martes, 28 de octubre de 2014

El Señor de las Espadas (Libro II): Capítulo III (Parte final)



Dos minutos después, harto de que el guerrero que aparentaba tener la cabeza de cuervo ni respirara, Labhras se abalanzó hacia él, listo para realizar el primer ataque. Sorpresivamente, y con una agilidad inusitada, el guerrero movió sus hachas de modo que sus cabezas quedaran en forma de cruz y bloqueó la espada del caballero. Seguidamente empujó la espada hacia adelante, haciendo que Labhras quedara desprotegido y acto seguido arremetió, pero el caballero logró evitar el filo de las armas de su contrincante.

Luego de recuperarse, volvió a atacar, pero obtuvo el mismo resultado. A continuación empezó a atacar por todas partes a su contrincante, no obstante, éste se defendía sin mucho esfuerzo colocando sus dos armas en cruz, bloqueando todas las arremetidas. Después de haber arremetido varias veces, el Guardián comprobó que su enemigo no le quitaba la mirada de encima, por lo que sus movimientos defensivos los ejecutaba como si supiera de antemano dónde atacaría. Eso no le agradó en lo más mínimo a Labhras, más aún al darse cuenta que su rostro ni se inmutaba cada vez que lo atacaba. Entendió que no se enfrentaba a un simple mortal.

Cuando menos se lo esperó, el particular guerrero atacó con rápidos y certeros movimientos, pero sin perder la impasibilidad de su rostro, produciendo que el caballero tuviera que esforzarse al máximo para evadir los ataques con su cuerpo y con la ayuda su espada, que mucho no servía porque la fuerza que aplicaba su enemigo en cada movimiento era tal que repelía su espada como si fuera rama débil.

sábado, 25 de octubre de 2014

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XIV: Vigilando a los ángeles (Parte 2).




Mientras el grupo caminaba cautelosamente por el empedrado y accidentado terreno, los jóvenes observaban en todas direcciones buscando alguna señal de ángeles y en ciertos momentos ellos pudieron ver, gracias al sistema de detección de las gafas de visión nocturna unas esferas blancas que aparecían en un lugar, hacían un pequeño trayecto y desaparecían de inmediato. Cuando uno de los jóvenes veían una de esas esferas, avisaba con voz baja al resto, se detenían y se ponían en guardia pensando que las esferas los atacarían y cuando éstas desaparecían, reanudaban su marcha. Después de unos minutos de sigilosa y pausada caminata, los dualistas llegaron al lugar que indicaba Alejandro y descubrieron que la elevación “doblaba” hacia el oeste y producía una buena vía de escape, tal y como lo declaró Alejandro.
–Debo admitir que has tenido una buena idea Alejandro. –expresó Nahuel halagando a su compañero.
–¡Bah! ¡No es para tanto! –afirmó Alejandro.
–Nada de falsa modestia. Nahuel tiene razón, si algo nos llega a pasar, podemos escapar con facilidad. –Comentó María mientras observaba la “vía de escape”.
–Bueno, acomodemos aquí ya que será, por unas horas, nuestro lugar de vigilancia. –admitió Nahuel y los jóvenes se acomodaron en ese lugar. Mientras Nahuel y María se sentaron mirando hacia el noreste, Alejandro agarraba unas cuantas rocas y las apilaba de manera tal que formaran un asiento rocoso, una vez finalizado el improvisado mueble el joven se sentó en él.
–Miren chicos, esto es sentarse con “estilo”. –aseguró Alejandro jactándose de su obra.
–No te pongas tan cómodo ya que aunque estemos vigilando, no hay que dormirse. –aseveró Nahuel.
–Además tenemos que tener cuidado porque no sabemos qué traman los ángeles. –advirtió María.
–Muy bien, entonces observemos… –declaró Alejandro y todos se quedaron en silencio, observando todo el panorama con ayuda de los lentes de visión nocturna buscando alguna señal de las esferas que habían visto con anterioridad y cuando veían una le seguían el rastro hasta que ésta desaparecía de repente.

jueves, 23 de octubre de 2014

La guerra de los condenados: Juegos de guerra. Capítulo 2: Las dos veredas de la misma calle (Parte 3 de 3).



Unos minutos después Joel estaba recostado sobre su lado derecho en una camilla en paños menores. Pandora le dijo que debía estar así para que pudiera examinarle todas las heridas y él no tuvo más remedio que hacerlo porque ella tenía razón. Su apariencia física era similar a su hermano gemelo, exceptuando que sus músculos no estaban tan marcados, su cabello era castaño por completo y las facciones de su cara demostraban la edad que tenía, es decir 30 años.

Joel se impacientaba mientras Pandora[I] examinaba con una enorme lupa que poseía un trípode con ruedas para moverlo donde quisiera además de un brazo flexible para posicionarla donde la necesitaba, la piel lacerada. Técnicamente lo único que debía hacer la Reploide era comprobar el estado de las curaciones que le hicieron en Tímifra y darle algo para curar su piel lastimada por completo, pero por algún motivo ella seguía inspeccionando. 


–La gran mayoría de las laceraciones están cerradas… Pero hay algunas que todavía le faltan un poco más de tiempo… Lamento informarte que tal vez te quedará alguna cicatriz… –dijo Pandora luego de estar callada un buen rato con su particular forma de hablar, sin apartar su mirada de la gran lupa.

–Bueno, no pensaba en modelar después de lo que sucedió. –bromeó Joel, pero como era de esperarse ella ni sonrió. Nadie la vio reírse o sonreír, hasta el punto en que decían que si alguien la veía al menos esbozar una sonrisa debía pedir tres deseos. Sin embargo, Joel creía que ella tendría cierto sentido del humor y que mientras trabaja actuaba con total seriedad.
–Tendré que darte algo para que las heridas sanen por completo y reduzca la aparición de cicatrices…
–¿Puedo preguntarte algo?
–Sí…
–¿Por qué estuviste más de seis minutos examinándome cuando lo que tengo no es nada grave.
–Quería cerciorarme del gran daño que posee tu piel… y eso lleva tiempo…
–Tiempo del que no dispongo, Pandora.
–Lo siento… Deberías haber venido con tiempo…
–Sí, tienes razón… –suspiró Joel porque entendía que la Reploide volvía a tener razón– Si ya has terminado, será mejor que me vista mientras buscas lo que me tienes que dar.
–Espera… Tengo que vendarte… 
–Está bien.

Pandora retiró la gran lupa, vendó con celeridad las heridas de Joel y acto seguido se dirigió hacia un armario hecho prácticamente de cristal donde tenía medicamentos de todo tipo y de toda clase de administración.


Mientras Joel se vestía, contemplaba el consultorio. Aparte de la camilla y el armario había un escritorio elegante de madera blanca, una alfombra celeste clara, un par de sillas delante del escritorio y una detrás, tres grandes archiveros, cuadros de arte contemporáneo y surrealistas colgando de la pared que rompían la monotonía del blanco reinante en las paredes, el suelo y el techo, varias vitrinas que contenían diversos instrumentos médicos listos para usarse y grandes reflectores en una esquina. Un gran ventanal hacía que la luz del exterior entrara en el consultorio, donde también se tenía un paisaje hermoso de Tangwystl, aunque no tan imponente como el que poseía desde su oficina.


Joel procuraba vestirse lo más rápido posible. Aparte de ahorrar tiempo, sentía cierto pudor estar casi desnudo frente a una Reploide. Estaba consciente de que era una máquina, pero como se asemejaba a una mujer le daba vergüenza, aunque para su suerte logró vestirse en poco tiempo y un par de segundos después Pandora regresaba con una caja.

–Es una pomada… Debes untártela bien hasta que la piel lo absorba… En teoría debes usarla una semana y notarás que la piel se regeneró por completo… Si eso no sucede, ven a verme… –explicó la Reploide mientras extendía su brazo para que Joel tomara la caja.
–Gracias por las indicaciones. –agradeció Joel tomando la caja.
–Espera un momento… Te daré el certificado médico… –dijo la Reploide mientras avanzaba hacia su escritorio.
–¿Para qué me vas a hacer si todavía tengo tiempo? –preguntó Joel desconcertado, dando un vistazo a su reloj y comprobando que aún faltaban 20 minutos para la reunión.
–Sabes que es necesario… Tu salud está siendo monitoreada dado a que eres un miembro importante del Ejército del Planeta… Como tu médica personal debo informarle al Gobernador Supremo del Planeta de tu estado de salud y cada vez que vienes a mí tengo que informárselo.
–Entiendo, pero yo tengo nada grave. Mis heridas me dolerán por un rato y tendré alguna que otra cicatriz. No me voy a morir por esto.
–Joel, por favor, no compliques las cosas. –afirmó Pandora secamente al tiempo que abría una de las gavetas de su escritorio. Seguidamente retiró una un marco de metal con puntas redondeadas y un cilindro metálico de apenas siete milímetros de diámetro y quince de largo, que en una de sus puntas terminaba en un cono.

Pandora se sentó en su sillón, tomó el cilindro como si fuera un bolígrafo y cuando lo acercó a un centímetro del marco en su interior apareció un holograma verde que se parecía a una hoja de papel con campos para llenar, además de un membrete donde aparecía el sello del Gran Hospital General. La Reploide escribió rápidamente algo sobre ese extraño holograma mientras Joel se acercaba al escritorio.

–Pon tu firma aquí, por favor… –dijo Pandora dando vuelta el marco con el holograma hacia Joel mientras le indicaba con el cilindro dónde debía firmar. Joel tomó el “bolígrafo” y escribió donde ella le indicó.

Al terminar, a cinco centímetros sobre el holograma comenzó a materializarse una hoja de papel que contenía todo lo que estaba escrito en el holograma, lo que Pandora escribió y su firma. En diez segundos una hoja de papel se posó suavemente en el marco al tiempo que su holograma se desvanecía. Joel dejó el cilindro al lado del marco y tomó el papel ya que ése era su certificado médico. El holograma que acaba de desaparecer envió los datos al edificio de la Gobernación General donde el Gobernador Supremo del Planeta pronto se enteraría de su visita con Pandora.

–Ya puedes retirarte. –dijo la Reploide.
–De acuerdo…

Joel se dirigió hacia la puerta y unos pasos antes de activar los sensores para que abrieran las hojas automáticamente se detuvo en seco. Miró hacia Pandora con ganas de preguntarle algo.

–¿Puedo hacerte una pregunta?
–Sí… ¿Qué es lo que quieres saber…? –preguntó la Reploide terminando de guardar el marco y el cilindro.
–¿Alguna vez tú…? –Joel se calló repentinamente y reflexionó un rato antes de continuar. –Nada, mejor olvídalo.
–No tengas miedo en preguntar…
–Descuida, era una sandez. Hasta pronto.
–Hasta pronto.

Ya de regreso al edificio del Consejo Supremo de Guerra, Joel se arrepintió de no preguntarle lo que quería antes. Deseaba saber si alguna vez ella expresó algo que sentía. Pandora no solamente no reía, tampoco expresaba su enfado, su tristeza, su incertidumbre, su vergüenza, nada. Actuaba como si fuera un androide en el más arcano de sus sentidos. Hoy por hoy era inconcebible pensar en un Reploide sin que no tuviera consciencia. Joel pensaba que Pandora tal vez tendría una personalidad seria, aunque, según él, la “exageraba demasiado”. A veces pensaba que se castigaba a sí misma por lo que “hizo” en el pasado, una idea bastante ridícula porque la Pandora actual sólo se parecía a la antigua en cuanto a su cuerpo, su “mente” difería mucho. Ella conocía la historia de su “anterior vida” y tal vez a modo de castigo quería ser indiferente a todo lo que era humano por pensar que ella no se lo merecía. Joel quería preguntarle también eso, pero no se atrevía.


No obstante, tuvo que dejar ese tema de lado porque estaba llegando a su destino y debía concentrarse en la reunión, que si bien no iban a tratar ningún tema importante no quería mostrarse distraído. De lo contrario, recibirá el doble de regaños.


El Consejo Supremo de Guerra del Planeta está conformado por representantes de todas las fuerzas armadas, representantes máximos de las divisiones de los poderes del Planeta, es decir el poder Legislativo, el Ejecutivo, y el Judicial, el Ministro de Derechos Humanos y Robóticos, el Ministro de Defensa del Planeta, el Director del D.G.I.E. y el Gobernador Supremo del Planeta. Solamente se reunían cuando ocurría algo importante con respecto a la guerra, cuando planeaban movimientos de gran envergadura y de gran costo de recursos o cuando debatían sobre ciertos cambios en el Ejército del Planeta.


Los miembros actuales del Consejo Supremo de Guerra del Planeta son: Joel Zerkelis, Jefe de Estado Mayor del Ejército del Planeta; Fighting Fefnir, General del Ejército de Tierra, denominada como “Fuerza Jin’en”; Sage Harpuia, General del Aire de la Fuerza Área, llamada “Fuerza Rekku”; Fairy Leviathan, Almirante de la Armada, denominada “Fuerza Mekai”; X, Comandante Supremo de las Fuerzas Especiales Escudo; Zero, Comandante Supremo de las Fuerzas Especiales Espada; Andrea Spagarino, Presidenta del Senado Mundial; Hidden Phantom, Juez Supremo Honorífico; Johannes Zweig, Ministro de Derechos Humanos y Robóticos; Katherine Johnson, Ministra de Defensa del Planeta; Francesca Furllanetto, Directora del D.G.I.E. y Tomás Alberto Esquivel, Gobernador Supremo del Planeta. Además de Joel, Spagarino, Zweig, Johnson, Furllanetto y Esquivel eran humanos.


Sin embargo, como Harpuia no podía estar presente en esa reunión dado a que se encontraba en la Sala de Mantenimiento para que lo repararan, su lugar fue tomado por Leonardo, el Líder Beta del Escuadrón Kamikaze, Primer Teniente Coronel y jefe del Escuadrón Beta. 


Una vez todos reunidos y sentados alrededor de la gran mesa del lugar, comenzaron a hablar sobre lo ocurrido durante la noche anterior y comienzo del día de la fecha. Francesca Furllanatto tenía en sus manos el informe completo sobre lo que contenía el libro y, tal cual como dijo el agente del D.G.I.E. durante la madrugada a Joel y compañía, no había nada relevante puesto a que se trataba de una crónica reescrita de ciertos hechos que ocurrieron en el siglo XVI y que involucraban a uno de los castlevanian, Simon Belmont, pero no era algo que desconocían.


Seguidamente comenzó el circo para Joel. Furllanetto, Spagarino, Johnson, Zweig, Leonardo y Phantom le reprocharon su actitud temeraria al haber tomado el libro y salir del sitio cuando sabía que sería perseguido por criaturas voladoras del Ejército Oscuro, además de regañarle que tuvo muchísima suerte de que Harpuia desobedeciera sus órdenes o de lo contrario Isaac lo hubiera liquidado sin miramientos. En ocasiones Levithan, Fefnir y Leonardo también criticaban su actitud.


Zero y X no decían absolutamente nada. De hecho se mordían los labios antes de decir algo, sea para regañar a Joel o para defenderlo cuando intuían que los que criticaban se iban por las ramas. Esquivel simplemente estaba como un testigo de todo lo que sucedía. Él podía detener la ola de críticas y regaños cuando quisiera, pero cada vez que miraba a Joel sentía que él hacía oídos sordos a todo lo que escuchaba.


El Gobernador Supremo del Planeta no estaba equivocado. Joel, aunque parecía estar interesado en lo que escuchaba, realmente le importaba un bledo todo. Como buen diplomático, además de ser una muestra de respeto, esperaba a que todos terminaran de hablar antes de responderles, aun si lo que decían era falaz o erróneo. No era la primera vez que lo criticaban y ésta no era precisamente una crítica fuerte como otras, donde no podía abrir la boca.


Diez minutos más tarde, todos terminaron de hablar y finalmente Joel pudo tener la palabra. 

–Si les soy sincero, todos los que ustedes dijeron carece de valor. Todos deberían saber que nadie, absolutamente nadie quería ocupar el lugar que yo ocupe. Todos creíamos que en ese libro había información importante y nadie tenía el valor suficiente para robarlo y tenerlo hasta que llegara la infantería aérea para extraerlo y llevarlo a un lugar seguro. –dijo Joel con serenidad, aunque por dentro quería mandarlos a todos al diablo.
–¡Pero era muy extraño que uno de ellos llevarán…! –exclamó Leviathan.
–Ya hablaste suficiente, Leviathan. Debes dejar que yo termine de hablar. –interrumpió Joel tranquilo aunque con autoridad, ocasionando que la Reploide se callara.
–Para nuestra desgracia, fuimos engañados, al igual que Bass. Ahora me critican porque esta operación fue un fracaso, pero me pregunto: ¿me hubieran criticado se hubiera tenido éxito? –continúo Joel, ocasionando que sus críticos se miraran entre ellos. 

X, Zero y Esquivel esbozaron un sonrisa porque Joel hizo que con un par de palabras todos los que lo regañaron se dieran cuenta de lo equivocados que estaban al haberle dicho todo lo que le dijeron por más de diez minutos. No esperaban menos del que es el mejor diplomático de su promoción.

–Ser Jefe de Estado Mayor del Ejército del Planeta no significa estar detrás de un escritorio por un tiempo. Sí, es verdad que yo no soy un militar y también que Harpuia me tuvo que salvar el pellejo. Sin embargo, sé disparar y si bien eso no me convierte en un militar gracias a eso salve, irónicamente, a Harpuia. Esto significa que tampoco soy un debilucho con un arma en la mano que no sabe ni siquiera cómo apuntar. Hace dos años dije que no era militar, incluso confesé que aborrecía la guerra, algo de lo que fui criticado por todos los medios habidos y por haber, aunque agregué que aprendería todo lo necesario para que mi nombramiento no fuera en vano. Ya he aprendido todo lo que estar detrás del escritorio y me falta aprender lo que hay delante y estando dentro de las paredes de mi oficina no aprenderé absolutamente nada. Lo que pasó anoche me sirvió de experiencia y les sirvió a algunos de que sé cómo usar un arma y sé disparar –agregó mirando con disimulo a quienes lo criticaron, notando que estaban muy avergonzados–. Si van a mencionar nuevamente a la Guardia Blanca, les diré que aunque ellos me hubieran acompañado no hubieran hecho una gran diferencia. ¿Acaso creen que los castlevanian no hubieran encontrado la manera de separarme de ellos? Aunque la Guardia Blanca esté encima de mí todo el tiempo ellos no son invencibles; si quisieran proponérselo, los castlevanian podrían liquidar a la Guardia Blanca en un santiamén y atacarme sin que yo pudiera hacer algo para evitarlo. Todo el que participa en esta guerra está propenso a morir, pero no porque el conflicto llevaba más de cuatro milenios desarrollándose o porque el enemigo es extremadamente peligroso, sino porque es una maldita guerra y siempre muere gente… y Reploides. –concluyó, ocasionando que todos enmudecieran.
–Haré que… Bass reciba su castigo por no confirmar bien la información… –expresó Francesca Furllanetto, una mujer de cincuenta años, de tez pálida con pocas arrugas y con caballera larga y bien roja que se destacaba.
–¿Castigo? ¿Por qué? Bass hizo bien su trabajo y aunque cometió un error no ocurrió nada grave. Sí, en el pasado algunos de sus errores produjeron grandes desastres, pero ya no cometió ninguno más de esos. Por otra parte, él es el único que tiene la gallardía de entrar a los Avernos y traernos información.
–Pero Bass hace más de tres mil años que está funcionando y ya no puede cometer más errores.
–¿Y qué error cometió ahora? ¿No haberse acercado al libro, abrirlo y ojearlo para saber si lo que contenía nos era útil y no? Él vio y nos hizo ver que no podía hacer eso sin que un castlevanian estuviera vigilando el libro.
–Aun así, él…
–Señora Furllanetto, Bass no debe recibir ningún castigo severo. Él hizo todo lo que pudo.
–Usted no decide eso. Yo soy la Directora del Departamento General de Inteligencia y Espionaje; hago lo que quiero con mis subordinados. –dijo la mujer levantando su tono de voz.
–Cierto, yo no tengo decisión en eso –admitió Joel calmado, como venía platicando–, pero el señor Esquivel puede intervenir. –añadió señalando al Gobernador Supremo del Planeta, un hombre calvo de 78 años aunque su aspecto físico parecía tener veinte años menos. 

Como los demás humanos presentes, llevaba puesto un traje elegante aunque encima de ello lucía una capa azul con hombreras de oro, una prenda que identificaba al Jefe de Estado máximo del planeta. Robusto, de piel negra, barba tipo candado gris, cejas gruesas, ojos marrones profundos, nariz y boca grande y orejas tamaño promedio, medía un metro ochenta y su solemnidad hacía que todos le tuvieran mucho respeto.

–El Jefe de Estado Mayor del Ejército del Planeta tiene razón, señora Furllanetto. Espero que no castigue severamente a Bass o de lo contrario tendré que tomar medidas sobre usted. –admitió con su voz profunda y agradable, como la de un locutor, en un tono serio pero sin llegar a amenazarla.
–Como desee, señor. –dijo la mujer con mansedumbre, aunque por dentro la rabia le carcomía.
–Terminado este asunto quiero hablar sobre un tema delicado. Hubiera preferido que Harpuia estuviera aquí, pero me temo que se enterará posteriormente. –habló Joel.
–¿No puedes esperar a que Harpuia esté en óptimas condiciones? –preguntó Phantom.
–No. Ya que están todos reunidos es mejor que se enteren del próximo movimiento que el Ejército del Planeta hará. No tengo el plan listo aunque dentro de poco podré presentárselos como corresponde.
–¿Y cuál es ese próximo movimiento? –preguntó Fefnir intrigado y emocionado.
–Pretendo atacar uno de los Avernos, más precisamente el Primer Averno. –todos en la sala no pudieron disimular su sorpresa.
–¡¿E-e-en se-serio qui-quiere a-atacar e-e-el Pri-primer A-a-a-averno?! –interrogó Leonardo tan sorprendido que no podía articular bien las palabras. Su cuerpo se asemejaba al de Harpuia, aunque era un poco más robusto, los retropropulsores de su espalda eran un poco más grandes y sus “alas” extendidas se asemejaban a las de un ángel, aunque no superaban los dos metros de envergadura y en su cabeza las alas estaban extendidas hacia arriba. Aparte, sus ojos eran celestes.
–¡Es una locura! –comentó Katherine Johnson, una mujer de 45 años, de piel morena, caballero corto negro, ojos avellanas y una boca pequeña.
–¡Es una demencia lo que quieres hacer Joel! ¡Varias veces hemos vaciado nuestro arsenal de misiles, agotado nuestros cañones de Disparo Láser y Plasma y usado todas las bombas contra las murallas y los edificios de cada Averno y esas cosas se regeneran rápidamente! ¡No hay manera de invadirlos! ¡Incluso sobrecalenté el cañón principal de mi Firetiger esperando abrir un enorme agujero en un sector del Sexto Averno y el maldito poder de ese lugar regeneró rápidamente lo que destruí! –aseveró Fefnir, un tanto molesto al recodar lo ocurrido con su vehículo.
–Ni siquiera disparando los cañones de nuestros acorazados pudimos quebrantar las defensas de esos malditos castillos. –añadió Leviathan más calmada que Fefnir.
–No hay manera de penetrar esas murallas y hacerlo es un suicidio. Las veces que se han enviado tropas al frente de uno de los Avernos pocos han regresado. Contadas fueron las ocasiones que regresaron con pocas bajas. –recordó Johannes Zweig, un hombre de 70 años, pero aparentaba tener algunos menos, con caballera abundante y engominada grisácea, bigote espeso gris bien cuidado, nariz aguileña y ojos azules.
–Estoy al tanto de eso, pero creo que nuestras armas han avanzado lo suficiente como para intentar una invasión. El Primer Averno es el castillo más “simple” de los ochos. Sería la mejor opción entre todas.
–¿Y qué esperas obtener con esa invasión? –cuestionó Zero– Te recuerdo que las pocas tropas que han tenido la posibilidad de entrar en los castillos aseguraron que está atestado de cuanta criatura se pueda imaginar uno. 
–Hace doce años que mi hermano está atacando en sectores críticos y es momento de devolverle la gentileza. Hasta el momento hemos actuado a la defensiva. Sé que no podremos reducir a escombros los Avernos y pretender que así queden, pero dándole una buena batalla en su territorio se dará cuenta de que estamos dispuestos a erradicar hasta la última criatura de su Ejército Oscuro.
–¿Piensas que con eso él reducirá la frecuencia de sus ataques? –preguntó Phantom.
–Ojalá fuera así. Las pérdidas que podríamos ocasionarle a su Ejército Oscuro nos darán tiempo para recuperar los “territorios conquistados” por ellos.
–¿No has pensado que tal vez tu hermano redoble sus ataques luego de que invadamos uno de los Avernos? –cuestionó X.
–Posiblemente pero estaremos preparados para eso. Yo dije que pretendo atacar uno de los Avernos, no que voy a atacar uno. Tengo que organizar el plan ofensivo y el plan defensivo para la oleada de arremetidas que sucederán tras el ataque al Primer Averno. Derrotar a nuestros invasores en su territorio aumentaría la moral de todo el mundo, no solo del Ejército del Planeta.
–¿Cuándo tendrá el plan estratégico general, Zerkelis? –preguntó Esquivel.
–Posiblemente para comienzos del año que viene.
–¿No le parece mucho tiempo?
–Hay 53 ciudades-bunkers en el planeta, de las cuales veinticuatro corren un alto riesgo de ser atacadas. Habrá que organizar perfectamente la defensa de esas ciudades y eso llevará un buen tiempo de organización y un gran movimiento de tropas, vehículos y suministros. Por otra parte, dentro de un mes recibiremos nuevos soldados en todas las ramas del Ejército del Planeta y planeo usarlos dentro del ataque, por lo que necesitan cierto entrenamiento. Por si esto fuera poco, en los astilleros de la Base Naval de Antártica están en su última etapa de construcción los submarinos Carámbanos y no tardarán en botarlo. Leviathan puede confirmarlo.
–Así es, señor. –asintió Leviathan mirando al Gobernador Surpremo del Planeta.
–Sí, ya estaba enterado de eso.
–¿Pretende usar los submarinos en el ataque al Primer Averno? –preguntó Leonardo extrañado.
–No. Es imposible. Ése Averno está lejos del mar. Con lo de los submarinos quise decir que tengo que supervisarlos ahora que han entrado en la fase final de su construcción y no tendré tiempo para idear el plan estratégico general.
–¡Ah, ya entendí!
–Asimismo, quiero planear a la perfección este plan. Cada movimiento debe estar calculado perfectamente. No quiero perder hombres y Reploides y tampoco quiero desperdiciar recursos. Todo eso requiere de bastante tiempo. Por las fotografías satelitales y las escasas fotografías aéreas que hay sobre el Primer Averno he estimado dos lugares para atacarlo, pero no quiero decir nada aún hasta que no haya meditado todo con sumo detenimiento.
–Entonces ya sabe qué hacer. Cuando tenga todo listo convocaré otra reunión. –habló Esquivel adustamente.
–Sí, señor.
–Si nadie tiene algo más para decir, declararé esta reunión terminada –dijo el Gobernador Supremo del Planeta y nadie dijo nada–. Bien, reunión terminada. Todos pueden volver a sus obligaciones.
–¡Gracias, señor Gobernador Supremo del Planeta! –exclamaron todos y poco a poco todos fueron abandonando ordenadamente el lugar, siendo el primero Esquivel y el último Joel.

Al salir, el Jefe de Estado Mayor del Ejército descubrió que lo estaban esperando. Además de los Reploides con los que estaba reunido, había ocho Reploides más. Estos medían dos metros de altura y su complexión era robusta. Su cuerpo se asemejaba al de unos caballeros con armadura blanca y una capa de color roja que la sujetaban con unos prendedores dorados en las esquinas interiores de las hombreras, unidas por una cadena dorada. Ninguno tenía puesto un casco, por lo que sus cabezas estaban expuestas siendo totalmente blancas a excepción de su rostro, como si llevaran una especie de cofia blanca de látex apretada. A juzgar por las delicadas facciones que presentaban, la mitad eran masculinos y la otra mitad femeninos. Aparte de todo esto, portaban, además de una pistola de Disparo Láser en su cintura, unas lanzas de acero cuya punta era de una aleación de acero con minerales creados en laboratorios, cuyo nombre común era “adamantino”, cuyo poder de corte era mil veces superior al de una katana y mil veces más resistente que ésta; de hecho la hoja de lanza de Leviathan está hecha de este material. Como la apariencia física no variaba mucho entre los Reploides masculinos y femeninos, sus rostros eran lo único que los diferenciaba, pero la verdadera característica que les daba identidad propia era el color de sus ojos.


A Joel no le agradó verlos. Vaticinaba una nueva ronda de sermones.

–Señor, debemos hablar con usted. –dijo uno de los Reploides con voz profunda; sus ojos eran de color amarillo.
–Pueden retirarse. –les dijo Joel a Leonardo, Fefnir, Leviathan, Phantom, X y Zero.
–Pero me quiero quedar para ver esto. No deseo perdérmelo. –replicó Fefnir.
–Váyanse, es una orden. –ordenó Joel seriamente y los cinco Reploides se marcharon mientras que Fefnir maldecía para sus adentros.
–Lo que hizo anoche fue arriesgado. –reprendió una de las Reploides cuyo ojos eran rojos.
–Sé que fue peligroso, Camila, pero ustedes no me podían acompañar. Sin ánimos de ofender, hubieran sido un estorbo.
–No estamos de acuerdo con eso. –aseguró otro Reploide masculino; sus ojos eran azules.
–Podríamos haberlo defendido de Isaac y de los jinetes de dragones y de wyverns. –agregó otra Reploide de ojos violáceos.
–Marcos, Micaela. Sé que su misión es protegerme, pero no siempre podrán hacerlo. Además, si todos ustedes hubieran estado conmigo cuando me perseguían todos hubiéramos sido alcanzados por los ataques de los dragones.
–Sin embargo, muestra misión es protegerle. Para eso nos crearon y programaron, señor. Somos la Guardia Blanca. –aseveró otra Reploide de ojos grises.

La Guardia Blanca son los guardaespaldas del Jefe de Estado Mayor del Ejército del Planeta. Fueron construidos por orden de Ian Samaras, tercer Jefe de Estado Mayor luego de comenzada la guerra, ya que a diferencia de sus antecesores prefería estar más tiempo en el campo de batalla que detrás de un escritorio. La Guardia Blanca lo seguiría a sol y sombra sin importar a donde fuera y lo defendería de cualquier amenaza, incluso sacrificándose si fuera necesario. A medida que los miembros de la Guardia Blanca iban cayendo en combate, otros eran construidos para reemplazarlos. El hecho de que el grupo estuviera compuesto de ocho miembros se debía que esa cantidad era suficiente para proteger al Jefe de Estado Mayor del Ejército desde todas direcciones mientras éste estuviera en el centro de la agrupación. Desde su creación, a todos les llamó la atención el particular aspecto físico que poseían gracias a que Ian Samaras así los quería. El motivo era por demás de sencillo: amedrentar a las criaturas del Ejército Oscuro.


A medida que los Jefes de Estado Mayor sucedían, los Reploides de la Guardia Blanca debían proteger a los sucesores de los anteriores. Si uno nuevo era creado, el Jefe de Estado Mayor de turno podía bautizarlo con el nombre que deseara. El número de serie de los Reploides de la Guardia Blanca es WG-X-XXXXX; el primer número luego de las letras indica el número de orden que va de 1 a 8 y el siguiente número de cinco cifras corresponde al número del miembro. Actualmente, los miembros de la Guardia Blanca son: Camila (número de serie WG-1-04789, siendo la líder del grupo), Marcos (WG-4-04890), Micaela (WG-5-04891), Luis (WG-2-04887; éste fue el primero que le habló a Joel), Angélica (WG-3-04888), Julián (WG-6-04893), Daniel (WG-7-04894) y Evangelina (WG-8-04702).


Hasta el momento, Joel no había perdido a ninguno de los miembros de la Guardia Blanca y no pretendía perder uno y bautizar a uno nuevo en un futuro cercano.

–Lo entiendo perfectamente, Evangelina, aunque también deben entender que no siempre podrán hacerlo y más aún cuando yo les ordenen que se queden aquí. No quiero regaños de parte de ustedes. –dijo Joel.
–Discrepo. Usted debería llevarnos en vez de “apagarnos” para evitar que le insistiéramos. –expresó un poco molesto Daniel cuyos ojos eran marrones.
–Eso nos dolió bastante. Usted más que ningún otro Jefe de Estado Mayor del Ejército necesita nuestra protección le guste o no. –agregó Angélica también un poco molesta; sus ojos eran celestes.
–No es con ánimos de ofender, señor, pero usted no es un militar y aunque sepa algo no sabe todavía cómo desenvolverse como uno en el campo de batalla y mucho menos para realizar funciones de espionaje. –advirtió Julián cuyos ojos eran verdes.
–Le mentiría si le dijera que no me ofendió, Julián, pero tiene razón. Sin embargo, mientras ustedes me protejan como si fuera un cachorrito jamás sabré lo que es tener este cargo y la gran responsabilidad que conlleva. La guerra no es buena para nadie, pero para mí desgracia tengo que saber cómo es, desde la comodidad de mi oficina hasta la tensión del combate. No quiero, bajo ningún punto de vista, prescindir de sus servicios aunque deben permitirme tropezar y lastimarme para entender algo de lo que aborrezco y que nunca hubiera querido entender.
–Aunque he de advertirle que uno de esos tropiezos, llamado “muerte”, le lastimará tanto que no volverá a levantarse del suelo –advirtió seriamente Camila, produciendo que Joel se llevara una de sus manos a la cara para refregársela, al tiempo que emitía un suspiro de exasperación–. Lo siento, no quería hacerlo enojar… –se disculpó sabiendo lo molesto que se encontraba Joel.
–Miren… Tengo mucho que hacer y no quiero discutir con ustedes… –dijo Joel manteniendo la calma– Les pido que, por favor, vuelvan a su sala y esperen allí hasta que los llame. Una vez que termine con unos asuntos iremos al edificio del D.G.I.E. para cerciorarme de que Furllanetto no castigue severamente a Bass. ¿Les quedó claro?
–¡Sí, señor! –asintieron los ocho poniéndose firme en sus lugares y llevándose la mano con la que blandían su lanza a la altura del corazón. 
–Pueden retirarse…
–¡Sí, señor! ¡Gracias, señor! –la Guardia Blanca se marchó con sus pasos sincronizados, como verdaderos militares. Joel se quedó unos segundos donde estaba para relajarse un poco mediante la respiración antes de regresar a su oficina.

Mientras tanto, su hermano gemelo estaba reunido con los “Jerarcas” en la Sala Octogonal del Noveno Averno.


Así como los humanos y los Reploides poseen el Consejo Supremo de Guerra, el Señor de Castalevania posee su propio “Consejo Supremo de Guerra”, el cual tiene por nombre “Cenáculo”. Los miembros de dicho “consejo” eran llamados “Jerarcas” puesto a que cada uno era el superior en una determinada rama del poder o de cierta rama del Ejército Oscuro. 


Iniciada su invasión, Nataniel Edworth decidió que cada tanto debía tener una reunión con los jefes de cada rama de su Ejército Oscuro para coordinar los ataques y estos eran algunos de los castlevanians. No obstante, como en ese grupo había entidades de bandos opuestos en las reuniones siempre surgía algún conflicto y en ocasiones las peleas verbales se convertían en encarnizados combates. Edworth devolvía la paz a la Sala Octogonal torturando a los contendientes que sus poderes psíquicos o destruyéndolos si era necesario, procurando que su renacer sea muy terrible. Sin embargo, las peleas eran muy recurrentes.


Con la llegada al poder de Erik Zerkelis las reuniones del Cenáculo son medianamente tranquilas. El éxito de Zerkelis para mantenerlos a todos calmados y sin que sucedieran conflictos es su crueldad extrema. Si algunos castlevanians decidían pelear, el Señor de Castlevania los torturaba con sus poderes por mucho tiempo hasta que los destruía y seguidamente se encargaba de que el renacer de los contendientes fuera la peor de las experiencias que tuvieron en su existencia. Erik no iba con amenazas. Antes de que comenzara un conflicto atacaba a los que participaban en el mismo sin previo aviso. Todos sabían que el Señor de Castlevania era un “hombre” de poca paciencia y si querían luchar debían atenerse a las consecuencias.


Los Jerarcas que participan en la reunión son: Erik Zerkelis, el Señor de Castlevania; Leon Belmont[II], líder de la Fuerza del Bien; Alucard; líder de la Fuerza Neutral; Drácula, líder de la Fuerza del Mal; Juste Belmont[III], líder de los Hechiceros; John Morris[IV], jefe del grupo conocido como “los Familiares”; Erik Lecarde, “General del Aire” de la fuerza aérea de Castlevania llamada “Criaturas de la Noche”; Muerte, segundo al mando de la Fuerza del Mal; Walter Bernhard[V], “General Oscuro” y Lugarteniente de las fuerzas vampíricas del Ejército Oscuro; Sucubus[VI], señora de los demonios sexuales de Castlevania; Shaft[VII], “Obispo Oscuro” y líder supremo de los “Acólitos del Señor Oscuro”; y Cornell[VIII], representante de los “Hombres Lobos Libres”.


El lugar donde se reúnen se llama Sala Octogonal porque la misma posee esa forma geométrica y se encuentra emplazado en el ala oeste del enorme vestíbulo del castillo, cuya enorme puerta negra de entrada de doble hoja mide cuatro metros de altura y tres de ancho, que posee la figura en relieve de un cerbero de aspecto amenazante. No hay ventanas en ese sitio. Todo el lugar es iluminado gracias a los grandes candelabros de oro del techo, las antorchas en las paredes y los candiles sobre la gran mesa del centro. La decoración era escasa: telas rojas partían desde el centro, cayendo por los flancos de las pilastras que se ubican en cada esquina, unas pocas pinturas de bodegones, conocidas también como naturaleza puerta colgados en la pared y una gran pintura del actual Señor de Castlevania mostrándolo de cuerpo entero, erguido como si fuera un rey delante de su trono, vestido exactamente igual como se encuentra en estos momentos, sosteniendo un báculo que posee su altura, representando una gran serpiente negra, una cobra para ser exactos, de ojos verdes enroscada en un báculo, con sus fauces abiertas, listas para arremeter con su mortal mordida; este cuadro se halla detrás de la silla donde se sienta Erik. En el centro hay una gran mesa de madera oscura de forma de un dodecágono que en cada “lado” posee una silla hecha de la misma manera que la mesa con finos detalles y un espaldar de casi tres metros donde poseía escrito el nombre de cada miembro del Cenáculo en forma vertical y de arriba hacia abajo.


La posición de cada uno de los miembros en la mesa es la siguiente partiendo desde Zerkelis hacia su izquierda: Drácula, Muerte, Walter Bernhard, Shaft, Sucubus, Cornell, Alcuard Eric Lecarde, John Morris, Juste Belmont y Leon Belmont.


En particulares ocasiones otro castlevanian podía participar de la reunión. Si por algún motivo alguno de los miembros no podía estar presente nadie ocupaba su lugar. En esta oportunidad, Charlotte Aulin estaba presente aunque ella hubiera preferido no estar en esa reunión.


Durante los primeros diez minutos Erik se dedicó a insultar a Charlotte. Decía lo inútil que era, que no servía para nada y que no entendían por qué la consideraban como una joven prodigiosa cuando no pudo retener un simple libro. Los improperios que le decía eran terribles, tanto que sonrojaban a Leon, a Juste, a Eric, a John e incluso hasta Cornell, aparte de sorprender a Walter Bernhard, Muerte y Sucubus por la cantidad de insultos que decía sin repetir alguno luego de articular cientos. El resto esperaba a que el Señor de Castlevania terminara su descargo, algo que parecía estar lejos de suceder. 


Charlotte se limitaba a oír a Erik insultarla, mientras cerraba sus puños con fuerza, apretaba el libro que sostenía hasta el punto de dolerle los dedos de la mano, se mordía los labios para evitar contestarle; todo esto mientras miraba al suelo. Ella, al estar al lado y unos pasos atrás de Erik podía atacarlo hasta destruirlo, pero no debía ni siquiera darle aunque fuera un simple ataque mágico porque de lo contrario la destruiría de una forma horrible; lo mismo le sucedería si le contestaba con un insulto o simplemente le decía que se callara. Tenía que soportar todos los insultos.


Finalmente, Erik emitió un largo suspiro.

–Y para terminar con este asunto quiero comentarles que me parece muy extraño que ninguno de los bandos quieran trabajar juntos para derrotar a los humanos y a sus maquinitas pero se unen para buscar algo que, comparándolo con la guerra, es menos importante. No los entiendo… –concluyó el Señor de Castlevania con cierta agitación.
–¿Va a insistir con eso nuevamente? –preguntó Walter Bernhard con una pierna sobre la mesa y reclinando su pesada silla hacia atrás– Déjeme ahorrarle el disgusto: no va a funcionar.
–Diga lo que diga todo seguirá siendo igual: nadie de ningún bando trabajará con alguien del bando opuesto. –aseguró Cornell con su voz armoniosa.
–Si los Hechiceros están buscando algo juntos es porque usted los está amenazando y aparte buscar algo es muy distinto a tener que luchar codo a codo con alguien que no te agrada. –aseveró Juste Belmont. Erik se refregaba las dos manos en su rostro, bastante molesto porque no lograría convencerlos para que trabajen juntos otra vez y ya no quería seguir insistiendo porque no llegaría a nada.
–Supongo que no nos ha reunido para que escuchemos cómo denigra a Charlotte. –expresó Leon Belmont.
–No… –dijo Erik retirándose las manos de su cara– Hace un poco más de dos años que mi hermano es el Jefe de Estado Mayor del Ejército del Planeta y durante ese tiempo no hemos dado un fuerte golpe a los humanos y a los Reploides. Encima nos están haciendo retroceder y cuando menos lo esperemos intentarán recuperar los territorios conquistados.
–¿Y qué pretende hacer? –preguntó John Morris.
–Quiero atacar las ciudades-bunkers…
–Será difícil luego de que su hermano haya reforzado la defensa de las ciudades-bunkers cercanas a los Avernos. –expresó con seriedad Eric Lecarde.
–¿Y quién dijo que pretendía atacar a las ciudades-bunkers cercanas a los Avernos? –cuestionó Erik, sorprendiendo a todos.
–¿A qué se refiere con eso? –preguntó Muerte.
–Quiero atacar a las ciudades-bunkers principales. –contestó el Señor de Castlevania y todos se alborotaron.
–¡¿Está demente?! ¡Eso es imposible! –exclamó Shaft.
–A excepción de una ciudad-bunker el resto de las más importantes están lejos de los Avernos. ¡Y la que tenemos cerca estaba muy bien defendida! –aseveró Juste.
–Los humanos y las máquinas harán añicos a todas las criaturas y a nosotros cuando aparezcamos cerca de las ciudades. –replicó Cornell.
–Si eso sucede nuestros enemigos aprovecharán para recuperar los territorios conquistados porque sabrán que el Ejército Oscuro está debilitado. –advirtió Drácula.
–¡Silencio! –vociferó Erik con un vozarrón, enmudeciendo a todos– ¡No soy un estúpido! ¡Sé que esas ciudades están muy bien protegidas! Y si pensaron que pretendía atacar Tangwystl las ciudades que les siguen en importancia, están muy equivocados. Lo que yo quiero es atacar las tres últimas ciudades-bunkers importantes: Baspin, Gótora, Saint-Samuel. La idea es enviarle un mensaje a mi hermano…
–¿Cuál? –preguntó John.
–Que estoy dispuesto a reducir a escombros todas las ciudades-bunkers hasta que sólo quede en pie Tangwystl.
–No es muy amenazante eso y no es la primera vez que intentamos un ataque similar. –criticó Walter.
–Además la ubicación de sus objetivos convierten su plan en un verdadero suicidio: las tres ciudades-bunkers están alejadas entre sí… –señaló Alucard con su característica seriedad.
–Lo sé, Adrian. Yo conozco perfectamente el planeta donde viví. A simple vista, mi plan es un “suicidio”, pero si atacamos las ciudades-bunkers con las fuerzas necesarias e indicadas lograremos destruirlas. Por ejemplo, en Baspin es una ciudad donde prácticamente su población es militar, predominando los militares humanos. Sucubus y sus demonios sexuales harían una gran orgía que los liquidaría en poco tiempo…
–Será un placer, mi señor… –afirmó Sucubus con voz seductora al tiempo que se relamía sensualmente sus labios.
–En Saint-Samuel hay museos donde se hallan los manuscritos, artilugios y obras de arte de las antiguas religiones que controlaban el planeta hasta que todo el mundo abrió los ojos si volvieron agnósticos. Shaft y los “Acólitos del Señor Oscuro” podrían “corromper” dichas piezas y crear criaturas que aterrarían a los humanos puesto a que no sabrían si son amigables u hostiles.
–Eso será como coser y cantar, señor. Una vez corrompidos esas piezas de museo los habitantes de Saint-Samuel no tendrán escapatoria y sus almas nos servirán para siempre. –dijo Shaft.
–Y ya sé lo que dirá de Gótora: allí se encuentra uno de los centros de investigación de robótica donde se encuentran partes de los cuerpos “originales” de los androides. Si llegáramos a destruirlos, la moral del enemigo bajaría muchísimo. –dijo Alucard. Erik sonrió maléficamente.
–Je, je, je… Así es. Y esa es la ciudad que más me interesa erradicar. –admitió Erik.
–Sin embargo, de las tres ésa es la más defendida. –advirtió Leon.
–Buscaré la manera de burlar sus defensas. De todos modos Isaac y Héctor se encargarán de dirigir ese ataque.
–¿Los Maestros Forjadores de Demonios? ¿Por qué? –preguntó Muerte.
–Ellos me dijeron, mejor dicho, Isaac me prometió crear una bestia mecanizada enorme, capaz de soportar mucho daño e incluso podría echar abajo el muro de acero de Gótora.
–¿Y le creyó? –cuestionó Lecarde.
–Sí, Lecarde. De todos modos le advertí a Isaac lo que le pasaría si o que dijo fue una mentira para burlarse de mí y su reacción hizo que confirmará que le creyera.
–Yo que usted no confiaría tanto en él…
–Si usted fuera el Señor de Castlevania podría decidir en quién confiar o no. Por lo tanto evite darme consejos.
–Como quiera… señor… –musitó Lecarde algo molesto.
–Empero, mi plan para atacar a las tres ciudades-bunkers tienen un pequeño detalle: en cada invasión trabajaran en conjunto varios de ustedes. Walter y Sucubus atacarán juntos Baspin; Shaft y Richter Belmont Saint-Samuel; y Héctor y Isaac junto con Drácula, Muerte, Leon y Simon Belmont Gótora. –afirmó Erik y todos protestaron.
–¡¿Qué?! ¡¿Usted se ha vuelto loco?! –bramó Walter, levantándose de su asiento raudamente– ¡No voy a trabajar con este engendro estúpido! –agregó, señalando a Sucubus.
–¡El sentimiento es mutuo, vampiro! –voceó Sucubus furiosa al tiempo que un aura roja emergía alrededor de su sensual cuerpo.
–¡Ni se le ocurra pensar que trabajaré con el hombre que me derrotó hace mucho tiempo! –replicó Shaft.
–Puede que trabaje con los Maestros Forjadores de Demonios, ¡pero nunca con un Belmont y mucho menos con el patriarca de dicha familia! –dijo Drácula escupiendo con furia sus palabras.
–Seré bien claro para que todos lo entiendan: si llegó a enterarme de que en los tres grupos surgen algún conflicto que ponga en peligro los ataques, Y LO HARÉ, los destruiré lentamente y me cercioraré que resuciten experimentando el dolor más terrible para luego volver a destruirlos tortuosamente –dijo Erik con seriedad–. ¿Les ha quedado claro? –preguntó, pero nadie le respondió– ¡Contesten, carajo!
–Sí, señor… –respondieron todos con desgano.
–¡Contesten bien, manga de pusilánimes! –bramó el Señor de Castlevania dando un fuerte golpe en con puño derecho a la mesa, ocasionando que la misma se estremeciera ligeramente.
–¡Sí, señor! –respondieron todos enérgicos.
–¿Cuándo pensará en atacar las tres ciudades-bunkers? –preguntó Alucard.
–No hoy, no mañana y tampoco pasado mañana, pero pronto. Apenas tenga todo listo les avisaré y más les valga que para ese momento todos estén dispuestos a cooperar. Saben muy bien que cumplo mis amenazas y a mí no me gustan las amenazas. ¿Entendido?
–¡Sí, señor!
–¡Ahora, lárguense de mi vista! ¡Quiero estar solo! –ordenó Erik y a continuación todos se marcharon a su manera.

Erik se recostó sobre su asiento para luego inspirar y exhalar profundamente. De pronto, sintió que no estaba sólo y miró hacia atrás, descubriendo que Charlotte Aulin no se había marchado. Ella lo miraba con rabia y con sus ojos llenos de lágrimas, muy dolida por todo lo que le había dicho y deseaba contestarle de la misma manera. Erik sintió eso luego de contemplarla por unos segundos.

–Diga lo que quiera decir ahora. Le juro que no le atacaré. Descárguese. –dijo el Señor de Castlevania. Si bien él era un tirano, un ser muy cruel y despiadado y un verdadero hijo de puta, a veces y dependiendo del castlevanian le permitía que lo insultara sin que tomara represalias por eso luego de que hiciera algo que no le agradó. No sucedía con frecuencia, pero era algo que todos sabían.
–No le daré el gusto, señor. –habló Charlotte apretando sus dientes con fuerza.
–Será peor si no se descarga ahora.
–Prefiero ser tortura hasta que me dejen sin fuerzas que lanzarle el infierno que siento en su cara. A usted le encanta que lo insulten una vez cada tanto y cuando tiene la oportunidad ataca sin piedad al que le insulto…
–Si no quiere que la vuelva a denigrar como hace un rato, procure no cometer más errores.
–Le prometo que no cometeré más errores.
–Bien. Ahora vaya a descansar un poco antes de seguir buscando en la Gran Biblioteca…
–Como quiera, señor.
–Tiene una última oportunidad para descargarse…
–No le daré el gustó, señor… –repitió molesta la hechicera y a continuación un torbellino formado por hojas de libros apareció de repente y la envolvió poco a poco hasta que no pudo verse más. A los pocos segundos el torbellino desapareció con ella.

Erik Zerkelis movió su cabeza hacia atrás, respirando profundamente, luego se estiró, haciendo sonar varios huesos de su cuerpo y, con su habitual forma se retiró del lugar.



Referencias


[I] Pandora


[II] Leon Belmont


[III] Juste Belmont


[IV] John Morris (Pido disculpas por la imagen ya que es la única "decente" que he podido conseguir)


[V] Walter Bernhard


[VI] Sucubus


[VII] Shaft


[VIII] Cornell (forma humana)


Cornell (forma hombre-lobo)



martes, 21 de octubre de 2014

El Señor de las Espadas (Libro II): Capítulo III (Parte 1)



Labhras, Bastugitas y compañía estaban sumamente desconcertados. Hacía más de una semana que ellos marchaban por colinas, valles y terrenos montañosos escarpados y no habían visto ninguna señal de civilización en ninguna parte. Además de los animales que veían o se topaban en su camino y el fastidioso par de cuervos que volaban sobre ellos todos los días, no pudieron detectar la presencia de algún ser humano.

Hacía frío, tanto como en invierno, pero aun así no era el suficiente como para que en la zona donde el grupo marchaba fuera imposible vivir. De hecho, todos tenían presente que los Segotorix habitaban una zona donde las condiciones eran aún más duras y vivían casi lo mismo que cualquier otro pueblo de Ávalon, exceptuando a los Druidas, quienes eran más longevos.

                Lo que les resultaba más increíble era que no encontraran pistas que les permitiera conocer la existencia de grupos nómadas. Como no hallaban absolutamente nada, todo parecía indicar que esa tierra no había sido poblada, por lo tanto, tal vez estarían andando en una tierra virgen. Sin embargo, no creían que esa tierra estuviera deshabitada. Sobre todo Labhras y Bastugitas ya que como conocían la historia de “la Asesina”, debía existir, por lo menos, un castillo en ruinas.

domingo, 19 de octubre de 2014

PREMIO BLOGGER INFINITY DREAMS (La revancha de [inserte el nombre de su agencia de inteligencia favorita aquí]).



Muy buenas a todos. Antes que nada felicitaciones a todas las madres en su día... obviamente para los lugares donde hoy es el día de la madre, porque en otros países es en mayo... junio... En fin, el día de las madres es todos los días así que... bueno... eehhhh.... ¡Pasa la tarjeta, Raúl!

{El atolondrado de Raúl pasa la tarjeta}

En este día especial para todas las madres recibí otro galardón. Sí. Parece que alguien se confundió y pensó que era mujer (qué chiste malo). En fin, gracias a Maríjose Luque Fernández (Blog: sonrisasdecamaleon.blogspot.com) por la nominación.

Sin embargo, este premio vuelve a ser sospechoso porque hay que responder preguntas... Se ve que a [inserte el nombre de su agencia de inteligencia favorita aquí] no le fue suficiente con el Liebster Award e inventaron este (me cago en la...). Como sea este premio tiene condiciones y son:

sábado, 18 de octubre de 2014

Historias del Universo (Saga Dualista): Preludio del caos. Capítulo XIV: Vigilando a los ángeles (Parte 1).




Luego de que Nahuel contara lo ocurrido en la reunión con el embajador reticuliano a los Hijos del Universo, éstos se pusieron en contacto con el resto de los Hijos del Universo de los demás países para informarles sobre las celdas de poder. Entre conversación y conversación, se habían percatado que en algunos lugares las celdas de poder estaban completamente averiadas y que temían que las mismas emitieran una radiación nociva para la salud, pero que mandarían las celdas en contenedores especiales.

Al segundo día posterior a las conversaciones, el cielo del Templo Dualista de Capilla del Monte se llenó de helicópteros, provenientes de Buenos Aires, que traían los contenedores con las celdas de poder que los dualistas de diversos países afiliados habían enviado al puerto teletransportándolos. El ruido de los motores era tal que reverberaba en el valle y en el jardín interior provocando que los Aprendices no pudieran prestar atención a lo que decían sus Maestros, que los técnicos se desesperaran por no poder concentrarse y que los Novatos se descontrolaran debido que nunca habían visto muchos helicópteros juntos en el aire, inclusive algunos no sabían que era un helicóptero, así que todos no tenían más opción que dejar sus actividades y ayudar a controlar ese desorden aéreo.

Para la noche todos los helicópteros se habían retirado y el Área Restringida había quedado repleta de contenedores todos de igual tamaño, unos tres metros de alto, cinco de ancho y dos de largo, algo que parecía irrisorio puesto que las celdas de poder sólo tenían dimensiones que no llegaban a los tres cuartos del metro y que en cada Templo sólo había unas tres o cuatro máquinas que llevaban dos celdas cada una, pero el trabajo no terminaba allí, a partir de ese momento, los técnicos que ayudaron a aterrizar los contenedores debían hacer una lista bien ordenada de la cantidad de celdas que cada país había mandado ya que a causa del apuro, los sujetos no pudieron hacer una lista prolija. Cinco días después los extraterrestres llegaron al Templo y se llevaron las innecesariamente enormes contenedores y dejaron otros con celdas nuevas, aunque lo más curioso fue que los seres se “reían” de algunos contenedores, que eran los que contenían las celdas que supuestamente podía emitir radiación, porque ellos sabían que las celdas no podrían irradiar una radiación letal y ese temor infundido era producto de que, cuando habían entregado las máquinas con las celdas, les dijeron a los humanos que la energía que utilizaban era similar a la nuclear, cosa que no era verdad, sólo era una comparación un tanto errónea. Tras todo eso y luego de avisar a los demás dualistas de que ya estaban listas las celdas, a los pocos días el ruido de motores de helicópteros volvió a presentarse en el Templo causando un enojo generalizado, aunque grande fue la sorpresa de los habitantes del lugar al ver que había pocos helicópteros en el cielo en comparación con la anterior vez, pero los que había ahora eran más grandes. Para el alivio de los dualistas, en pocas horas se llevaron las celdas, ésta vez en cajas de madera bien robustas además muchos técnicos se aseguraron muchas veces de que cada caja contenía la cantidad de celdas que cada país había enviado más unas cuantas más de repuesto como lo había dicho el embajador reticuliano.