martes, 28 de abril de 2015

El Señor de las Espadas (Libro II): Capítulo XI (Parte 1)



La reconstrucción de Fartholew-Vär llevaría mucho tiempo. Solamente reconstruir la mitad de las casas demandaría cerca de un mes trabajando desde que amaneciera hasta que anocheciera. Los vikingos deberían talar toda la arboleda que había al sureste y tal vez toda esa madera alcanzaría únicamente para reconstruir un poco más de la mitad, por lo que tendrían que salir en busca de otra arboleda; el problema era que la más cercana estaba casi a medio día de distancia.

                Casi toda la empalizada del este se hallaba destruida, y como les sería muy difícil encontrar árboles grandes para volver a levantar otra, supieron que por un largo tiempo tendrían que privarse de una empalizada nueva; las casas y los demás edificios eran prioridad.

                Durante la cena, dentro de la deteriorada casa comunal, los vikingos comenzaron a organizar la reconstrucción, deliberando que edificios debían ser reconstruidos primero, aparte de la casa comunal, que era el primero en la lista y que se encontraba bastante dañado. Al ser el edificio más grande, podían albergar a buena parte de los habitantes mientras que el resto viviría en tiendas temporalmente hasta que sus hogares volvieran a ser habitables.

                Mientras tanto, Labhras le contaba a Bastugitas lo que le había dicho Styrmir. El hechicero rápidamente demostró su negativa a participar en la reconstrucción de Fartholew-Vär y se mostró tan obstinado que el caballero no pudo convencerlo. Sin embargo, le aseguró que trabajaría con los vikingos en la reconstrucción hasta que el pueblo estuviera completamente reconstruido o hasta que Asbjorn y/o Styrmir y le permitieran retirarse.

                Un rato más tarde, Labhras volvió a hacer algo que pensó que no haría más: pedirle comida a los demás para alimentar a Xiao chen. Antes de que comenzaran a quemar los cuerpos, tres vikingos la encerraron dentro de la casa menos dañada, atándola a una de las vigas más duras que encontraron, como lo hicieron antes. El caballero sabía que no le darían de comer y beber, pero si les decía a todos que la necesitaba con vida y más o menos en un buen estado de salud para cuando se dirigiera hacia la caverna, pensó que obtendría algo de comida.

sábado, 25 de abril de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XX: El retorno menos anhelado (Parte 3).




–¡Oigan ustedes, accidentes de la naturaleza! ¡¿Dónde está su orgullo endemoniado?! –les gritó Nahuel provocando que los demonios dejaran de hacer lo que hacían para ver al joven que gritaba junto a su compañero.
–¡¿Se conforman con unos humanos que no pueden defenderse?! ¡¿Acaso Lucifer no quiere que avancen o que su forma de mono mal trecho no les permita combatir más allá de la extensión de sus brazos?! –concluyó Alejandro el insulto provocando una risa estrepitosa en los demonios.
–¡Ja, ja! ¡No me hagan reír, humanos! ¡Ustedes son sólo dos y nosotros más de cincuenta! –dijo uno de los demonios con voz aguda pero tenebrosa.
–¡Van a tener la misma suerte que sus amigos! –comentó otro con el mismo tono de voz.
–¡Van a decir lo contrario cuando les hunda mi espada en su cuerpo! –afirmó otro con voz gangosa, pero sin perder su lobreguez.
–¡Sabrán lo que es el dolor! –exclamó otro con voz increíblemente normal.
–¡Entonces menos charla y más acción! –replicó Nahuel.
–¡Vengan aquí y veremos quién le parte su mandarina en gajos a quién! –secundó Alejandro y todos los demonios empezaron a correr hacia los jóvenes como locos, pisando a los soldados inconscientes. Cuando los seres estuvieron muy cerca de los dualistas, Nahuel y Alejandro miraron fijo hacia la peligrosa muchedumbre y lanzaron un potente golpe energético que empujo a las entidades de la primera fila y éstos empujaron a los detrás y así sucesivamente como si fuera un efecto dominó.
–¡Ahora empieza lo bueno! –afirmó Alejandro.
–¡Oh, sí! Pero hay que tener cuidado de no pisar a los soldados que hay en el suelo. –advirtió Nahuel.
–¡Por supuesto! –declaró Alejandro y los dos dualistas se fueron al encuentro de los demonios que estaban levantándose.

martes, 21 de abril de 2015

El Señor de las Espadas (Libro II): Capítulo X (Parte final)



                 El caballero ya había visto morir a algunos de sus compañeros de forma atroz y sentía el miedo que experimentaban los pocos que quedaban. También veía a Bastugitas usar sus hechizos sin obtener lo que realmente quería, que era dañar a los Jotuns, dado a que actuaba con cautela para evitar desmayarse por esforzarse en extremo. Por otra parte, contemplaba a los vikingos luchar como podían contra sus eternos enemigos, sufriendo más bajas que causándolas. No necesitaba ser un genio para darse cuenta de que estaban perdiendo la batalla. Aun así, seguía luchando por dos motivos: para lograr que la batalla decantara a su favor y animar a los suyos antes de que huyan en desbandada como los tres hombres que nunca más volvió a ver.

                Styrmir y Asbjorn arengaba a los suyos gritándoles frases en su idioma. Generalmente incluían alusiones de sus dioses. Styrmir no paraba de decir que Odín los señalaba con Gungnir por lo que de alguna u otra manera vencerían. No obstante, el vikingo comenzó a pensar que la única manera en que vencerían era si los dioses los ayudaban puesto a que los Jotuns hechiceros les estaban dificultando la batalla.

                Los Jotuns hechiceros, que eran no más de treinta, seguían todos vivos. Todos lo que intentaron atacarlos acabaron muertos; ni los extraños vikingos pudieron contra ellos. Empero, llevaban en sus cuerpos, sobre todo en sus piernas, las heridas de sus encuentros. Con su magia hacían que los vikingos y Labhras y compañía retrocedieran cada vez que liquidaban varios Jotuns seguidos. Si no fuera por ellos, tal vez los hombres de Fartholew-Vär estarían ganando.

                Asbjorn era el que se encontraba en una posición muy vulnerable. Como los Jotuns iban directamente hacia Styrmir cuando veían su particular casco, él le alertaba a su compañero mientras evitaba que llegaran a él, hiriéndolos con su lanza con el fin de que lo atacaran a él y así su compañero podía luchar con tranquilidad, sin temer algún ataque sorpresa.

lunes, 20 de abril de 2015

ENTRADA ESPECIAL: Ecclesia.

Buenas a todos. En la entrada del aniversario del blog expresé que publicaría tres relatos sobre otra saga que tengo en mente para que sepan de qué va la cosa. Y aquí está el primero. Ojalá les guste.


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Corría. Corría como nunca antes lo había hecho. Siempre que tuvo un motivo para correr fue por una nimiedad, o al menos el creía que era así ahora porque corría por un motivo  mucho más importante: su vida.

Las gotas de agua golpeaban con fuerza sus ojos, pero a pesar del dolor no los cerraba. El viento lo sacudía con violencia, aunque lograba mantenerse en pie. El frío le calaba en los huesos, sin embargo seguía, ignorándolo por completo. El suelo resbaladizo le dificultaba el avance, mas nunca se cayó; se resbaló varias veces  y tuvo la sensación de que se caería en cualquier momento, sin embargo seguía corriendo. Corría sin importar la inclemencia del clima y el tráfico congestionado de la Via Crescenzio. Incluso estuvo a punto de ser atropellado por varios autos, aunque gracias a su suerte o a que todavía no le había llegado la hora los vehículos tenían buenos frenos.

Su mente estaba concentrada en correr y en la cadena de eventos que sucedieron y que culminaron en su situación actual. Todo el mundo le decía que no debía hacerlo, pero los ignoró a todos y ahora su vida corría grave peligro.

                “Es muy peligroso. Nadie se atreve a tocar ese tema y mucho  menos investigarlo”. Decía la voz de un compañero en su mente. “Si lo haces te expondrás a un grave peligro y nadie osará a pedir que esclarezcan tu muerte. Serás una víctima que engrosará la lista de crímenes sin resolver o bien nunca condenarán al culpable”. Aseveró otra voz. “Lo siento, pero no puedo ayudarte. Te estás metiendo en la boca del lobo y si no das la vuelta pronto terminarás inmerso en la oscuridad para siempre.”. Aconsejó otra. “Mejor deja de investigar. Te descubrirán y te matarán…”. Afirmó la voz de una mujer con tristeza. “¡Suficiente! ¡Quédate con tu investigación y ojalá nunca te atrapen! ¡Y si lo hacen no lloraré sobre su tumba!”. Bramó la misma voz con furia.

sábado, 18 de abril de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XX: El retorno menos anhelado (Parte 2).




Casi diez minutos después los jóvenes regresaron al Centro de Mando, vestidos con sus trajes para combatir y sus armas, la inconfundible katana con su saya en el cinturón de Nahuel y la lanza colocada en la espalda de Alejandro. Mientras avanzaban hacia Trujillo éste se reía del peto de Alejandro ya que el joven se había puesto el peto que tenía dibujado el torso desnudo que aún relucía como si fuera uno nuevo.
–¿Qué le pasa, Trujillo? Parece que le agarró un hipo incontrolable. –le dijo Nahuel a Hugo Oscar ya que éste, debido a que no quería largarse a reír, contenía su risa pero al hacerlo su cuerpo lo delataba amagando una carcajada. Sin embargo, no pudo evitar reírse y lanzó una estrepitosa carcajada.
–¡Ja, ja, ja, ja! ¡No puede… no puede! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¿¡Cómo puede llevar puesto ese peto?! ¡Ja, ja, ja! –admitió Trujillo entre risas mientras señalaba el peto de Alejandro–. ¡Ja, ja! ¡Parece una escultura griega! ¡Ja, ja! ¡Sólo le falta que sostenga la lanza en una posición heroica…! ¡Y el pene pequeño…! ¡Ja, ja, ja!
–¡Ah, no! ¡Ésta no se la dejo pasar! –afirmó Alejandro y avanzó hacia Trujillo con la intención de golpearlo pero Nahuel lo detuvo.
–¡Espera, Alejandro, espera! –gritó Nahuel al tiempo que frenaba a Alejandro, agarrándolo con sus brazos hasta que logró detenerlo–. ¡Déjalo! Recuerda que tenemos algo más importante que hacer. –le dijo para eliminar toda la ira de su compañero.
–¡Hmph! Tienes razón. –asumió Alejandro entre dientes.
–¡Ja, ja, ja! ¡Bueno… basta de risa…! ¡Ja, ja, ja! –comentó Trujillo y luego respiró profundamente para dejar de reír– Bueno… ¡Je, je! ¿Cómo pudieron eludir las miradas de las personas que había en la Sala Común? Je, je, je. –Les preguntó a los muchachos riéndose cada vez menos.

miércoles, 15 de abril de 2015

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo VIII: Bautismo de fuego (Parte final).




El grupo formaba siete columnas de ocho demonios cada una y avanzaba a paso militarizado, todos tenían la misma armadura a excepción del casco ya que algunos tenían visera y otros no; éstos poseían cabezas humanas grises con mechones de pelo blanco y las pocas caras que pudo observar eran un poco deformes. Llevaban diversas armas, espadas, hachas, y lanzas cuyas hojas tenía una forma tal que permitirían a sus portadores desgarrar a su oponente; algunos sólo llevaban un tipo de armas y otros llevaban dos distintas, pero ninguno tenía tres sean iguales o no en su poder. Una característica particular de la agrupación era que algunos eran diestros y otros zurdos, y Aguilar lo pudo comprobar con facilidad debido a cómo sostenían sus enormes escudos y, gracias a ello, el capitán podía ver claramente cómo eran. Eran amplios y pesados ya que algunos lo llevaban prácticamente arrastrando, además el blasón era más ancho en la parte superior que en la inferior, por lo que la forma general era la de un trapecio, sin embargo, Aguilar determinó que si la entidad se ponía el escudo al frente, podía cubrirlo del todo a pesar de su singular forma, pero más allá de eso, la insignia que lleva el escudo le preocupó bastante. En la mitad de la ilustración tenía una espada apuntando la hoja hacia abajo, la empuñadura de la misma tenía, en la mitad de su gavilán, el dibujo de una cabeza de un animal con cuernos, aunque no parecía ser de algún animal conocido y tenía la mandíbula inferior abierta, y de ese modo mostraba unos colmillos aparentemente afilados.

A cada lado de la hoja, había dos triángulos rectángulos cuyos dos lados que formaban el ángulo recto coincidía con el ángulo recto que formaba la hoja con el gavilán de la espada. El triángulo derecho estaba intacto y contenía una escritura similar al del traje del demonio que poseía el bastón, mientras que el triángulo de la izquierda le faltaban partes, como si lo hubieran rasgado; la altura de ambos triángulos no llegaban a coincidir con el final de la espada por lo que había unos centímetros de distancia antes de llegar al final del recorrido de la hoja. En ese espacio, salían dos alas supuestamente de murciélago, ya que eso fue lo más parecido que pensó Aguilar que salían por detrás de la punta de la espada y se extendía hasta que la punta de las alas llegaban hasta la mitad de las hipotenusas de los triángulos sin llegar a cubrir, en su extensión, alguna otra parte del emblema. La insignia no tenía relieve y sólo se diferencia del resto del escudo porque el dibujo era de color gris mientras que el resto del escudo tenía otro color que variaba dependiendo del portador siendo los colores que se podían ver negro, granate y azul oscuro.

A Aguilar le preocupaba esa insignia porque sabía que, y a pesar de que no había evidencia fehaciente que pudiera comprobarlo, era el emblema del Infierno. Para Trujillo, Aguilar y los azules, el silencio del lugar se vio interrumpido por el sonido del metal provocado por las armaduras en movimiento del grupo que avanzaba lentamente pero con pasos firmes hacia el submarino, por lo que todos ellos supieron que ese sonido no era normal, era parte de la influencia que los demonios estaban provocando en el lugar y, gracias a eso, los hombres concluyeron que los demonios y su influencia causó los terremotos en los lugares que habían visitado antes y, por ende, estaban afectando gravemente al sitio.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo VIII: Bautismo de fuego (Parte 1).




Después de enterarse de lo ocurrido, los Hijos del Universo autorizaron a Bedoya para enviar el informe a los del Gran Templo Dualista Panuniversalista de Austria. Entretanto, el español hizo hacer jurar a Nahuel bajo los nombres de Yahvé, Kasbeel y de los Hijos del Universo para que no dijera nada sobre la frase que emitió el demonio antes de estallar. El anciano sabía que el joven no diría nada pero también sabía que podría soltar la lengua debido a que él había observado su conducta ante ciertas situaciones como la impaciencia que tuvo en la mañana que empezó el interrogatorio, además de preguntar a los Maestros que Nahuel tenía sobre sus actitudes; aparte era el único de los testigos del hecho que tenía más interés en hacerlo jurar, porque el resto podría mantener el secreto sin problemas.

El joven, aunque sabía que era algo extremo hacer un juramento por algo tan insignificante, primeramente se negó a hacerlo, pero al ver que Bedoya le insistía hasta tal punto de atosigarlo, no tuvo más remedio que jurar. Para los dualistas, el jurar bajo los nombres de Yahvé, Kasbeel y de los Hijos del Universo, no de los líderes de la doctrina sino a los de las figuras filosóficas es decir, Energía, Materia, Equilibrio o Justicia, Espacio y Tiempo, representaba el máximo juramento que un dualista podía hacer. Para ellos, un juramento tiene más valor que una promesa, mientras que una promesa puede romperse si se ha llegado a un límite que ésta es insostenible, un juramento no se puede romper por nada, a no ser que sea disuelta por una o ambas partes que hicieron la jura. Pero el “juramento máximo” no se podía romper por casi nada; entendiendo eso, Nahuel sabía que no podía ni decir ni una sola palabra de lo que dijo el demonio porque, y aunque pareciera inverosímil, hubo casos en que a los dualistas que rompieran el juramento, el universo se le volvía en contra causando muchas calamidades al faltante, y para los dualistas, mejor dicho para la doctrina, era el justo castigo para el incumplidor.

Además, el joven sabía que no era algo para tomarlo como un asunto fútil ni mucho menos que durase poco tiempo, por lo que Nahuel, un tanto asustado, se mordería la lengua antes de decir una sola palabra. También comprendía porque no tenía que decir nada, aún antes de que Bedoya lo obligara a jurar. Si él contaba lo que el ser había dicho, todos los dualistas tendrían miedo y no podrían concentrarse en sus actividades por el desasosiego, no por el hecho de la misteriosa frase anunciada, sino por la probabilidad que dentro de las paredes del Templo hubiera entidades energéticas poderosas que pudieran influenciarlos, hasta tal punto de poseerlos.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo VII: Interrogando a un demonio (Parte final).




Esa tarde, en una de las S.E.N.s, el grupo de Aprendices escuchaba a su Maestro, el señor Claudio Ortiz. Era el Maestro más joven de todos los Maestros Dualistas Argentinos, 28 años, y además era uno de los pocos que tenían gran dominio sobre sus poderes psíquicos a nivel mundial, y fue gracias a ello que le pudo ascender de rango con mayor rapidez porque lo obtuvo a la joven edad de veinticinco años, aparte de seguir los principios de la filosofía Dualista Panuniversalista con la misma diligencia que aquellos jóvenes de la generación de 1800. Éste, además de explicar unas cosas, felicitó a Nahuel por haber capturado un demonio, seguidamente continuó con lo que anteriormente decía.
–Bien señores, como ya saben y se lo han hecho saber casi todos los Maestros, están a punto de ser ascender de rango, por lo que vamos a tener que pulir varias de sus habilidades psíquicas antes de que sean ascendidos. –dijo el Maestro Ortiz.
–¿No me diga que vamos a hacer los ejercicios con esos intricados rompecabezas? –interpeló preocupado José María García.
–No, no. La mayoría ya le ha cogido el truco a eso, por lo que no tocaremos los rompecabezas por ahora –contestó el Maestro–. Sino que ahora y, hasta que termine la clase, vamos a practicar los golpes energéticos, sobre todo los ataques elementales. Sé que hay algunos que no han podido manifestar bien el golpe y otros que todavía no han logrado hacer la manifestación…
–Diga la verdad, solo UNO no pudo lograrlo. –pensó Nahuel apenas escuchó el comentario de Ortiz, mientras maldecía su suerte.
–Eso es lo más importante por el momento. –concluyó Ortiz. Acto seguido señaló a unas dianas que había a unos metros de él–. Allí hay varios blancos, así que van a pasar por grupos para hacer la primera ronda y así verificar cuánto han entrenado. –explicó el Maestro. Seguidamente se sentó en una banqueta un tanto alta–. ¿Quiénes quieren ser los primeros afortunados? –preguntó y varios jóvenes levantaron la mano. Entre ellos, estaba Jessica Aranda, que fue la primera que logró hacer el ataque elemental, un potente rayo que partió la diana por la mitad sin tener que concentrarse mucho.
–Buen trabajo Aranda, usted si que ha entrenado bastante. –congratuló el Maestro a la joven.
–Je, je. Gracias, y eso que últimamente no tuve mucho tiempo para entrenar. –comentó Jessica. Después de que ese grupo hiciera el ataque como pudiera, y que Ortiz pusiera nuevas dianas, otro grupo fue a hacer la prueba, esta vez estaba José María García que tenía una particular forma de realizar el ataque energético que provocaba cierta gracia.
–Bueno… –dijo García y empezó a girar su brazo derecho–. Rápido como el viento, ligero como una pluma, ¡qué se resguarden porque aquí llega el vendaval! –agregó y tras concluir la frase detuvo su brazo y apuntó su palma de la mano derecha hacia el blanco. Seguidamente se sintió una corriente de aire dirigiéndose hacia la diana y luego se pudo ver con claridad unas ondas que chocaron contra el blanco y lo tumbaron. Aunque no lo rompió como lo hizo Jessica, era suficiente.
–Buen trabajo García. Creo que usted es el único dualista en todo el mundo que tiene que hacer una muletilla antes de lanzar el ataque. –declaró Ortiz bromeando sobre la técnica de García.
–Lo que pasa Maestro es que es muy aburrido concentrarse en silencio, hasta me parece un cliché. –argumentó José María y el resto del grupo se rió por lo bajo.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo VII: Interrogando a un demonio (Parte 1).




Tras sonar un deteriorado despertador, Nahuel se levantó con emoción y se vistió enseguida. Para él, que era una persona que no le gustaba para nada el frío, era algo para impresionarse. Por lo general le costaba levantarse en esas frías mañanas, por lo que en épocas invernales, siempre ponía el un despertador para que se despertará antes que el resto de sus compañeros, así podía desperezarse un rato antes de sentir el frío de la habitación cuando él se destapara para levantarse de la cama. Le fue difícil conseguir un despertador decente y sólo encontró uno, hacía dos años, en pésimo estado pero todavía funcionaba, lo arregló como y hasta donde pudo, y lo comenzó a utilizar para esas frías estaciones del año. Era enorme, había mucho más mecanismo del reloj que partes decorativas de madera y estaba bastante desvencijado, la única característica que le encontró útil Nahuel era el estruendoso sonido que emitía al activarse, tan fuerte era que podía despertar a cualquiera que no se levantara con facilidad por las mañanas.

Se vistió con ropa casual muy abrigada y dejó su traje de Aprendiz en la cama, que anteriormente había tendido, porque a la tarde volvía a sus obligaciones y después se dirigió a la puerta del Área Restringida. No fue al comedor a desayunar, puesto a que eran casi las diez de la mañana y Nahuel se había puesto el despertador a sonar a las nueve de la mañana. Al quedar exento de las obligaciones matutinas, el joven aprovecho para descansar después de la noche movida que tuvo en Capilla del Monte. Aparte, el comedor hacía el desayuno para todos solamente a una hora determinada y el que no respetaba dicha hora, se quedaba en ayuno; aunque Nahuel no le importaba no tener que desayunar, no era la primera vez que le ocurría eso.

Esperando en la puerta, Nahuel pensaba cómo sería interrogar a una entidad energética, mientras todavía bostezaba. Siempre se había preguntado para qué eran esas puertas que había en el pasillo que separaba la primer puerta del Área Restringida con la segunda, y que había visto la última vez cuando estuvo allí. La noche anterior descubrió que se hacía allí adentro y verdaderamente lo sorprendió. Pero ahora pensaba que haría él allí adentro, no sabía si tenía que ayudar en algo o sólo ver que es lo que harían con el demonio, independientemente de lo que iba a hacer o no estaba emocionado.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo VI: Una noche ajetreada (Parte final).




Nahuel desatendió a su Maestro porque escuchó a su compañero alejarse de él y los demás, entonces lo miró y vio la expresión nada buena de su rostro por lo que lo alarmó.
–¡Guerrero! ¿Qué pasa? –le dijo con voz baja. Pero no recibió una respuesta hasta unos segundos después.
–¡ARRIBA! –gritó el joven y todos miraron hacia el techo del galpón. Había un demonio que lo estaba observando fijamente a los ojos. Cuando Guerrero gritó, el ser hizo una especie de chirrido agudo y saltó hacia Guerrero.
–¡A no, no en mi turno! –voceó Trujillo y, en un acto de increíble habilidad, sacó su pistola de su abrigo y le vació casi medio cargador al demonio, acertando todos los disparos. El ser se volvió polvo cuando tocó a Guerrero, que se había puesto en guardia.
–¡Carajo! –gritó Nahuel sordo por los disparos–. ¡Ahora estamos jodidos!
–¿Por qué? –preguntó Trujillo, aunque enseguida se encontró la respuesta. El resto de los demonios escucharon el chirrido del de los suyos y corrieron a una velocidad sobre humana hacia el galpón. Guerrero y Escudero desenvainaron sus estoques, mientras que Nahuel sacó su facón. Todos se pusieron contra la pared del edificio con la idea de que, cuando aparecieran los demonios desde el techo y cayeran al suelo, ellos los atacarían por la espalda, algo que nos los llenaba de orgullo pero, si ellos lo pensaban bien, esos seres harían lo mismo o algo peor en la misma situación. No obstante, Guerrero no se movió de su posición y se quedó en guardia, esperando a la oleada de demonios. Sus compañeros le hacían señas de que fuera a donde ellos estaban, que era una locura que se quedara allí, a punto de recibir toda la fuerza de la horda demoníaca. Pero Guerrero no decía nada, más bien colocó el estoque en frente de él, justo a la mitad longitudinal del rostro formando una suerte de eje de simetría y cerró sus ojos. Nahuel, Trujillo y López Boria, no entendía lo que estaba haciendo su compañero, incluso Nahuel llegó a pensar que el cementerio dualista tendría un nuevo residente, pero Escudero si sabía lo que hacía su amigo y se reía.
–¡¿Tú también estás loco?! –criticó Trujillo ante la inesperada reacción de Escudero.
–Je, je… Espera y verás. Je, je…–le contestó entre risas. En ese momento aparecieron ocho demonios en el techo y saltaron hacia al indefenso Guerrero, pero antes de que lo tocaran, Guerrero abrió los ojos y extendió la mano que tenía libre, sin estirar el brazo, lo que provocó que la palma de su mano salieran varios y poderosos rayos que paralizaron a los demonios y los hacía mover dando violentas contorsiones en el aire. Segundos después, Guerrero movió la mano que hacía ese fenómeno hacia adelante y los demonios salieron despedidos hacia atrás, como si los hubieran empujado con una fuerza descomunal y los rayos cesaron. Sus compañeros, al ver que los demonios empujados iban hacía ellos, se agacharon y los seres, al chocar contra la pared, desaparecieron disolviéndose entre sombras.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo VI: Una noche ajetreada (Parte 2).




En medio de la calle, entre Deán Funes y la siguiente calle, había dos figuras oscuras, eran demonios y estaban materializados. Ambos eran exactamente iguales. Poseían forma humana, pero estaban encorvados, tenían la piel de color negro como la noche y unos ojos que cambiaban de color entre rojo, violeta hasta llegar a un gris y finalmente negro, sin embargo no se podían distinguirse ni la pupila, ni la iris, ni la esclerótica, eran una mezcla hecha por algún demente. Carecían de alas y, lo más sorprendente, de cuernos, pero poseían una cola pequeña que daba risa. Tenían un casco, sin visera, que aparentaba ser de cuero, con un cono metálico reluciente en el en centro de la parte superior del mismo, aunque suspuesto cuero tenía un color atípico para dicho material: gris oscuro pero que no llegaba al negro totalmente. El mismo color poseía el peto de los seres, además de ser, aparentemente, el mismo material que el casco. Sus manos y pies estaban desnudos, por lo que se podían ver cómo eran, algo horripilante, parecía que no se habían materializado del todo pues se observaban los supuestos huesos, además, la carne que rodeaban a los huesos parecían moverse, aunque, en realidad, era parte del tejido epidérmico que cobraba vida, hasta se podría asegurar que eran gusanos corrompiendo la aterradora piel. El resto del cuerpo parecía ser normal ya que no mostraban signos de mala alimentación ya que tenían un buen estado físico, hasta se le podían ver los bíceps y tríceps algo marcados, aunque, en realidad, eso no era algo importante sabiendo que eran unas entidades energéticas materializadas, por lo que ese detalle era insignificante. Pero lo que quedaba del rostro era para espantarse. Se asemejaba al de un ser humano, pero esa no sería la verdadera descripción. No tenía nariz, más bien había orificios nasales en su lugar, las mandíbulas, sobre todo la inferior, no parecía estar en su lugar, más bien se encontraba desplazada de su lugar correspondiente y mientras más la movían los seres, más se le separaba, incluso a uno de ellos se le quedó colgada y no puedo moverla más, mientras que el otro hacía gestos de burla. Inmediatamente el ser se acomodó la mandíbula pero no quedó bien colocada, más bien quería que quedara así. Lo peor eran sus dientes, gracias a la luz de los postes, brillaban, no porque estuvieran limpios, sino que brillaban por un extraño revote de la luz que provocaba la putrefacción de los mismos. Y para peor, siempre estaban “sonrientes” de modo que si alguien fuera sorprendido, en medio de la oscuridad con uno de esos rostros debería sufrir, por lo menos, tres infartos antes de caer al suelo. Tras comprobar lo que eran, López Boria, verificó que ambos seres llevaban un sable un tanto oxidado, de considerable grosor que los sostenían por medio de una correa que poseía al final de la empuñadura del sable en su muñeca. No obstante, no la tenían empuñada y el arma era arrastrada por el pavimento cada vez que se movía el brazo.

El sordo sonido resultante de la fricción lo podía escuchar López Boria aunque estaba a una distancia considerable.
–Son demonios… –declaró el líder.
–¿En serio? ¿Puedo ver? –preguntó Guerrero.
–Por supuesto, adelante –afirmó López Boria pasándole los prismáticos a Guerrero y éste observó en dirección a donde estaban los seres–. ¡Es verdad!
–¡Quiero ver, quiero ver! –exclamó Trujillo. Entonces recibió los binoculares y miró los seres–. ¡Vaya que son feos! ¡Pero no tienen cuernos!
–¡No sea idiota! –reprochó Escudero–. Que los demonios tengan cuernos es una representación artística eclesiástica. No necesariamente necesita cuernos para que sean demonios.
–A ver… –comentó Nahuel y observó a las entidades–. Parecen ser demonios inferiores… muy inferiores. –aclaró.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo VI: Una noche ajetreada (Parte 1).




Al día siguiente, el Maestro Vidal le ofreció a Nahuel participar en una “patrulla” esa misma noche, por lo que el joven Aprendiz aceptó. Las denominadas “patrullas” eran incursiones tanto en ciudades como en lugares despoblados, realizadas únicamente por la “milicia” dualista cuya finalidad era comprobar si el área a patrullar estaba en orden o mostraba alguna anomalía energética pequeña. Obviamente esa sospecha era fundamentada por las lecturas que realizaba el Ojo del Demiurgo. Sí había algo raro, se mandaba una patrulla a investigar, si era algo menor, la misma patrulla podía encargarse del asunto, de lo contrario, la tarea quedaba en manos del incipiente ejército dualista, más entrenado y habilidoso para combatir grandes grupos de entidades energéticas ya sean ángeles o demonios e incluso Misántropos bastantes irritantes y poderosos.  Cuando un Aprendiz llega al rango Caballero, éste pasa un tiempo en una suerte de servicio militar, un tanto más flexible que uno de verdad, hasta que se decidía que tarea encaminaría definitivamente: o seguir en la “milicia”, estudiar para ser maestro en el Templo Dualista, instruirse para ser operador en el Centro de Mando o formar parte del área técnica, o bien, estudiar otra carrera convencional fuera del Templo Dualista.

Nahuel, al igual que su padre, decidió que seguiría la carrera militar. Está decisión sorprendió a todo su entorno. Varios de sus compañeros pensaban que estudiaría un profesorado o licenciatura en historia, el Sabio Maestro Velásquez aseguraba que estudiaría hasta alcanzar el rango Maestro o bien estudiaría para ser maestro en el Templo, dado que el joven demostraba tener ciertas aptitudes para ese cargo, incluso Celina creía que sería investigador histórico, sobre todo en la historia bélica. Todos por igual intentaron, sin presionarlo, persuadirlo para que siguiera algo cuyas habilidades innatas podrían llevarlo a ser algo más importante con una vida más llevadera que la vida engorrosa de un simple soldado. Nahuel siempre contestaba que no había nada de malo en ser soldado, a pesar de que estaría expuesto a quien sabe cuántos enfrentamientos y cicatrices de batallas, y pregonaba hasta el cansancio “¿de qué sirve saber mucho si no sabes cómo sacar agua de un aljibe?” Pese que la frase era algo lógica y zonza, era suficiente para que su entorno desistiera de hacerle cambiar de parecer. Nahuel sabía que, a pesar de su habilidad de poder recordar muchas cosas con facilidad, se sentía inútil si se sentaba a estudiar algo; prefería estar en actividad constante ya que eso lo hacía sentir vital y feliz. La sola idea de estar quieto lo amargaba rotundamente. Sin embargo, su entorno se escandalizó cuando el joven dijo que no se entrenaría para la parte “pasiva” como Fabricio, sino en la “activa”, es decir, en combate cuerpo a cuerpo con entidades energéticas y eventuales triquiñuelas provocadas por los Misántropos Oscuros. Tal fue la magnitud de la noticia que María quiso abofetearlo muchas veces para que entrara en razón, no obstante nunca tuvo el valor de hacerlo debido a que le tenía demasiado aprecio como para golpearlo.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo V: Una muerte, muchas preguntas (Parte final).




Nahuel se dirigía hacia la Sala Técnica mientras pensaba que preguntas podría hacerle a Gabriela. El hecho de que él y ella se trataran mal no demostraba que ellos de odiaban, sino todo lo contrario. Desde que Nahuel era niño, siempre molestaba a Gabriela de una manera u otra a través de travesuras. Le escondía unas piezas, le cambiaba el lugar en donde ella guardaba los planos, le ponía las herramientas en posición distinta a como las había guardado y demás diabluras. A medida que pasaba el tiempo, ellos empezaron a utilizar sarcasmos en sus dichos para ofender al otro, hasta llegaron al extremo de usar sus poderes. Pero a pesar de tan agresión mutua, ellos seguían queriéndose, pero nunca lo demostraron tanto en público como en privado. Ellos dos sabían perfectamente bien que sentía el uno por el otro, por lo que las palabras sobraban. Nahuel no le costó recordar que, cuando Fabricio murió, ella no fue a su entierro y nunca fue a consolar a Celina, que era una amiga para ella. Fue una de los pocos dualistas que sobrellevaron el luto en soledad, evitando toda mención del difunto, porque cada vez que escuchaba su nombre, Gabriela se mordía los labios para que no se le escapara una lágrima. “¿Pero ella podría decirme algo de Fabricio, a pesar de su obstinación?” “¿No me echará a patadas de la sala?” se preguntaba Nahuel mientras entraba a la Sala Técnica. Inicialmente, entró a la oficina que se hallaba cerca de la entrada de la sala, pero comprobó que Gabriela no estaba allí. Entonces decidió buscarla en el interior del recinto. Además de ver a otros técnicos operando unas máquinas y revisando unos planos, no la encontró. Justo cuando llegó al final de la sala, la vio. Estaba sentada frente a una de las últimas mesas, comprobando unas partes de una pistola de nueve milímetros, la cual parecía que no funcionaba correctamente.

Nahuel se le acercó mientras escuchaba como renegaba la supervisora ya que no podía encontrar una solución a su problema.
–Eres buena arreglando armas de gran calibre… pero no puedes con una simple pistola. –comentó irónico Nahuel cuando se detuvo a las espaldas de Gabriela.
–Ya que sabes tanto, ayúdame técnico balístico. –contestó de manera similar Gabriela girando su silla para ver a Nahuel.
–No creo… Mis conocimientos te podrían dejar en jaque si te ayudara.
–Ja, ja. ¿En serio? Si mal no lo recuerdo, hace cuatro días trabaste un rifle Fal y no sabías que hacer. Incluso golpeabas el arma de cualquier modo, exponiendo la vida de los que tenías alrededor en peligro.
–Vivo al límite. –respondió Nahuel presuntuosamente ante los dichos de Gabriela.
–Una cosa es que tú vivas al límite, pero otra muy distinta es que incluyas al resto.
–Ciertamente… ¿pero la bala salió o no salió?
–Tuviste suerte, ya que por más que le fuerza que le hubieras dado al arma, no hubiera salido jamás. La bala quedó trabada en un lugar lejos de la acción del percutor.
–¿Y qué esperabas? Ese rifle parecía proceder de la Edad Media. –criticó Nahuel con sarcasmo.
–Entonces es raro.
–¿Qué cosa?
–Que los Maestros le dieran un arma a un simio –bromeó Gabriela mientras que Nahuel sólo la miró de reojo–. Bien, ¿a qué has venido? No creo que sea por el rifle.
–No, es otro tema… Sobre Fabricio Belmonte. –contestó Nahuel.
–¿Y qué quieres saber de él? Yo no sé mucho.
–¿No sabes nada, siendo que tú fuiste su confidente? replicó Nahuel.
–¿Quién te dijo ese disparate? –preguntó Gabriela perpleja, demostrando que Nahuel había dado en el clavo.
–Río que suena, agua lleva. –le respondió Nahuel elocuentemente.
–¡Ay! ¡La gente sí que habla! –exclamó la supervisora.
–¡Vamos! Los dos sabemos que es verdad.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo V: Una muerte, muchas preguntas (Parte 1).




–¿Quién me manda a hacer esto? –se preguntó Nahuel mientras caminaba el sendero que conducía al cementerio de los dualistas con un ramo de flores en una de sus manos.

Él iba a dejarlas en la tumba de sus padres. Si bien nunca los conoció bien, porque su madre murió por los dolores del parto y su padre murió súbitamente cuando tenía cinco años, les tenía un solemne respeto. Para su suerte sabía cómo eran físicamente por varias fotos que el Maestro Velásquez le había mostrado, además de conocer la personalidad de ambos. La madre, Florencia Belén Aguirre, era una mujer delgada, de rostro con rasgos delicados y con una mirada siempre compasiva; el padre, Rubén Díaz, era un hombre un tanto corpulento, con un semblante que siempre demostraba respeto y autoridad y con un rostro que no era el de un príncipe azul, pero tampoco era la encarnación de la fealdad. Luego de la muerte de ambos, el Maestro Velásquez se encargó de Nahuel como si fuera su propio hijo, aunque el muchacho, a pesar de que siempre le demostró que estaba agradecido por ese gesto paternal, nunca le interesó bastante.

Físicamente, Nahuel era más parecido a su padre, a pesar de su cuerpo que no era tan corpulento, de hecho en ese aspecto se parecía más a su madre. No obstante de la personalidades de los padres, Nahuel heredó de ambos algo: la terquedad y la valentía de su padre, y la inteligencia y cierta compasión de su madre. Además el joven siempre quiso estar en la milicia dualista y no era extraño: su padre también fue soldado dualista, no obstante su inteligencia hacía que muchos opinaran que podría estar mejor siguiendo una carrera importante universitaria que peleando ocasionalmente contra ángeles y demonios exponiéndose a los peligros que esto implicaba; su madre también fue aplicada en sus estudios y logró tener los promedios más altos en sus estudios.

Pero ese respeto solemne que sentía hacia sus fallecidos padres contrastaba con su apatía hacia los cementerios, quizás por el hecho de que el espíritu nunca sepa que le pasará con su cuerpo después de que haya cruzado el umbral del más allá, o porque si el muerto fuera el tirano más cruel del mundo, la gente diría “pobrecito” o “se murió tan joven” o “a pesar de ser lo que era, fue buena persona”. Esas mentiras piadosas que consolarían a la familia del fallecido, le causaban una animadversión tal que si tuviera algún poder político importante, eliminaría tanto los velorios como los cementerios, y a los cuerpos le sacaría sus órganos para trasplantes y el resto lo transformaría en abono. Pero como él no tenía tal “poder”, sólo se conformaba con pregonar su idea por cuanta oreja se le cruzara.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo IV: Los Misántropos (Parte final).




Seguidamente los dos jóvenes entraron al baluarte Nahuel a frente y Matías detrás observando todo lo que hacía el dualista con la misma perseverancia que un depredador observa a su presa antes de atacar. El vestíbulo era enorme e imponente, pero a la vez oscuro y tétrico. Todo el lugar estaba iluminado por velas colocadas en enormes candelabros y arañas en el techo, y en ménsulas empotradas en la pared, cubiertas de telarañas. Al frente de ellos había una formación de crujías de mármol blanco, en cuyos pilares descansaban unas esculturas horribles, muy parecidas a gárgolas de las catedrales pero de aspecto más sombrío y aterrador. Estas crujías eran las únicas, puesto que cuando el dualista y el misántropo las atravesaron, se encontraron con un enorme muro con dos pórticos cerca de cada entrada de unos pasillos laterales. En ese paredón había muchos retratos de varios misántropos tanto “terrenales” como “oscuros”, todos eran famosos pero algunos de renombre mundial, otros sólo eran conocidos dentro de la Misantropía Unida, sobre todo los oscuros. También había tres enormes estatuas con sus respectivos soportes. La primera era un hombre de cabello largo con una expresión desafiante, vestido con una túnica amplia. Llevaba un báculo en su mano derecha apuntando hacia el frente, cuya punta tenía un cráneo de cabra, mientras que en su mano izquierda llevaba un libro voluminoso; la segunda, colocada en el centro del muro, era una persona con sombrero, engalanada con ropas de finales del siglo XIX. A diferencia del anterior, mostraba un aspecto apacible y sereno, y tenía sus dos manos apoyadas en un bastón; el tercero era lo que más indignaba pero sorprendía al joven: era la imagen de un sujeto, de apariencia fría de postura firme con sus brazos hacia atrás y, el detalle que molestaba, vestía un traje de las SS. Cada una de las imágenes poseía una inscripción en su soporte, pero Nahuel nunca se pudo saber que decía o por lo menos, averiguar quiénes eran debido que las inscripciones estaban en alemán y los residentes del lugar jamás le tradujeron una palabra del epígrafe.

Nahuel se encaminaba hacia uno de los pórticos cuando se percató que Matías no lo estaba siguiendo, entonces se dio la vuelta y verificó que su escolta estaba detenido unos pasos atrás, pero sin quitarle la vista al joven.
–¿No me vas a acompañar más? –le preguntó.
–No, creería que sabes dónde está la sala del trono, a no ser que sufras de amnesia. –le contestó irónicamente.
–Ah, pensaba que me escoltaría durante todo el trayecto…
–¡Cómo si fueras gran cosa! Tengo otros asuntos que atender, además ya has estado acá. Así que, tienes toda la libertad del mundo para recorrer toda la Misantropía Unida –dijo Matías en un acto de honestidad bruta, que sorprendió a Nahuel, no por la sinceridad, sino por lo dicho–. Pero no te relajes, si haces algo raro, te caeremos todos juntos, ¿Entendido? Bien. ¡Adiós! –advirtió el misántropo y se fue por el lado opuesto a donde iba a entrar Nahuel, sin que el muchacho pudiera responder.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo IV: Los Misántropos (Parte 1).




Era sábado por la tarde cuando Nahuel salía de la biblioteca con una carpeta en su mano izquierda.
–Bueno ya terminé de hacer esa tarea fastidiosa del Maestro Bracamonte. Ahora podré descansar –se dijo a sí mismo el joven. En ese momento apareció corriendo desde una de las escaleras un joven.
–¡Nahuel, Nahuel! –lo llamó el joven a los gritos.
–Pero es José María. ¿Por qué estará tan alterado? –se preguntó el muchacho mirando a su compañero acercársele.
–Uff… pensé que… estabas en la… planta baja. –declaró García cuando llegó a Nahuel, entonces empezó recuperar el aliento.
–Hombre, ¿por qué vienes corriendo y gritando como si te persiguiera el diablo?
–No sabes lo… lo que pasó en… el Centro de Mando…
–¿Y qué pasó? Adivinó no soy.
–¡Espera! ¿¡No ves que estoy agitado todavía?!
–No había necesidad de venir a toda velocidad, a menos de que fuera algo muy importante…
–Cerraron las puertas del Centro de Mando.
–¡¿Cómo?! –exclamó Nahuel perplejo.
–Estaba junto con otros chicos más mirando cómo el “Ojo” registraba las actividades energéticas dentro del país, cuando aparecieron los Hijos del Universo. Nos dijeron que nos retirábamos porque ellos necesitaban comunicarse con alguien urgentemente. Entonces les pedimos alguna explicación pero no nos la dieron. Finalmente, cuando todos salimos, los operadores cerraron la puerta y vine a buscarte. –contó José María.
–¿Y los operadores se quedaron a dentro?
–Sí. Hasta ellos pensaron que también debían salir de allí…
–¿Los demás están allá arriba?
–Claro, se quedaron escuchando tras la puerta a ver si podían oír algo.
–Entonces vamos, quizás haya algo interesante y  nos lo estamos perdiendo estando aquí. –aseguró Nahuel.

Inmediatamente los muchachos partieron hacia el segundo piso del templo. En un santiamén, llegaron a las puertas del Centro de Mando. Allí se encontraban varios jóvenes más, incluso Alejandro estaba allí, con la cabeza apoyada en la puerta, tratando de escuchar algo.
–Alejandro, esas puertas tienen unos veinte centímetros de espesor. No creo que oigas algo. –le dijo Nahuel acercándose al joven.
–Pues el que busca encuentra… –le respondió su amigo prestando atención a su oreja en la puerta.
–Sí que eres insistente. –comentó Nahuel.
–¿Por lo menos escuchas algo? –interrogó García.
–No, salvo el sonido del acero dilatándose. –contestó el joven.
–Esta puerta no está solamente hecha de acero, en su interior tiene una capa de pared de corcho, así que no vas oír nada aunque adentro explote una bomba. –explicó Nahuel de modo que Alejandro deje de intentar escuchar algo.
–Pues creo que no te va a hacer caso… –aseguró José María viendo que Alejandro no abandonaba su búsqueda.
–Allá él… –dijo Nahuel casi exasperado– Volviendo al tema, ¿viste se los Sabios Maestros actuaban fuera de lo normal? –le preguntó a José María.
–Estaban como de costumbre. No parecían estar preocupados o algo así… Por cierto ¿Por qué tienes una carpeta en tu mano? –curioseó señalando el objeto.
–¡Ah! Es porque estaba haciendo la tarea que nos dio Bracamonte. Por venir hasta acá a las apuradas me olvidé de dejarla en mi habitación… –aseguró Nahuel.
–¡¿Y lo terminaste?! Yo ni siquiera empecé…
–Sí, ya está hecho.
–¡Guau! ¡Pero si hay que entregarlo recién el martes!
–Lo sé, pero no tenía nada que hacer. Además quería empezarlo, sólo hacer un poco. Pero cuando me di cuenta ya lo había terminado. Je, je.
–¡Creo que escuché un grito! –exclamó Alejandro emocionado por lo que había oído.
–¿Cómo que creo? –cuestionó uno de los jóvenes.
–Pues fue un grito raro, como si el que lo hizo lo hiciera en otro idioma. –aclaró el muchacho.
–¿Se estarán comunicando con alguien del extranjero? –pensó García.
–Tal vez… –quiso opinar Nahuel pero en ese momento la puerta comenzó a abrirse. Entonces Alejandro se apartó de ella y espero hasta que abrieran completamente.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo III: Un día como Aprendiz (Parte final).




Entonces los jóvenes volvieron a hacer la tarea. Luego de un tiempo, los jóvenes ya habían terminado de hacer las tareas y se reunieron en el centro de jardín.
–Excelente trabajo jóvenes. Han limpiado de forma magistral el jardín de las malezas y también felicito a los que plantaron los pimpollos de tulipanes. –elogió la Maestra Sentinelli.
–Así es, por ahora los jardines ya están protegido de todo menos del frío que pronto vendrá, aunque no hay que ponerse dramáticos por el momento. –aseguró el Maestro.
–¿Pero hay forma de proteger a las plantas? El invierno pasado fue frío, más a principio de julio que hizo que nevara hasta en Buenos Aires. –afirmó un Aprendiz.
–Hay formas, pero esta vez estaremos preparados, es una lástima lo que pasó sin duda. Ojalá no ocurra lo mismo. –declaró la Maestra.
–¿Entonces por qué la naturaleza nos hizo eso si nosotros nos desvivimos por las plantas con respeto y todo lo demás? –cuestionó otro Aprendiz.
–Estás hablando igual que un ateo preguntaría por qué Dios deja que haya maldad si él es bueno y todo lo demás… –comparó el Maestro– La naturaleza es sabia y estamos muy lejos de entenderla jóvenes. No podemos echar la culpa de algo porque nosotros no sabemos la causa de ello. Es como echarle la culpa a la tormenta porque un rayo cayó justo donde estaba un persona y la mató, ¿quieren someterla a un juicio por homicidio simple? –preguntó retóricamente, mientras los Aprendices se reían suavemente.
–Puede que parezca gracioso, pero hay gente que echa la culpa a todo lo que lo que no puede explicar a hechos que no tienen explicación por el hecho de que todavía no estamos a la altura evolutiva para comprenderlas. –agregó la Maestra.
–¿Y cree que algún día llegaremos a comprender? –preguntó Jessica.
–Lleva tiempo Aprendiz… lo único que podemos hacer es seguir con nuestra tarea: respetar a la naturaleza y mantener el equilibrio de las cosas tanto grupal como individualmente… –le explicó la Maestra– Es bastante complicado, pero el fruto de nuestros esfuerzos sólo los verán las próximas generaciones, no nosotros, al menos que ocurra un verdadero milagro.
–Y trabajar aquí es una forma de ver cómo estamos unidos con la naturaleza –añadió el Maestro–. A pesar del cambio climático y de los extraños sucesos energéticos que están ocurriendo, no debemos darnos por vencidos. La vida misma nos pone obstáculos. Si podemos esas adversidades, podremos con todo lo que está sucediendo en el planeta. Bien, jóvenes ya es la hora para que vayan a entrenarse. Pueden retirarse y buenas tardes.
–Buenas tardes Maestros. –se despidieron los Aprendices y se dirigieron hacia los garajes para dejar las herramientas y acicalarse un poco antes de ir a entrenar.

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo III: Un día como Aprendiz (Parte 1).




Dos semanas después de su combate contra los ángeles, los jóvenes ya se habían recuperado de sus lesiones. El incidente  fue noticia en todos los templos dualistas del país e incluso en otros países donde había templos dualistas. Tal fue la magnitud del encuentro que los Caballeros o Soldados dualistas tuvieron que entrenarse rigurosamente tanto en cuerpo como en mente, si bien no era la primera vez que se enfrentaban con entidades energéticas, el hecho de que los ángeles atacaran como sus pares antagónicos, los demonios, encendió ciertas alarmas internas. Sin embargo y a pesar de la pequeña fama que tuvieron los amigos, siguieron su vida rutinaria como siempre, más aún Alejandro que, por salvar a sus compañeros de una muerte casi segura, era idolatrado por sus pares y por los más pequeños. El hecho de que Alejandro tuviera demasiada atención parecía que lo avergonzaba, algo que no era propio de su personalidad. Con el tiempo, y para suerte de Alejandro, el hecho comenzó a perder importancia y la atención que recibía el joven iba disminuyendo, y por ende su vergüenza también.

Esa mañana, los jóvenes y el resto de sus compañeros Aprendices tenían clase con el respetado Maestro Pablo Manuel Bracamonte. Bracamonte era un hombre que tenía 50 años, pero ni su rostro ni su cuerpo reflejaban esa edad, poseía además una voz muy grave y cuando gritaba reprendía a uno de sus discípulos, temblaba tanto del reprendido como sus compañeros. Ellos sabían que dicho Maestro era uno de los más exigentes del Templo Dualista de Capilla del Monte. Su dureza, sus tareas y su férrea disciplina hacían que el joven más rebelde e indisciplinado se transformará en uno dócil y disciplinado. Por eso muchos los dualistas que anteriormente fueron discípulos de Bracamonte, a pesar de sus extremas exigencias, decían que era el maestro con el que más habían aprendido como Aprendiz. Pero a la edad de los Aprendices, ya que la mayoría son adolescentes, no siempre toman los consejos de sus maestros.

Eran las 8:35 de la mañana y Nahuel, mirando el reloj en la pared que tenía al frente de donde estaba sentado en su pupitre, empezó a preguntarse porque no había llegado el Maestro Bracamonte, ya que éste nunca llegaba tarde a sus clases y, si se enfermaba, otro maestro ya lo habría reemplazado al instante. Mientras el resto de sus compañeros estaban conversando sobre todo tipo de temas. Al parecer, era el único entre cuarenta Aprendices que se inquietaba por ese detalle.
–¿Te pasa algo Nahuel? –preguntó una chica que estaba sentada al lado de él.
–No, nada Jessica. Solo estaba pensando que aún no ha llegado el Maestro Bracamonte. –contestó el joven.
–Sí, es raro. Nunca llegó tarde. Pero espero que no venga, ya que hace mucho que no nos toma uno de sus “exámenes sorpresas”. –comentó Jessica.
–Es verdad, pero nadie de acá parece preocupado, y mucho menos Alejandro… –admitió Nahuel.