martes, 29 de septiembre de 2015

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo III (Parte 2)




Hacia la noche, Labhras y compañía una vez más fueron testigos del salvajismo de los Dragwolf. Todavía no se acostumbraban a ver las reyertas o ver a varios teniendo sexo. Ellos no veían el día en que nunca más tendrían que compartir una cena. Durante el almuerzo se comportaban más o menos civilizadamente, pero durante la noche, y más aún cuando era un festín, se descontrolaban en extremo. Styrmir, harto de ver tanta barbarie, le pidió a Labhras y podía hablar con Feliph para que pusiera algo de orden. El caballero le dijo que no podía hacer nada ya que lo que veían formaba parte de su idiosincrasia y no era conveniente intervenir.

Un par de horas más tarde, cuando el festín terminó, Labhras y Feliph estaban conversando sobre el lugar a donde irían al día siguiente.
–No estamos lejos de la meseta, aunque habrá que moverse por caminos sinuosos una vez que lleguemos allí. Para el anochecer estaremos en el valle. –afirmó el Dragwolf.
–Me parece bien. –asintió Labhras.
–Sin embargo, si planea avanzar hacia Lacfatum tendrá que esperar varios días hasta que todos los guerreros de los grandes poblados lleguen al valle.
–Lo sé. Sólo espero que no tarden mucho.
–¿Le preocupa que las Reinas-Hadas y Merlín le encuentren primero antes de que pueda siquiera llegar a la orilla del lago?
–Un poco, pero sospecho que si nos movemos con cierta cautela lograremos llegar a Lacfatum.
–Espero que lleguemos a un sector donde haya un bosque porque habrá que construir barcos para atravesarlo.
–Ya nos ocuparemos de ello cuando llegue el momento. No nos adelantemos porque si pensamos en cómo dar el quinto paso antes que los demás irremediablemente nos caeremos.
–Ciertamente.
–Sin embargo, habrá que vigilar a Ratlith.
–¿A Ratlith? ¿Por qué?
–Dudo que él haya cambiado verdaderamente de opinión. Seguramente los líderes de los otros pueblos lo miraron con rabia y le obligaron a cambiar de parecer, pero aún sigue desconfiando de mí.
–Bueno, tiene sus razones como los que piensan igual que él.
–Sí, pero tanto Ratlith como esos Dragwolf podrían entorpecer nuestro ataque al castillo o bien delatarnos.
–¿Delatarnos? ¿Cómo?
–Si se encuentran con un Guardián le dirán sobre mí y cuando menos lo esperemos tendremos a Merlín y a las Reinas-Hadas entre nosotros.
–¡No sea ridículo! ¡Ninguno de nosotros hablaría con un Guardián y mucho menos para avisarles sobre un asedio al castillo de Ávalon!
–Puede que eso no suceda, aunque no quiero que ocurra por pensar que ninguno de sus pares lo haría.
–¿Y qué quiere que haga? ¿Qué vigile a todos?
–No. Hasta ahora, Ratlith es el único que puede ocasionarnos algún problema, pero es posible que haya otros como él. Le pido que averigüe quiénes son para mantenerlos vigilados y actuar antes de que frustren mis planes.
–¿Y cómo haré para averiguarlo?
–¿En serio me pregunta eso?
–¡Por supuesto!
–A ver… –dijo Labhras sin poder creer que Feliph fuera tan tonto– Fíjese en cómo se mueve Ratlith, con quién o quiénes habla, si conversa seguido con un grupo de personas… Cosas así. Ratlith buscará Dragwolf que piensen igual que él para tener fuerzas y separarse de nosotros cuanto menos.

martes, 22 de septiembre de 2015

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo III (Parte 1)




Desconociendo absolutamente cuáles eran los otros cinco poblados más grandes de los Dragwolf y a donde se ubicaban, Labhras le preguntó a Feliph para quitarse las dudas y estimar cuánto tiempo tardarían en llegar los líderes para celebrar la reunión donde reconocerían al antiguo jefe de Lipharath como el sucesor de Malhalof. Feliph le contó que los cinco pueblos, que se llamaban Maldalarth, Vífroder, Delaworth, Hilodrif y Etradeal, se emplazaban a grandes distancias de Golgobrad.

Lipharath es el poblado más austral de Ávalon y por ende el más austral de los siete grandes poblados de los Dragwolf, contando a Golgobrad; no había otro más al sur, por lo que el resto se ubican por el resto de los puntos cardinales. Delaworth y Etradeal, se encuentran al este de Golgobrad; el primero está a tres días a pie mientras que el segundo a siete, quedando muy cerca del gigantesco acantilado que separa al desierto de las aguas del Mordrakus. Vífroder se ubica al suroeste de Golgobrad y a cinco días a pie de distancias de éste. Maldalarth es el más curioso de todas porque se ubica al norte de Vífroder y si se trazaba una línea entre ambos poblados sería perfectamente recta, sin que tuviera la más leve inclinación; se halla a una semana a pie de Vífroder y a casi seis de Golgobrad. Por último, Hilodrif es el poblado más occidental y el que a más distancia se encuentra del poblado más importante de los Dragwolf: ocho días. Si alguien se dirigía hacia cualquiera de esos poblados a caballo o sobre el lomo de un peligroso Arenoso, el tiempo sería, naturalmente, menor.

Con esa información, Labhras calculó que si todo salía bien, es decir que ningún Arenoso le diera problemas a su jinete o se lo devorara, tendría a los líderes de los cinco poblados en menos de dos semanas. El caballero se preocupó mucho por esto. Era mucho tiempo. Entendía que mientras más tiempo permanecía en Ávalon sin “moverse” las Reinas-Hadas y Merlín lo descubrirían y posiblemente nunca podría obtener a Excalibur y, en el mejor de los casos, pasaría el resto de su vida encerrado en una de las celdas que hay debajo de la torre del homenaje.

Sin embargo, no podía hacer absolutamente nada. Tendría que esperar a que llegaran los líderes y ser muy tolerante con los Dragwolf que habitaban en Golgobrad ya que a diferencia de los más de quinientos habitantes de Lipharath que lo acompañaron hasta el poblado más importante de los Dragwolf eran mucho más incivilizados. Lo que más le preocupaba era la seguridad de Xiao chen. La mujer era muy bella y podría ser violada en cualquier momento. Como no quería que le sucediera nada, tendría que estar cerca de ella todo el tiempo, algo que no deseaba hacer por dos poderosas razones: porque no quería hacerlo y porque si lo hacía, Styrmir lo vigilaría para evitar que la mujer se aprovechara de él para robarle a Thyrfing.

martes, 15 de septiembre de 2015

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo II (Parte final)



Malhalof, quien observó todo sin intervenir en ningún momento, se encontraba atónito y al mismo tiempo aterrado. El vio el momento que en que sus hombres impactaron sus armas en la armadura del caballero y que las mismas no pudieron atravesarla. No podía creer que sus hombres no tuvieran la fuerza necesaria para lograrlo. Todos ellos habían combatido contra los Guardianes al menos una vez y habían podido atravesar las armaduras de varios caballeros, pero ahora no lograron hacerlo, por lo que entendió que esa armadura debía estar hechizada; para él, era la única explicación posible.

No obstante, una vez que vio al caballero atacar al último de sus hombres asió con furia su gran espada, lanzó un estridente grito que delataba lo que sentía y se lanzó contra Labhras. Éste se percató de lo que iba a hacer el jefe de los Dragwolf y unos instantes más tarde estaba chochando a Thyrfing con la gran espada de su contrincante. En ese momento, sintió la fuerza que poseía Malhalof, mucha más que cualquier Dragwolf con el que se había enfrentado en el pasado o con los que se enfrentó hasta hace poco. Sin embargo, pudo mantener su espada firme, evitando quedar expuesto ante una segunda arremetida.

El segundo ataque no tardó en llegar y ésta vez el caballero la esquivó agachándose ya que Malhalof movió su espada de lado a lado. En ese momento Labhras arremetió, clavándole su espada oscura en el muslo izquierdo. Malhalof lanzó un grito de dolor y acto seguido volvió a atacar a Labhras, esta vez ejecutando un espadazo descendente. El caballero lo evadió tirándose al suelo hacia su derecha para después volver a atacar a Malhalof, cortándole la pantorrilla izquierda limpiamente.

Malhalof lanzó otro nuevo grito de dolor y comenzó a atacar a Labhras alocadamente, moviendo su pierna herida como si no tuviera herida alguna, aunque a cada paso que daba mucha sangre manaba de sus heridas. Como atacaba tan rápido, Labhras no podía contraatacar, algo que necesitaba hacer porque escuchaba la voz de la espada como si alguien le estuviera hablando cerca. Sabía que si arremetía una vez más haría bajar la guardia definitivamente a Malhalof y así podría liquidarlo.

Inesperadamente Labhras cayó de espaldas al suelo por haberse chocado a uno de los Dragwolf con el que combatió hace un rato y Malhalof aprovechó el momento para enterrarle su espada justo a la altura del corazón. Sin embargo, apenas la punta de su oxidada arma tocó la armadura su cuerpo se estremeció un poco, como si hubiera golpeado algo muy duro. Una vez más quedó impactado al observar que un arma no pudo penetrar la armadura del caballero, aunque ésta vez era su arma y le había aplicado mucha fuerza a su ataque.

martes, 8 de septiembre de 2015

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo II (Parte 2)



Golgobrad es el poblado más grande de los Dragwolf. Pocos Guardianes tuvieron la suerte, o la desgracia, de estar cerca de allí y todos ellos confesaron que estaban impresionados porque pensaron que verían un enorme pueblo conformado por casas bajas que se sostenían milagrosamente ya que los Dragwolf no eran expertos constructores de hogares pero se topaban con una ciudad.

Golgobrad tiene una particularidad que lo hace especial: está construido alrededor de un gran oasis, donde el agua nunca se acaba. Posee muchos edificios de varios pisos aunque los más altos no superaban los cuatro pisos. Todos están construidos de manera tosca, como las casas que hay en Lipharath, y para todos los que los observan realmente piensan que es un milagro que se mantengan en pie y que no mataran a todos los que viven dentro de ellos y una construcción circular enorme al oeste del oasis cuyo muro es como las paredes de los demás edificios pero su techo está hecho íntegramente con piel humana y piel de los reptiles gigantes. Tiene muchos corrales que rodean casi por completo a la ciudad ya que desde allí parten los grupos de Dragwolf para atacar a los pueblos cercanos de los Canfawr que se hallan al otro lado del Muro de Emrys y traer Arenosos de donde viven a veces resulta algo complicado ya que más allá de su comportamiento violento e impredecible no son criaturas que les agrada andar todo el día bajo el Sol. Su condición de reptil hace que no sean bestias aptas para recorrer grandes distancias, más aún cuando la temperatura no colabora mucho.

Labhras recordaba un poco lo que había escuchado sobre Golgobrad y sabía que de los pocos Guardianes que llegaron a Golgobrad, unos muy pocos pudieron adentrarse unas cuantas decenas de metros, pero no pudieron ver mucho ya que tuvieron que retirarse a gran velocidad salvo que quisieran sucumbir bajo las maltrechas armas de sus enemigos. Entendió que él sería el primer Guardián en estar en el centro del poblado más importante de sus enemigos.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo Final: A la búsqueda de los aliados menos pensados (Parte final).




Para la noche Nahuel, Alejandro y María ya tenían sus maletas listas, que eran bastantes porque habían colocado prácticamente medio ropero en ellas ya que colocaron ropas para todas las estaciones del año y era necesario ya que pasarían un buen tiempo en el exterior; sólo faltaba guardar las armas que llevarían en la valija especial que se encontraba en el depósito de la Sala Técnica, pero como habían terminado a pocos minutos antes de la cena, decidieron dejar eso para el día siguiente.

Luego del almuerzo del siguiente día los muchachos sacaron la valija especial del depósito, pero al ver que la misma era grande, más de dos metros de largo y más de medio metro de alto, y que podría resultar engorroso subirla para que ellos pudieran colocar sus armas en una de sus habitaciones o en la Sala Común de los Dormitorios, decidieron dejarla en un lugar de la Sala Técnica que no molestara a los técnicos y ellos traerían sus armas para guardarlas allí mismo y dejar la maleta en ese sitio hasta la mañana siguiente, momento en que tendrían que cargar todo el equipaje para partir hacia el aeropuerto internacional de Ezeiza en Buenos Aires. Tras colocar sus todas sus armas mentales que incluían espadas de todo tipo, un par de lanzas una con hoja de doble fijo, la que comúnmente usaba Alejandro, y otra con hoja para desgarrar, tres arcos de distintos tamaños, una ballesta y algunas pistolas con munición, cerraron la gigantesca maleta con cinco candados que se abrían introduciendo un código de tres cifras.

Después de todo eso los Aprendices se rieron porque debido al color metálico de la valija imaginaron que sería una de esas bombas biológicas en una maleta, y volvieron a la una de las Salas de Entrenamiento Normal para continuar con su última clase. A la noche, los Hijos del Universo y sus amigos organizaron una cena de despedida haciendo un gran banquete para ellos y todos los residentes del Templo, luego de la cena varios muchachos llevaron a Nahuel, María y Alejandro hacia la Sala Común de los Dormitorios para una especie de fiesta de despedida ya que no ellos tres no podían quedarse despiertos hasta muy tarde porque tenían que descansar para el viaje hacia el aeropuerto de mañana, por lo que sus amigos entendieron su situación he hicieron una pequeña fiesta de un par de horas con música a bajo volumen para no molestar a los que se irían a dormir. En esa pequeña fiesta, María, Nahuel y Alejandro le contaban a los suyos que visitarían todos los sitios turísticos que pudieran y que sacarían tantas fotos como le era posible ya que la muchacha tenía una cámara digital que se la regalaron en sus cumpleaños y esa era una gran oportunidad para utilizarla, además de bromear sobre algunas cosas y, obviamente, despedirse de algunos de sus compañeros puesto a que no los verían en la mañana por algún que otro motivo; allí Nahuel se despidió de Hugo Oscar Trujillo y de los Maestros Vidal y Ortiz que fueron a saludar a los muchachos, mientras que María y Alejandro se despedían de media sala más o menos.

Cerca de la medianoche la fiesta tuvo que terminarse y todo el mundo marchó a sus habitaciones para descansar y en ese momento apareció Sabrina con la tablet completamente configurada, con unas cuantas hojas de carpetas escritas a puño y letra de la mujer con instrucciones precisas del funcionamiento más básico del dispositivo y los libros por lo que Nahuel ayudó a la mujer a cargar los libros para llevarlos a su habitación; después de eso Sabrina le explicó a Nahuel algunas cosas sobre lo que había escrito por si él no entendía la letra aunque ella tenía una caligrafía perfecta y legible y se despidió del muchacho ya que no sabía si podría hacerlo en la mañana. Finalmente y después de unos minutos Nahuel, Alejandro y María se encontraban en sus camas, pero como estaban tan emocionados por el viaje que se olvidaron por un momento del objetivo del mismo pensando en los paisajes que verían, las ciudades que visitarían y las comidas que degustarían para repentinamente volver a recordar que no sería una travesía de placer sino una de búsqueda de deidades que, hasta el momento, podrían existir. Todo eso provocó que tardaran un tiempo en conciliar el sueño aunque antes de que se dieran cuenta ya estaban roncando.

martes, 1 de septiembre de 2015

El Señor de las Espadas (Libro III): Capítulo II (Parte 1)



Los Dragwolf tienen una trágica historia. Cuando Ávalon se formó, ellos fueron sus primeros habitantes y se llamaban Aldalars. Mientras fueron Aldalars, su apariencia física distaba bastante de lo que ahora son. Eran esbeltos, de piel clara, con caballera larga y sedosa. Eran los seres más bellos de Ávalon. Su inteligencia era de envidiar. Resolvían problemas complejos en poco tiempo y aprendían muchas cosas a una velocidad que asombraba.

                Los Aldalars fueron testigos del nacimiento de todos los pueblos de Ávalon y ayudaron a cada pueblo a establecerse en los sitios donde hoy en día habitan. Con el paso del tiempo se hicieron buenos amigos de todo el mundo. Sin embargo, había entidades que veían con malos ojos esa buena relación con todo el mundo: ellas eran las Nueve Reinas-Hadas.

                A ellas no les parecía mal que tuvieran buenas relaciones con todos los habitantes de Ávalon, ya que gracias a eso pudieron mediar en los conflictos que tenían a veces los pueblos, pero no querían que se acercaran tanto porque los Aldalars tenían un pequeño defecto: eran muy promiscuos y cuando bebían un poco su lívido se incrementaba hasta el punto de que podían armar grandes orgías. Las señoras de Ávalon no querían que tuvieran relaciones sexuales con personas que no fueran Aldalars. No deseaban que su sangre se mezclara con la sangre de los demás pueblos. Para ellas los Aldalars eran perfectos a pesar de su promiscuidad, que ellos solamente la manifestaban cuando estaban entre ellos, nunca mientras trabajaban o ayudaban a los demás habitantes de Ávalon, y si tenían descendencia mestiza los Aldalars posiblemente perderían el respeto que los demás pueblos le tenían ya que los consideraban como dioses puros. Los demás habitantes de Ávalon conocían la promiscuidad de los Aldalars pero no les reprochaban nada ya que su actividad sexual no involucraba a nadie que no fuera un Aldalar, sin embargo, como eran demasiado bellos no perderían la oportunidad compartir el lecho por una noche.

                Un día un grupo de Aldalars se encontraba en el bosque de Alfheim ya que Blímisur, el anterior líder de los Druidas, antecesor de Alator, los invitó a una fiesta para celebrar el fin de una peste que había asolado a los Druidas y que no podían encontrar la cura hasta que los Aldalars llegaron, encontraron la cura y sanaron a todos los enfermos antes de que muchos sucumbieran ante la extraña enfermedad.

                La fiesta duró todo el día y toda la noche. Las Reinas-Hadas, que sabían sobre la fiesta, le advirtieron a Blímisur que a los Aldalars no les diera ninguna bebida alcohólica y que los vigilara por si intentaban seducir a los Druidas. Blímisur conocía, como todo el mundo, la promiscuidad de los Aldalars y confiaba que ninguno de sus pares fuera seducido ya que ellos veían el acto sexual como un acto de creación de vida más que como un acto de placer.