluvia los Guardianes entrenaron todo el día, empapándose por completo y algunos se ganaron un resfriado porque el agua era fría. Una hora antes de que atardeciera, William resolvió que todos dejaran de entrenar puesto a que varios se habían resfriado y no quería que todo el mundo cayera enfermo.

Momentos más tarde salía de la armería del edificio de la orden cuando de pronto vio a una mujer conocida en el centro del sector del área de entrenamiento que se encuentra al aire libre, mojándose porque estaba lloviznando. Raudamente se acercó a ella, sorprendido al verla en ese lugar.
–¿Elisabeth? –preguntó William una vez que estuvo a unos cuantos metros delante de ella, descubriendo que ella poseía en sus manos un viejo estoque envainado que él le regaló hace unos cuantos años.
–Hola, William. –saludó la mujer con normalidad.
–¿Qué haces aquí? No deberías estar aquí.
–Lo sé, pero quería pedirte un favor.
–Dímelo cuando estemos bajo techo. Esta lluvia te provocará un resfriado.
–No creo que sea conveniente. De todos modos tendremos que estar aquí.
–¿Qué quieres decir con eso?
–William, quiero que me enseñes a luchar. –dijo Elisabeth resuelta.
–¿Qué? –preguntó William perplejo.
–Quiero que me enseñes a luchar.
–¿Por qué quieres luchar?
–Pues… –dijo Elisabeth, bajando su mirada– Si piensas un poco sabrás por qué. –agregó y su hermano se percató de lo que ella quería decir.
–Lo siento, hermana, pero lo que pides es estúpido y muy peligroso.
–No lo es. –afirmó ella levantando su mirada.
–Sí lo es. Enfrentarte a Labhras es un suicidio.
–No me enfrentaré a él. Sólo quiero saber cómo defenderme cuando hable con él.
–¿Y qué le dirás, que se detenga, que lo amas y por lo que sienten le rogaras que no cumpla con su destino? Eso no funciona así…
–Quiero intentarlo. Todo el mundo está en pánico. Si ven a Labhras se pondrán pálidos y huirán despavoridos, como si hubieran observado un horrendo espectro. Incluso ustedes le tienen miedo.
–No le tenemos miedo. No queremos combatir contra él porque… porque es nuestro compañero y para algunos es nuestro amigo. Para nuestra desgracia sabemos que a él no le importará esto y nos matará si tiene la oportunidad de hacerlo.
–Ustedes son sus amigos, sus compañeros de guerra. Yo soy una mujer y no cualquier mujer, soy a quien ama y eso me dará cierta ventaja. Él dudará antes de lastimarme y me escuchará, pero quiero saber cómo defenderme cuando él me ataque luego de escucharme por un rato. Sé que su sed de venganza lo cegará y si lo detengo por mucho tiempo me… apartará de su camino.
–Y eso será peligroso. No, hermana. No te enseñaré a luchar.
–¡Hazlo!

sábado, 5 de diciembre de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Tierra de pasiones. Capítulo I: ¡Bienvenidos a Grecia! (Parte 1)




Después de un poco más de diez horas de vuelo, Nahuel, María y Alejandro finalmente aterrizaron en Grecia, en el aeropuerto internacional Eleftherios Venizelos. Los muchachos se despidieron de su piloto, Pablo Falgas; de inmediato descendieron y recogieron su equipaje para finalmente dirigirse hacia la terminal para encontrar al sujeto que los estaría esperando para llevarlos al Templo Dualista Panuniversalista de Atenas.
–¡Esto es pesado! ¡¿Dónde están los maleteros cuando uno los necesita?! –criticó Alejandro mientras tiraba un carro donde estaban colocadas las enormes maletas.
–Llámalos si quieres. Pero recuerda que perdiste cuando sorteamos quién llevaría el equipaje de todos, por lo tanto no deberías quejarte. –admitió Nahuel.
–Además puede que el hombre que nos va a llevar al Templo Dualista Panunviersalista de Atenas esté cerca, así que en vez de quejarte mantén los ojos abiertos. –aseguró María.
–¡Claro! ¡Para ti es fácil decirlo! ¡No tienes que tirar de un carro que pesa una tonelada! –replicó Alejandro.
–¡No seas vago! ¡No es tan pesado! –contestó María.
–¡¿Ah, no?! ¡¿Por qué no vienes acá y tiras?!
–No, porque tú tienes que hacerlo.
–¡Maldita sea!
–¡Basta ya los dos! ¡Dejen de discutir de una buena vez! –gritó Nahuel exasperado logrando que sus compañeros se callara y que el resto de las personas que estaban cerca de ellos lo miraran con cara rara por un lado por el grito y por el otro el desconocimiento del idioma– Falta que ustedes nos pongan en ridículo frente a todas estas personas. –agregó señalando la multitud que iba y venía observándolos.
–¡Está bien! No diré nada más. –afirmó Alejandro.
–Miren chicos, allá hay un grupo de personas que están esperando a que desciendan las que están en ese avión que está llegando. Puede que allí este el hombre que nos está esperando. –aseguró María indicando el numeroso grupo de personas que se encontraba a veinte metros delante de ellos.
–¿Estás segura? No creo que Velásquez no les dijera a los Hijos del Universo de acá que vendríamos en un avión privado. Es un detalle muy importante como para pasarlo por alto. –cuestionó Nahuel.
–Con mirar no perdemos nada. –aseguró Alejandro.
–Es verdad, vayamos a ver. –dijo Nahuel y los jóvenes se dirigieron al grupo de personas.

martes, 1 de diciembre de 2015

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo VII (Parte 1)




Los Guardianes, por más que querían atrapar a Labhras y encerrarlo para su juicio antes de que pusiera un pie en la isla con su ejército, no tenían otra opción que esperar a que su viejo compañero hiciera su aparición, entretanto, se dedicaban a entrenar y a reforzar las defensas del castillo. Prácticamente no había nada que reforzar ya que el castillo poseía un amurallado que podía resistir cualquier ataque, sin embargo, no podían darse el lujo de que el ejército enemigo estuviera en la isla ya que éste los superaría ampliamente en número y si por algún giro inesperado del destino dicho ejército entraba al castillo sería su fin.

                William ordenó que sacaran las catapultas y todos los escorpiones que había en la armería para emplazarlas en el puerto de la isla de Ávalon. Todos sabían que el ejército de Labhras podía desembarcar en cualquier parte de la isla, pero si lo hacían desde el puerto podrían dirigirse directamente hacia la entrada principal del castillo sin tener que rodearlo y evitando la lluvia de flechas que procederían del adarve.

                Los cincuenta escorpiones fueron sacados con facilidad y montados muy cerca del puerto, sin que los habitantes del castillo supieran que los habían trasladado porque los escondieron bien en las carretas, pero no sacaron las catapultas. Cuando varios comenzaron a despejar el camino, otros se percataron que dichas armas, que eran cinco, no estaban en buen estado porque la madera presentaba grietas y las cuerdas parecían romperse con solo mirarlas fijamente. Más que armas de asedio parecían ser piezas del museo. Raudamente se lo informaron a William y cuando éste comprobó lo que escuchó de sus subordinados resolvió hacer una prueba dentro de la armería: “cargar” una de las catapultas. Naturalmente no le pondrían nada y no la dispararían porque si lo hacían la punta del arma golpearía y rompería el techo, aparte de romper la punta misma, solamente torcerían el brazo lo suficiente para averiguar si se producía la tensión necesaria y si toda la estructura resistía. Sin embargo, cuando apenas logaron hacer algo de tensión la cuerda se rompió y las grietas del brazo y de otras partes del arma se acrecentaron, aparte de que la cuerda tensionada alcanzó el brazo izquierdo de un hombre, pero como llevaba puesto su armadura solamente recibió un fuerte golpe. Luego de eso, decidieron no utilizarla porque las mismas eran muy viejas.

                Realmente lo eran. Esas armas habían sido construidas después de que los Dragwolf realizaron sus primeros ataques a los pueblos de los Canfawr con el fin de amedrentarlos o usarlas para atacar las aldeas que había en la “Meseta Polvorienta”. Sin embargo, las armas, a pesar de que poseían sus correspondientes ruedas, retrasaban bastante a los Guardianes y por esto solamente las emplearon alrededor de quince veces y las confinaron al fondo de la armería. El paso del tiempo y la falta de mantenimiento causaron estragos en la estructura y las cuerdas de las armas y quedaron completamente inservibles.