sábado, 25 de julio de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XXIV: Combate decisivo (Parte 1).




María, Alejandro y Nahuel se levantaron del suelo con un intenso dolor de cabeza y corporal sin abrir sus ojos puesto a que éstos les dolían si los abrían. No sabían porque estaban en el suelo y porque tenían adoloridos sus cuerpos, lo último que recordaban era cómo las grandes manos oscuras los habían atrapado y que los movió hacia el extraño fenómeno visual par después ver una luz que los cegó, lo siguiente era que estaban despertando y levantándose en el suelo.
–¡Ay! ¡Cómo me duele todo! –exclamó Alejandro– ¡Y encima no puedo abrir los ojos! ¡Ay!
–¡Esas manos negras hijas de puta! ¡Cómo las destruiría si no me hubiera distraído! –maldijo María tratando de levantarse, pero volvía a incorporarse apenas sentía que sus piernas temblaban y que no podría mantener el equilibrio.
–¡¿Y cómo íbamos a saber que emergerían esas manos del fenómeno?! –explicó Nahuel–. ¡Lo único que me preocupa es dónde estamos parados y qué era esa voz que nos llamaba!
–¡Bueno… si quieres saber dónde estamos parados, abre tus ojos pues cuando yo los abro me queman como si estuviera viendo al sol con un telescopio! –aseguró Alejandro.
–¡¿Y cómo sabes lo que se siente ver el sol con un telescopio?! –preguntó María.
–¡Es una forma de decir, maldita sea! –respondió de mala manera Alejandro al tiempo que Nahuel, que ya estaba parado, abría los ojos y aguantaba el dolor lo más que podía.

Cuando los abrió sólo veía el contorno de su campo visual ya que tenía una especie de mancha negra que le impedía ver completamente, acto seguido abrió y cerró sus ojos con fuerza para averiguar si con esos movimientos recuperaba su vista, después de unos cuantas repeticiones de movimientos la vista regresó paulatinamente hasta que la recuperó del todo y ya no le dolían los ojos. El joven veía un paisaje apocalíptico: era la ciudad de Salta tal y cómo la veía antes de que apareciera las manos negras, pero sus edificios estaban completamente destruidos, el asfalto de la calle hecho añicos en algunos sectores, postes de luz, ramas, cables del tendido eléctrico y escombros por todos lados, vehículos reducidos a moles de hierro retorcidos, animales muertos, y lo peor, partes de cuerpos humanos esparcidos por todos lados, de hecho el joven tenía un brazo a no más de tres metros delante de él lo que le produjo cierta impresión.

El cielo era amenazante puesto a que estaba cubierto de nubes muy grises y se podían escuchar unos ensordecedores truenos y cada tanto el oscuro firmamento soltaba un rayo a la distancia, por increíble que parezca el lugar estaba bien iluminado como si gran parte de los rayos del sol atravesaban las nubes. Nahuel miró detrás de él y descubrió que él y sus amigos estaban delante del monumento de Güemes, pero estaba destruido, gran parte de la pilastra estaba desecha y los escombros en la base, mientras que la estatua del general Güemes le faltaban varias partes como la cabeza de caballo y del jinete y partes del cuerpo de ambas figuras. Los árboles de sus alrededores se encontraban todos caídos y el cerro que horizonte estaba en llamas, emanando un humo negro muy espeso. Alejandro y María pudieron levantarse y sostenerse sin perder el equilibrio, además de recuperar la vista y observaron el desolador panorama para después mirar, seguidamente miraron hacia donde estaba mirando su compañero y se acercaron a éste.

sábado, 18 de julio de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XXIII: Agitado combate en Salta (Parte final).




–¡Maldita sea nuestra jodida suerte! ¡No puede ser que aún tengan tantas entidades para combatir! –exclamó un tanto furibundo Delaglio.
–¡Es imposible! ¡Aquí hay algo extraño! –gritó Aguilar.
–¡¿Qué hacemos, señores?! –preguntó uno de los soldados. Entonces el Teniente General tuvo una idea muy arriesgada, pero que podría terminar con las avanzadas angelicales y demoníacas.
–Tengo un plan… –contestó con rara serenidad Delaglio y luego dirigió su mirada hacia el Coronel Zapata que estaba a unos cuantos metros de distancia, observando a los gigantes demonios marchando hacia ellos, por lo que lo llamó y el Coronel enseguida se presentó– ¡Coronel Zapata, escoja siete de los mejores tiradores que tengamos y reúnase conmigo a donde me vea! –ordenó el Teniente General.
–¡De inmediato, señor! –respondió efusivamente el Coronel y partió para buscar a los tiradores.
–¡¡¡CAMBIO DE POSICIONES!!! ¡¡¡LOS QUE ESTÁN EN EL SECTOR TRES CAMBIEN DE POSICIÓN CON LOS DEL SECTOR UNO!!! ¡¡¡LOS QUE SE QUEDEN EN EL SECTOR TRES DESENVAINEN SUS ESPADAS PORQUE SERÁ UN COMBATE CUERPO A CUERPO, LOS QUE ESTÁN EN EL SECTOR DOS PROTEJAN ESE LUGAR A TODA COSTA!!! –ordenó a altiva voz  y todos los soldados obedecieron casi de inmediato–. ¡Capitán Aguilar, controle la situación en éste sector y lance otra bomba de energía si es necesario!
–¡Por supuesto! –afirmó Aguilar y Delaglio se dirigió con rapidez hacia donde estaban los Aprendices que se habían quedado en la palmera que utilizaron como mesa los soldados, ya que ellos escucharon los gritos de los demás anunciando los múltiples avances de las entidades energéticas.
–Perdón, por la brusquedad, pero necesito de su cooperación. –declaró Delaglio una vez cerca de los jóvenes.
–¡¿Es verdad lo que dicen, que estamos rodeados?! –interrogó María algo asustada.
–Me temo que sí. No sé por qué hay muchas entidades energéticas en cada bando, pero debemos terminar con esto de una buena vez. –respondió con seriedad el Teniente General.
–¿Y qué quiere que hagamos? –preguntó Nahuel preocupado por la situación.
–¿Saben si quedó intacto algún disuador energético después de la lluvia de flechas? –interrogó Delaglio y Nahuel se aproximó con rapidez a la caja de los suministros y regresó trayendo el único dispositivo que sobrevivió al ataque– Perfecto. Ahora díganme: ¿quién es el más rápido de entre ustedes?
–¡Alejandro Tsartsaris! –contestaron Nahuel y María al unísono.
–Bien. Escúcheme con atención, Tsartsaris. Quiero que usted corra lo más rápido que pueda con el disuador en sus manos y lo active en el pilar energético para hacer que desaparezca para siempre. Sospecho que si eliminamos el punto donde llegan los refuerzos angelicales tal vez no sólo frenaremos la aparición repentina de los mismos, también la de los demonios… –le dijo Delaglio a Alejandro y tras terminar el joven comenzó a mostrar un rostro de terror mientras negaba con su cabeza.
–¡No, no, no, no, no y no! ¡No lo haré! ¡Vaya uno a saber si esos cien metros que separan la plaza del pilar es una trampa! –exclamó Alejandro con temor al tiempo que continuaba negando con su cabeza.

sábado, 11 de julio de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XXIII: Agitado combate en Salta (Parte 3).




Justo cuando el último soldado entró a la galería del cabildo la plaza se oscureció, el pitido se hizo más fuerte y de pronto comenzó la lluvia de flechas, eran azuladas y negras, las azuladas tenían una punta muy aguja mientras que las negras tenían una punta grande cuyas cuatro aristas poseían dientes para desagarrar en caso de que impactaran contra el enemigo, que caían una velocidad increíble de tal manera que, además de cortar las hojas y las ramas de las palmeras y demás árboles, atravesaban los troncos de los mismos. Algunas de ellas chocaban entre sí en el aire partiéndose en dos pedazos cada una que caían en distintos lugares a donde caerían si estuvieran completas provocando daños en los edificios, sobre todo en las ventanas, incluso muchas flechas, cuando tocaban el suelo se rompían y los fragmentos salían despedidos en todas direcciones cuya velocidad era la misma que cuando eran una flecha íntegra, ciertos pedazos impactaron contra algunos soldados en las piernas o en los brazos penetrando profundamente en los músculos; también los proyectiles impactaban en la caja de suministros que habían traído los Aprendices haciendo que en algunas ocasiones temblara por la fuerza de los impactos. La lluvia de flechas duró cerca de medio minuto, para cuando terminó de caer la última saeta la plaza estaba iluminada igual que antes, el silbido ya no se oía por ningún lado y las saetas enteras o los fragmentos que estaban tirados o clavados en el suelo se desvanecieron quedando únicamente aquellos que se hallaban en los músculos de los dualistas heridos, rápidamente los soldados comenzaron a realizar los primeros auxilios a los que estaban heridos, intentando extirpar las esquirlas con cuidado ya que muchas de ellas se podían ver y cuando las retiraban ciertos dualistas se cortaban un pedazo de su capa para hacer un torniquete en las heridas importantes, segundos después de haber sido extirpadas, las esquirlas desaparecían dejando sólo la sangre en el sitio en donde los soldados las habían colocado.

–¡Malditos hijos de puta! ¡Nos atacan a distancia como si fueran unos cagones! ¡¿Por qué no vienen acá así les partimos su mandarina en gajos?! –gritó Alejandro furioso saliendo de la galería del cabildo.
–Espero que tengas muchas ganas de pelear ya que por la cantidad de flechas parecen que son muchos… –afirmó Nahuel también saliendo del lugar junto con el resto de los soldados con cautela.
–O puede que eran unos pocos y disparaban flechas con rapidez. –opinó María.
–Todo es factible, aunque lo único que me preocupa ahora es cómo se encuentran los soldados quienes fueron alcanzados por algún fragmento de las flechas –comentó Delaglio mientras observaba a los heridos–. Iré a ver… –agregó y se dirigió hacia un grupo de soldados que intentaban sacarles una esquirla a un compañero, mientras que los médicos militares iban de un lado para el otro atendiendo a todos los heridos que podían. Entretanto Nahuel, María y Alejandro observaban, con total asombro y con cierto terror, los troncos y las ramas de los árboles agujereados al tiempo que contemplaban la mugre que tenía la plaza producto a los pequeños pedacitos de hojas de las plantas que cubrían casi todo el espacio del lugar extendiéndose hasta la mitad de las calles adyacentes, además miraron las ventanas rotas de los edificios afectados por los impactos de las flechas, cuyos fragmentos estaban esparcidos por las calles. Finalmente observaron la caja que ellos habían traído, estaba llenas de flechas y lo peor, la misma estaba abierta.

martes, 7 de julio de 2015

El Señor de las Espadas (Libro II): Capítulo XV (Parte final)



               Cuando el último de los Berserker se encontraba a cien metros de distancia de la entrada, la luz del exterior se “apagó” en un abrir y cerrar de ojos. El vikingo se percató de ello ya que por curiosidad miró hacia atrás y fue testigo de ese fenómeno. Rápidamente se los informó a los que tenía delante y estos a los que tenían delante y así hasta que llegaron a los oídos del caballero, la mujer y el vikingo. En ese momento ellos se detuvieron, haciendo que los demás también lo hicieran, y raudamente dirigieron sus miradas hacia donde estaba la entrada, como el resto. Casi al instante, todo el mundo se percató que no había, realmente, vuelta atrás; debían continuar sí o sí.

                Al cabo de un rato, todos estaban aburridos. La cueva era monótona, en realidad se asemejaba más a un túnel que una cueva ya que carecía por completo de estalactitas, de estalagmitas  o de otros espeleotemas y, salvo ciertas zonas, era estrecho. Asimismo, el camino era siempre descendente, con una suave inclinación y sin presentar pendientes abruptas. Tal era el aburrimiento que todos querían que el camino tuviera alguna pendiente muy pronunciada. No obstante, el tiempo pasaba y nada de eso ocurría.

                Dos horas más tarde la situación no había cambiado en lo absoluto. De pensar que recorrer esa caverna sería algo tan peligroso que solamente un suicida pensaría en hacerlo, pasaron a pensar que era la caminata más aburrida de sus vidas. Labhras nunca se imaginó que la “conexión” fuera tan “larga”; de hecho creía que sería un viaje violento de regreso a Ávalon, donde sus sentidos se alterarían al extremo y experimentaría sensaciones que lo aterrarían en demasía, todo en cuestión de segundos, para descubrir que estaba en alguna parte de su tierra. Empero, y a la vista de los hechos, se equivocó e intuyó que su vuelta a Ávalon tardaría un poco más de lo previsto.

                Por su parte, Xiao chen estaba molesta por estar caminando por un camino que no presentaba nada emocionante para ver y por no divisar el final de esa cueva o túnel. Styrmir, por otra parte, estaba algo confundido. Al igual que Labhras, creía que atravesar una “conexión” sería una experiencia tortuosa, pero lo único que experimentaba era una intensa sensación de aburrimiento y de cansancio, hasta el punto que sus párpados se cerraban por varios segundos quedando a punto de dormirse erguido.

sábado, 4 de julio de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XXIII: Agitado combate en Salta (Parte 2).




Esa vista, sumado al hedor de la muerte, hacía que María tuviera muchas náuseas.
–¡Chicos, paren por favor! Me siento mal… –afirmó María con una expresión en su rostro que confirmaba su malestar, debido a eso sus amigos se detuvieron y colocaron la caja en el suelo. Acto seguido la joven se acercó hacia uno de los contenedores de basura y lo abrió para vomitar allí adentro.
–¡Puag! ¡El olor a sangre podría es intenso! –exclamó Alejandro tapándose su nariz que retorcía por culpa del hediondo olor.
–¿Recién te das cuenta del olor? Hace una cuadra y media que caminamos por esta calle y el hedor se sentía metros antes de que llegáramos a la intersección para tomar esta calle. –replicó Nahuel.
–Sí, lo sentía, pero me estaba mentalizando para no tener náuseas como María. –respondió Alejandro señalando a su compañera que todavía no terminaba de hacer arcadas.
–Yo también me estaba mentalizando, pero creo que ni un monje tibetano podría mentalizarse aquí… –aseguró Nahuel.
–Eso es cierto, encima el calor que hace aumenta la intensidad del olor… ¡Uf! ¡Cada vez es más intenso! –declaró Alejandro.
–Es verdad, no obstante hay que continuar para que podamos entregar esta caja a los soldados y salir de esta apestosa calle. –afirmó Nahuel y seguidamente él y Alejandro se acercaron a María.
–María, ¿estás bien? –preguntó Alejandro y la joven hizo unos gemidos de dolor.
–¡Ay! ¡No lo sé…! ¡Ay! Me duele toda la barriga y estoy… harta de vomitar… ¡Me duele hasta el cuello! –gritó la muchacha mientras continuaba haciendo arcadas y gemía de dolor.
–No quiero presionarte, pero tenemos que avanzar a pesar de este… jodido y desagradable hedor. Quiero que aguantes un poco más si puedes. –afirmó Nahuel al tiempo que se tapaba la nariz ya que le dolía por tanto retorcerse.
–Haré… haré lo que pueda. –aseveró la muchacha y luego se apartó del contenedor para después volver con sus compañeros para agarrar la caja y reanudar su marcha.

Continuaron por el desagradable camino y media cuadra antes de llegar, los jóvenes vieron como, dentro de un edificio que tenía un gran boquete porque un auto había entrado en él, dos perros grandes de raza mixta se peleaban con una brutalidad poco vista, ambos se mostraban los dientes que estaban ensangrentados debido a que cada uno tenía muchas heridas muy profundas donde la sangre brotaba a montones, incluso se podían ver los huesos en las partes donde había menos músculos como las patas y la cola, además uno de ellos tenía un ojo fuera de lugar mientras que el otro no tenía las orejas y en su lugar estaban los cartílagos desgarrados. Los jóvenes, al ver semejante horror, voltearon sus miradas hacia el frente e ignoraron los gruñidos, alaridos y ladridos de los perros ya que les causaba mucha pena y eso les hacía olvidar el intenso hedor de la imprevista y particular matanza.