sábado, 20 de diciembre de 2014

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XVII: En busca de respuestas (Parte 1).




Nahuel se encontraba caminando en el centro de una enorme catedral que estaba iluminada solamente por las luces de unas velas a punto de consumirse. El joven podía ver que en las paredes había gigantescos vitrales separados por unas grandes columnas que tenían talladas imágenes de santos y beatos, cada uno de esos vitrales representaba una de las estaciones del Vía Crucis, pero como el lugar estaba sumido en una oscuridad casi total y como no entraba luz por esos vitrales, Nahuel no podía apreciar los detalles de los cristales con facilidad, y aunque él deseaba acercarse para observar mejor los vitrales, algo le impedía que hiciera eso y lo obligaba a que continuara caminando hacia adelante. Mirar hacia arriba para ver cómo era el techo sería inútil, porque por culpa de la oscuridad era imposible determinar qué tan alto era el lugar, pero por el eco que provocaban sus pasos, el muchacho tenía una idea de que la catedral era inmensa. La caminata parecía no tener fin, Nahuel continuaba caminando hacia adelante como si algo lo llamara desde lo más profundo de las tinieblas y mientras avanzaba, el muchacho se daba cuenta de que los vitrales se repetían apenas terminaba la vía dolorosa para comenzar de nuevo, los bancos eran exactamente iguales unos con otros, no tenían ni una marca o alguna señal de uso que permitiría romper la monotonía, lo único que cambiaba era las imágenes de los santos tallados en las columnas. Finalmente, Nahuel observó que a unos cuantos metros delante de él se hallaba una persona justo en el centro del camino, que miraba hacia a delante; el joven sólo podía ver que la persona llevaba puesta una capa que cubría todo su cuerpo y que llegaba hasta sus zapatos o botas, porque no podía distinguirlo con claridad, también observaba que esa misteriosa persona poesía una cabellera larga muy similar a la que tenía Fabricio Belmonte por lo que Nahuel supuso que esa persona no era nada más que Fabricio Belmonte y entonces se dirigió a su encuentro apresuradamente ya que pensaba que Fabricio sabría qué era ese lugar y por qué estaba muy oscuro. Pese a que los pasos resonaban en todo el lugar con muchísima intensidad, a “Fabricio” no parecía inmutarlo ni aun cuando Nahuel se encontraba a unos pasos detrás de él.

–¡Hey! ¡Belmonte! ¿Qué haces aquí? –preguntó Nahuel a “Fabricio”, pero éste no respondió ni siquiera se volteó a verlo– ¿Estás sorprendido al igual que yo, eh? Quién no lo estaría, este lugar da escalofríos. ¿Sabes si esta catedral tiene un altar o si éste camino termina? –comentó Nahuel, pero Fabricio seguía sin responder ni darse vuelta.
–¿Qué te pasa? ¿Te comió la lengua el gato? Je, je, je. Además tengo otra pregunta para hacerte, pero no se trata del lugar y como veo que no quieres hablar de eso te la haré: ¿Por qué tienes puesto tu uniforme si yo estoy vestido de forma causal? –interrogó, pero obtuvo la misma respuesta–.  ¡Bueno, ya fue suficiente! ¡¿Por qué carajo no me hablas?! –exclamó harto del obstinado silencio de Fabricio.

martes, 16 de diciembre de 2014

El Señor de las Espadas (Libro II): Capítulo VI (Parte final)



Labhras se esforzó para acabar con la treinta de vikingos que aún luchaban como si fueran el doble. Para ese momento se percató que varios de los suyos estaban malheridos y que sólo dos de los hombres de Styrmir presentaban heridas graves. Corrió hacia uno de sus enemigos lo más rápido que sus piernas podían y lo embistió, produciendo que se cayera al suelo. Inmediatamente intentó darle el golpe de gracia, pero su enemigo se cubrió con su escudo. Intentó apartarlo del blasón, pero cada vez que lo hacía su contrincante trataba de golpearlo con la lanza que asía.

Sin que se lo esperara otro vikingo lo embistió de costado y lo derribó sin problemas. El golpe hizo que soltara su arma y quedara a varios metros de distancia. Apenas se movió para mirar a su adversario, descubrió, por su vista periférica, que lo tenía encima, a punto de soltarle un hachazo. Sin embargo y gracias a su entrenamiento, giró hacia un lado y al instante siguiente le dio una fuerte patada a una de las piernas del guerrero, que lo tumbó sin inconvenientes.

Sin perder tiempo se puso en cuchillas y se abalanzó contra su enemigo para forcejear con el por el hacha que blandía. El vikingo lo golpeaba con su blasón, al tiempo que Labhras contraatacaba con sus patadas. Ninguno podía usar sus manos ya que las usaban para tener el control del arma. En un momento dado comenzaron a rodar por el suelo mientras se atacaban como podían, esperando que su rival soltara sus manos del arma.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XVI: Cuentos de viejas (Parte final).




Poco tiempo después, Nahuel y José María estaban buscando el libro que deseaba José María.
–Ya llevamos creo que diez minutos y no he encontrado lo que busco… –afirmó García desanimado.
–No te preocupes, nos faltan unos tres o cuatro anaqueles repletos de libros sobre el tema. –aseguró Nahuel.
–Creo que esto es para largo… –comentó José María.
–Agradece que los libros están en los estantes que podamos tomarlos sin tener que agacharnos o subirnos a una escalera. –aseveró Nahuel.
–Sí. ¿Te puedo hacer una pregunta? –declaró García mientras metía un libro en su lugar y retiraba el que estaba al lado.
–Adelante. –contestó Nahuel al tiempo que miraba en el índice de un libro.
–El libro que estabas leyendo, ¿fue fácil sacarlo? –interrogó García.
–Pues… exceptuando el hecho que tuve que subir una escalera, forcejar para sacarlo porque estaba atorado mientras estornudaba por culpa del polvo y evitar que se cayeran los demás libros que se rompen con sólo verlos… fue fácil. –respondió Nahuel provocando que su compañero se largara a reír.
–¡Ja, ja, ja! ¡No puedes ser tan gracioso! ¡Ja, ja, ja! –comentó José María García entre risas.
–No fue un chiste… –aseveró Nahuel tajante provocando que García dejara de reír– Además, creo que encontré tu libro… –añadió mientras miraba un libro en la estantería, seguidamente el joven lo sacó y miró el índice del mismo– Sí, éste te puede servir…

martes, 9 de diciembre de 2014

El Señor de las Espadas (Libro II): Capítulo VI (Parte 2)



Durante los siguientes dos días no vieron a absolutamente nadie, pero sí habían pasado cerca de tres poblados, dos pertenecientes a los Druabling y el otro a los Terlfarg. Como si la fortuna les sonriera en cada oportunidad, los poblados estaban ubicados cerca de unos bosques tan densos que le permitieron a Styrmir, Labhras, Bastugitas y compañía bordearlos sin que los detectaran.

Sin embargo, al cuarto día se toparon con un pueblo donde no podían pasar sin que los detectaran y no era porque no había algún bosque o se encontraba cerca de una formación rocosa que les permitiría pasar desapercibidos, sino porque el mismo estaba situado justo en el medio de un valle formado por tres grandes colinas.

Una solución era bordear la colina, pero eso traería un gran riesgo; podrían toparse con algún otro pueblo y se encontrarían en la misma situación. Por otra parte no podían darse el lujo de alejarse lo suficiente de las colinas para bordearlas desde una gran distancia; de hacerlo podrían toparse con otro poblado o, en el peor de los casos, un grupo de guerreros que los atacarían sin decirles una palabra.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XVI: Cuentos de viejas (Parte 2).




Dos meses después de esa suerte de descargo, que dejó a Feigelmüller reflexivo, un viejo y olvidado fantasma del pasado golpeó a Christopher, que se llamaba enfermedad, pero a diferencia de cuando era niño el padecimiento era cincuenta veces peor y los médicos sabían qué tenía por lo que cualquier cura resultaba en vano. La enfermedad lo consumió en cuerpo y alma hasta tal punto que Lenz sabía que su hora había llegado, entonces escribió una carta a su amigo Feigelmüller para que viniera a verlo lo más pronto que le fuera posible porque quería entregarle algo muy valioso, cuando Feigelmüller recibió la carta, inmediatamente partió hacia Viena. Tras llegar a la mansión de Lenz  se impactó al ver que el hermoso y suntuoso jardín que siempre estaba rebosante en colores brillantes y en ricos olores ahora estaba gris, marchito y poseía un olor a muerte, después se dirigió a ver a su amigo y le produjo una profunda tristeza verlo en un estado muy deteriorado, demacrado y sin fuerzas ni siquiera para hablar. Luego decir unas cuantas palabras sueltas, carentes de sentido por sí solas pero si se las juntaba y se les agregaba algunas faltantes se formaba una frase coherente, Lenz le señaló el lugar en dónde se encontraba lo que quería darle a su amigo, un baúl repleto de anotaciones y dibujos de Lenz dentro de los cuales se encontraban el diario de viaje y los cuadernos que le mostró en su última reunión. Lenz le dijo que se los regalaba con el fin de que creara una nueva filosofía de vida, distinta a la que enseñaba la Iglesia o cualquier religión o punto de vista humano, que incluyera a la naturaleza en esa nueva ideología y que los adeptos no fueran intolerantes con respeto a los que piensan distintos, Feigelmüller contestó que apreciaba el gesto pero que él no sabía todo lo que Lenz conocía y que le sería imposible forma una nueva ideología distinta a la de la Iglesia sin que ésta lo tomara como una herejía, por lo que Christopher respondió que Feigelmüller podría hacerlo y que la nueva doctrina fuera secreta hasta que la humanidad esté preparada para ella y que nunca se rindiera.

Feigelmüller pensó que la enfermedad le había afectado su juicio por lo que aseguró que lo haría, mintiéndole al enfermó. Esa noche llovió, y Feigelmüller no pudo emprender su viaje de regreso a Salzburgo, por la madrugada, Lenz comenzó a gritar de dolor y ni los sirvientes ni los médicos que residían en la mansión pudieron hacer algo para mitigarle el sufrimiento. Feigelmüller podía escuchar desde su habitación las idas y venidas de los sirvientes, el llanto de la madre de Christopher y los improperios del padre hacia Dios por esa muerte cercana muy dolorosa e injusta, tan intranquilo estaba que Feigelmüller se levantó de su cama y se dirigió hacia la alborotada habitación donde estaba el moribundo Christopher, entonces se acercó a su lánguido amigo y le prometió que haría lo que le había pedido horas atrás con toda sinceridad y tras escuchar eso, Christopher Benjamin Lenz exhalaba su último aliento después de varias horas de tortuoso sufrimiento dejando este mundo con tan sólo treinta y dos años, eso ocurrió la lluviosa madrugada del 14 de noviembre de 1734.

martes, 2 de diciembre de 2014

El Señor de las Espadas (Libro II): Capítulo VI (Parte 1)



El día era extraño para Labhras, Bastugitas, Styrmir y los demás. Desde que amaneció, no hacía frío. La temperatura aún era baja, pero no se comparaba con las que se habían producido desde hace varios días. El cielo estaba despejado, como si fuera un firmamento estival y no soplaba ni una brisa. Parecía que se encontraban cerca de la primavera que del invierno.

                Aprovechando el buen clima, el grupo decidió acelerar la marcha, por lo que varios vikingos ayudaron a los hombres de Labhras para tirar de las carretas. Gracias al “empujón”, las carretas se movían a mayor velocidad, pero los que se encontraban delante de las mismas tenían miedo de que les pasara por encima dado a la velocidad que desarrollaban, sobre todo cuando descendían por una pendiente, aún si ésta era despreciable.

                Para la tarde, el grupo decidió descansar al margen de un arroyo. Sentían que habían recorrido más distancia que desde que comenzaron a marchar juntos. Los hombres de Labhras estaban bastante conformes porque pensaron que ahorrarían varios días de viaje.

                En un momento dado, Labhras observó que Styrmir caminó hacia el arroyo. Al poco tiempo, el vikingo se arrodilló delante del mismo, se quitó su particular casco para dejarlo un lado y se lavó la cara, sacándose el tinte negro que cubría su rostro por completo. En esos momentos, el Guardián pudo ver por completo la cabellera rubia de su compañero y parte de su rostro. Inesperadamente, le surgió una duda, que le extrañó que no se le hubiera surgido antes, y por ello se acercó al vikingo.